Cocina de la casa Tanaka, Sakyō-ku, Kioto, mañana de un sábado a mediados de junio, las siete y cuarto. María, la estudiante española de intercambio que ya conocemos del artículo 204, ha bajado a desayunar con la familia anfitriona y se ha sentado en su sitio habitual, frente a la ventana que da al pequeño jardín interior. Llueve. Lleva tres días lloviendo. Es la primera vez en sus diez meses en Japón que María experimenta la 梅雨 (tsuyu), la temporada de lluvias que cubre el archipiélago entero entre principios de junio y mediados de julio cada año, y todavía no termina de procesar el fenómeno. La madre Tanaka —Mayumi-san, profesora de música jubilada de cincuenta y ocho años, miembro del club local de 生け花 (ikebana) y una de las personas más serenas que María ha conocido en su vida— sirve el té verde, mira por la ventana, y dice en voz baja, casi para sí misma, lo que cualquier japonesa de su edad y de su contexto diría en ese momento exacto del año: 「今日もしとしと降ってるね」 (Kyō mo shito-shito futteru ne, "hoy también está cayendo shito-shito, ¿eh?"). María, que lleva exactamente tres meses tratando de meter en su cabeza el sistema entero de la onomatopeya japonesa que hemos estado describiendo en los dos artículos anteriores, se gira y pregunta, con la pequeña vergüenza acumulada que cualquier aprendiz arrastra después de meses de no entender cosas básicas: "¿Shito-shito? ¿No es zā-zā?". Mayumi-san sonríe, deja la tetera sobre el azulejo, y le da en treinta segundos una respuesta que es, en sí misma, uno de los mejores microcursos de cultura lingüística japonesa que María va a recibir durante todo el año: "Zā-zā es la lluvia fuerte, la que hace ruido cuando cae en el tejado y en la calle. Shito-shito es la lluvia suave, fina, que cae sin hacer apenas ruido, pero que moja todo despacio durante horas. La de hoy es shito-shito. La que cae en tsuyu es casi siempre shito-shito. Es la lluvia bonita". Le sirve la primera taza de té. María mira por la ventana, escucha el silencio puntuado solo por un goteo apenas perceptible en el canalón de la casa, y se da cuenta de que durante la última semana ha estado oyendo exactamente lo que Mayumi-san le acaba de nombrar sin tener palabras propias para nombrarlo. Una lluvia que ni en español ni en inglés ni en italiano sabe describir bien, pero que el japonés tiene completamente catalogada con un nombre específico.
La escena de María en la cocina de los Tanaka —repetida con variantes en miles de hogares japoneses con huéspedes extranjeros cada tsuyu desde hace décadas— es la mejor introducción posible al campo léxico que vamos a recorrer en este artículo. El japonés contemporáneo dispone de aproximadamente quince onomatopeyas distintas activamente productivas para describir variedades de lluvia, frente a las tres o cuatro que el castellano contemporáneo distribuye entre llover, lloviznar, diluviar y el regionalismo americano garuar. La asimetría léxica no es accidental ni meramente cultural: refleja una diferencia climática objetiva entre los territorios de las dos lenguas. El promedio anual de precipitaciones del archipiélago japonés es de aproximadamente 1.700 milímetros, distribuidos en patrones estacionales muy diferenciados (tsuyu de verano, tifones de septiembre, lluvia de otoño, nieve de invierno en el lado del Mar de Japón). El promedio anual de la península ibérica es de unos 640 milímetros, distribuido principalmente en otoño y primavera. El promedio del altiplano mexicano es de unos 700 milímetros. El promedio de la pampa argentina, de unos 900 milímetros. Japón llueve, dicho con números, entre dos y tres veces más que las grandes geografías hispanohablantes, y ha desarrollado, a lo largo de su milenio de literatura registrada, un léxico onomatopéyico proporcionalmente más fino para nombrar lo que tanto le pasa. Es una lección de antropología lingüística aplicada: el clima moldea, lentamente, el vocabulario disponible.
Este artículo es el tercer capítulo de la serie オノマトペ y el primero dedicado a un campo léxico específico del catálogo. Los dos primeros artículos —el 204 panorámico y el 205 teórico— nos dieron las herramientas conceptuales (las cinco categorías de Tamori, el binomio fundacional de Kindaichi, el árbol de decisión, la tabla gramatical diferencial). A partir de este capítulo y durante los siete siguientes, vamos a aplicar esas herramientas a los grandes campos del léxico operativo japonés, empezando por el más sensorialmente inmediato: la lluvia. Recorreremos en estas páginas el espectro completo de las quince intensidades de lluvia catalogadas en japonés contemporáneo, desde el rocío fino hasta el diluvio torrencial; las onomatopeyas específicas de la humedad —jime-jime, jito-jito, shittori— que el castellano no lexicaliza con la misma claridad; el fenómeno del 梅雨 (tsuyu), la temporada de lluvias específica del archipiélago, y por qué ningún hispanohablante puede imaginarlo del todo antes de vivirlo; los términos del clima extremo del siglo XXI —senjō kōsuitai, gerira gōu— que el cambio climático ha hecho protagonistas de la conversación pública japonesa contemporánea; el uso poético de la lluvia en el haiku clásico de Bashō, Buson e Issa y en el cine contemporáneo de Makoto Shinkai; la comparación con el castellano y la pregunta de por qué Borges escribió simplemente "Llueve" mientras Bashō escribió "samidare"; y, para cerrar, una reflexión sobre lo que un idioma con quince palabras para mojarse nos enseña sobre la relación humana con el mundo natural. Es el artículo más sensorialmente bonito que vamos a publicar en mucho tiempo. Empezamos por el espectro de intensidades.
