Guardería Hoshi no Ko, distrito de Shibuya, Tokio, una mañana de miércoles a las diez y cuarto. Sofía, tres años y dos meses, hija de Patricia —diseñadora gráfica mexicana de Monterrey, treinta y cuatro años, residente en Tokio desde 2019— y de Kenta —ingeniero japonés de software en una startup de Shibuya, treinta y seis años—, lleva ocho meses en su clase de tres años. Es perfectamente bilingüe en japonés y castellano —habla los dos idiomas con la naturalidad despreocupada de los niños criados en hogares multilingües—, sabe cantar el 「むすんでひらいて」 y el "Tengo una vaca lechera" con la misma soltura, y reconoce sin esfuerzo a los dieciocho compañeros de su clase por nombre. Hoy, durante el 「お散歩」** matutino que la guardería organiza dos veces por semana al parque Yoyogi vecino, los niños han visto a un señor mayor que paseaba a su Shiba Inu marrón con correa cerca de la entrada sur del parque. El perro, encantador y bien educado, se ha quedado parado mirando a los veinte niños con la cabeza ladeada de la curiosidad. La cuidadora, Tanaka-sensei, una mujer joven de veintinueve años con tres años de experiencia con bilingües, ha aprovechado el encuentro como ejercicio educativo improvisado: 「みんな、犬を見て! 何て鳴くかな?」 (minna, inu wo mite! Nan-te naku kana?, "¡todos, mirad al perro! ¿cómo creéis que canta?"). Los diecisiete niños japoneses han contestado al unísono con la respuesta canónica del catálogo léxico que cualquier niño japonés de tres años conoce desde el primer año de vida: 「わんわん!」 (wan-wan!). Sofía, a la vez, ha contestado con la respuesta canónica del catálogo léxico que cualquier niño mexicano de tres años conoce desde el primer año de vida: "¡Guau guau!". Los diecisiete niños japoneses se han girado hacia ella simultáneamente con expresión perpleja. Una niña, Yui, hija de un médico de Setagaya, le ha dicho a Sofía con la pequeña firmeza pedagógica de la prima mayor: 「ちがうよ、わんわんだよ!」 (chigau yo, wan-wan da yo!, "no, es wan-wan"). Sofía, con tres años y la convicción serena de quien sabe que su mamá no se equivoca cuando le enseña español, ha repetido: "¡Guau guau!". Yui ha repetido: 「わんわん!」. Sofía: "¡Guau!". Tanaka-sensei, con la sonrisa precisa de la educadora que ha visto exactamente esta escena en cuatro generaciones anteriores de niños multiculturales, ha intervenido con paciencia: 「ソフィアちゃん、メキシコでは『グアウ』って言うんだね。日本では『わんわん』って言うの。両方正しいよ。犬は同じだけど、言葉が違うの」 ("Sofía-chan, en México decís guau. En Japón decimos wan-wan. Las dos cosas son correctas. El perro es el mismo, pero el idioma es diferente"). Sofía, a los tres años y dos meses, ha vivido en esa mañana del parque Yoyogi uno de los descubrimientos más profundos que cualquier ser humano puede hacer en su vida: que un mismo sonido del mundo —el ladrido del Shiba Inu del señor mayor— suena diferente según el idioma que uno habla. No es que Sofía oiga diferente físicamente que Yui; es que el idioma materno de cada una de las dos niñas filtra el ladrido objetivo del Shiba Inu en formas distintas, y produce, en la conciencia auditiva de cada niña, una representación léxica diferente del mismo evento acústico. La filosofía del lenguaje le da nombre técnico a este fenómeno: relatividad lingüística, hipótesis Sapir-Whorf, principio fundacional de la antropología lingüística contemporánea. Sofía no necesita los nombres técnicos; necesita solo entender que mamá y papá tienen razón los dos al mismo tiempo. Patricia, esa noche en casa cuando recoge a Sofía y Tanaka-sensei le cuenta el episodio entre risas, llora un poquito de orgullo. Sofía acaba de pasar el primer rito iniciático del bilingüe pleno.
La escena de Sofía y Yui en el parque Yoyogi —repetida con variantes en miles de guarderías japonesas con población infantil multicultural cada año— es la mejor puerta de entrada posible al campo léxico que vamos a recorrer en este artículo: el catálogo de los sonidos animales en japonés, dominio canónico del 擬声語 (giseigo, "voz de ser vivo"), categoría onomatopéyica que nombramos en el artículo 205 dedicado a la clasificación de Tamori. Si los artículos 206, 207 y 208 trabajaron sobre campos sensoriales y emocionales internos —la lluvia que cae, la textura del bocado, la emoción que el corazón siente—, este artículo trabaja sobre el campo más obviamente exterior: lo que los animales del mundo —perros, gatos, vacas, pollos, ranas, cigarras— producen acústicamente, y lo que el oído japonés lexicaliza de esa producción acústica. La densidad léxica del campo es comparable a la de los anteriores —aproximadamente veinticinco onomatopeyas centrales activamente productivas, distribuidas en seis subcampos zoológicos—, pero la dimensión cognitiva del campo es radicalmente distinta. Los catálogos anteriores nombran cosas que el sujeto japonés siente; el catálogo animal nombra cosas que el sujeto japonés oye en el mundo exterior, y por tanto produce, en su contraste con los catálogos paralelos del castellano, del inglés, del coreano y del chino, el laboratorio antropológico más limpio que existe para estudiar el fenómeno de la relatividad fonológica del oído humano.
Este artículo es el sexto capítulo de la serie オノマトペ y el cuarto dedicado a un campo léxico específico. Recorreremos en estas páginas la escena ampliada de Sofía en el parque Yoyogi y la lección general que enseña sobre el filtro fonológico del oído cultural; pasaremos al catálogo razonado de las veinticinco onomatopeyas animales centrales, agrupadas en seis subcampos (mascotas domésticas, aves, ganadería, fauna salvaje, anfibios y reptiles, insectos y artrópodos); presentaremos la tabla comparativa multilingüe que enfrenta el catálogo japonés con los catálogos paralelos del castellano, inglés, coreano y chino; analizaremos la hipótesis Sapir-Whorf y por qué este campo léxico es el laboratorio canónico para discutirla; recorreremos el mundo del libro infantil japonés y la canción tradicional como aula natural del catálogo zoológico léxico; estudiaremos el fenómeno cultural global de Pokémon como caso de exportación masiva de la onomatopeya animal japonesa al mundo; profundizaremos en el descubrimiento histórico de Yamaguchi Nakami según el cual los perros japoneses ladraban "biyo" durante varios siglos antes de empezar a ladrar "wan"; y cerraremos con una reflexión sobre lo que los sonidos animales nos enseñan sobre el oído cultural. Es, como prometí al final del artículo 208, el capítulo más divertido de la serie. Empezamos por la escena del parque.
