Obon: el Encuentro con los Ancestros [2026]

El Obon de Japón: el origen del nombre y la leyenda de Mokuren, las hogueras mukaebi y okuribi, los caballos de pepino, el Gozan Okuribi de Kioto y el bon odori

Es la noche del 16 de agosto en Kioto, y Laura —la viajera sevillana— está sentada en la ribera del río Kamo, entre una multitud que mira en silencio hacia las montañas oscuras que rodean la ciudad. A las ocho en punto, en la ladera del este, un trazo de fuego empieza a dibujarse en la negrura hasta formar, gigantesco, un carácter: 大, "grande".

Unos minutos después se enciende otro en otra montaña, y luego otro con forma de barco, y otro, y por fin uno con forma de puerta sagrada. "Es el Gozan Okuribi", le susurra una señora de Kioto a su lado. "Son las hogueras que despiden a los espíritus de nuestros antepasados, que han pasado estos días con nosotros y ahora vuelven al otro mundo".

Laura, que ve a varias personas a su alrededor con los ojos húmedos, piensa de pronto en su abuela, y en algo que vio una vez en México. "Es como el Día de Muertos", murmura. La señora asiente: "En todas partes, la gente quiere volver a ver a los suyos".

Esa escena es el clímax del Obon (お盆), los días de mediados de agosto en que, según la creencia japonesa, las almas de los antepasados regresan a casa para reunirse con los vivos.

Junto al Año Nuevo, es una de las dos grandes fiestas del calendario japonés —si el oshōgatsu mira a la vida que empieza, el Obon mira a los que ya se fueron—, y una de las más profundas y conmovedoras.

Es el momento en que millones de japoneses vuelven a sus pueblos de origen, limpian las tumbas familiares, encienden farolillos para guiar a los muertos hasta casa y, durante unos días, viven con la certeza de que sus seres queridos fallecidos están de nuevo entre ellos.

En este artículo recorreremos el Obon entero: el sorprendente origen de su nombre y la leyenda budista que lo explica, cómo llegó a Japón hace más de mil cuatrocientos años, por qué se celebra en julio en unos sitios y en agosto en otros, los ritos de bienvenida y despedida, los entrañables "caballos de pepino", el espectacular Gozan Okuribi de Kioto, las danzas del verano y, por fin, su hermoso parentesco con el Día de Muertos mexicano. Es la fiesta del reencuentro con los que ya no están.

¿Qué es el Obon?

Situémoslo primero. El Obon se celebra durante cuatro días a mediados de agosto —del 13 al 16 en la mayor parte del país—, aunque, como veremos, algunas zonas lo celebran en julio. No es un festivo nacional oficial, pero en la práctica funciona como tal: muchísimas empresas cierran durante esos días, y se produce uno de los grandes éxodos del año, el kisei-rasshu, la "estampida del regreso", cuando millones de personas vuelven a la casa familiar y los trenes, aviones y autopistas se colapsan.

Su nombre completo y formal es urabon-e (盂蘭盆会), del que "Obon" es la forma corta y cariñosa. Es, en su raíz, una fiesta budista, pero como tantas cosas en Japón, se ha fundido a lo largo de los siglos con el culto sintoísta a los antepasados y con creencias populares mucho más antiguas, hasta formar algo profundamente japonés.

La idea central es sencilla y universal: una vez al año, durante unos días, los muertos vuelven a casa, y la familia los recibe, los agasaja y los acompaña, antes de volver a despedirlos.

Detrás de cada gesto del Obon —las hogueras, los farolillos, las ofrendas— late esa misma gratitud hacia quienes vinieron antes que late en palabras como okagesama, "gracias a todos ellos, estoy yo aquí".

Ullambana y la leyenda de Mokuren

¿De dónde viene esa palabra tan rara, urabon? Su origen es un viaje lingüístico que cruza Asia entera.

Procede del término sánscrito ullambana, que significa, literalmente, "colgar boca abajo", y que designaba un sufrimiento extremo; al pasar al chino y de ahí al japonés, quedó en urabon. (Hay incluso una teoría que lo remonta más allá, a una antigua palabra iraní, urvan, "alma".) Y ese inquietante "colgar boca abajo" se entiende a la luz de la leyenda que está en el origen de toda la fiesta.

