Sendai, 12 de marzo de 2011, una de la tarde, veinticuatro horas después del terremoto de magnitud 9.0 frente a la costa de Tōhoku. Una cámara de la NHK enfoca, casi por azar, la entrada de una pequeña tienda lawson en una calle ahora cubierta de nieve y de cascotes. Frente a la puerta, una cola de unas trescientas personas se extiende hacia el fondo de la calle, en silencio, en cuatro filas perfectamente alineadas, esperando a que el dependiente —que también ha pasado la noche durmiendo en el suelo de la trastienda— termine de inventariar lo que queda en los estantes después del temblor. No hay gritos. No hay empujones. No hay nadie agarrando el brazo de otro. Una madre con dos hijos pequeños espera en su sitio sin pedir prioridad. Un hombre mayor con muletas espera el suyo. Una mujer embarazada espera el suyo. Cuando, al cabo de cuarenta minutos, el dependiente abre la puerta, las personas entran de tres en tres, toman uno o dos artículos —arroz, agua, bollería, pañales, lo mínimo— y salen sin acaparar, dejando expresamente espacio en los estantes para quienes vienen detrás. La cámara de la NHK transmite la escena en directo. En Tokio, en Osaka, en Hokkaidō, las familias japonesas reconocen lo que ven y no necesitan explicarse nada entre ellas: es el gaman. En Nueva York, en Londres, en Madrid, en Buenos Aires, los telediarios internacionales transmiten la misma escena y los presentadores buscan las palabras. Stoicism. Dignity. Restraint. Patience. Self-control. La palabra que en castellano podría haber funcionado —aguante— se queda corta. La palabra inglesa que finalmente se impone como sello internacional es la propia palabra japonesa: GAMAN. En cuestión de semanas, la palabra entra en los titulares de The New York Times, The Guardian, Le Monde, El País, Clarín. Tres años después aparece en la versión online del Oxford English Dictionary. Una palabra japonesa de origen oscuro y biografía complicada acaba de convertirse, sin pretenderlo, en uno de los conceptos exportados más reconocibles del Japón contemporáneo.
Trece años después, en agosto de 2024, el mismo país que el mundo aplaudió por su gaman publica su 「令和6年版 厚生労働白書」 (Reiwa rokunenban kōsei rōdō hakusho, "Libro Blanco de Salud y Trabajo del año 6 de Reiwa"), el informe oficial anual del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar. Por primera vez en la historia del documento —que se publica anualmente desde 1956—, el tema central del libro blanco es 「こころの健康」 (kokoro no kenkō, "la salud mental"). El informe describe lo que cualquier hospital, cualquier escuela y cualquier oficina del país lleva sospechando desde la pandemia: el Japón del aguante silencioso está emocionalmente exhausto. Los datos auxiliares confirman el diagnóstico. La encuesta nacional de la 日本リカバリー協会 (Nihon Recovery Kyōkai, "Asociación Japonesa de Recuperación") cifra en 71,62 millones —de una población total de 124 millones— el número de personas que se declaran cansadas en 2024: prácticamente siete de cada diez japoneses. Entre los treintañeros, los más golpeados, solo el 9,2% de las mujeres dicen sentirse 「元気」 (genki, "con energía"): menos de una de cada diez mujeres en su década más productiva. El 20,3% de la población duerme menos de cinco horas por noche, cifra que ha crecido cada año desde 2018. La proporción de personas que identifica el estrés como su principal riesgo de salud se ha triplicado en veinte años. La nación que aguantaba en la cola de un Lawson nevado en marzo de 2011 está, en agosto de 2024, llegando a su límite.
Estas dos imágenes —la cola perfecta de Sendai 2011, las estadísticas exhaustas de 2024— enmarcan el campo entero de este artículo. El gaman es, al mismo tiempo, una de las virtudes más extraordinarias de la cultura japonesa contemporánea y uno de sus problemas más serios. Aprenderlo bien exige sostener las dos verdades a la vez: admirar la dignidad colectiva que el mundo aplaudió en 2011 sin cerrar los ojos al precio individual que esa dignidad cobra cada día sobre los hombros, las espaldas y las mentes de los japoneses concretos que la sostienen. Recorreremos en este artículo el origen budista del término —donde gaman designaba un pecado, no una virtud— y su sorprendente inversión semántica en el periodo Edo; la distinción técnica entre gaman y 「頑張る」 (ganbaru, esforzarse, artículo 188 de esta serie), las dos grandes geometrías del esfuerzo japonés; las escenas cotidianas del gaman —desde el niño al que se le pide aguantar el llanto hasta el oficinista que aguanta cuatro horas de tren al día—; el gaman en el sismo de marzo de 2011 y su consagración internacional; el reverso oscuro —karōshi, depresión, suicidio, la crisis de salud mental de 2024—; el movimiento 「我慢しない自由」 (gaman shinai jiyū, "la libertad de no aguantar") que la Generación Z lleva al espacio público en los últimos años; la comparación con el castellano —aguantar, soportar, ofrecer el sufrimiento— y por qué ningún equivalente captura del todo el matiz japonés; y, finalmente, lo que el gaman nos enseña y dónde debemos pararlo. Es el artículo central de la trilogía psicológica final de Palabras y Cultura: entre el 「大和魂」 (yamato damashii, artículo 201) que lo precede y el 「甘え」 (amae, artículo 203) que lo seguirá, el gaman ocupa el lugar de la práctica diaria del alma japonesa. Empecemos.
El origen budista de "gaman" y su inversión semántica en Edo
La palabra 「我慢」 (gaman) entró al japonés en el siglo VIII a través de los textos budistas mahayana traducidos del sánscrito al chino, donde aparece como rendimiento del término māna —"orgullo, presunción, arrogancia"— y de su variante específica ātmamāna —"orgullo del yo, apego ilusorio a la propia identidad individual"—. En el budismo clásico, māna pertenece a las 「七慢」 (shichi-man, "los siete orgullos"), un conjunto de siete formas catalogadas del pecado del autocentramiento que el practicante debe identificar y desmontar a lo largo del camino hacia el despertar. Las siete son: 慢 (man, considerar al inferior como propio igual), 過慢 (kaman, considerarse superior al igual), 慢過慢 (manka-man, considerarse superior al superior), 「我慢」 (gaman, el apego al yo como entidad real), 増上慢 (zōjō-man, creerse iluminado sin estarlo), 卑慢 (hi-man, autodesprecio que es secretamente arrogancia), 邪慢 (ja-man, jactarse de actos malvados). En este registro técnico, gaman es, sin matices, un pecado: el aferramiento ilusorio a un "yo" que el budismo considera inexistente como sustancia y problemático como apego.