"Hoy llueve shito-shito": el desayuno de María en Kioto
Volvamos un momento sobre la escena del desayuno en casa de los Tanaka, porque la respuesta que Mayumi-san le da a María en treinta segundos contiene, en versión condensada, la lógica entera del campo léxico de la lluvia japonés. Lo que Mayumi-san dice es que existen dos parámetros descriptivos básicos que el japonés usa para clasificar cualquier lluvia que cae: la intensidad sonora (cuánto ruido hace al caer sobre tejados, calles, plantas) y la sensación cualitativa (si moja rápido o despacio, si refresca o agobia, si invita a quedarse en casa o no). A partir de estos dos parámetros, el idioma ha desarrollado una rejilla de onomatopeyas que cubre fenomenológicamente todo el espacio posible entre la llovizna casi inaudible y el diluvio que rompe los canalones.
La rejilla simplificada que Mayumi-san pone implícitamente en juego cuando le dice a María que la lluvia de hoy es shito-shito y no zā-zā tiene tres tramos principales que conviene visualizar antes de catalogar las palabras una por una:
| Intensidad | Sonido | Onomatopeya principal | Sensación |
|---|---|---|---|
| Muy débil | Inaudible / suave | shito-shito, shittori | Suave, persistente |
| Débil-mediana | Audible suave | potsu-potsu, para-para | Inicial, intermitente |
| Mediana-fuerte | Audible claro | zā-zā | Sostenida, ruidosa |
| Fuerte | Audible intenso | zā—, dosha-dosha | Súbita, violenta |
| Extrema | Bramido | gō-gō | Tifón, diluvio |
A esta rejilla básica hay que sumar dos ejes adicionales que el japonés cruza sobre los tres tramos principales. Primer eje: la humedad ambiental que la lluvia produce o que la rodea, lexicalizada con onomatopeyas específicas (jime-jime, jito-jito, shittori). Segundo eje: el contexto temporal o estacional, marcado por sustantivos compuestos (春雨 harusame, 五月雨 samidare, 夕立 yūdachi, 時雨 shigure) que se combinan con la onomatopeya correspondiente. Los dos ejes son lo que hace que el sistema, que parece de quince palabras, funcione realmente como un sistema de varias decenas de combinaciones expresivas finamente diferenciadas. Mayumi-san no le explica esto a María de manera explícita —ninguna japonesa lo haría—, pero lo aplica con perfecta naturalidad cuando dice "shito-shito": ha leído la intensidad sonora (suave), la sensación cualitativa (persistente, fina), el contexto temporal (mañana de junio en plena tsuyu) y ha producido la palabra única que sintetiza los tres parámetros. Es uno de los actos lingüísticos más sofisticados que la cultura japonesa produce cotidianamente, hecho con la velocidad de la respiración y sin ningún esfuerzo aparente.
María, después del primer té de la mañana, abre el cuaderno donde lleva apuntando las onomatopeyas que oye por la calle y por la casa desde octubre, y empieza una página nueva titulada 「雨」 (ame, "lluvia"). En esa página va a apuntar, durante las dos semanas siguientes de tsuyu y a lo largo del resto del año, las quince palabras que vamos a desplegar en las próximas dos secciones. Imitemos su gesto y empecemos a catalogarlas con sistema. La página de María va a quedar bonita.
El espectro de quince intensidades: del rocío al diluvio
Recorramos ahora las quince onomatopeyas principales del campo léxico de la lluvia japonesa, ordenadas por intensidad creciente. Para cada una, doy la forma fonética, la categoría según la clasificación de Tamori (artículo 205), el uso prototípico y un ejemplo en frase natural. La categorización formal es importante porque, como vimos, dicta la gramática con la que la onomatopeya se construye en la oración.
「しっとり」 (shittori) — 擬態語 (gitaigo). No designa lluvia propiamente sino la humedad agradable que el ambiente conserva después o durante una lluvia muy fina. Sensación táctil y emocional simultánea: la atmósfera está húmeda, la piel se siente fresca pero no incómoda, la ropa absorbe la humedad sin empaparse. 「空気がしっとりしている」 (kūki ga shittori shite iru, "el aire está shittori"). En textos literarios y poéticos, shittori connota una belleza melancólica y serena que la pedagogía japonesa asocia desde el periodo Heian a la sensibilidad estética nacional. Es probablemente la palabra del campo léxico más difícil de traducir y la más bonita para internalizar.
「しとしと」 (shito-shito) — frontera entre 擬音語 y 擬態語. Designa la lluvia muy fina y persistente, casi inaudible al oído pero perceptible en los detalles del entorno: los charcos que se forman lentamente, la planta del jardín que se va oscureciendo de humedad, el tejado que cambia de color. Es la onomatopeya prototípica de la lluvia de tsuyu y de la lluvia de otoño. 「秋の雨がしとしと降っている」 (aki no ame ga shito-shito futte iru, "la lluvia de otoño cae shito-shito"). Carga afectiva: contemplativa, melancólica, propicia a la lectura, al té, al pensamiento. Es la palabra que Mayumi-san usa con María en el desayuno.
「ぽつぽつ」 / 「ポツポツ」 (potsu-potsu) — 擬音語 (giongo). Designa las primeras gotas separadas que anuncian el comienzo de una lluvia, o las gotas residuales que caen al final. Las gotas son audibles individualmente —potsu, potsu, potsu— porque la frecuencia es baja y porque cada gota golpea su superficie con identidad propia. 「ポツポツ降ってきた」 (potsu-potsu futtekita, "ha empezado a caer potsu-potsu", es decir, han caído las primeras gotas). Función práctica importante: es la palabra que se dice cuando uno mira al cielo y nota que hay que abrir el paraguas pronto. 「傘を出した方がいい、ポツポツきてる」 ("mejor sacar el paraguas, está potsu-potsu").
「ぱらぱら」 / 「パラパラ」 (para-para) — 擬音語. Designa la lluvia ligera, dispersa, normalmente breve, en la que las gotas caen separadas y se oyen golpeando superficies sólidas (tejados de chapa, paraguas, hojas grandes). Diferencia con potsu-potsu: para-para es más continua, más extensa en superficie, mientras que potsu-potsu es más puntual y suele referirse al inicio o final de la lluvia. 「パラパラと降る雨」 (para-para to furu ame, "lluvia que cae para-para"). Carga afectiva: ligera, transitoria, no preocupante.
