La tarde del 7 de julio cae despacio sobre el pequeño jardín de Carla y Hiroshi, en un barrio del oeste de Tokio. Hiroshi ha clavado en una maceta una rama larga de bambú, fresca, recién cortada esa misma mañana en casa de un vecino.
Carla, María-Hana (cinco años) y Carlos-Kenta (siete años) están sentados a la mesa de la terraza, cortando con tijeras pequeñas tiras alargadas de papel de colores —verde, rojo, amarillo, blanco, morado—. María-Hana se concentra y, ayudada por su madre, escribe con torpeza en un tanzaku rosa: "Quiero leer en japonés como onii-chan".
Carlos-Kenta, más serio, elige el verde y escribe: "家族みんな元気で" ("que toda la familia esté sana").
Hiroshi, mientras tanto, prepara una bandeja con sōmen frío que servirán esa noche, y Carla cuenta a sus hijos, casi en susurros, que esta noche, muy alto en el cielo, dos estrellas enamoradas intentarán cruzar el río más grande del universo para verse, solo durante unas horas, una vez al año.
Carlos-Kenta levanta la vista hacia el cielo todavía claro y pregunta: "Mami, ¿y si llueve, no se pueden ver?". Carla sonríe: "Sí, hijo, también entonces. Para eso vendrán las urracas."
Tanabata —literalmente "el séptimo de la séptima"— es, junto con el Hinamatsuri y el Kodomo no Hi, una de las tres grandes fiestas del calendario doméstico japonés que están dedicadas, sobre todo, a los niños y a los deseos de la familia.
A diferencia de las dos anteriores, sin embargo, su corazón no son las muñecas ni las armaduras, sino dos estrellas, una historia de amor muy antigua y unas tiras de papel sobre las que cada miembro de la casa escribe lo que de verdad querría que ocurriese durante el año. Es la fiesta de los deseos puestos por escrito, suspendidos del bambú, y elevados al cielo por el viento de julio.
Para muchas familias internacionales —y especialmente para las familias hispano-japonesas—, es una de las fechas del calendario más fáciles de hacer propias: requiere pocos materiales, no necesita maestros ni reglas estrictas, y une, sin ningún esfuerzo, a niños y mayores en torno a un gesto tan universal como el de pedir algo a las estrellas.
Hay además, como veremos al final, una historia inesperada que conecta directamente al Tanabata con el mundo hispanohablante a través de un festival muy querido en Sao Paulo desde hace casi medio siglo.
Este artículo recorre el tema entero: los tres orígenes culturales que se entrelazan, la leyenda de Orihime y Hikoboshi, la realidad astronómica de sus estrellas, el itinerario que hizo la fiesta desde los nobles de Heian hasta los niños del Edo, el significado de los cinco colores y de los siete adornos, los platos típicos, los grandes festivales y la curiosa diáspora del Tanabata hasta Brasil y California.
Tres orígenes para una sola noche
Como ocurre con casi todas las grandes fiestas estacionales japonesas, Tanabata es el resultado de tres tradiciones distintas que se entrelazaron sobre suelo japonés. La primera y más antigua es la leyenda china de Kengyū y Shokujo —el "Boyero y la Tejedora"—, ya documentada en un poema del Shijīng (el "Libro de las Odas") del siglo VI a.
C., y desarrollada como narrativa coherente durante la dinastía Han. Los nombres designaban a dos personajes celestiales asociados a dos estrellas concretas, Altair y Vega, separadas por la Vía Láctea, que la astronomía popular china identificó muy pronto con un río infranqueable y, por extensión, con una historia de amor a distancia.
La segunda tradición es también china y se llama Kikōden —Qǐqiǎo Diàn, "rito para pedir destreza"—.
Era un ritual celebrado en la corte imperial el séptimo día del séptimo mes lunar, en el que las mujeres de palacio ofrecían a la estrella Vega frutas, agujas, hilos de seda y pequeños objetos de costura, y le pedían que les concediera habilidad en la costura, el tejido, la caligrafía y la música.
El ideograma 巧 (qiǎo, takumi) que aparece en el nombre del rito significa, precisamente, "destreza", "ingenio manual". El Kikōden viajó al Japón aristocrático junto con todo el aparato cultural de la dinastía Tang, y fue rápidamente adoptado por la corte de Nara y de Heian.
La tercera tradición es propiamente japonesa y muchísimo más silenciosa. En el Japón pre-budista existía la figura de las Tanabatatsume, "doncellas del telar", jóvenes que en algunos santuarios costeros tejían vestidos sagrados para los kami en pequeñas casetas instaladas sobre el agua.