Durante los siete u ocho siglos que median entre la llegada del budismo a Japón (siglo VI) y el periodo Edo (siglo XVII), el término gaman circula casi exclusivamente en este registro técnico monástico. Los grandes maestros del 「禅」 (Zen) japonés —Eihei Dōgen (1200-1253), fundador de la escuela Sōtō, y Hakuin Ekaku (1686-1769), reformador de la escuela Rinzai— usan la palabra en sus tratados con su sentido clásico de orgullo del yo a desmontar. Dōgen, en el 「正法眼蔵」 (Shōbōgenzō, "Tesoro del ojo de la verdadera ley"), instruye a los monjes en la observación y disolución del gaman como uno de los obstáculos centrales para el zazen. Hakuin, en sus cartas y poemas didácticos, advierte a sus discípulos contra el gaman como forma sutil del ego espiritual. Para cualquier japonés mínimamente educado en la tradición budista, hasta bien entrado el siglo XVII, gaman seguía siendo un nombre del pecado, no de una virtud.
La inversión semántica —el momento en que la palabra invierte su carga moral del menos al más, de pecado a virtud— ocurre durante el periodo Edo (1603-1868) por un mecanismo lingüístico fascinante que merece ser entendido en detalle. El razonamiento subyacente, reconstruido por los historiadores de la lengua japonesa (notablemente Kindaichi Haruhiko y Suzuki Takao), es el siguiente. En el contexto del Zen popular del Edo, el practicante laico oye a su maestro decir constantemente que el camino budista consiste en 「我を抑える」 (ga wo osaeru, "controlar el yo, dominar el ego"). El 「我慢」 clásico es precisamente la enfermedad: el yo desbocado que pide deseos, comodidades, reconocimiento. La virtud, dice el maestro, es 抑える: aguantar, contenerse, no ceder a los impulsos del yo. En el habla popular Edo, este complejo argumental se condensa en una metonimia: gaman deja de designar "el pecado del yo" y empieza a designar "la práctica de contener el yo", es decir, la virtud de aguantar. La palabra se desplaza del polo de la enfermedad al polo del tratamiento, conservando su asociación etimológica con el yo pero invirtiendo su valencia moral.
Este desplazamiento se documenta lingüísticamente en los textos populares del Edo medio y tardío. En los 「浮世草子」 (ukiyo-zōshi, "libros del mundo flotante") de Ihara Saikaku (1642-1693), la palabra empieza a aparecer con su sentido moderno positivo: "aguanta", "ten paciencia", "contén el deseo". En el teatro de kabuki y de bunraku del siglo XVIII, 「我慢する」 (gaman suru) ya significa, sin discusión, "soportar con dignidad". En los manuales de educación moral para hijos de comerciantes y artesanos del Edo tardío —el género 「往来物」 (ōrai-mono)— gaman aparece sistemáticamente entre las virtudes que se exigen del joven en formación. Hacia 1850, el desplazamiento es completo: la palabra que en el siglo VIII designaba el pecado del orgullo del yo designa ahora la virtud de contener ese mismo yo. El budismo está, paradójicamente, en los dos extremos del recorrido —es la doctrina que primero condenó el ego y luego proporcionó el vocabulario para virtuemizar su contención—, pero la inversión de signo es una operación del habla popular, no de los textos doctrinales.
La era Meiji (1868-1912) hereda el término ya invertido y lo institucionaliza. Los manuales escolares de 「修身」 (shūshin, "moral nacional") prescriben el cultivo del gaman como virtud cardinal del ciudadano del nuevo Japón industrial. Los rescriptos imperiales sobre soldados (1882) y sobre educación (1890) incorporan el cultivo del aguante silencioso como valor identitario. La guerra ruso-japonesa (1904-1905), la expansión imperial posterior y, finalmente, la catástrofe militar de 1937-1945 harán uso intensivo del gaman como combustible movilizador. La frase que el emperador Shōwa pronuncia en el 「玉音放送」 (gyokuon hōsō, "transmisión de la voz augusta") del 15 de agosto de 1945, anunciando la rendición incondicional, contiene la formulación más célebre de toda la posguerra: 「堪へ難きを堪へ、忍び難きを忍び」 (tae-gataki wo tae, shinobi-gataki wo shinobi, "aguantando lo inaguantable, soportando lo insoportable"). El gaman es la palabra que, en boca del soberano, los ciudadanos japoneses oyen en el momento de mayor humillación nacional de la era moderna. La asociación queda grabada culturalmente durante generaciones. Aguantar es lo que se hace cuando no hay otra opción —y, en la cultura del posbélico, lo que define al japonés frente a la adversidad.
"Gaman" frente a "ganbaru": la geometría del esfuerzo japonés
Antes de seguir adelante conviene aclarar una distinción técnica que cualquier hispanohablante atento percibe pero rara vez sabe articular: la diferencia entre 「我慢」 (gaman) y 「頑張る」 (ganbaru), las dos grandes palabras que el japonés contemporáneo usa para hablar del esfuerzo. Las dos pueden traducirse, en castellano apresurado, como "aguantar" o "esforzarse", pero designan operaciones psicológicas claramente distintas, y la confusión entre ambas produce traducciones planas que pierden información cultural valiosa.
Ganbaru —cuya etimología propuesta más aceptada es 「我を張る」 (ga wo haru, "tensar el yo, plantar el yo, mantener la posición del yo")— designa el esfuerzo externalizado, dirigido a un objetivo, activo, productivo. Se aplica a quien estudia para un examen, a quien entrena para una carrera, a quien lucha por una promoción profesional, a quien trabaja en un proyecto. La gramática típica es 「~のために頑張る」 (~ no tame ni ganbaru, "esforzarse por algo o alguien"): hay un objeto del esfuerzo, una meta, un horizonte. La energía va hacia afuera, hacia el mundo, en una vectorial concreta. El sujeto se concentra, se moviliza, despliega recursos. Ganbaru es agonístico: hay un adversario o un objetivo a vencer.