「ザーザー」 (zā-zā) — 擬音語. La palabra canónica del campo léxico. Designa la lluvia fuerte, sostenida, que produce ruido continuo audible al caer sobre tejados, calles, paraguas, vehículos. Es la onomatopeya que cualquier niño japonés aprende primero, la que aparece en libros ilustrados infantiles, la que se enseña en las primeras clases de japonés para extranjeros. 「外はザーザー降りだ」 (soto wa zā-zā buri da, "fuera está cayendo zā-zā"). Construcción frecuente con sustantivo: ザーザー降り (zā-zā buri, "caída zā-zā"), nominalización adverbial que funciona como sustantivo en frases del tipo "afuera hay un zā-zā buri". Carga afectiva: descriptiva, neutra, factual. No tiene la dimensión contemplativa de shito-shito ni la dimensión violenta de las palabras más fuertes.
「ザァーッ」 (zā—, con vocal alargada y pausa final marcada) — 擬音語. Variante intensificada de 「ザーザー」 que designa la lluvia que arrecia de golpe, el chubasco súbito que pasa de cielo limpio a aguacero en cuestión de minutos, característico de los 夕立 (yūdachi, "tormentas de tarde de verano") y de la ゲリラ豪雨 (gerira gōu, "lluvia guerrilla") contemporánea. Difiere de zā-zā en que incorpora la dimensión de súbitud temporal. 「急にザァーッと降ってきた」 (kyū ni zā— to futtekita, "de pronto ha caído zā—"). Carga afectiva: dramática, urgente, "hay que ponerse a cubierto".
「どしゃどしゃ」 / 「ドシャドシャ」 (dosha-dosha) — 擬音語. Designa la lluvia torrencial sostenida, con gotas grandes y abundantes, que rompe la transparencia del aire y reduce la visibilidad. La forma derivada 「どしゃ降り」 (dosha buri, "caída torrencial") es probablemente la expresión coloquial más usada en el habla cotidiana para referirse a una lluvia muy fuerte. 「外はどしゃ降りだから、もう少し待とう」 (soto wa dosha buri da kara, mō sukoshi matō, "fuera está cayendo dosha buri, esperemos un poco más"). Carga afectiva: incomodidad, preocupación por mojarse, deseo de quedarse a cubierto.
「ゴーゴー」 / 「ごうごう」 (gō-gō) — 擬音語. Designa el bramido continuo del agua que cae con violencia, asociado típicamente a tifones, ríos crecidos por lluvias intensas, viento huracanado que arrastra lluvia horizontal. No es estrictamente una onomatopeya de la lluvia individual sino del conjunto sonoro del temporal: lluvia + viento + ríos + canalones desbordados. 「台風で雨と風がゴーゴーと音を立てている」 (taifū de ame to kaze ga gō-gō to oto wo tatete iru, "por el tifón, lluvia y viento producen un sonido gō-gō"). Carga afectiva: amenaza, fenómeno meteorológico fuera de lo normal, conviene seguir las indicaciones de evacuación.
「ぴちゃぴちゃ」 / 「ピチャピチャ」 (picha-picha) — 擬音語. Designa el chapoteo del agua acumulada que un cuerpo o un objeto produce al moverse dentro o sobre ella: niños que pisan charcos, perros que beben de un cuenco, ruedas de coche que atraviesan un charco profundo. Más asociado al agua acumulada que a la lluvia que cae, pero ligado al campo léxico de la lluvia por contigüidad de fenómeno. 「子供が水たまりをピチャピチャと歩いている」 (kodomo ga mizutamari wo picha-picha to aruite iru, "el niño está caminando picha-picha por los charcos").
「しんしん」 (shin-shin) — 擬態語. Caso especial dentro del campo léxico: designa la caída silenciosa de la nieve, casi nunca de la lluvia, pero pertenece estructuralmente al mismo paradigma porque describe precipitación atmosférica. Se construye con 「降る」 (furu, caer, mismo verbo que la lluvia) y se asocia paradigmáticamente a las onomatopeyas de la lluvia ligera. La paradoja onomatopéyica es que 「しんしん」 describe ausencia de sonido: la nieve cae sin producir ruido, y la palabra captura precisamente ese silencio mediante una forma reduplicada sonora. Es uno de los casos más bonitos de 擬態語 paradójico que el japonés ha producido. 「外は雪がしんしんと降っている」 (soto wa yuki ga shin-shin to futte iru, "fuera la nieve cae shin-shin"). Carga afectiva: contemplativa, invernal, propicia al silencio interior. Profundamente literaria.
Quedan, en el catálogo, algunas onomatopeyas marginales o regionales que conviene mencionar para completar el cuadro sin extenderse en cada una. 「ザブザブ」 (zabu-zabu) designa el sonido del agua que se atraviesa, más asociado a vadear ríos o caminar por agua que a la lluvia propiamente; sirve para nombrar la sensación de quien camina con lluvia torrencial sobre asfalto inundado. 「ぽたぽた」 (pota-pota) designa el goteo continuo de agua acumulada que cae lentamente, típicamente desde un canalón, una hoja o el alero de un tejado después de la lluvia; es la palabra del periodo posterior, no de la lluvia activa. 「ザーッ」 (zā—, sin reduplicación) es una variante puntual y breve de 「ザーザー」 que enfatiza la duración corta. Y, en el lado regional, 「びしょびしょ」 (bisho-bisho) y 「ぐっしょり」 (gusshori) son palabras que se aplican al resultado de la lluvia sobre cuerpos y objetos —estar empapado, completamente mojado— más que a la lluvia misma; pero pertenecen funcionalmente al campo léxico.