¿Guau o wan-wan? El día en que Sofía descubrió que el mismo perro suena diferente
Volvamos un momento sobre la escena del parque Yoyogi, porque lo que Sofía descubrió esa mañana a los tres años y dos meses es una de las verdades más profundas y menos obvias de la cognición humana, y conviene articularla con todo el cuidado que merece. Lo que está en juego no es trivial. Es una pregunta filosófica del nivel de las que Platón discute con Sócrates en el Crátilo: ¿los nombres de las cosas reflejan las cosas tal como son, o son convenciones culturales que distintas culturas pueden establecer de manera distinta sin que ninguna sea más correcta que la otra?
Aplicado al ladrido del Shiba Inu del señor mayor del parque Yoyogi, la pregunta se plantea así. El Shiba Inu produce, en el momento concreto en que se queda mirando a los niños, una secuencia acústica concreta y físicamente medible: vibraciones del aire a determinadas frecuencias, con determinada amplitud, durante determinado tiempo. Esa secuencia acústica es exactamente la misma para el oído físico de Sofía y para el oído físico de Yui: las cócleas de las dos niñas reciben las mismas ondas sonoras, los nervios auditivos transmiten las mismas señales eléctricas, las cortezas auditivas primarias del cerebro registran los mismos patrones. La materia prima auditiva es idéntica.
Lo que cambia entre Sofía y Yui no es la materia prima sino el procesamiento léxico subsiguiente. Cuando la corteza auditiva primaria de Yui registra el ladrido del Shiba Inu, las cortezas asociativas superiores —que han sido entrenadas durante tres años de exposición al japonés materno— buscan automáticamente la coincidencia más próxima dentro del inventario fonológico del japonés. El inventario japonés contiene: vocales A, I, U, E, O; consonantes K, S, T, N, H, M, Y, R, W, G, Z, D, B, P; y una sílaba especial final N. Las consonantes oclusivas labiales /b/ y /w/ son acústicamente las más cercanas al sonido inicial del ladrido del perro, y la sílaba final /N/ es la más cercana al sonido final. La conclusión inconsciente y automática que el cerebro lingüístico de Yui formula en una fracción de segundo es: わ・ん, wa-n. El ladrido objetivo, filtrado por el inventario fonológico del japonés, suena wan.
Cuando la corteza auditiva primaria de Sofía registra el mismo ladrido, las cortezas asociativas superiores —que han sido entrenadas durante tres años de exposición al castellano mexicano materno— buscan la coincidencia más próxima dentro del inventario fonológico del castellano. El inventario castellano contiene: cinco vocales A, E, I, O, U; consonantes oclusivas y fricativas que incluyen B, D, G, P, T, K, F, S, J; varios diptongos como AU, EU, IA, IE, IO, UA; y consonantes nasales N, M. La consonante velar /g/ y el diptongo /au/ son acústicamente las más cercanas al sonido del ladrido del Shiba Inu en el inventario castellano, especialmente cuando se combinan en la sílaba /gwau/. La conclusión inconsciente y automática que el cerebro lingüístico de Sofía formula en una fracción de segundo es: g-u-a-u. El ladrido objetivo, filtrado por el inventario fonológico del castellano, suena guau.
Las dos niñas, dicho en una frase, están aplicando dos filtros fonológicos diferentes al mismo input acústico, y obteniendo dos outputs léxicos distintos. Ninguna de las dos miente. Ninguna se equivoca. Ninguna oye peor que la otra. Las dos están funcionando exactamente como su lengua materna les ha enseñado a funcionar, y producen, como resultado de ese funcionamiento perfecto, dos representaciones léxicas distintas de un mismo evento acústico objetivo. La diferencia no está en el perro; está en el aparato fonológico mental de cada hablante.
Esta verdad —que el oído humano es un órgano fisiológicamente universal pero cognitivamente culturizado— es uno de los descubrimientos centrales de la antropología lingüística del siglo XX. Y el catálogo de los sonidos animales en los distintos idiomas del mundo es el laboratorio empírico más limpio donde observarla en acción. Vamos a estudiar el catálogo japonés con la atención que merece, y después vamos a compararlo con los catálogos paralelos del castellano y otros idiomas para ver el filtro fonológico operando con precisión casi clínica.
El catálogo de los veinticinco: cómo ladran, maúllan, croan y cantan los animales japoneses
Recorramos ahora el catálogo razonado de las veinticinco onomatopeyas animales centrales del japonés contemporáneo, agrupadas en seis subcampos zoológicos. Para cada palabra ofrezco forma fonética, animal específico asociado, uso en el habla infantil materna (cuando aplique), y un ejemplo de frase natural.
Subcampo 1: mascotas domésticas (cinco palabras nucleares)
「ワンワン」 (wan-wan) — ladrido del perro. Es la onomatopeya animal más enseñada primero a cualquier niño japonés, y la base léxica del registro materno-infantil para hablar de perros: 「ワンワンを見て!」 (wan-wan wo mite!, "¡mira el wan-wan!", referido al perro como tal). En el habla adulta no infantil, la onomatopeya aparece como complemento adverbial: 「犬がワンワンと吠えている」 (inu ga wan-wan to hoete iru, "el perro está ladrando wan-wan"). Variante de registro más fuerte: 「ガウガウ」 (gau-gau) para perros grandes o agresivos.
「ニャー」 / 「ニャーニャー」 / 「ニャンニャン」 (nyaa, nyaa-nyaa, nyan-nyan) — maullido del gato. Junto con wan-wan, es la onomatopeya animal más fundamental del registro infantil. 「ニャンニャンを抱っこする」 (nyan-nyan wo dakko suru, "abrazar al gato"). El sufijo 「ちゃん」 (chan, diminutivo cariñoso) se combina con el morfema nyan para producir 「にゃんちゃん」 (nyan-chan) y 「猫ちゃん」 (neko-chan), formas de cariño hacia el gato familiar. La sustitución del nombre de la especie por la onomatopeya de su voz es uno de los rasgos más característicos del 「幼児語」 (yōji-go, "lenguaje infantil") japonés.
「ゴロゴロ」 (goro-goro) — ronroneo del gato satisfecho. Curiosamente la misma palabra que designa el ruido del trueno lejano, del estómago hambriento y del rodaje de objetos cilíndricos pesados. La polisemia es ejemplo clásico de onomatopeya altamente productiva que aplica a contextos múltiples por similitud acústica abstracta. 「猫がゴロゴロしている」 (neko ga goro-goro shite iru, "el gato está ronroneando").
「シャー」 (shaa) — bufido amenazante del gato. Onomatopeya de registro alarmante, raramente aplicada al habla infantil cariñosa. 「猫が怒ってシャーと言った」 (neko ga okotte shaa to itta, "el gato se enfadó y bufó shaa"). La forma fricativa /ʃ/ con vocal alargada reproduce con precisión casi fonética el sonido real del bufido felino.