Gaman, en contraste, designa el esfuerzo internalizado, dirigido al propio yo, pasivo, contenedor. Se aplica a quien aguanta el dolor de una muela hasta que llega la cita con el dentista, a quien aguanta el frío en una cola, a quien aguanta el deseo de gritarle a un jefe abusivo, a quien aguanta la pena de una pérdida sin desmoronarse en público. La gramática típica es simplemente 「~を我慢する」 (~ wo gaman suru, "aguantar algo"): el objeto es lo que se aguanta —el dolor, el frío, la rabia, el deseo—, no una meta externa. La energía va hacia adentro, hacia la contención del propio impulso. El sujeto se repliega, se cierra, retiene. Gaman es esfínter: hay un impulso interno que debe ser controlado para no salir.
Esta distinción operativa vector externo / vector interno, agonístico / esfínterico, vencer / contener, explosivo / implosivo es la mejor forma sintética que conozco de explicar a un hispanohablante la diferencia entre los dos verbos. Y tiene consecuencias prácticas inmediatas. En el deporte, un entrenador japonés le dice a su atleta 「頑張れ!」 (ganbare!) antes de la final —"esfuérzate, da lo máximo"— pero le dice 「我慢しろ!」 (gaman shiro!) en mitad de un partido cuando el adversario domina —"aguanta, no te desmorones"—. En el examen, los compañeros le dicen al estudiante 「ガンバ!」 (ganba!, abreviación coloquial de ganbare) antes de entrar —"a por ello"— pero hablan de gaman cuando le toca aguantar las cinco horas de prueba sin levantarse a tomar agua. En la oficina, el jefe pide ganbaru para un proyecto importante con plazo a tres semanas y pide gaman para aguantar un cliente difícil durante una reunión interminable. Las dos palabras se complementan, no compiten: cualquier proyecto vital japonés requiere, simultáneamente, momentos de ganbaru (esfuerzo dirigido) y momentos de gaman (resistencia interna). La salud psicológica de un japonés contemporáneo se mide, en gran parte, por su capacidad de dosificar bien la proporción entre ambos.
Hay una diferencia cronológica adicional que merece mencionar. Gaman es, etimológicamente, la palabra más antigua: existe en el japonés desde el siglo VIII y se virtuemiza en el Edo. Ganbaru es, en su forma contemporánea, mucho más reciente: se documenta primero en el habla coloquial del Edo tardío y se consolida como palabra estándar solo en la era Meiji. La precedencia histórica del gaman sobre el ganbaru sugiere que la capa cultural más profunda del esfuerzo japonés es la contenedora, no la productiva —la cultura aprendió primero a aguantar y solo después a esforzarse hacia metas—. Esta intuición cronológica tiene consecuencias antropológicas que el lector hispanohablante puede meditar: una sociedad que prioriza históricamente la contención sobre la producción produce un tipo específico de sujeto, distinto del que produce una sociedad que prioriza lo opuesto. Las consecuencias para la salud mental contemporánea —volveremos a ellas en la sección quinta— son significativas.
Las escenas del gaman: de la infancia a la oficina
Conviene aterrizar la categoría abstracta del gaman en las escenas concretas donde un japonés contemporáneo la practica todos los días. Recorreré aquí siete de las más importantes, ordenadas aproximadamente por orden cronológico vital, con la consciencia de que esta selección es necesariamente incompleta. La omnipresencia del gaman en la vida japonesa es uno de sus rasgos definitorios: no hay etapa, no hay rol social, no hay contexto institucional en el que la palabra no pueda aparecer.
Primera escena: la infancia temprana. Un niño japonés de tres años cae de un columpio y empieza a llorar. La madre, en una escena que se repite en cada parque infantil del país, le toma en brazos, lo consuela brevemente y le dice 「もう我慢しよう」 (mō gaman shiyō, "vamos a aguantar ya"). El niño, observando el rostro tranquilo de la madre, comprende que el llanto debe parar. El primer aprendizaje cultural del gaman ocurre antes incluso de la palabra, en el cuerpo, en el contacto físico con un cuerpo adulto que enseña la contención por imitación. A los cinco años, el mismo niño en el aula del 「保育園」 (hoikuen, "guardería") oye a la maestra usar la palabra explícitamente: 「待つことを我慢しよう」 (matsu koto wo gaman shiyō, "aguantemos el esperar nuestro turno"). A los seis años, en el primer día del 「小学校」 (shōgakkō, escuela primaria), la maestra explica al grupo que aguantar a los compañeros, aguantar las clases largas, aguantar el calor del verano sin aire acondicionado y aguantar el frío del invierno sin calefacción excesiva forman parte del 「学校生活」 (gakkō seikatsu, "vida escolar") que están empezando. Esta pedagogía sistemática del gaman infantil, característica del Japón posbélico, es una de las cosas que más sorprenden al observador extranjero que visita una escuela japonesa por primera vez.
Segunda escena: la educación secundaria. La adolescencia japonesa contemporánea está, todavía, marcada por dos institucionalizaciones intensas del gaman: el examen de acceso al instituto (a los 15 años) y el examen de acceso a la universidad (a los 18 años). Las dos pruebas estructuran años enteros de la vida del joven en torno al cultivo del aguante: aguantar las clases de refuerzo después de la escuela en el 「塾」 (juku, "academia privada"), aguantar las noches breves de sueño, aguantar la presión parental, aguantar la comparación con compañeros más exitosos. La frase parental clásica de este periodo es 「今は我慢して、後で楽になる」 (ima wa gaman shite, ato de raku ni naru, "aguanta ahora, después estarás tranquilo"): un aplazamiento del placer fundacionalmente justificado en términos económicos —el buen examen abrirá la buena universidad, que abrirá el buen empleo, que abrirá la buena pensión—. El esquema temporal del gaman educativo japonés es profundamente futurista: se aguanta ahora a cambio de un futuro mejor que, en muchos casos, llegará efectivamente. Pero la deuda emocional acumulada durante los años de aguante adolescente, como veremos, no siempre se compensa por el bienestar futuro prometido.