Con estas quince palabras —y sus combinaciones gramaticales, que veremos en una sección posterior—, el hablante japonés contemporáneo dispone de un instrumento descriptivo de precisión meteorológica conversacional que el hispanohablante recién llegado encuentra desconcertante al principio y profundamente útil después de unos meses de uso.
Las onomatopeyas de la humedad: jime-jime, jito-jito, shittori
Conviene dedicar una sección aparte a un subcampo léxico que el catálogo anterior tocaba lateralmente pero merece tratamiento propio: las onomatopeyas de la humedad ambiental, fenómeno meteorológico relacionado con la lluvia pero distinguible de ella. El archipiélago japonés, especialmente durante tsuyu y los meses de verano, produce regularmente humedades relativas superiores al 80% durante semanas seguidas, fenómeno que el hispanohablante medio no experimenta nunca en territorios como la meseta castellana, el altiplano mexicano o el centro de Buenos Aires. Para nombrar esa humedad —que no es lluvia pero está estrechamente relacionada con ella—, el japonés ha desarrollado tres palabras específicas que merecen análisis individualizado.
「ジメジメ」 / 「じめじめ」 (jime-jime) — 擬態語 (gitaigo). Designa la humedad ambiental densa, pegajosa, agobiante, característica del verano subtropical japonés y especialmente intensa durante tsuyu. La sensación corporal asociada es de incomodidad sostenida: la ropa se pega a la piel, las paredes de la casa transpiran, los libros y los muebles de madera se notan distintos al tacto. Es la palabra que más usan los japoneses para quejarse del verano. 「今日は朝からジメジメしている」 (kyō wa asa kara jime-jime shite iru, "hoy está jime-jime desde la mañana"). Carga afectiva: claramente negativa, asociada a malestar, deseo de aire acondicionado, agobio sostenido. La pareja interna ji-me / ji-me evoca fonéticamente la pesadez del aire húmedo.
「ジトジト」 / 「じとじと」 (jito-jito) — 擬態語. Variante intensificada de jime-jime con énfasis en la sensación táctil pegajosa: la humedad ya no está solo en el aire, está sobre la piel del hablante, y el sudor empieza a producirse continuamente sin actividad física. 「Tシャツがジトジトする」 (tī-shatsu ga jito-jito suru, "la camiseta está jito-jito"). Carga afectiva: más fuerte negativamente que jime-jime, asociada a la necesidad inmediata de cambiarse de ropa o ducharse. Es palabra del registro coloquial estándar; aparece menos en textos formales que jime-jime.
「しっとり」 (shittori) — 擬態語. Ya la mencionamos en la sección anterior pero conviene volver sobre ella aquí porque opera en el subcampo de la humedad con valencia opuesta a las dos anteriores. Shittori designa humedad ligera, agradable, no agobiante, asociada a momentos contemplativos —el aire después de la lluvia fina, una mañana brumosa, la atmósfera de un templo de montaña en otoño—. La sensación corporal es de frescura suave, no de pegajosidad. 「雨上がりの空気がしっとりしている」 (ame agari no kūki ga shittori shite iru, "el aire después de la lluvia está shittori"). Carga afectiva: positiva, contemplativa, asociada a la sensibilidad estética clásica del 侘び寂び (wabi-sabi) que los aficionados al té y a la jardinería japonesa cultivan deliberadamente.
La tríada jime-jime / jito-jito / shittori organiza completamente el campo léxico de la humedad ambiental japonesa en términos de valencia afectiva: negativo intenso (jito-jito), negativo sostenido (jime-jime), positivo contemplativo (shittori). Cualquier conversación japonesa de verano sobre el clima discurrirá entre estas tres palabras según el día, la hora, el lugar y el estado de ánimo del hablante. Aprenderlas es uno de los rendimientos léxicos más altos del primer año en Japón.
Conviene añadir aquí dos onomatopeyas adicionales que el catálogo principal no recogía pero que pertenecen al subcampo de la humedad: 「むしむし」 (mushi-mushi) y 「べたべた」 (beta-beta). Mushi-mushi designa el calor húmedo del verano japonés, especialmente sofocante: el aire no se mueve, la humedad es alta, la temperatura está por encima de 30°C, y la sensación es de encerramiento atmosférico. 「今日はむしむしする」 (kyō wa mushi-mushi suru, "hoy está mushi-mushi"). Beta-beta, por su parte, designa la sensación táctil de pegajosidad generalizada —sudor, miel, arroz mal cocido, asfalto recién asfaltado en pleno verano— y se aplica al campo de la humedad cuando el hablante quiere enfatizar lo pegajoso del cuerpo o de las superficies. 「肌がべたべたしている」 (hada ga beta-beta shite iru, "la piel está beta-beta").
Con las cinco palabras jime-jime, jito-jito, shittori, mushi-mushi, beta-beta, el hablante japonés tiene una rejilla completa para describir cualquier estado posible del aire y de la piel en el verano del archipiélago. Cualquier hispanohablante que pase un verano en Tokio, Osaka o Fukuoka las aprenderá las cinco por necesidad funcional.
Tsuyu: la temporada de lluvia que ningún hispanohablante puede imaginar antes de vivirla
Conviene dedicar una sección al fenómeno meteorológico-cultural que motiva la existencia misma de buena parte del campo léxico que acabamos de catalogar: el 梅雨 (tsuyu), literalmente "lluvia de ciruela" porque coincide con la maduración de la fruta del 梅 (ume, ciruelo japonés). Tsuyu es la temporada de lluvias persistente que cubre el archipiélago japonés entre principios de junio y mediados de julio cada año, con variaciones regionales: empieza antes en Okinawa (mediados de mayo), llega a Tokio hacia el 8 de junio, termina en el norte de Honshū hacia el 25 de julio, y no afecta a Hokkaidō, que tiene un régimen climático diferente. Durante los aproximadamente cincuenta días que dura, la humedad relativa media está por encima del 80%, las precipitaciones acumuladas representan el 20% del total anual, y los días con sol completo son menos de cinco en toda la región del Kantō.