Eran un eslabón ritual entre la comunidad y el mundo de los espíritus, y se las consideraba mediadoras especialmente en los días previos al Obon, la gran fiesta de los antepasados de finales de verano, de la que hablaremos en el próximo artículo.
Cuando el Kikōden chino y la leyenda de las estrellas llegaron al archipiélago, encontraron en estas "doncellas del telar" un eco perfecto: una palabra nativa que designaba a una mujer que teje frente al agua y se conectaba, por tanto, con la imagen celestial de la Tejedora del cielo.
El término tanabata, escrito hoy con los caracteres chinos 七夕 ("séptimo de la séptima"), conserva en su pronunciación esa raíz japonesa antigua. Cuando una familia japonesa cuelga hoy sus tanzaku del bambú, está participando, sin saberlo, de un tejido cultural que combina astronomía han, ritual de corte y religiosidad popular indígena.
Orihime y Hikoboshi: la leyenda
La versión japonesa más popular de la leyenda se cuenta más o menos así. Orihime —"princesa que teje"— es la hija del Rey del Cielo, Tentei, y se pasa los días sentada a su telar a la orilla de la Vía Láctea (天の川, Amanogawa, "el río del cielo"), tejiendo telas finísimas con las que viste a los dioses.
Es trabajadora, dedicada y, según los cuentos, también un poco triste, porque su vida transcurre entera dedicada al telar y nunca ha conocido a un hombre. Su padre, preocupado, decide presentarle a Hikoboshi, "estrella del muchacho", un joven pastor de bueyes que cuida del rebaño celestial al otro lado del río. Los dos jóvenes se enamoran al instante y se casan.
El problema viene a continuación. Tan absortos están el uno en el otro que dejan completamente de trabajar: Orihime no teje más, las telas dejan de llegar a los dioses; Hikoboshi descuida a los bueyes, que empiezan a errar por el cielo. El Rey del Cielo se enfada y, como castigo, los separa de nuevo, situando a cada uno en una orilla distinta de la Vía Láctea y prohibiéndoles cruzarse.
La pena de Orihime es tan grande que el Rey, ablandado por las lágrimas de su hija, accede a una concesión: una vez al año, la noche del séptimo día del séptimo mes, podrán reencontrarse, siempre y cuando ella haya cumplido con su trabajo. La historia añade un último detalle: el río del cielo no tiene puente, así que la primera vez los dos amantes lloran sin poder cruzarlo.
Una bandada de urracas (kasasagi, en japonés) escucha sus lamentos y decide, juntando sus alas, formar un puente para que Orihime pase a la otra orilla. Si el 7 de julio llueve, sin embargo, las urracas no acuden, el agua del río crece y los dos amantes no consiguen verse hasta el año siguiente. De ahí la importancia popular del clima esa noche.
La lectura ética de la historia es interesante. A primera vista es un cuento romántico; mirado más de cerca, es una pequeña parábola sobre el equilibrio entre el amor y el trabajo, sobre la idea de que la pareja necesita un marco más amplio para sostenerse y sobre el papel del esfuerzo cotidiano.
Hay quien la interpreta también como una clave femenina muy temprana: Orihime no recupera el derecho a ver a su marido como una concesión gratuita, sino vinculada al cumplimiento de su propio trabajo. La fiesta, en cualquier caso, no se vive como triste: el énfasis cultural recae en el reencuentro, en la noche concreta del 7 de julio, en los deseos posibles.
Para los niños japoneses, Orihime y Hikoboshi son una de las primeras parejas literarias que conocen, casi al mismo nivel que Momotarō o Urashima Tarō.
Vega y Altair: dos estrellas reales
Detrás del cuento hay astronomía real, y vale la pena pararse en ella, porque añade una capa interesante a la fiesta. La Tejedora del relato no es una figura mítica vaga: es Vega, la estrella más brillante de la constelación de la Lira (Koto-za, en japonés), una de las cinco estrellas más brillantes del cielo nocturno boreal, situada a unos 25 años luz de la Tierra.
El Pastor es Altair, la estrella alfa de la constelación del Águila (Washi-za), a unos 17 años luz. Las dos están separadas, en línea recta, por algo más de 16 años luz —una distancia que la luz, lo más rápido que conocemos, tarda dieciséis años en recorrer—. La "imposibilidad" del amor entre Orihime y Hikoboshi no es solo poética: es astronómicamente real.