Tercera escena: el trabajo de oficina. Un 「サラリーマン」 (sararīman) japonés contemporáneo de 35 años pasa, en promedio, 9 horas y 14 minutos al día en el trabajo (datos del Ministerio de Salud, 2023), 2 horas y 12 minutos en transporte —principalmente trenes urbanos en condiciones de hacinamiento serio—, y 45 minutos en la cena familiar. El resto se distribuye entre sueño insuficiente y dos horas escasas de ocio. Cada minuto del día del sararīman contemporáneo implica una dosis específica de gaman: aguantar el atestamiento del tren matinal, aguantar la rutina de las reuniones interminables, aguantar las relaciones jerárquicas tensas con superiores difíciles, aguantar las 「お疲れさま」 (otsukaresama, artículo 185) de despedida cuando lo único que se quiere es huir, aguantar la cena obligatoria con clientes después del horario, aguantar la vuelta a casa en el último tren. La palabra 「我慢の連続」 (gaman no renzoku, "cadena ininterrumpida de aguante") es una de las más usadas por trabajadores japoneses para describir su semana laboral.
Cuarta escena: el matrimonio y la familia. Las parejas japonesas contemporáneas, especialmente las de mediana edad, mantienen un lenguaje doméstico del aguante que cualquier hispanohablante encuentra desconcertante al principio. Un marido aguanta el cansancio acumulado por la semana laboral sin decírselo a la mujer; la mujer aguanta la frustración acumulada en la administración del hogar sin decírselo al marido; los dos aguantan el desencantamiento mutuo de quince o veinte años de convivencia rutinaria; los abuelos aguantan el envejecimiento; los padres aguantan la adolescencia de los hijos; los hijos aguantan la rigidez emocional de los padres. La estabilidad del modelo familiar japonés tradicional ha descansado, durante décadas, sobre esta economía silenciosa del aguante mutuo. La novelista Tsushima Yūko y la cineasta Kawase Naomi, entre muchos otros artistas contemporáneos, han retratado las consecuencias acumuladas de esta economía sobre la salud emocional de las mujeres japonesas de varias generaciones.
Quinta escena: la enfermedad. Una de las manifestaciones más estudiadas y más problemáticas del gaman contemporáneo es el aguante del dolor físico, especialmente entre poblaciones envejecidas. Los médicos japoneses —especialmente oncólogos y reumatólogos— observan sistemáticamente que sus pacientes japoneses subreportan el dolor, especialmente las generaciones nacidas antes de 1960, frente a pacientes de otros países en condiciones clínicas comparables. Aguantar el dolor sin quejarse forma parte del gaman tradicional, pero tiene consecuencias clínicas: tumores que se diagnostican en fases tardías, articulaciones que se deterioran sin tratamiento preventivo, depresiones que se enmascaran como cansancio. La generación de pacientes que pasó por la guerra y la inmediata posguerra trasladó al cuerpo enfermo la misma ética de aguante silencioso que había aplicado en la fábrica y en la oficina. Los hospitales públicos del país han desarrollado, en las últimas décadas, protocolos específicos para preguntar el dolor en escalas numéricas estandarizadas porque la pregunta abierta 「痛いですか?」 (itai desu ka?, "¿le duele?") obtiene sistemáticamente respuestas falsamente negativas.
Sexta escena: el desastre natural. La cuarta isla del archipiélago, tierra de terremotos, tifones, inundaciones, erupciones volcánicas y, ocasionalmente, tsunamis, ha producido una cultura colectiva del aguante frente al desastre que es, en muchos sentidos, el rasgo cultural japonés más singular y más admirable. Las escenas que se ven después de cada gran terremoto —Hanshin-Awaji 1995, Niigata 2004, Tōhoku 2011, Kumamoto 2016, Noto 2024— son siempre las mismas en su gramática profunda: filas perfectas, distribución equitativa de los recursos escasos, ausencia de saqueos significativos, voluntariado masivo, atención a los más vulnerables. La sociología que estudia estas escenas ha llegado al consenso de que no son producto de un instinto natural sino de una pedagogía cultural sostenida durante siglos que el sistema educativo, los medios y la familia transmiten sistemáticamente a cada generación. El gaman colectivo en situación de catástrofe es enseñado, no innato; pero es enseñado tan bien y tan consistentemente que opera como si fuera segunda naturaleza.
Séptima escena: la vejez. El último escenario del gaman japonés es el envejecimiento. Una población mayor de 65 años que ya supera el 29% del total nacional —la sociedad más envejecida del planeta— vive el último tercio de su vida con un repertorio de aguantes específicos: el deterioro físico paulatino, la soledad creciente tras la jubilación, la pérdida de la pareja, la dependencia de los hijos. Los gerontólogos japoneses observan, con creciente alarma en los últimos años, que la resiliencia silenciosa que las generaciones mayores cultivaron durante una vida productiva está produciendo, en la vejez, costes psicológicos diferidos que no estaban contemplados en el modelo cultural original. Las tasas de depresión geriátrica y de suicidio en mayores de 65 crecen en Japón a un ritmo que las autoridades sanitarias consideran preocupante. La generación que aguantó la posguerra está aguantando ahora la última frontera, pero el aguante tiene un precio.
El 11 de marzo de 2011 y la consagración internacional del Gaman
Mencioné en la apertura del artículo la escena de la cola perfecta frente al Lawson de Sendai el 12 de marzo de 2011. Conviene volver sobre aquel momento histórico con un poco más de detalle, porque la consagración internacional del concepto de gaman que ocurrió durante las semanas siguientes al 「東日本大震災」 (Higashi-Nihon Daishinsai, "Gran Terremoto del Este de Japón") es uno de los pocos casos documentados de exportación deliberada e involuntaria de una virtud cultural específica desde Japón al imaginario global.
El terremoto ocurrió el viernes 11 de marzo de 2011 a las 14:46 hora local. Magnitud 9.0 en la escala de Richter —el cuarto más grande desde que existen registros sísmicos instrumentales—, epicentro a 130 kilómetros frente a la costa de Tōhoku, profundidad de 30 kilómetros. La sacudida duró seis minutos en algunos puntos del litoral. El tsunami que siguió alcanzó alturas de 14 a 40 metros según los puntos de impacto y arrasó 561 kilómetros cuadrados de territorio costero. 19.759 personas murieron, 2.553 quedaron desaparecidas, 6.242 resultaron heridas, 47.000 perdieron sus casas. La planta nuclear de Fukushima Daiichi experimentó la fusión de tres de sus seis reactores y liberó al medio ambiente la mayor cantidad de cesio radiactivo desde Chernobyl. Más de 160.000 personas fueron evacuadas de sus hogares en el área de exclusión nuclear; muchas de ellas no volverán nunca. Es, sin discusión, el peor desastre que ha sufrido Japón desde la Segunda Guerra Mundial.