Para un hispanohablante medio formado climáticamente en territorios de lluvia concentrada en otoño y primavera —España peninsular— o de lluvia muy estacional —México central, gran parte de Argentina, Chile centro— la noción misma de "siete semanas seguidas de lluvia con humedad del 80%" es difícil de imaginar antes de vivirla. La diferencia no es solo cuantitativa (más lluvia) sino cualitativa (otro tipo de lluvia): la tsuyu no es una lluvia que cae y se va, como el chubasco castellano; es una atmósfera prolongada en la que se vive, se trabaja, se cocina, se duerme, se hace deporte y se enseña a los niños durante mes y medio.
La cultura japonesa contemporánea ha desarrollado, a lo largo de siglos, una serie de prácticas culturales específicas para gestionar tsuyu. Las casas tradicionales tienen sistemas de ventilación pensados para minimizar la humedad interior. Los 押し入れ (oshiire, armarios empotrados) llevan tradicionalmente 乾燥剤 (kansōzai, desecante) específico de tsuyu. Las 梅干し (umeboshi, ciruelas saladas fermentadas) se preparan tradicionalmente justo antes o durante tsuyu porque la humedad ayuda al proceso de fermentación. Las アジサイ (ajisai, hortensias) son la flor canónica de la temporada y aparecen en cada parque, jardín y templo durante esas semanas. Los てるてる坊主 (teru-teru bōzu, muñequitos blancos colgados por la ventana) son los amuletos infantiles para pedir buen tiempo. Las rana y los caracoles son los animales emblemáticos de la estación, y aparecen en libros infantiles, dibujos animados y poesía con frecuencia desproporcionada respecto al resto del año.
Más relevante todavía para nuestro tema: tsuyu es la temporada que ha producido la mayor concentración léxica del campo de la lluvia. Shito-shito es la palabra prototípica de tsuyu; jime-jime es la palabra prototípica de la humedad de tsuyu; 「五月雨」 (samidare, "lluvia del quinto mes lunar") es el sinónimo poético clásico de tsuyu en la tradición del haiku; 「梅雨晴れ」 (tsuyu-bare, "claro de tsuyu") es la palabra para nombrar los días excepcionales sin lluvia durante esas semanas; 「梅雨寒」 (tsuyu-zamu, "frío de tsuyu") es la palabra para nombrar la sensación de frío relativo que produce la humedad alta combinada con temperaturas moderadas; 「走り梅雨」 (hashiri-zuyu, "tsuyu corredor") es la palabra para nombrar las lluvias preliminares de mayo que anuncian tsuyu; 「戻り梅雨」 (modori-zuyu, "tsuyu que vuelve") es la palabra para nombrar la reaparición tardía de la temporada después de un periodo aparentemente terminado. La densidad léxica del subcampo de tsuyu es uno de los mejores ejemplos de la antropología lingüística aplicada: una cultura que vive un fenómeno climático específico durante siglos desarrolla un vocabulario léxico proporcionalmente fino para nombrarlo.
Para el hispanohablante que llega a Japón en mayo o junio, vivir tsuyu es uno de los desbloqueadores culturales más importantes del primer año. Hasta que no se ha vivido, el campo léxico que estamos catalogando puede aprenderse intelectualmente pero no se siente. Después de un tsuyu completo, las palabras dejan de ser conceptos y se vuelven descripciones de sensaciones propias. Es el momento, dentro del aprendizaje del japonés, en el que las onomatopeyas se vuelven realmente activas.
Senjō kōsuitai y gerira gōu: el clima extremo del Japón del siglo XXI
Conviene dedicar otra sección al fenómeno climáticamente más reciente y socialmente más urgente del campo léxico de la lluvia japonesa: la transformación que el cambio climático contemporáneo está produciendo en el régimen de precipitaciones del archipiélago y, con ello, en el vocabulario léxico necesario para describirlo. Dos términos han entrado en el habla japonesa cotidiana durante los últimos quince años con una visibilidad creciente: 「線状降水帯」 (senjō kōsuitai) y 「ゲリラ豪雨」 (gerira gōu).
「線状降水帯」 (senjō kōsuitai, "banda de precipitación lineal"). Es un término técnico meteorológico que la Agencia Meteorológica de Japón (Kishōchō) adoptó oficialmente en 2014 para describir un fenómeno que llevaba años produciéndose con frecuencia creciente: la formación sucesiva de cúmulos convectivos a lo largo de una línea geográfica fija, que produce lluvia torrencial sostenida durante varias horas sobre la misma franja de territorio, con cantidades acumuladas de precipitación que pueden superar los 200-400 milímetros en periodos de 3-6 horas. Es uno de los principales causantes de las inundaciones súbitas y de los deslizamientos de tierra que han marcado la crónica meteorológica japonesa de la última década. Durante el verano de 2024, especialmente, varios senjō kōsuitai produjeron episodios trágicos: el 14 de julio en la prefectura de Nagasaki (precipitación acumulada en tres horas de aproximadamente 190 mm), el 25 de julio en la prefectura de Yamagata (precipitación total superior a 400 mm en un solo día, segundo récord histórico desde el inicio de las estadísticas), agosto en las prefecturas de Gifu, Shizuoka, Aichi y Mie (múltiples eventos consecutivos). Las víctimas mortales del verano de 2024 por estos episodios se cuentan por decenas en el conjunto del archipiélago, y los daños materiales en infraestructura, viviendas y cultivos alcanzaron miles de millones de yenes.