「ちゅんちゅん」 (chun-chun) — chirrido del gorrión, aplicado por extensión a pequeños pájaros urbanos en general. 「朝から雀がチュンチュン鳴いている」 (asa kara suzume ga chun-chun naite iru, "los gorriones están cantando chun-chun desde la mañana"). Es la onomatopeya canónica del paisaje sonoro matutino urbano japonés y aparece sistemáticamente en literatura, lírica musical y descripciones costumbristas del Japón cotidiano.
Subcampo 2: aves (cuatro palabras nucleares)
「コケコッコー」 (kokekokkō) — canto del gallo al amanecer. La onomatopeya más larga y más fonéticamente compleja del catálogo (cinco sílabas, con sílaba consonántica geminada kk y vocal alargada final ō). Aparece sistemáticamente en libros infantiles, programas de televisión rural y descripciones del paisaje sonoro del Japón pre-urbano. 「朝、コケコッコーで目が覚めた」 (asa, kokekokkō de me ga sameta, "me desperté por la mañana con el kokekokkō").
「ピヨピヨ」 (piyo-piyo) — pío del pollito recién nacido. Onomatopeya extremadamente productiva en el universo del libro infantil japonés, donde aparece en cualquier escena con animales de granja o con polluelos. 「ヒヨコがピヨピヨ鳴いている」 (hiyoko ga piyo-piyo naite iru, "los pollitos están piando piyo-piyo").
「カァカァ」 / 「カーカー」 (kaa-kaa) — graznido del cuervo. Onomatopeya con valencia afectiva mixta: aparece tanto en contextos negativos (cuervos como aves de mal agüero) como en contextos costumbristas neutros (el sonido del paisaje urbano de barrios residenciales con cuervos frecuentes). El cuervo es una especie particularmente significativa del paisaje urbano japonés, especialmente en Tokio, donde la población de 「ハシブトガラス」 (hashibuto-garasu, "cuervo de pico grueso") es de las más densas del mundo. 「カラスがカァカァ鳴いている」 (karasu ga kaa-kaa naite iru, "los cuervos están graznando kaa-kaa").
「ホーホケキョ」 (hō-hokekyo) — canto del ruiseñor japonés, 「鶯」 (uguisu), ave pequeña marrón que canta especialmente en primavera y verano. Es la onomatopeya animal más cargada culturalmente del catálogo: aparece en poesía clásica desde el periodo Heian, en haiku de Bashō, Buson e Issa, en canciones infantiles tradicionales, en pinturas estacionales y en logotipos comerciales asociados a la primavera japonesa. 「春の山でホーホケキョと鶯が鳴いた」 (haru no yama de hō-hokekyo to uguisu ga naita, "en la montaña primaveral, el uguisu cantó hō-hokekyo"). Es probablemente la onomatopeya animal más poética del idioma.
Subcampo 3: ganado (cuatro palabras nucleares)
「モーモー」 (moo-moo) — mugido de la vaca. Caso interesante de convergencia fonética transcultural: el inglés moo, el castellano muu, el coreano eummae y el japonés moo-moo comparten todos el morfema labial nasal /m/ + vocal posterior /u/-/o/. La razón es que el mugido bovino tiene un componente acústico nasal-labial tan dominante que los inventarios fonológicos de todos los idiomas que han estudiado vacas convergen en aproximadamente la misma representación léxica. Las vacas son una excepción culturalmente translingüística del filtro fonológico que vimos en la sección anterior. 「牧場で牛がモーモー鳴いていた」 (bokujō de ushi ga moo-moo naite ita, "en la granja las vacas mugían moo-moo").
「メーメー」 (mee-mee) — balido de oveja y cabra. El mismo principio de convergencia fonética operó aquí en cierta medida: el castellano bee, el inglés baa, el japonés mee-mee convergen en el morfema /m/ o /b/ + vocal abierta /e/-/a/. 「羊がメーメーと鳴いた」 (hitsuji ga mee-mee to naita, "la oveja baló mee-mee").
「ブーブー」 (buu-buu) — gruñido del cerdo. Curiosamente, en el habla infantil materna japonesa, la palabra 「ブーブー」 designa también al coche (sustituyendo el ruido del motor al animal de granja). Esta doble función léxica produce ocasionales malentendidos divertidos entre niños bilingües que aprenden las dos palabras simultáneamente. 「豚がブーブー言っている」 (buta ga buu-buu itte iru, "el cerdo está gruñendo buu-buu").
「ヒヒーン」 (hihiin) — relincho del caballo. Onomatopeya con la vocal alargada final característica del relincho real, capturada fonéticamente con precisión por el inventario japonés. La consonante inicial /h/ japonesa coincide notablemente con el componente respiratorio aspirado del relincho. 「馬がヒヒーンと鳴いた」 (uma ga hihiin to naita, "el caballo relinchó hihiin").
Subcampo 4: fauna salvaje (tres palabras nucleares)
「ガオー」 (gaoo) — rugido del león, tigre, oso. Onomatopeya expresiva e infantil, raramente aplicada en descripciones zoológicas serias. Aparece sistemáticamente en libros infantiles sobre animales salvajes y en juegos de imitación entre niños pequeños. 「ライオンがガオーと吠える」 (raion ga gaoo to hoeru, "el león ruge gaoo"). La forma alargada 「ガオーッ」 intensifica el rugido.
「ウォーン」 / 「ウォン」 (woon, won) — aullido del lobo. Onomatopeya rara en el habla cotidiana japonesa porque los lobos no son fauna doméstica del archipiélago, pero presente en libros, películas y descripciones de paisaje nocturno montañoso. 「山で狼がウォーンと鳴いた」 (yama de ōkami ga woon to naita, "en la montaña el lobo aulló woon").
「パオーン」 (paoon) — barrito del elefante. Onomatopeya específicamente infantil, aparece en cualquier libro o canción con elefantes como protagonistas (incluida la mítica 「ぞうさん」 zōsan del compositor Mado Michio). 「象がパオーンと鳴いた」 (zō ga paoon to naita, "el elefante barritó paoon"). El sonido /p/ inicial reproduce el componente labial explosivo del barrito real.
Subcampo 5: anfibios y reptiles (tres palabras nucleares)
「ケロケロ」 (kero-kero) — croar de la rana. Onomatopeya canónicamente japonesa y central al imaginario cultural rural del archipiélago: la rana en el arrozal de verano, el ruido nocturno del campo japonés, el motivo del haiku clásico. La canción infantil 「かえるのうた」 (Kaeru no Uta, "La canción de la rana") integra la onomatopeya en su estribillo central: 「ケロケロケロケロ クワックワックワッ」. 「カエルがケロケロ鳴いている」 (kaeru ga kero-kero naite iru, "las ranas están croando kero-kero").
「ゲコゲコ」 (geko-geko) — variante para ranas más grandes, croar más grave y resonante. La distinción entre kero-kero (rana pequeña aguda) y geko-geko (rana grande grave) es ejemplo de la fina resolución léxica del japonés en este subcampo. 「池でゲコゲコと大きなカエルが鳴いている」 (ike de geko-geko to ōkina kaeru ga naite iru, "en el estanque, las ranas grandes croan geko-geko").