Lo que el mundo observó en los días posteriores, transmitido por las cámaras de NHK que llegaron antes que cualquier otra a las zonas afectadas, fueron escenas que contradecían radicalmente lo que la sensibilidad mediática global esperaba de una catástrofe de esa magnitud. No hubo saqueos. No hubo violencia urbana. No hubo escenas de pánico colectivo en las plazas. En su lugar, hubo filas perfectas frente a las tiendas, distribución autoorganizada de mantas y agua en los gimnasios escolares convertidos en refugios, miles de voluntarios desplazándose desde Tokio y Osaka para limpiar las casas destruidas, los abuelos esperando su turno con los nietos en brazos, los empleados de las plantas nucleares —los 「フクシマ50」 (Fukushima Fifty)— quedándose voluntariamente a apagar los reactores en condiciones de letalidad radiológica conocida. Las cadenas internacionales de noticias —CNN, BBC, Le Monde, El País, Clarín— retransmitieron estas imágenes durante semanas con asombro creciente.
La palabra que emergió, durante esas semanas, como sello identitario de lo que el mundo estaba viendo fue 「我慢」. Los corresponsales internacionales acreditados en Tokio aprendieron a usarla. Los presentadores de los telediarios en idiomas extranjeros la pronunciaron, primero con acento, después con familiaridad. Los analistas culturales escribieron columnas explicándola. La Universidad de Princeton organizó en abril de 2011 un panel académico titulado simplemente "Gaman". El Museo Smithsonian de Arte Asiático, en Washington DC, había inaugurado pocos meses antes —en 2010— una exposición titulada "The Art of Gaman: Arts and Crafts from the Japanese American Internment Camps, 1942-1946", dedicada a los objetos artesanales producidos por los 120.000 japoneses-americanos internados en los campos de concentración estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial; la exposición se convirtió, en los meses posteriores al terremoto, en uno de los eventos culturales más visitados de la temporada en Washington. El círculo cultural se cerró: el concepto que los internados japoneses-americanos habían movilizado para sobrevivir setenta años antes en California era el mismo que los habitantes de Sendai movilizaban en las colas de los Lawson.
La consagración lexicográfica internacional llegó en 2014. La versión online del Oxford English Dictionary incorporó la entrada gaman con la definición siguiente: "Endurance, perseverance, particularly in the face of hardship: a Japanese stoic virtue cultivated as a moral discipline. From Japanese, originally a Buddhist term denoting pride or attachment, semantically inverted in the Edo period (1603-1868)." La inclusión es significativa porque el OED es notoriamente conservador con los préstamos léxicos de lenguas no occidentales, y porque el número total de palabras japonesas con entrada propia en el OED es muy reducido —tsunami, karaoke, sushi, karoshi, manga, anime, otaku, emoji, kawaii, y unas pocas más—. La incorporación de gaman a este club lexicográfico es, en términos prácticos, el reconocimiento institucional de la palabra como patrimonio léxico exportado del Japón contemporáneo.
Lo que el episodio de 2011 enseña, en perspectiva trece años después, es doble. Por un lado, el gaman colectivo de un país entero puede ser, en condiciones de catástrofe extrema, una infraestructura cultural literalmente salvadora de vidas: si la población de Sendai se hubiera entregado al pánico, al saqueo y a la violencia, las consecuencias humanitarias del terremoto habrían sido cuantitativamente peores de lo que fueron. La virtud cultivada durante generaciones se cobró su valor en aquellos días. Por otro lado —y esto es lo que la sociología post-2011 ha empezado a estudiar con más cuidado—, el coste psicológico individual del gaman colectivo no es cero, y se acumula. Los estudios longitudinales sobre los supervivientes del terremoto de Tōhoku, conducidos por la Universidad de Tōhoku y por el Instituto Nacional de Salud Mental, muestran tasas de trastorno de estrés postraumático, de depresión y de suicidio superiores a las esperadas, incluso entre poblaciones que en su momento mostraron la mayor capacidad de resistencia silenciosa. El aguante colectivo no exime del coste individual. Lo aplaza, lo redistribuye, pero no lo elimina. Esto nos lleva al lado oscuro del concepto.
El reverso oscuro: karōshi, salud mental y la crisis de 2024
He mencionado en la apertura del artículo el 令和6年版 厚生労働白書 (Reiwa rokunenban kōsei rōdō hakusho) publicado en agosto de 2024 con la salud mental como tema central por primera vez en la historia del documento. Es momento de volver con detalle sobre las dimensiones de la crisis que el informe describe, y sobre el papel que el gaman —en su modalidad excesiva, no regulada, no acompañada de pausa— juega en esa crisis.
Empecemos por el 「過労死」 (karōshi, "muerte por exceso de trabajo"), el término que la propia lengua japonesa acuñó en los años 70 y que entró al inglés y al castellano sin traducción —de hecho, karōshi tiene entrada en el OED desde 2002, mucho antes que gaman—. La definición técnica de karōshi incluye: muerte súbita por enfermedad cerebrovascular o cardiovascular vinculada al trabajo excesivo; suicidio relacionado con depresión severa por causa laboral; muerte por crisis cardíaca tras horas extraordinarias prolongadas. Las cifras oficiales del Ministerio de Trabajo para 2024 registran 241 reconocimientos oficiales de enfermedad cerebrovascular o cardiovascular vinculada al trabajo (con 67 muertes entre estos casos), y 1.055 reconocimientos oficiales de trastorno mental vinculado al trabajo. Estas cifras —es importante subrayarlo— son solo las reconocidas oficialmente por el sistema laboral; los estudios académicos independientes estiman que el número real de casos en cada categoría es entre tres y cinco veces superior. El karōshi es, en términos epidemiológicos contemporáneos, una de las patologías ocupacionales más significativas del Japón actual, y su raíz cultural directa es el gaman mal regulado: aguantar la sobrecarga laboral sin pedir ayuda hasta que el cuerpo o la mente colapsan.