「ゲリラ豪雨」 (gerira gōu, "diluvio guerrilla"). Es un término informal acuñado por la prensa japonesa en torno a 2008-2010 para describir el fenómeno —más antiguo que el término, pero más frecuente en años recientes— de chubascos súbitos, intensos y geográficamente localizados que pueden inundar barrios urbanos en cuestión de minutos sin que la previsión meteorológica los haya anticipado con tiempo suficiente. La palabra 「ゲリラ」 —del préstamo español guerrilla, que el japonés tomó vía inglés guerrilla— evoca el carácter imprevisible, súbito y de impacto concentrado del fenómeno meteorológico. Gerira gōu es ahora una de las palabras más usadas en el habla cotidiana urbana japonesa para describir las lluvias intensas de verano que cualquier residente de Tokio, Osaka o Nagoya ha experimentado al menos una o dos veces por año. 「夕方、急にゲリラ豪雨が降って、駅で30分待った」 (yūgata, kyū ni gerira gōu ga futte, eki de sanjuppun matta, "por la tarde, de pronto cayó un gerira gōu, esperé 30 minutos en la estación").
Estos dos términos —senjō kōsuitai técnico y gerira gōu coloquial— conviven activamente con las quince onomatopeyas tradicionales que catalogamos en las secciones anteriores, y los hablantes los usan en combinación según el registro y el contexto. Un meteorólogo en televisión usará senjō kōsuitai con precisión técnica; un peatón mojado contando lo que le ha pasado por la mañana en el trayecto al trabajo usará gerira gōu y, dentro de la misma frase, una de las onomatopeyas clásicas: 「ゲリラ豪雨でザァーッと降ってきて、びしょびしょになった」 (gerira gōu de zā— to futtekite, bisho-bisho ni natta, "con el gerira gōu cayó zā— y me quedé bisho-bisho"). La combinación de registros técnico-coloquial-onomatopéyico es uno de los rasgos más vivos del habla japonesa contemporánea sobre el clima.
Conviene cerrar esta sección con una nota de respeto histórico debida a las víctimas del cambio climático contemporáneo japonés. Las inundaciones de Hiroshima en 2014 y 2018 —entre las más mortíferas de la década—, las inundaciones del oeste de Japón del verano de 2018 (más de 220 muertos en total), el tifón Hagibis de octubre de 2019 (más de 100 muertos), los episodios de 2024 que hemos mencionado: el clima del archipiélago japonés ha entrado, durante la última década, en un régimen de extremos creciente que los meteorólogos atribuyen, con consenso académico amplio, al calentamiento global y al cambio en los patrones de circulación del Pacífico noroccidental. Aprender el léxico contemporáneo del clima japonés es, en este sentido, aprender también el vocabulario de una emergencia ambiental en curso. Las palabras senjō kōsuitai y gerira gōu nombran fenómenos reales que matan a personas reales cada verano. Conviene tenerlo presente al usarlas.
La lluvia en el haiku y en el cine de Shinkai
Cambiando radicalmente de registro, conviene cerrar el recorrido del campo léxico con su dimensión estética: el uso poético de la lluvia en la tradición literaria japonesa clásica y su recuperación contemporánea en el cine de animación. Ningún campo léxico japonés se entiende del todo sin recorrer brevemente su poesía.
La lluvia en el haiku clásico ha producido, a lo largo de los tres siglos del periodo Edo (1603-1868), algunos de los versos más conocidos de la literatura japonesa. Matsuo Bashō (松尾芭蕉, 1644-1694), el más venerado de los haijin clásicos, escribió en el verano de 1689, durante su famoso viaje al norte que dio lugar a 「奥の細道」 (Oku no Hosomichi, "El estrecho camino al interior profundo"), el haiku siguiente:
「五月雨を/集めて早し/最上川」 (Samidare wo / atsumete hayashi / Mogami-gawa)
"Lluvia del quinto mes lunar / recogida acelera / el río Mogami"
El haiku captura, en sus diecisiete moras, la idea de que el río Mogami —uno de los grandes ríos de la región de Tōhoku que Bashō atravesó en bote durante su viaje— estaba especialmente caudaloso y rápido en aquel momento de junio porque había acumulado el agua de la tsuyu (la samidare) de las semanas anteriores. La palabra 「五月雨」 (samidare) es el sinónimo poético clásico de tsuyu, etimológicamente "lluvia del quinto mes" (en el calendario lunisolar antiguo, equivalente aproximado de junio gregoriano). El haiku es uno de los más reproducidos en libros de texto escolares japoneses y uno de los que cualquier japonés culto conoce de memoria.
Yosa Buson (与謝蕪村, 1716-1784), el segundo gran haijin del periodo Edo, escribió varios haiku sobre la lluvia ligera, entre los que destaca:
「春雨や/物がたりゆく/蓑と傘」 (Harusame ya / monogatari yuku / mino to kasa)
"Lluvia de primavera — / van conversando / capa de paja y paraguas"
El haiku usa 「春雨」 (harusame, "lluvia de primavera"), otro de los términos estacionales canónicos del campo léxico, para evocar la escena de dos personas caminando bajo la lluvia fina, charlando, una con capa tradicional de paja (mino) y la otra con paraguas. La onomatopeya implícita —la lluvia es shito-shito, evidentemente— no aparece explícitamente en el verso pero el lector japonés culto la oye en la escena.
Kobayashi Issa (小林一茶, 1763-1828), el tercer gran haijin clásico, escribió:
「夕立や/草葉をつかむ/むら雀」 (Yūdachi ya / kusaba wo tsukamu / mura-suzume)
"Tormenta vespertina — / agarrando hierbas / una bandada de gorriones"
El haiku usa 「夕立」 (yūdachi, "tormenta de tarde de verano"), otro de los términos canónicos del campo, para evocar la escena de los gorriones que se aferran a la vegetación buscando refugio de un chubasco súbito. La onomatopeya implícita es zā— / dosha-dosha, evidentemente.
Estos tres haiku —Bashō, Buson, Issa— constituyen, juntos, una pequeña pedagogía estética del campo léxico de la lluvia que cualquier japonés culto ha leído en la escuela secundaria y que sigue presente en la sensibilidad lingüística contemporánea. Cuando un japonés actual dice 「五月雨」 o 「夕立」, está, sin saberlo del todo, evocando una tradición poética milenaria que el haiku canónico fijó. Es una de las maneras en las que la lengua viva conserva su memoria literaria.