「シューシュー」 (shuu-shuu) — silbido de la serpiente. Onomatopeya rara en el habla cotidiana pero presente en literatura, mitología (la serpiente Yamata-no-Orochi en el Kojiki) y libros infantiles sobre animales salvajes. 「ヘビがシューシューと舌を出した」 (hebi ga shuu-shuu to shita wo dashita, "la serpiente sacó la lengua shuu-shuu").
Subcampo 6: insectos y artrópodos (seis palabras nucleares)
「ミーンミーン」 (miin-miin) — canto de la cigarra 「ミンミンゼミ」 (minminzemi), una de las especies más comunes del verano japonés. La cigarra es el animal más cultural y emocionalmente cargado del verano japonés, equivalente fonológico de lo que el mediterráneo siente con su cigarra de verano pero con resolución léxica mucho más fina: el japonés distingue al menos cinco tipos de cigarra por su canto característico. 「夏の朝、ミーンミーンとセミが鳴いている」 (natsu no asa, miin-miin to semi ga naite iru, "en la mañana de verano, las cigarras cantan miin-miin").
「ジージー」 (jii-jii) — canto de la cigarra 「アブラゼミ」 (aburazemi), otra especie común, con sonido más áspero y continuo que el miin-miin. 「アブラゼミがジージーうるさい」 (aburazemi ga jii-jii urusai, "la aburazemi hace mucho ruido jii-jii").
「ツクツクボーシ」 (tsukutsuku-bōshi) — canto de la cigarra del mismo nombre, especie que aparece al final del verano y cuyo canto característico se onomatopeyiza con su propio nombre fonético: la cigarra dice literalmente tsukutsuku-bōshi, tsukutsuku-bōshi. Es uno de los pocos casos del catálogo en los que la onomatopeya ha generado retroactivamente el nombre de la especie. Aparece en haiku de final de verano como signo poético del 「秋の始まり」 (aki no hajimari, "comienzo del otoño").
「ブーン」 (buun) — zumbido de insectos voladores grandes: mosca, avispa, abejorro, mosquito grande. Onomatopeya de valencia general negativa en contextos de habitación cerrada (mosquito en el dormitorio en verano) y neutra en contextos campestres. 「蚊がブーンと耳元で鳴いた」 (ka ga buun to mimimoto de naita, "el mosquito zumbó buun cerca del oído").
「リーンリーン」 / 「リン」 (riin-riin, rin) — canto del 「鈴虫」 (suzumushi, "grillo de campana"), uno de los insectos cantores del otoño japonés con mayor carga cultural. El nombre suzu-mushi significa literalmente "insecto-campana" porque su canto suena como una campanita pequeña, y la onomatopeya riin-riin reproduce ese sonido cristalino. 「秋の夜、鈴虫がリーンリーンと鳴いた」 (aki no yoru, suzumushi ga riin-riin to naita, "en la noche de otoño, el suzumushi cantó riin-riin"). Es la onomatopeya animal otoñal canónica, paralelo estacional del hō-hokekyo primaveral.
「リッリッ」 (ri-ri) — canto del 「コオロギ」 (kōrogi, grillo). El grillo es, junto con el suzumushi, el insecto cantor otoñal más cultural del catálogo japonés. La distinción entre los dos —kōrogi con su ri-ri y suzumushi con su riin-riin— es ejemplo otra vez de la fina resolución léxica del japonés en el subcampo entomológico. 「コオロギがリッリッと鳴いている」 (kōrogi ga ri-ri to naite iru, "el grillo está cantando ri-ri").
Con estas veinticinco palabras —y unas diez adicionales menores: piichiku-pāchiku del canto matutino general, gera-gera de la risa humana animal-equivalente, gao del rugido infantil, mō-mō del mugido alargado, bū-n del moscardón grande, kiyo-kiyo del pájaro pequeño rural, entre otras— el hablante japonés contemporáneo dispone del inventario léxico animal más rico del idioma. La sección siguiente compara este inventario con sus contrapartes en otros cuatro idiomas para que la dimensión cultural de la cuestión quede empíricamente clara.
El mismo animal, sonidos distintos: comparativa multilingüe (cinco idiomas)
Conviene presentar ahora la tabla comparativa multilingüe que enfrenta el catálogo japonés con los catálogos paralelos del castellano, inglés, coreano y chino mandarín, los cinco idiomas con tradición léxica animal documentada más larga y más estudiada por la antropología lingüística contemporánea. La tabla cubre los diez animales más universales para producir la imagen empírica más nítida posible.
| Animal | Japonés | Castellano | Inglés | Coreano | Chino mandarín |
|---|---|---|---|---|---|
| Perro | wan-wan ワンワン | guau guau | woof woof | meong-meong 멍멍 | wāng-wāng 汪汪 |
| Gato | nyaa ニャー | miau | meow | yaong 야옹 | miāo 喵 |
| Gallo | kokekokkō コケコッコー | quiquiriquí | cock-a-doodle-doo | kkokkio 꼬끼오 | wō-wō 喔喔 |
| Vaca | moo-moo モーモー | muu | moo | eummae 음매 | mōu 哞 |
| Cerdo | buu-buu ブーブー | oinc oinc | oink oink | kkulkkul 꿀꿀 | hēng-hēng 哼哼 |
| Rana | kero-kero ケロケロ | croac | ribbit | gaegul 개굴개굴 | guā-guā 呱呱 |
| Pato | gaa-gaa ガーガー | cua cua | quack quack | kkwaek-kkwaek 꽥꽥 | gā-gā 嘎嘎 |
| Oveja | mee-mee メーメー | bee bee | baa baa | eummae 음매 | miē-miē 咩咩 |
| Abeja | buun ブーン | bzzz | buzz | wing-wing 윙윙 | wēng-wēng 嗡嗡 |
| Cuervo | kaa-kaa カァカァ | cua cua | caw caw | kkaak 까악 | wā-wā 哇哇 |
Observaciones empíricas que la tabla permite extraer:
Primera observación: convergencia transcultural en algunos animales. La vaca y la oveja muestran convergencia léxica notable entre las cinco familias lingüísticas: todas usan morfemas labio-nasales /m/ o /b/ con vocales abiertas o posteriores. Esto sugiere que el mugido y el balido tienen componentes acústicos tan dominantemente labiales que cualquier inventario fonológico humano converge en aproximadamente la misma representación. La universalidad parcial es real.
Segunda observación: divergencia radical en otros animales. El perro y el gallo muestran divergencia radical: wan / guau / woof / meong / wang del perro no comparten ni siquiera fonema central; kokekokkō / quiquiriquí / cock-a-doodle-doo / kkokkio / wōwō del gallo son cinco realizaciones léxicas casi sin parentesco fonético reconocible. El ladrido y el canto del gallo son sonidos acústicamente lo bastante complejos y politímbricos como para que cada inventario fonológico los recorte de manera radicalmente distinta.