La historia, recogida en un sutra budista, tiene como protagonista a Mokuren (el Maudgalyāyana de la tradición india), uno de los principales discípulos de Buda, famoso por sus poderes sobrenaturales.

Un día, usando esos poderes para ver el otro mundo, Mokuren buscó a su madre fallecida y la encontró en un estado terrible: había caído en el reino de los espíritus hambrientos, condenada a un tormento de hambre y sed eternas —ese "colgar boca abajo"— como castigo por un pecado en vida, el de la avaricia y el egoísmo: había amado y protegido solo a su propio hijo, sin compasión por los demás.

Desesperado, Mokuren trató de enviarle comida, pero esta se convertía en llamas antes de llegar a su boca. Acudió entonces a Buda, que le dio una enseñanza decisiva: no podría salvar a su madre solo con su amor filial; debía ofrecer alimento y méritos a todos los monjes y a todas las almas que sufrían, no solo a su madre.

Mokuren así lo hizo, al final del retiro de la estación de lluvias, y gracias a aquel acto de generosidad universal, su madre se liberó por fin de su tormento.

La moraleja es el corazón espiritual del Obon, y es bellísima: la salvación no llega del amor egoísta hacia los nuestros, sino de abrir ese amor a todos los que sufren.

Por eso el Obon no es solo recordar a los propios muertos, sino un ejercicio de compasión más amplio; de hecho, en Japón se le asoció el rito del segaki, las ofrendas a las almas errantes que no tienen a nadie que las recuerde. Cuenta además la tradición que Mokuren, al ver liberada a su madre, bailó de alegría, y que de ahí nació la danza del Obon.

La fiesta de los muertos es, así, también una fiesta de la generosidad y, al final, de la alegría.

Del año 606 a hoy: la llegada a Japón

El Obon es una de las tradiciones más antiguas que se siguen celebrando en Japón, con más de mil cuatrocientos años de historia documentada.

Las crónicas oficiales, como el Nihon Shoki, registran ceremonias de urabon-e ya en el siglo VII: se menciona que la emperatriz Suiko promovió el rito hacia el año 606, y consta que la emperatriz Saimei celebró una ceremonia de Obon en un templo de Asuka en el año 657. A lo largo del siglo VIII, en tiempos del emperador Shōmu, se convirtió en una observancia anual de la corte.

Como tantos ritos llegados del continente, el Obon empezó siendo una ceremonia aristocrática y fue descendiendo poco a poco hacia el pueblo, hasta arraigar plenamente entre la gente común hacia el final del periodo Kamakura. Pero lo que lo hizo tan duradero y tan querido fue su fusión con creencias japonesas anteriores.

Antes incluso de que llegara el budismo, los japoneses ya creían que las almas de los antepasados velaban por sus descendientes y regresaban en ciertas épocas del año; ese viejo culto sintoísta a los espíritus —ligado a la veneración de los kami— encajó a la perfección con la nueva fiesta budista de Mokuren.

El Obon es, por eso, un ejemplo perfecto de la capacidad japonesa de sumar tradiciones: budismo del continente y culto ancestral autóctono, unidos en una sola celebración que ya no es del todo ni una cosa ni la otra, sino simplemente japonesa.

¿Cuándo es el Obon? El bon de julio y el de agosto

Aquí conviene aclarar una confusión habitual, porque el Obon no se celebra en la misma fecha en todo Japón. La razón es, una vez más, el cambio del calendario lunar al solar que vimos al comienzo de la serie, en el artículo sobre los nenchūgyōji. Tradicionalmente, el Obon caía a mediados del séptimo mes lunar.

Cuando Japón adoptó el calendario occidental, en la era Meiji, hubo dos maneras de adaptarlo, y de ahí nacieron dos Obon distintos que conviven hoy.

Por un lado está el bon de julio (shichigatsu-bon), que se celebra del 13 al 16 de julio, trasladando sin más la vieja fecha al nuevo calendario; se mantiene sobre todo en Tokio y algunas zonas.

Por otro, y mucho más extendido, está el bon de agosto (hachigatsu-bon o "bon con un mes de retraso"), del 13 al 16 de agosto, que retrasa la celebración un mes para acercarla a la fecha lunar original y que es el que sigue la inmensa mayoría del país, incluida Kioto.