El equivalente contemporáneo de esa pedagogía estética está en el cine de animación de Makoto Shinkai (新海誠, n. 1973), uno de los directores japoneses contemporáneos más reconocidos internacionalmente, cuyas películas usan la lluvia con una intensidad expresiva que merece párrafo aparte. La película central del corpus shinkaiano sobre la lluvia es 「言の葉の庭」 (Kotonoha no Niwa, "El jardín de las palabras", 2013), un mediometraje de 46 minutos en el que prácticamente la mitad del tiempo en pantalla transcurre bajo lluvia: el protagonista, un estudiante de instituto aspirante a zapatero artesano, se refugia en el parque cubierto de 新宿御苑 (Shinjuku Gyoen) durante las mañanas lluviosas, y allí conoce a una mujer mayor que él que también busca refugio del trabajo. La película es una hoja del catálogo entero del campo léxico de la lluvia japonés: aparece shito-shito sostenida (la lluvia base de gran parte del filme), zā-zā (un par de momentos de intensidad mayor), jime-jime en la atmósfera (todo el film transcurre en tsuyu), e incluso shittori en la textura visual de las hojas mojadas. La técnica de animación de Shinkai —fondos hiperrealistas pintados con detalle obsesivo, iluminación naturalista con reflejos sobre superficies húmedas— convierte la lluvia en el verdadero protagonista del film, más que cualquiera de los personajes. La película ha sido analizada repetidamente como homenaje cinematográfico al campo léxico japonés de la lluvia, y es probablemente la obra audiovisual contemporánea más útil que un estudiante hispanohablante puede ver para internalizar emocionalmente el catálogo que hemos desplegado en este artículo.
Shinkai volvió al campo en 「天気の子」 (Tenki no Ko, "El niño del tiempo", 2019), con una premisa más cercana al clima extremo contemporáneo: una protagonista adolescente que, mediante un don sobrenatural, puede detener temporalmente la lluvia sobre el Tokio que durante toda la película sufre un tsuyu eterno —una lluvia sostenida que no acaba nunca y que el guión sugiere ligada al cambio climático contemporáneo—. La película no nombra explícitamente senjō kōsuitai ni gerira gōu, pero dramatiza la angustia colectiva del Japón del siglo XXI ante el clima extremo con una intensidad poética que el cine occidental contemporáneo apenas ha alcanzado. Ver las dos películas juntas —Kotonoha no Niwa y Tenki no Ko— es una pequeña inmersión audiovisual completa en la sensibilidad japonesa contemporánea sobre la lluvia. Las dos están disponibles en plataformas con doblaje y subtítulos en castellano.
Lluvia en castellano: por qué Borges escribió "Llueve" y Bashō escribió "samidare"
Conviene, antes de cerrar, dedicar un espacio breve a la comparación con el castellano que cualquier lector hispanohablante atento se ha estado haciendo desde la primera sección. ¿Por qué nuestro idioma tiene tan pocas palabras para nombrar la lluvia? ¿Es una pobreza léxica? ¿Una ganancia? ¿Qué dice cada inventario léxico sobre la cultura que lo produjo?
El castellano contemporáneo dispone, como mencionamos al principio del artículo, de un núcleo léxico relativamente reducido para nombrar variedades de lluvia: llover (genérico), lloviznar / llovizna (lluvia fina), chispear (lluvia muy ligera intermitente, en castellano peninsular), diluviar / diluvio (lluvia torrencial, con resonancia bíblica), chaparrón / chaparrear (chubasco intenso pero breve), aguacero (chubasco fuerte y corto), temporal (periodo prolongado de mal tiempo), borrasca (sistema meteorológico de baja presión con vientos y lluvia). En los registros regionales latinoamericanos hay garúa (Argentina, Uruguay, Perú, Chile: llovizna densa y persistente), chubasco con matices distintos al peninsular, aguacero con uso más coloquial, lluvia cerrada y otras construcciones perifrásticas. El conjunto cubre, en total, entre ocho y diez palabras nucleares, contra las quince del japonés.
La asimetría no es tan grande, vista en frío, como sugerían las cifras iniciales de "tres o cuatro contra quince" que se ven a veces en internet. El castellano tiene un repertorio léxico para la lluvia más rico de lo que la pedagogía superficial reconoce, y conviene defenderlo. El gran problema del castellano para el campo léxico de la lluvia no es la cantidad de palabras sino la categorización morfológica: las palabras castellanas son verbos (llover, lloviznar, chispear) o sustantivos (aguacero, chaparrón, diluvio), con derivaciones morfológicas complejas. Las palabras japonesas son onomatopeyas reduplicadas (zā-zā, shito-shito, jime-jime) con la misma morfología fonéticamente icónica para todas. La diferencia estructural —verbo/sustantivo vs onomatopeya— produce dos sistemas léxicos con economías distintas. El castellano tiene que conjugar sus verbos y declinar sus sustantivos cada vez que los usa; el japonés tiene una forma única que combina con verbos auxiliares fijos. La densidad expresiva por unidad léxica es, por tanto, mayor en japonés aunque el número absoluto de palabras sea solo un poco superior.
La pregunta cultural más interesante es por qué la literatura castellana mayoritariamente prescinde de las palabras que existen. Jorge Luis Borges, en su famoso poema "Llueve" (1969, recogido en Elogio de la sombra), escribe simplemente "Bruscamente la tarde se ha aclarado / porque ya cae la lluvia minuciosa", sin usar ningún término específico —llovizna, chispear, garúa— que la realidad meteorológica del momento sugeriría. Pablo Neruda, en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, escribe "Llueve. Llueve. Llueve. La tarde, sin cesar, llueve", repitiendo el verbo genérico sin variación léxica. Federico García Lorca, en su Romancero, evita sistemáticamente la lluvia como motivo central. Antonio Machado, en Soledades, recurre a la lluvia como ambiente pero la nombra con genéricos. La tradición literaria castellana, dicho rápido, no ha invertido en el campo léxico de la lluvia con la misma intensidad con la que la tradición literaria japonesa lo ha hecho. La pregunta es: ¿por qué?