Tercera observación: agrupaciones intermedias. El gato muestra convergencia parcial: nyaa / miau / meow / yaong / miāo comparten todos un componente fricativo o nasal central y una vocal abierta. La rana muestra divergencia parcial: kero / croac / ribbit / gaegul / guā tienen poco parentesco. Cada animal del catálogo cae en algún punto de un continuo entre universalidad fonética y arbitrariedad cultural que la lingüística contemporánea estudia con cuidado.
Cuarta observación: la resolución léxica varía entre idiomas. El japonés distingue al menos cuatro tipos de cigarra por nombre (minminzemi, aburazemi, tsukutsuku-bōshi, higurashi) con onomatopeyas específicas para cada uno. El castellano tiene una sola palabra (cigarra) y una sola onomatopeya (chirrr). La diferencia refleja la importancia ecológica y cultural que cada idioma concede al insecto: en Japón las cigarras son símbolo cultural masivo del verano; en el mediterráneo son ruido de fondo apenas notado.
Lo que la tabla demuestra empíricamente, vista en conjunto, es que el oído humano no es un órgano universal sino un órgano culturalmente moldeado. La misma señal acústica del mismo animal produce, en cinco oídos lingüísticos distintos, cinco representaciones léxicas distintas. Esta es la tesis fundamental de la hipótesis Sapir-Whorf, tema de la sección siguiente.
Sapir, Whorf y el filtro fonológico del oído: por qué oímos lo que oímos
La explicación teórica de lo que la tabla anterior muestra empíricamente la formularon, durante las primeras décadas del siglo XX, dos antropólogos-lingüistas estadounidenses: Edward Sapir (1884-1939), profesor en la Universidad de Yale, autor de Language: An Introduction to the Study of Speech (1921), y su discípulo Benjamin Lee Whorf (1897-1941), ingeniero químico de profesión y lingüista por vocación, autor de los ensayos recopilados póstumamente en Language, Thought, and Reality (1956). La idea central que comparten —desarrollada por Sapir en sus seminarios y refinada por Whorf en sus estudios sobre las lenguas amerindias, especialmente el hopi— se conoce como hipótesis Sapir-Whorf o principio de relatividad lingüística, y se formula clásicamente en dos versiones de fuerza decreciente.
Versión fuerte (determinismo lingüístico): el idioma materno determina la estructura del pensamiento; los hablantes de idiomas diferentes piensan de manera radicalmente distinta y no pueden, en principio, traducir plenamente entre sí. Esta versión fuerte, defendida por Whorf en algunos de sus textos más radicales, ha sido ampliamente refutada por la lingüística contemporánea: hablantes de idiomas muy distintos pueden, evidentemente, traducirse y entenderse en buena medida.
Versión débil (relatividad lingüística): el idioma materno influye sobre la estructura del pensamiento, especialmente sobre la atención perceptiva fina y sobre la categorización por defecto de la experiencia. Esta versión débil, defendida por Sapir en sus textos más matizados, está empíricamente bien apoyada por estudios psicolingüísticos contemporáneos. Los hablantes de idiomas con catálogos léxicos finos para un campo dado (los colores en hanunoo de Filipinas, los olores en jahai de Malasia, los sonidos animales en japonés) muestran mayor sensibilidad perceptiva a las distinciones de ese campo que los hablantes de idiomas con catálogos más reducidos.
Aplicada al campo de los sonidos animales, la versión débil de Sapir-Whorf predice exactamente lo que la tabla de la sección anterior muestra: los hablantes de idiomas con inventarios fonológicos distintos producen, ante el mismo input acústico animal, representaciones léxicas distintas, y esas representaciones léxicas, una vez fijadas culturalmente, retroalimentan la percepción auditiva subsiguiente. La niña Yui no solo dice wan-wan después de oír al perro; oye al perro como wan-wan desde el primer momento de la percepción. La niña Sofía no solo dice guau después de oír al perro; oye al perro como guau desde el primer momento de la percepción. Las dos percepciones son legítimas, las dos son culturalmente entrenadas, ninguna es más fiel al perro real que la otra. El perro real no suena ni wan-wan ni guau; suena lo que suena, una secuencia acústica complejísima que ningún inventario léxico finito puede capturar sin pérdida.
Hay una lección epistemológica importante en esto. Vivimos cotidianamente bajo la ilusión de que oímos el mundo tal como es. La hipótesis Sapir-Whorf, en su versión débil, nos enseña que oímos el mundo a través del filtro de nuestro idioma, y que el filtro es invisible para nosotros mismos precisamente porque es el medio mismo en el que percibimos. Un pez no ve el agua; un hablante nativo no ve su idioma. El bilingüe, especialmente el bilingüe entrenado desde la primera infancia como Sofía, es el único sujeto humano que puede empezar a ver el filtro, porque puede comparar dos filtros simultáneamente y darse cuenta de que ambos producen versiones legítimas pero distintas del mismo mundo. Por eso el bilingüismo temprano es una de las herramientas cognitivas más valiosas que un padre puede dar a un hijo: le entrega no solo dos idiomas, sino la capacidad metalingüística de reconocer que el idioma es un filtro.
Sofía, a los tres años y dos meses, no formula esto en términos filosóficos. Pero el día del parque Yoyogi empezó, sin saberlo, a tener la intuición. Veinte años después, cuando estudie filosofía del lenguaje en la Universidad Complutense de Madrid o en la Universidad de Tokio, va a leer a Sapir y a Whorf y se va a acordar de aquella mañana de wan-wan y guau. Va a entender entonces, con palabras técnicas, lo que su mamá le había enseñado con paciencia ese día: que el perro era el mismo, pero el idioma era diferente. Una de las verdades cognitivas más profundas del ser humano dicha por una mexicana a su hija en castellano en una guardería de Shibuya. Hay verdades que se aprenden así.
El libro infantil japonés y la canción tradicional: el aula de los animales
El catálogo de los veinticinco sonidos animales japoneses no se aprende mediante listas alfabéticas ni gramáticas formales; se aprende escuchando libros infantiles y canciones tradicionales durante los primeros tres a cinco años de vida. Cualquier hispanohablante que quiera adquirir el catálogo en edad adulta debe, idealmente, reconstruir esa experiencia educativa mediante exposición voluntaria al corpus literario-musical infantil del archipiélago. Conviene mapear los recursos disponibles.
Libros ilustrados clásicos. El género del 「絵本」 (ehon) es uno de los más prestigiosos y mejor desarrollados del editorial japonés, con varias editoriales especializadas (Fukuinkan Shoten, Kodansha, Iwasaki Shoten, Hyoronsha) que publican catálogos enteros de literatura infantil de alta calidad. Tres libros canónicos para el aprendizaje del catálogo animal merecen mención específica.