La razón de que ganara el de agosto es muy práctica: en julio, muchas zonas rurales estaban en plena faena agrícola, y resultaba más cómodo celebrar la fiesta un mes más tarde, ya en un respiro del trabajo del campo. Por eso, cuando se habla del Obon "nacional" y de las grandes vacaciones de verano, casi siempre se está hablando del de mediados de agosto.

Los cuatro días: recibir y despedir a los muertos

El Obon tiene una estructura clara y hermosa, que se despliega a lo largo de cuatro días en torno a un mismo gesto: recibir a los muertos y volver a despedirlos.

En muchos hogares se prepara para la ocasión un pequeño altar especial, el shōryō-dana o "estante de las almas", donde se colocan la tablilla del antepasado, flores de temporada, farolillos y ofrendas de comida —a menudo los platos que más le gustaban al difunto—, en ese mismo espíritu de ofrenda agradecida del que ya hablamos al tratar el okagesama.

El primer día, el 13 de agosto, es el de la bienvenida. Las familias visitan y limpian las tumbas, y al caer la tarde encienden la hoguera de bienvenida, el mukaebi: una pequeña fogata de tallos de cáñamo a la entrada de la casa cuyo humo, elevándose al cielo, sirve de señal y de camino para que el alma del antepasado encuentre el camino de vuelta a casa.

Durante los días centrales, el 14 y el 15, la familia convive con los espíritus: se reza, se hacen ofrendas en el altar, se visita el templo, se reúnen los parientes. Y el último día, el 16 de agosto, llega la despedida: se enciende la hoguera de despedida, el okuribi, para acompañar de nuevo al alma de vuelta al otro mundo.

Es un ciclo conmovedor —acoger, convivir, despedir— que se repite cada verano, y que en muchos hogares modernos, sobre todo en los pisos de ciudad, se ha simplificado sustituyendo las hogueras por los bon-chōchin, los farolillos del Obon, herederos de la misma cultura de la luz que ilumina los farolillos rojos de los izakaya.

Los caballos de pepino: el shōryōma

Entre todos los ritos del Obon, hay uno especialmente entrañable y fácil de querer, que encanta a los niños y sorprende a los visitantes: el shōryōma (精霊馬), los "caballos de los espíritus". Son dos pequeñas figuras de animales que se fabrican clavando palillos a modo de patas en dos verduras de verano: un pepino, que representa un caballo, y una berenjena, que representa un buey.

Y el detalle es delicioso. El caballo de pepino —un animal veloz— se prepara para el día de la bienvenida con un deseo concreto: que el antepasado venga cuanto antes, montado en un corcel rápido, ansioso por llegar a casa.

La berenjena con forma de buey —un animal lento— es para el día de la despedida, con el deseo contrario: que el alma se vuelva despacio, sin prisa, alargando lo más posible la estancia con los suyos, y cargando además, sobre el lomo del buey, las ofrendas y los recuerdos que se lleva de vuelta.

Es difícil imaginar una manera más tierna y humana de expresar el sentimiento de fondo del Obon: las ganas de que los muertos lleguen pronto y se queden mucho. En esas dos hortalizas con patas de palillo cabe todo el amor de una familia por los que ya no están.

El Gozan Okuribi: el ritual de Kioto

La hoguera de despedida más famosa de Japón es la que dejó a Laura sin palabras: el Gozan Okuribi (五山送り火), las "hogueras de despedida de las cinco montañas" de Kioto, que se encienden la noche del 16 de agosto y son uno de los espectáculos más impresionantes del verano japonés. (Mucha gente lo llama "Daimonji-yaki", aunque los kiotenses prefieren su nombre propio.) Durante aproximadamente una hora, cinco enormes figuras de fuego se van encendiendo, una tras otra, en cinco montañas que rodean la ciudad, en un orden preciso:

HoraFiguraSignificado
20:00大 (dai, "grande")el carácter de "grande", en el monte del este
20:05妙 / 法 (myō-hō)dos caracteres budistas, de tradición de Nichiren
20:10船形 (funagata)la forma de un barco
20:15左大文字un segundo carácter "grande", al oeste
20:20鳥居形 (toriigata)la forma de una puerta torii sagrada

El conjunto no es casual, sino que cuenta un viaje: según una bella interpretación, los espíritus parten con el primer "gran" carácter del este, avanzan recitando el sutra a través del "myō-hō", embarcan en el "barco" para cruzar el río que separa los mundos, y salen por fin por la "puerta torii" del oeste, de vuelta al otro mundo.