La respuesta probable —y aquí entramos en hipótesis cultural— combina tres factores. Primero, el factor climático: las grandes geografías de producción literaria castellana —Castilla, Andalucía, valle de México, Río de la Plata— tienen lluvia abundante pero no continua; la lluvia es evento concentrado, no atmósfera prolongada. Segundo, el factor teológico: la lluvia en la tradición cultural castellana arrastra resonancias bíblicas —el diluvio, el maná, la sequía como castigo divino— que se nombran con el léxico solemne grecolatino-bíblico, no con onomatopeyas ligeras. Tercero, el factor estilístico: la literatura grecolatina-renacentista que formó el canon castellano valoraba la abstracción culta sobre la concreción sensorial, y las palabras genéricas verbales (llover) eran percibidas como más nobles literariamente que las palabras concretas onomatopéyicas. Las tres tradiciones combinadas explican por qué Borges escribe llueve y Bashō escribe samidare: no porque la realidad meteorológica fuera diferente sino porque las dos tradiciones literarias optaron por valorar cosas distintas.
La lección, para el lector hispanohablante contemporáneo, es doble. Por un lado, podemos reapropiarnos del léxico castellano de la lluvia que nuestra propia lengua ya tiene y que la pedagogía escolar a menudo no enseña con cuidado: llovizna, chispear, aguacero, chubasco, garúa, temporal son palabras nuestras, bonitas, dignas, y usarlas en lugar del genérico llover enriquece nuestro castellano cotidiano. Por otro lado, podemos importar conceptualmente del japonés sensibilidades léxicas que nuestra lengua no ha desarrollado pero que nuestro cuerpo sí percibe: la diferencia entre shito-shito y zā-zā existe meteorológicamente, y aprender a nombrarla con palabras —propias o ajenas— hace nuestra experiencia más rica. El campo léxico ajeno no compite con el propio; lo expande.
La lección del idioma con quince palabras para mojarse
Cerramos el artículo —el primero de los ocho dedicados a campos léxicos específicos que vamos a publicar en la serie— con una reflexión más amplia sobre lo que un idioma que ha desarrollado quince palabras para nombrar variedades de lluvia nos enseña sobre la relación humana con el mundo natural.
Primera lección: la resolución léxica de un campo refleja la importancia funcional del fenómeno para la cultura que habla el idioma. El japonés ha desarrollado quince palabras para la lluvia porque la lluvia, en el archipiélago, importa más —cuantitativa y cualitativamente— que en las grandes geografías hispanohablantes. Llueve más cantidad de tiempo, en patrones más diferenciados, con consecuencias agrícolas y vitales más directas. La lengua ha respondido con una rejilla más fina. La intuición general transferible: cualquier campo léxico que un idioma desarrolla con densidad indica qué le importa funcionalmente a la cultura que lo produce. Aprender ese campo es aprender qué importa.
Segunda lección: la economía expresiva de la onomatopeya reduplicada es uno de los inventos lingüísticos más eficientes que el japonés ha producido. 「ザーザー」 comunica, en cuatro moras, lo que el castellano necesita seis o siete palabras para comunicar de manera equivalente (llueve fuerte con un ruido sostenido y abundante). Esta economía es lo que hace que la onomatopeya japonesa, aunque morfológicamente sencilla, sea funcionalmente sofisticada. La intuición general transferible: la economía expresiva no es proporcional a la complejidad morfológica de las palabras; un idioma con palabras simples puede ser más expresivo que un idioma con palabras complejas, si la simplicidad está bien diseñada.
Tercera lección: la continuidad entre lengua técnica, lengua cotidiana y lengua poética es uno de los rasgos más bonitos del campo léxico japonés de la lluvia. 「五月雨」 aparece en un haiku del siglo XVII de Bashō; aparece en una previsión meteorológica de la NHK del siglo XXI; aparece en una conversación de desayuno entre Mayumi-san y María en Kioto en junio de un año cualquiera; aparece en un editorial sobre cambio climático en Asahi Shinbun. La misma palabra opera en los cuatro registros sin necesidad de adaptación. El castellano, por contraste, distribuye sus registros: la palabra técnica (precipitación), la palabra cotidiana (lluvia), la palabra poética (aguacero en cierta clave). Aprender un idioma donde los tres registros conviven en la misma palabra es una experiencia comunicativa enriquecedora.
Cuarta lección, y última: la relación culturalmente entrenada con el mundo natural que un sistema léxico produce es perceptible en quienes lo hablan. María, después de un año en Kioto, no solo conoce las quince palabras japonesas de la lluvia; percibe la lluvia japonesa de manera distinta a como percibía la lluvia castellana antes de irse. Ha aprendido a distinguir shito-shito de zā-zā con el oído, a anticipar gerira gōu mirando el cielo de las cuatro de la tarde de un viernes de julio en Kioto, a oír shin-shin la primera noche que nieva en Hokkaidō cuando viaja al norte en febrero. La lengua japonesa le ha entrenado los sentidos. Es uno de los regalos más duraderos del aprendizaje serio de cualquier idioma extranjero, y especialmente del japonés.
El próximo capítulo de la serie —el artículo 207— aborda el campo léxico de las texturas culinarias, dominio del gitaigo en sentido restringido y uno de los más densos onomatopéyicamente del idioma. Recorreremos mochi-mochi, saku-saku, toro-toro, puru-puru, fuwa-fuwa y otras quince palabras de un campo que solo se aprende del todo comiendo mucho. Es uno de los capítulos más gozosos de la serie. Te espero allí.