「いないいないばあ」 (Inai-inai bā, "Cu-cu, tras"), de Matsutani Miyoko y Setsuko Yasuda, publicado por Doshinsha en 1967 y reeditado más de 800 veces desde entonces. El libro presenta animales sucesivos —oso, gato, ratón, zorro, niña— escondiéndose con las manos y revelándose al lector con el grito 「ばあ!」 (bā!, "tras!"). Es probablemente el libro infantil más vendido de la historia de Japón (más de ocho millones de ejemplares) y la introducción canónica al catálogo animal para cualquier bebé japonés de seis a doce meses. La onomatopeya 「にゃあにゃあ」 del gato, 「わんわん」 del perro y 「ちゅうちゅう」 del ratón aparecen en versiones tempranas del libro.
「だるまさんが」 (Daruma-san ga, "El señor Daruma"), de Kagakui Hiroshi, publicado por Bronze Shinsha en 2008 y rápidamente convertido en libro «de regalo de bebé» canónico (los recién nacidos lo reciben de los abuelos como primer libro). La estructura repetitiva —Daruma-san ga... dotetsu ("el señor Daruma se cayó"), Daruma-san ga... pukkuri ("el señor Daruma se hinchó"), Daruma-san ga... biron ("el señor Daruma se estiró")— enseña onomatopeyas básicas con humor visual fácilmente comprensible para bebés de doce a veinticuatro meses. Los animales del libro —en realidad bolas-Daruma antropomorfizadas más que animales propiamente dichos— aparecen como vehículo para introducir el sistema onomatopéyico general.
「14ひきのねずみ」 (Jūyon-hiki no Nezumi, "Las catorce ratas"), serie de Iwamura Kazuo publicada por Doshinsha desde 1983, doce volúmenes hasta la actualidad. La serie narra la vida cotidiana de una familia de catorce ratones campestres (papá, mamá, abuela, abuelo y diez crías nombradas) a lo largo de las estaciones del año japonés. Las onomatopeyas animales y naturales aparecen sistemáticamente: chū-chū del ratón, kero-kero de la rana, piyo-piyo del pollito, gā-gā del pato. Es uno de los recursos más eficaces para aprendices de japonés intermedios que quieran inmersión léxica natural.
Canciones tradicionales infantiles. Las 「童謡」 (dōyō, "canciones infantiles"), género musical canónico del Japón del siglo XX desarrollado especialmente entre los años 1920 y 1960, son el otro gran vehículo de aprendizaje del catálogo animal. Tres canciones merecen mención específica.
「かえるのうた」 (Kaeru no Uta, "La canción de la rana"). Canción tradicional de origen alemán (adaptación del lied «Froschgesang») traducida al japonés en 1947 por Okakura Yoshisaburō. La estructura en canon que se canta a cuatro voces en las clases de música escolares —「かえるのうたが きこえてくるよ クワックワックワックワッ ケロケロケロケロ クワックワックワッ」 ("oigo la canción de la rana, kwakkwak, kero-kero, kwakwakwa")— integra dos onomatopeyas de rana (kero-kero alta, kwakkwak grave) en un mismo texto, fenómeno léxico raramente comparado al alcance del lector.
「いぬのおまわりさん」 (Inu no Omawari-san, "El perro policía"). Canción de Sato Yoshimi y Onuki Tetsuro publicada en 1960, donde una niñita gatita perdida le pregunta al perro policía de barrio cómo volver a casa. El estribillo —「ワンワン、ワンワン、ニャーン、ニャーン」 ("wan-wan, wan-wan, nyaa-n, nyaa-n")— enseña simultáneamente las dos onomatopeyas animales más fundamentales del catálogo en su contexto comunicativo ideal: el animal A llama al animal B, el animal B contesta al animal A. Es probablemente la canción infantil más eficaz del corpus japonés para enseñar la idea misma de la onomatopeya animal a niños muy pequeños.
「ぞうさん」 (Zōsan, "El elefantito"). Canción del compositor Mado Michio (1909-2014) y el musicólogo Dan Ikuma (1924-2001), publicada en 1953. Es una de las canciones infantiles japonesas más amadas del siglo XX, con melodía sencilla y letra emotiva: 「ぞうさん、ぞうさん、お鼻がながいのね、そうよ、母さんもながいのよ」 ("elefantito, elefantito, tu nariz es larga, ¿no? Sí, la de mi mamá también es larga"). La canción no contiene onomatopeya explícita del barrito (paoon) pero la sugiere temáticamente en cada estrofa. Mado Michio fue premiado con el Premio Hans Christian Andersen en 1994 (el equivalente Nobel de la literatura infantil) y su corpus es uno de los grandes tesoros de la cultura infantil japonesa contemporánea.
Para el hispanohablante adulto que quiera reconstruir el aula educativa primaria del japonés sin haber tenido infancia japonesa, una hora a la semana durante seis meses con estos materiales es probablemente la inversión léxica de mejor rendimiento del campo. Los libros se compran en Amazon Japón con envío internacional o se leen en bibliotecas japonesas si uno está en el país; las canciones están todas en YouTube con video, letra y partitura. La inversión es modesta; la inmersión léxica resultante es vital.
Pokémon, Pikachu y la exportación global de la onomatopeya animal japonesa
Conviene dedicar una sección al fenómeno cultural global que más ha hecho, durante las últimas tres décadas, por exportar el catálogo onomatopéyico animal japonés al mundo entero: la franquicia 「ポケットモンスター」 (Pokétto Monsutā, "Pocket Monster"), abreviada universalmente como 「ポケモン」 (Pokémon). Para los lectores hispanohablantes nacidos después de 1985, la presencia de Pokémon en el imaginario cultural global durante los últimos veintinueve años no necesita presentación; pero conviene puntualizar el papel específico que la franquicia ha jugado en la onomatopeya animal contemporánea.
La franquicia. Pokémon nace en 1996 con la publicación del videojuego 「ポケットモンスター 赤・緑」 (Pocket Monster Aka/Midori, "Pokémon Rojo y Verde") para la consola portátil Game Boy de Nintendo, desarrollado por Game Freak (con Tajiri Satoshi como diseñador principal y Sugimori Ken como ilustrador) y publicado por Nintendo. El juego, dirigido inicialmente al mercado infantil japonés, narra la historia de un entrenador joven que captura y entrena criaturas fantásticas (los 「ポケモン」) con las que combate contra otros entrenadores. La idea fundacional —criaturas fantásticas con sonidos característicos onomatopéyicos— estructura toda la franquicia desde el principio. Cada uno de los mil veinticinco Pokémon catalogados hasta la novena generación (2024) tiene un cry —llamada vocal distintiva— que el videojuego reproduce cuando el Pokémon aparece, ataca o es capturado.
La franquicia se expandió rápidamente: anime de televisión (「ポケットモンスター」 Pocket Monster, en emisión desde abril de 1997 hasta marzo de 2023 con más de mil episodios), películas de cine (veintitrés películas teatrales entre 1998 y 2023), cartas coleccionables, manga, juguetes, ropa, alimentos con licencia, parques temáticos. El valor económico acumulado de la franquicia se estima en más de 100.000 millones de dólares, posicionándola como la franquicia mediática más valiosa de la historia, superando a Star Wars y Marvel. La exportación cultural masiva ha llevado el catálogo onomatopéyico japonés a millones de niños hispanohablantes que han aprendido los nombres-vocaciones de los Pokémon sin saber que estaban aprendiendo léxico japonés.