Cada montaña la mantiene encendida una comunidad local, que prepara los lechos de fuego durante días; los participantes pueden incluso escribir el nombre de un difunto o un deseo de salud en unas tablillas de madera que arderán en la montaña. Decenas de miles de personas lo contemplan desde las riberas del río y los puntos altos de la ciudad.

No es un festival ruidoso ni festivo: es un adiós colectivo, solemne y hermoso, en el que una ciudad entera despide a la vez a sus muertos.

El Obon por todo Japón

Más allá de Kioto, cada región despide a sus antepasados a su manera, y algunas de esas costumbres son espectaculares.

En Nagasaki, el shōrō-nagashi es casi lo contrario del solemne silencio de Kioto: las familias que han perdido a alguien ese año construyen elaboradas "barcas de los espíritus", las cargan de farolillos y flores, y las pasean por la ciudad entre el estruendo de petardos y campanas, en una despedida deliberadamente ruidosa y alegre, como para acompañar al difunto con una fiesta en lugar de con lágrimas.

En Okinawa, las antiguas islas Ryūkyū, el Obon se vive con el eisā, una vibrante danza propia al ritmo atronador de los tambores y el sanshin, ejecutada tradicionalmente por los jóvenes, mucho más enérgica que el bon odori del resto del país.

Y en el pueblo de Gujō, en las montañas de Gifu, se celebra una de las tradiciones de baile más asombrosas de Japón: el Gujō Odori, una temporada de danza que se prolonga durante más de treinta noches a lo largo del verano —una de las más largas del país— y que culmina en las cuatro noches del Obon con el tetsuya odori, el "baile de la noche entera", en el que vecinos y visitantes bailan juntos hasta el amanecer.

Es una buena muestra de algo importante: que el Obon, siendo una fiesta de los muertos, es también, y muy intensamente, una fiesta de los vivos que se reúnen, como vimos al hablar de los matsuri de verano.

Bon odori: la danza de la alegría

Esa danza colectiva tiene nombre propio y merece un apartado: el bon odori (盆踊り), el "baile del Obon". Durante las noches de la fiesta, la gente se reúne en parques, plazas y patios de templos para bailar en círculo alrededor de una torre central, el yagura, decorada con farolillos, al ritmo de los tambores taiko y de viejas canciones.

La coreografía es sencilla y repetitiva, pensada para que cualquiera pueda unirse sin saber bailar; se acude en yukata, el kimono ligero de verano, y participan por igual abuelos y niños.

Su origen es doble y precioso. Por un lado, como vimos, la leyenda dice que es la danza con que Mokuren celebró la liberación de su madre: una danza de la alegría de quien recupera a un ser querido.

Por otro, enlaza con el odori nenbutsu, la práctica de "bailar recitando el nombre de Buda" que difundió en el periodo Heian el monje Kūya y que después popularizaron otros maestros, fundiendo la oración con la danza popular.

De ambas corrientes nació esta costumbre que, en el fondo, hace algo muy sabio: convierte el recuerdo de los muertos no en un acto triste, sino en una celebración comunitaria.

Hoy el bon odori sigue vivísimo, e incluso se reinventa: hay versiones con canciones de anime o pop para atraer a los jóvenes, y se ha convertido en una de las experiencias del verano japonés que más disfrutan los visitantes extranjeros.

Obon y el Día de Muertos: dos culturas, un mismo amor

Para un lector hispanohablante —y muy especialmente para un mexicano— el Obon despierta de inmediato un eco poderoso: el Día de Muertos. Y es que ambas fiestas, nacidas en extremos opuestos del planeta y sin contacto alguno entre sí, comparten una intuición idéntica y conmovedora: la de que, una vez al año, las almas de los muertos regresan a casa y la familia debe recibirlas con amor.

Las dos montan un altar con la foto y la comida favorita del difunto, las dos usan la luz —los farolillos del Obon, las velas de la ofrenda— para guiar a las almas, las dos reúnen a la familia, y las dos, sobre todo, eligen honrar a los muertos con cariño y hasta con alegría, en lugar de solo con tristeza.