El Libro Blanco de Salud y Trabajo 2024 amplía el diagnóstico al conjunto de la población. Las cifras principales del informe son las siguientes:
- 71,62 millones de personas declaran sentirse cansadas crónicamente. Es el 57% de la población total del país.
- El 9,2% de las mujeres entre 30 y 39 años se sienten 「元気」 (con energía). El 90,8% restante reporta cansancio crónico, malestar emocional, o ambos.
- El 80,4% de las mujeres reporta agotamiento subjetivo; en hombres es el 76,1%. La diferencia de género es estadísticamente significativa y se atribuye, en el informe, a la doble carga doméstica y laboral que las mujeres japonesas siguen llevando desproporcionadamente.
- El 20,3% de la población duerme menos de 5 horas por noche. La cifra ha crecido en cada uno de los últimos seis años.
- Los diagnósticos de depresión se han multiplicado por 2,3 veces en los últimos veinte años.
- La proporción de la población que identifica el estrés como su principal riesgo de salud se ha triplicado desde 2004.
- Las bajas laborales por motivos de salud mental representan en 2024 el 38% del total de bajas, frente al 14% en 2004.
El informe analiza con cuidado el papel del gaman cultural en este cuadro. La virtud que en su versión sana produce las colas perfectas de Sendai produce, en su versión mal regulada, una inhibición persistente del autocuidado que tarda años o décadas en llegar al sistema sanitario. Cuando llega, llega tarde. Los pacientes hospitalarios que acuden a urgencias psiquiátricas en Japón muestran, en promedio, un retraso superior a los dieciocho meses entre el inicio de los síntomas y la primera consulta especializada. Las razones que ellos mismos reportan, en encuestas cualitativas, son consistentes: 「我慢すれば治ると思った」 (gaman sureba naoru to omotta, "pensé que aguantando se me pasaría"), 「家族に迷惑をかけたくなかった」 (kazoku ni meiwaku wo kaketakunakatta, "no quería ser una molestia para la familia"), 「みんなも我慢している」 (minna mo gaman shite iru, "todos los demás también están aguantando").
El suicidio merece párrafo aparte. Japón ha tenido históricamente una de las tasas de suicidio más altas del mundo desarrollado. Tras un descenso sostenido entre 2011 y 2019, la pandemia revirtió la tendencia. En 2024 se registraron 20.768 suicidios (estimación provisional), con un aumento especialmente preocupante entre mujeres jóvenes (15-39 años) y entre niños y adolescentes en edad escolar. Los suicidios de estudiantes de primaria y secundaria han alcanzado el récord histórico en 2022 (514 casos) y se mantienen en niveles superiores a la media histórica. El NHK dedicó en 2024 una serie documental de tres episodios al fenómeno, en la que el psiquiatra Saitō Tamaki, una de las voces más autorizadas en salud mental juvenil contemporánea, articuló la tesis central: la pedagogía cultural tradicional del gaman, no acompañada de espacios institucionales para expresar el dolor y pedir ayuda, está produciendo una generación de jóvenes que aguantan en silencio hasta el punto irreversible. La virtud heredada del Edo, no actualizada al siglo XXI, está produciendo víctimas que el Edo no contemplaba.
La conclusión que la sanidad pública japonesa contemporánea está tratando de articular es delicada: no se trata de rechazar el gaman como valor cultural —sería culturalmente regresivo y, en muchos contextos, contraproducente: el aguante sigue siendo socialmente útil en miles de situaciones cotidianas—, sino de reformularlo en condiciones del siglo XXI. El gaman saludable, dice el Libro Blanco, debe estar acompañado de tres infraestructuras que el modelo cultural tradicional no contemplaba: espacios institucionales para pedir ayuda sin estigma, lenguaje público para nombrar el dolor emocional, y autorización cultural para parar cuando el aguante sobrepasa la capacidad individual. Las tres infraestructuras requieren cambios culturales profundos que el país está empezando a articular y que la generación más joven —como veremos en la sección siguiente— está empujando desde abajo con creciente determinación.
"Gaman shinai jiyū": la Generación Z y la libertad de no aguantar
Una de las novedades más interesantes del Japón cultural de los últimos cinco años es la emergencia, en redes sociales y en la conversación pública juvenil, de un movimiento informal que se autodenomina 「我慢しない自由」 (gaman shinai jiyū, "la libertad de no aguantar"). El movimiento no tiene líderes formales, ni manifiestos publicados, ni organización institucional. Vive como hashtag, como conversación viral, como toma de posición individual que decenas de miles de jóvenes —fundamentalmente de la Generación Z, nacidos entre 1997 y 2012— han ido articulando colectivamente en Twitter, TikTok, Instagram y YouTube desde aproximadamente 2020.
La tesis del movimiento es articulable en una frase: el gaman heredado del modelo cultural posbélico era apropiado para un país que reconstruía su infraestructura material después de la guerra y que necesitaba una generación capaz de aguantar veinte o treinta años de trabajo intensivo a cambio de un futuro de estabilidad económica colectiva, pero ese contrato ya no aplica al Japón del siglo XXI. La estabilidad económica colectiva no está garantizada para los jóvenes contemporáneos —los salarios reales japoneses están estancados desde 1997, el empleo temporal supera el 38% del total, las pensiones futuras de los actuales veinteañeros son inciertas—. Si el contrato social que justificaba el gaman se ha roto, ¿por qué seguir cumpliendo la parte que correspondía al trabajador?
El movimiento se expresa en miles de pequeños actos cotidianos. Quiet quitting —el equivalente japonés es 「静かな退職」 (shizuka na taishoku)— consistente en hacer exactamente las tareas del contrato laboral, ni una más; rechazo creciente de las cenas obligatorias con compañeros y clientes después del horario; preferencia por trabajos remotos o flexibles incluso a costa de salario más bajo; abandono de los planes de carrera tradicionales hacia trayectorias autónomas (creadores de contenido, freelance, pequeños negocios); maternidad y paternidad más tardías o renunciadas; reducción voluntaria de la jornada laboral. El sociólogo Furuichi Noritoshi, una de las voces más visibles de la generación, lleva años articulando teóricamente lo que él llama 「絶望の国の幸福な若者たち」 (zetsubō no kuni no kōfuku na wakamonotachi, "los jóvenes felices del país de la desesperación"): una generación que ha renunciado al éxito según los parámetros heredados y que organiza su felicidad cotidiana sobre criterios distintos, más modestos, más enfocados al bienestar individual presente.