Los Pokémon como diccionario zoológico onomatopéyico. Cada Pokémon es, en su diseño, un híbrido entre animal real, criatura folklórica japonesa y onomatopeya verbal. Recorrer brevemente los cinco Pokémon más conocidos ilumina el principio.
「ピカチュウ」 (Pikachū). El Pokémon emblemático de la franquicia, criatura amarilla de aspecto ratonil-eléctrico que da nombre a la mascota principal del anime, Ash Ketchum's Pikachu. El nombre combina dos onomatopeyas japonesas: 「ピカピカ」 (pika-pika, "brillo eléctrico-metálico") + 「チュウ」 (chū, sonido del ratón pequeño, simplificación de chū-chū). El cry de Pikachu en el anime —「ピカ! ピカ・ピカ・チュウ!」 (pika! pika-pika-chū!)— sintetiza los dos componentes léxicos del nombre. La generación de niños hispanohablantes que crecieron viendo Pokémon en los años 2000 aprendieron, sin saberlo, las dos onomatopeyas más importantes del catálogo japonés combinado.
「ニャース」 (Nyāsu, traducido al castellano como Meowth). Pokémon de aspecto gatuno, en el equipo Rocket del anime original. El nombre japonés combina la onomatopeya gatuna 「ニャー」 (nyaa) con la silabilficación inglesa -su que produce la versión castellana Meowth (de meow, maullido inglés). Es uno de los pocos Pokémon que habla castellano en el anime original —rara concesión al juego semántico del nombre—.
「ヒトカゲ」 (Hitokage, traducido como Charmander en castellano). Pokémon-lagarto inicial de fuego. El nombre japonés combina 「火」 (hi, "fuego") + 「トカゲ」 (tokage, "lagarto"), produciendo un nombre etimológicamente transparente para hablantes japoneses. El cry del anime no es propiamente onomatopéyico sino la repetición del nombre propio: 「ヒトカゲ! ヒトカゲ!」, como hacen todos los Pokémon en el anime original (que dicen su propio nombre como única vocalización).
「コダック」 (Kodakku, traducido como Psyduck en castellano). Pokémon-pato amarillo con dolor de cabeza permanente. El nombre japonés combina 「コ」 (ko, "pequeño") con 「ダック」 (dakku, transliteración del inglés duck). El cry —「コダック! コダック!」— recuerda al gā-gā del pato real sin reproducirlo del todo.
「ホーホー」 (Hōhō, traducido como Hoothoot en castellano). Pokémon-búho introducido en la segunda generación (1999). El nombre japonés es directamente la onomatopeya del ulular del búho real, con vocales alargadas. El cry 「ホーホー! ホーホー!」 es uno de los Pokémon-cries más directamente onomatopéyicos de la franquicia.
El efecto cultural. La generación hispanohablante que creció con Pokémon entre 1998 y 2010 —los actuales adultos de 25 a 40 años— internalizó, sin formación japonesa formal, decenas de onomatopeyas animales japonesas vía los nombres-cry de los Pokémon. Pika, chū, nyaa, gā, hō, kero, piyo son léxicos japoneses culturalmente familiares para esa generación de manera que no lo eran para sus padres ni para sus abuelos. La franquicia ha sido, sin proponérselo explícitamente, uno de los grandes vectores de exportación léxica del japonés al mundo durante las últimas tres décadas. Cuando Sofía y los demás niños bilingües del parque Yoyogi crezcan, llegarán al japonés adulto formal con un sustrato léxico animal japonés ya parcialmente preformado por las horas de anime visto entre los seis y los doce años. Es una de las maneras curiosas en las que la globalización contemporánea distribuye léxico cultural a través de productos comerciales infantiles.
Yamaguchi Nakami y "Los perros decían biyo": la historia léxica del ladrido japonés
Cerramos la dimensión propiamente sustantiva del campo con uno de los descubrimientos lingüísticos más sorprendentes de la última generación de filología japonesa: el hallazgo de que los perros japoneses no siempre han ladrado wan-wan. La filóloga Yamaguchi Nakami (山口仲美, n. 1943), profesora emérita de la Universidad de Saitama y una de las grandes especialistas contemporáneas de la historia del léxico japonés, publicó en 2002, dentro de la prestigiosa colección Kōbunsha Shinsho, un libro de divulgación académica titulado 「犬は『びよ』と鳴いていた——日本語は擬音語・擬態語が面白い」 (Inu wa "biyo" to naite ita: Nihongo wa giongo-gitaigo ga omoshiroi, "Los perros decían biyo: las onomatopeyas y los miméticos del japonés son fascinantes"). El libro ha vendido más de 200.000 ejemplares en sus dos décadas de circulación y se ha convertido en lectura canónica para estudiantes de filología japonesa contemporánea.
El descubrimiento central del libro de Yamaguchi consiste en demostrar, mediante análisis de fuentes documentales japonesas medievales y modernas tempranas, que la onomatopeya canónica del ladrido del perro ha cambiado significativamente a lo largo de la historia del idioma. La progresión documentada por Yamaguchi es aproximadamente la siguiente.
Periodo Nara y Heian (siglos VIII-XII). Las primeras representaciones léxicas del ladrido en fuentes japonesas escritas son 「ひよ」 (hiyo) y 「びよ」 (biyo), atestadas en colecciones poéticas y diarios cortesanos del periodo. La consonante inicial /h/ o /b/ con vocal central /i/ y vocal abierta final /o/ produce una representación léxica radicalmente distinta de la wan-wan contemporánea. Yamaguchi propone que la representación medieval reflejaba la realidad acústica de los perros japoneses pre-modernos —razas autóctonas de tipo Shiba y Akita que producían vocalizaciones más agudas y nasales que las razas mestizas europeizadas modernas— y, simultáneamente, la sensibilidad fonológica del japonés clásico, que privilegiaba ciertas combinaciones de sílabas sobre otras.
Periodo Muromachi y temprano Edo (siglos XV-XVII). La representación dominante sigue siendo 「びよ」 (biyo) y se documentan variantes 「びょう」 (byō) en algunas regiones. Los perros literarios del 「源氏物語」 comentado en este periodo, los perros guardianes de los templos, los perros de la corte: todos ladran biyo, no wan. La continuidad de seis o siete siglos del biyo canónico es uno de los datos más sorprendentes que Yamaguchi documenta.
Periodo Edo medio y tardío (siglos XVIII-XIX). Aparición y consolidación gradual de la representación 「わん」 (wan) como alternativa al biyo tradicional. Las dos coexisten durante aproximadamente un siglo, con el wan ganando terreno en el habla urbana de Edo (Tokio) mientras el biyo persiste en zonas rurales. Yamaguchi propone tres factores explicativos para el cambio:
Factor 1: cambio de razas. La introducción de razas perro extranjeras en Japón durante el periodo Edo tardío (perros holandeses traídos por los comerciantes de Dejima, perros chinos en las grandes ciudades portuarias) introdujo vocalizaciones acústicamente distintas a las de los perros autóctonos. Los perros nuevos sonaban más wan y menos biyo.