Obon (Japón)Día de Muertos (México)
Fechamediados de agosto1 y 2 de noviembre
Raízbudismo + culto sintoístatradición prehispánica + catolicismo
Símbolosfarolillos, hogueras, caballos de pepinocempasúchil, calaveras, pan de muerto
Tonosereno y recogido (con danzas)colorido y festivo

Las diferencias son reales —el Obon tiende a lo sereno, el Día de Muertos a lo exuberante—, pero lo que une a las dos fiestas es mucho más profundo que lo que las separa.

Ambas son fusiones de una religión llegada de fuera con un culto ancestral autóctono; ambas han sido reconocidas como tesoros culturales de la humanidad; y ambas enseñan a los niños algo que ninguna cultura debería olvidar: que los muertos no desaparecen del todo mientras alguien los recuerde y les guarde un sitio en la mesa.

Por eso, en las familias internacionales que unen Japón y el mundo hispano, celebrar las dos —el Obon en agosto y el Día de Muertos en noviembre— es una de las formas más bellas de enseñar a los hijos a honrar a todos sus antepasados, vengan de donde vengan.

El Obon hoy y en familia

Como toda gran tradición, el Obon se enfrenta a los cambios de la vida moderna.

El éxodo de la gente joven del campo a la ciudad, el envejecimiento de la población y la transformación de la familia han hecho más difícil mantener algunos ritos; han surgido nuevas formas de honrar a los muertos —desde el cuidado perpetuo de las tumbas por parte de los templos hasta opciones de sepultura más sencillas— e incluso, tras la pandemia, la costumbre de "visitar la tumba" por videollamada.

Y, sin embargo, lo esencial resiste con fuerza: cada agosto, millones de japoneses siguen volviendo a la casa familiar, limpiando las tumbas de sus mayores y encendiendo una luz para guiarlos a casa.

Para una familia que vive entre dos culturas, el Obon es una ocasión preciosa, y muy fácil de adaptar. No hace falta vivir en Japón para encender una vela por los abuelos, poner su comida favorita en un pequeño altar, contarles a los niños quiénes fueron las personas de las que vienen, o hacer una videollamada a los parientes de Japón en esos días.

Es, como vimos al hablar de la crianza entre dos mundos, una manera de regalar a los hijos no una identidad, sino dos, y de enseñarles que la gratitud hacia quienes nos precedieron es un sentimiento que se dice en todos los idiomas.

Conclusión: guardarles un sitio en la mesa

Cuando las cinco hogueras de Kioto se apagaron aquella noche de agosto, Laura se quedó un rato más sentada junto al río, pensando en su abuela. Había llegado a Japón creyendo que el Obon sería una curiosidad budista más, y se marchaba sabiendo que era otra cosa: una de las expresiones más universales y humanas que había encontrado en el país.

Porque bajo los farolillos, las hogueras y los caballos de pepino late un deseo que cualquier persona del mundo entiende sin necesidad de traducción: volver a ver, aunque sea una vez al año, a los que ya no están.

Esa es la lección más honda del Obon, la misma que enseña, al otro lado del mundo, el Día de Muertos: que recordar a nuestros muertos no tiene por qué ser un acto de tristeza, sino de amor y hasta de alegría. Que se les puede guardar un sitio en la mesa, encenderles una luz, contarles a los niños sus historias, y sentir, durante unos días de verano, que vuelven a estar cerca.

Los japoneses lo expresan con hogueras en las montañas; los mexicanos, con flores naranjas y calaveras de azúcar; pero el corazón es el mismo.

En el próximo artículo de la serie dejaremos el calor del verano para entrar en el otoño, con el Tsukimi, la contemplación de la luna llena más hermosa del año, y la gratitud por la cosecha. Pero, antes de pasar página, quédate con la imagen de una ladera oscura en la que se enciende, gigantesco, el carácter de "grande", mientras una ciudad entera despide en silencio a sus muertos.

Y, si te apetece, enciende esta noche una pequeña luz por los tuyos. Estén donde estén, sabrán encontrar el camino a casa.

Obon: el Encuentro con los Ancestros [2026]