En el espacio digital, las hashtags del movimiento incluyen #我慢しない, #自分を大切に (jibun wo taisetsu ni, "cuídate"), #メンタル優先 (mentaru yūsen, "prioridad mental"), #逃げてもいい (nigete mo ii, "está bien huir"). Esta última es particularmente significativa porque invierte explícitamente una de las normas culturales centrales del Japón posbélico: durante setenta años, huir —del trabajo, del matrimonio, de la presión social, de la escuela donde te acosan— era una de las cosas que un japonés respetable no hacía. Aguantaba. La generación Z dice 「逃げてもいい」: huir es una opción legítima, no una vergüenza. Es, en términos de antropología cultural, una transformación de norma social de primera magnitud.
Las instituciones empiezan a responder. El gobierno japonés ha aprobado en los últimos años una batería de medidas que reconocen, de hecho, la legitimidad del cambio cultural: la 「働き方改革関連法」 (Hatarakikata Kaikaku Kanren Hō, "Ley de Reforma del Modo de Trabajar") de 2018 impuso por primera vez límites legales obligatorios a las horas extraordinarias (45 horas mensuales, 360 horas anuales); el 「育児・介護休業法」 (Ikuji Kaigo Kyūgyō-hō, "Ley de Permisos por Cuidados Familiares") fue ampliada en 2022 para incentivar la paternidad activa; el sistema escolar ha introducido en los últimos años, con cautela, dispositivos institucionales de salud mental —orientadores escolares, líneas telefónicas anónimas, protocolos antibullying— que no existían en la generación anterior. Las grandes empresas japonesas —Toyota, Sony, Hitachi, Panasonic— han adoptado políticas de mental health leave que habrían sido inimaginables hace una década. El METI (Ministerio de Economía, Comercio e Industria) ha promovido desde 2017 el concepto de 「健康経営」 (kenkō keiei, "gestión empresarial saludable") como criterio competitivo entre empresas.
Pero el cambio cultural es lento y desigual. La generación de los 45-65 años —los mandos intermedios actuales, formados culturalmente en el modelo tradicional— sigue siendo, en muchos casos, portadora de la cultura del aguante heredada y tiene dificultades para entender o aceptar las demandas de los más jóvenes. La fricción intergeneracional en el lugar de trabajo es uno de los temas más recurrentes de la prensa especializada y de los manuales de management contemporáneos. 「Z世代のマネジメント」 (Z-sedai no manejimento, "gestión de la Generación Z") es ya un género editorial completo, con docenas de libros publicados solo en 2023 y 2024.
La pregunta abierta —que se resolverá en las próximas dos o tres décadas— es si la transformación cultural en curso producirá un modelo equilibrado, en el que el gaman tradicional convive con la gaman shinai jiyū contemporánea en una nueva síntesis japonesa del siglo XXI, o si producirá una ruptura más radical en la que el aguante heredado se vuelve históricamente residual y el modelo dominante pasa a ser otro. La hipótesis que el autor de este artículo considera más probable es la primera: el gaman es un valor cultural demasiado arraigado para desaparecer en una generación, y la Generación Z misma reconoce, en sus formulaciones más maduras, que no se trata de eliminar el aguante sino de dosificarlo con criterio, de aguantar lo que vale la pena aguantar y soltar lo que no. El Japón saludable del 2050, si se construye, será probablemente un Japón que aguanta menos pero mejor.
Gaman en castellano: aguantar, soportar, ofrecer el sufrimiento
Conviene, antes de cerrar, ofrecer al lector hispanohablante el repertorio de palabras castellanas que se aproximan al gaman japonés y explicar dónde cada una acierta y dónde se queda corta. La cuestión no es académica: cualquier hispanohablante que pretenda hablar con japoneses en castellano sobre la cultura del aguante necesitará usar una de estas palabras, y la elección no es indiferente.
Aguantar es probablemente el equivalente castellano más cercano al gaman. Comparte con él la dimensión contenedora —el sujeto que aguanta retiene un impulso o un peso, no lo despliega hacia fuera—. Comparte el matiz de virtud silenciosa —el aguante castellano es, en algunos registros regionales, una cualidad apreciada—. La frase "este chico tiene mucho aguante" se acerca, en su modulación cultural castellana, al 「我慢強い」 (gaman-zuyoi, "fuerte de aguante") japonés. La debilidad de la equivalencia está en que aguantar, en el castellano contemporáneo, es más coyuntural y menos identitario que gaman: aguanto el dolor de muelas hasta llegar al dentista, aguanto el atasco hasta llegar a casa, aguanto un mal jefe hasta encontrar otro trabajo. Aguantar no construye, en el imaginario castellano contemporáneo, una virtud cardinal del carácter comparable a la que gaman sí construye en el japonés. La palabra existe, la operación cultural correspondiente no tanto.
Soportar es la segunda opción. Comparte la dimensión contenedora, pero connota más pasividad y resignación que gaman: el que soporta padece sin elegir; el que aguanta elige, en cierto modo, no derrumbarse. Soportar en castellano contemporáneo tiene una vibración más cercana al 「忍ぶ」 (shinobu, "soportar furtivamente") japonés que al gaman propiamente dicho. Es una palabra útil para algunas escenas —soporto el ruido del vecino— pero no captura la dignidad activa del gaman propiamente cultivado.
Tener paciencia introduce el matiz temporal —el sujeto espera a que algo pase— pero pierde el matiz contenedor —la paciencia no implica que se esté reteniendo nada—. Es útil en frases como ten paciencia con tu hijo adolescente, pero no captura el carácter resistente del gaman frente a una adversidad presente.
Resistir introduce el matiz de dignidad activa que falta en soportar. Resistir el dolor y resistir la presión son cercanos a algunos usos de gaman. Pero resistir en castellano tiene una vibración agonística —se resiste a un enemigo concreto, hay una lucha— que no está presente en gaman: el aguante japonés no es contra alguien, es interno, sin adversario externo.