Factor 2: cambio del lugar social del perro. El perro pasó, durante el Edo tardío, de ser animal de guardia y caza (cuyo ladrido autóctono se nombraba biyo) a ser animal doméstico de compañía (cuyo ladrido nuevo se nombraba wan), reflejando una transformación cultural más amplia del estatus del perro en la sociedad japonesa.
Factor 3: simplificación fonológica. La progresión biyo → wan es una simplificación fonológica del catálogo (de tres a dos morfemas, de combinación consonante-vocal-consonante-vocal a combinación consonante-vocal-nasal). Las onomatopeyas tienden, a lo largo de la historia de cualquier idioma, hacia formas léxicas más simples y más reduplicables, y el cambio japonés biyo → wan-wan es ejemplo paradigmático del fenómeno.
Periodo Meiji y posterior (siglos XIX-XXI). Consolidación de 「わんわん」 (wan-wan) como onomatopeya canónica única. El biyo sobrevive solo en textos literarios arcaizantes y en algunos dialectos regionales menores. La generalización del wan-wan coincide con la modernización educativa del Japón Meiji y con la masificación de los libros escolares ilustrados que enseñan onomatopeyas animales estandarizadas a la población infantil entera.
Lección general. El descubrimiento de Yamaguchi tiene implicaciones que van más allá del caso específico del ladrido japonés. Demuestra que el catálogo onomatopéyico animal de un idioma no es estático sino históricamente variable, sometido a las mismas fuerzas de cambio léxico que afectan al resto del léxico. Las onomatopeyas se nos presentan habitualmente como eternamente fijas —el perro ladra wan-wan en japonés desde siempre y para siempre— pero esa permanencia aparente es ilusión. Hace cuatrocientos años los perros japoneses ladraban diferente, y los hablantes japoneses los oían y los nombraban en consecuencia. Dentro de cuatrocientos años, los perros japoneses ladrarán probablemente diferente otra vez, y los hablantes japoneses futuros encontrarán nuestra wan-wan contemporánea curiosa o pintoresca, igual que nosotros encontramos curiosa la biyo medieval. Es una lección de humildad histórica sobre lo que oímos como "siempre verdadero".
Lo que los sonidos animales nos enseñan sobre el oído cultural
Cerramos el capítulo —el más divertido y, simultáneamente, uno de los más profundos de la serie— con una reflexión sobre lo que la existencia misma de catálogos onomatopéyicos animales distintos en distintos idiomas nos enseña sobre la relación entre lengua, oído y cognición humana.
Primera lección: el oído humano es un órgano cultural, no solo biológico. Las cócleas, los nervios auditivos y las cortezas primarias son universalmente humanas; los inventarios fonológicos que filtran lo que llega a la conciencia léxica son específicos del idioma materno. Esta distinción —universal biológico, particular cultural— es una de las lecciones centrales de la antropología cognitiva contemporánea, y los sonidos animales son su laboratorio más limpio. Cualquier hispanohablante que internalice la lección sale del aprendizaje del catálogo animal japonés con una conciencia metalingüística sobre su propio idioma materno que pocas experiencias culturales producen con la misma claridad. Aprender wan-wan es aprender que guau es también una convención.
Segunda lección: el bilingüismo temprano es un don cognitivo de alto valor. Sofía, a los tres años y dos meses, descubrió en el parque Yoyogi lo que los filósofos del lenguaje articulan en cursos de posgrado: que el idioma materno es un filtro, no una ventana transparente. Los niños bilingües tempranos descubren esto sin esfuerzo porque los dos filtros simultáneos hacen visible el filtro en cuanto tal. Cualquier padre o madre que tenga la oportunidad de criar hijos bilingües —entre castellano y japonés, entre castellano e inglés, entre catalán y árabe, entre cualquier par de idiomas— está dándole al niño una de las herramientas cognitivas más valiosas que se pueden dar. La inversión en mantener los dos idiomas vivos durante los años críticos (0-7 años, según los estudios de adquisición) paga dividendos vitalicios.
Tercera lección: los catálogos léxicos son patrimonio cultural intangible que merece ser conservado. Los veinticinco sonidos animales japoneses que hemos catalogado son producto acumulativo de mil años de oído colectivo del archipiélago. Cada generación de niños japoneses que aprende wan-wan, nyaa, kero-kero, hō-hokekyo en los primeros tres años de vida recibe una herencia léxica milenaria que la generación anterior le pasa con la misma naturalidad con la que se respira. La fragilidad de esta transmisión —que requiere niños expuestos al idioma desde edad muy temprana en contextos familiares ricos— es uno de los aspectos más conmovedores de las culturas léxicas vivas. La conservación del catálogo requiere conservar las prácticas culturales que lo mantienen vivo: libros infantiles ilustrados de calidad, canciones tradicionales en escuelas, exposición a la naturaleza con animales reales, y diálogo intergeneracional intensivo. La cultura léxica está siempre a una generación de la pérdida si las prácticas se interrumpen.
Cuarta lección, y última: escuchar a otra cultura escuchar es una de las experiencias más expansivas que un ser humano puede tener. Cuando un hispanohablante adulto aprende a oír el ladrido del Shiba Inu como wan-wan en lugar de como guau, no está solo aprendiendo dos sílabas nuevas. Está empezando a habitar momentáneamente el oído de un japonés, a percibir el mundo desde un filtro distinto al propio, a darse cuenta de que su propio filtro es uno entre muchos posibles. Esta experiencia —la del descentramiento cognitivo voluntario— es una de las grandes ofertas que el aprendizaje serio de cualquier idioma extranjero hace al sujeto adulto. Aprender japonés, en particular, ofrece esta experiencia con una densidad excepcional porque el filtro japonés es uno de los más distantes posibles del filtro castellano dentro del catálogo de idiomas humanos vivos. Cada hispanohablante que entra en el catálogo del giseigo japonés sale del proceso, cuando lo completa, con un oído metalingüístico más amplio que el que tenía al entrar.
El próximo capítulo de la serie —el artículo 210— aborda el campo léxico que el artículo 204 prometió en su escena de apertura: el catálogo de las onomatopeyas del dolor, dominio crítico del 擬情語/擬態語 combinado, donde zuki-zuki, chiku-chiku, jin-jin y gan-gan nombran los tipos específicos de dolor físico que el médico japonés necesita identificar para diagnosticar correctamente al paciente extranjero. Si los sonidos animales nos enseñaron el filtro fonológico cultural, las onomatopeyas del dolor nos van a enseñar el filtro fonológico de la propia carne, y la salud puede depender de aprenderlo bien. Es, sin exageración, el capítulo más importante de la serie. Te espero allí.