Ofrecer el sufrimiento, la fórmula católica clásica, es interesante por razones distintas. En la espiritualidad católica, especialmente la española y la latinoamericana de tradición ignaciana o teresiana, ofrecer el sufrimiento designa la operación de aceptar el dolor presente y dotarlo de sentido mediante su entrega simbólica a Dios. La fórmula popular "ofrece eso por las almas del purgatorio" que muchos hispanohablantes oyeron a abuelas católicas en algún momento de su infancia funcionaba culturalmente, mutatis mutandis, de un modo no del todo distinto a como funciona el gaman japonés: dotar el aguante de un sentido que lo trasciende. La diferencia teológica es enorme —el catolicismo dirige el ofrecimiento a un Dios personal, el budismo zen al desmontaje del yo— pero la psicología práctica es estructuralmente similar: aguantar adquiere valor cuando se inscribe en una narrativa de sentido. Esta es probablemente la mejor analogía castellana del gaman japonés, siempre que se entienda como analogía y no como equivalencia.
La conclusión léxica es que el castellano tiene un vocabulario rico para hablar del aguante, distribuido entre cinco o seis palabras que cubren distintas dimensiones del concepto. El japonés concentra todas esas dimensiones en un solo término culturalmente sobrecargado: gaman es aguantar, soportar, tener paciencia, resistir y, en su mejor versión, ofrecer el sufrimiento todo al mismo tiempo. Esta concentración semántica es lo que el OED reconoció al incorporar la palabra a su corpus: el castellano no tiene una sola palabra que cubra el campo entero del concepto. Aprenderla en su forma japonesa es ganancia léxica neta para cualquier hispanohablante que llegue hasta aquí.
Lo que el gaman nos enseña — y dónde debemos pararlo
Es momento de cerrar. He intentado, a lo largo del artículo, sostener la doble verdad del gaman: su belleza colectiva y su coste individual, su grandeza histórica y su urgencia actual, su utilidad cultural y sus víctimas concretas. Conviene, en este cierre, articular qué se lleva un hispanohablante contemporáneo de la palabra y dónde debe pararla.
Primero, lo que el gaman nos enseña. Nos enseña que una sociedad puede cultivar deliberadamente la capacidad de contener los impulsos individuales en beneficio del bien común, y que esa capacidad cultivada produce, en condiciones críticas, infraestructuras civiles literalmente salvadoras de vidas. La cola perfecta frente al Lawson de Sendai en marzo de 2011 no fue magia ni virtud innata: fue el resultado acumulado de décadas de pedagogía cultural sostenida en las escuelas, en las familias, en los medios. Si una sociedad decide invertir en cultivar una virtud cívica, puede hacerlo, y los frutos se cobran cuando los necesita. Esta intuición es transferible: el castellano contemporáneo —que ha cultivado deliberadamente, por razones históricas comprensibles, una sospecha hacia el aguante como complicidad con el poder— tiene quizás algo que aprender del gaman japonés sobre cómo se construye paciencia cívica colectiva sin que esto implique servidumbre política. Las dos cosas son distintas. El gaman japonés contemporáneo, en su mejor versión, es la primera sin ser la segunda.
Segundo, nos enseña que la inversión semántica de las palabras es una de las grandes operaciones culturales sobre las que se construyen las civilizaciones. La palabra que en el siglo VIII designaba un pecado central del budismo —el orgullo del yo— pasó a designar, mil años después, una virtud central de la cultura nacional —la contención del yo—. La inversión no fue producto de un decreto ni de una operación planificada: fue el sedimentar lento de un uso popular que el habla del Edo consolidó. Las culturas vivas hacen esto constantemente, y entender un caso clásico como el del gaman ayuda a entender que el sentido de las palabras no es inmutable, que las virtudes y los vicios se reorganizan a lo largo del tiempo, que ningún concepto cultural tiene un significado fijo eterno. Esta es, en sí misma, una lección de modestia lingüística útil para cualquier hablante de cualquier idioma.
Tercero, nos enseña que toda virtud cultural tiene un coste y debe ser pesada en términos de ese coste. El gaman salvó vidas en marzo de 2011 y mata vidas en los hospitales psiquiátricos de 2024: la misma operación cultural produce, en contextos distintos, consecuencias opuestas. La pregunta culturalmente madura no es ¿es el gaman bueno o malo? —pregunta planteada en términos demasiado simples para producir respuestas útiles— sino ¿en qué contextos el gaman ayuda y en qué contextos hace daño?, y ¿cómo construimos infraestructuras culturales que pongan tope al aguante cuando este sobrepasa la capacidad individual? El Japón del 2024 está haciendo exactamente este trabajo, lentamente, dolorosamente, pero lo está haciendo. La hispanohablante contemporánea —que enfrenta sus propios problemas de salud mental, su propio burnout laboral, su propia generación Z articulando "no aguantar" como derecho— puede observar el debate japonés y aprender de él.
Y cuarto, nos enseña dónde debemos pararlo. El gaman debe pararse en el punto en el que el sujeto que lo practica deja de poder pedir ayuda. Cualquier aguante que aísle, que silencie, que se vuelva incomunicable, que produzca dieciocho meses de retraso en buscar tratamiento, es un aguante que ha sobrepasado su utilidad y se ha vuelto patológico. La línea no es siempre obvia, y trazarla en cada caso concreto es un trabajo individual y colectivo. Pero la consigna mínima del gaman saludable contemporáneo, articulada por la psiquiatría japonesa del siglo XXI, es operativa: aguanta lo que puedes contar después; el aguante que no puedes contar se ha convertido en peligro. Es un buen criterio.
Cerramos. La trilogía psicológica final de Palabras y Cultura tiene un capítulo más, el último de la serie entera: el artículo 203, dedicado al 「甘え」 (amae, la dependencia legítima como necesidad humana primaria), el concepto que el psiquiatra Doi Takeo elevó en 1971 a categoría central para entender la psicología japonesa contemporánea. Si el yamato damashii del artículo 201 nos dio el armazón identitario, y el gaman de este artículo nos ha dado la práctica diaria de la contención, el amae del artículo 203 nos dará el contrapunto necesario: la legitimidad cultural de soltar, de apoyarse, de pedir afecto. El japonés saludable —enseña la psiquiatría contemporánea— es el que sabe alternar las tres operaciones: aguantar cuando hay que aguantar, soltar cuando hay que soltar, apoyarse cuando hay que apoyarse. Aguantar todo el tiempo es la patología que este artículo ha descrito. Soltar todo el tiempo será la patología opuesta que el siguiente describirá. Y la salud está, como tantas veces, en el equilibrio entre los dos. Te espero allí.