A esto se le suma una tercera estrella: Deneb, la alfa de la constelación del Cisne (Hakuchō-za), a unos 1.500 años luz. Vega, Altair y Deneb forman en el cielo de verano del hemisferio norte el Triángulo del Verano (natsu no daisankakkei en japonés).
En una noche despejada de julio o agosto, lejos de la contaminación lumínica, se pueden ver perfectamente las dos "estrellas amantes" y la Vía Láctea pasando entre ellas. El Observatorio Astronómico Nacional de Japón celebra cada año un "Tanabata tradicional" según el calendario lunisolar antiguo —en torno a comienzos de agosto—, porque entonces el cielo está mucho más despejado.
Para una familia que vive en una gran ciudad, la dificultad es que el 7 de julio cae en pleno tsuyu (temporada de lluvias) y la mayoría de los años no se ve nada. Pero, como contábamos al hablar de amae, Japón tiene una cultura emocional entrenada para encontrar belleza en lo que se imagina: el 7 de julio en Tokio, con cielo gris, miles de niños siguen escribiendo deseos para estrellas invisibles.
De los nobles Heian al pueblo Edo
El Tanabata, como casi todas las fiestas del calendario japonés, no fue siempre la celebración hogareña que es hoy.
Cuando se importó de China a finales del periodo Nara (siglo VIII), era un ritual cortesano muy refinado: solo se celebraba en la corte imperial y en algunas casas aristocráticas, las damas pedían a Vega habilidad en el tejido y la caligrafía, y se redactaban poemas en cuerdas de cinco colores que se ofrecían a la estrella.
Las grandes recopilaciones poéticas del periodo Heian, como el Kokin Wakashū, recogen abundantes poemas dedicados al 7 de julio, todos en torno al motivo del encuentro de una sola noche al año. Esa estética cortesana —elegante, melancólica, muy literaria— marca todavía hoy buena parte del Tanabata japonés.
La fiesta dio el gran salto a la cultura popular durante el periodo Edo (1603-1868), cuando el bakufu Tokugawa la oficializó como una de los cinco sekku del calendario nacional, en pie de igualdad con el Hinamatsuri o el Kodomo no Hi.
En las ciudades de Edo, Osaka y Kioto, las casas comerciales empezaron a colgar fuera de sus portales largas ramas de bambú decoradas con tiras de papel de colores y pequeñas figuras hechas a mano.
Los maestros de escuela —los terakoya— promovieron entre los niños la costumbre de escribir en los tanzaku deseos relacionados con el aprendizaje de la caligrafía y la lectura: una niña que escribía "Quiero escribir mejor el kanji 心" no estaba simplemente pidiendo un deseo, estaba conectando su vida cotidiana con un linaje milenario que se remontaba a las damas Heian y, antes, a las mujeres de la corte Han.
Cuando los grandes festivales urbanos del Tanabata se consolidaron en el siglo XIX y, sobre todo, en el siglo XX, ya tenían detrás siglos de práctica popular.
Los cinco colores de los tanzaku
Detrás de los pequeños papeles de colores que cuelgan del bambú hay una de las claves estéticas más interesantes de la fiesta. La tradición Tanabata fija el número de los colores principales en cinco: azul (o verde), rojo, amarillo, blanco y morado (en lugar del negro original, que en Japón se asocia al luto).
Son los goshiki, los "cinco colores" de la teoría china de los cinco elementos (wǔxíng, gogyō), un sistema cosmológico originario de la China antigua según el cual el universo se organiza en torno a cinco fuerzas básicas —madera, fuego, tierra, metal y agua— que se corresponden, respectivamente, con los cinco colores citados.
Cuando una niña japonesa elige un tanzaku verde y otro rojo, está, sin saberlo, dialogando con dos mil años de pensamiento chino sobre la estructura del cosmos. De este universo simbólico hablamos también en el artículo sobre el kanji 美 (bi), porque buena parte de la estética tradicional japonesa de los colores parte de aquí.
En el Tanabata más clásico, además, los cinco colores se relacionan con las cinco virtudes confucianas —jin (benevolencia), rei (cortesía), shin (confianza), gi (justicia) y chi (sabiduría)—, de modo que cada color es la vía simbólica adecuada para un tipo distinto de deseo: el verde para los deseos relacionados con el carácter y la mejora personal, el rojo para los deseos hacia los padres y los antepasados, el amarillo para los deseos relacionados con la amistad y la confianza social, el blanco para los deseos de disciplina, normas y deberes, y el morado para los deseos relacionados con el estudio y el conocimiento.
Casi nadie en el Japón actual usa estos colores con tanta precisión —los niños eligen, sobre todo, el color que más les gusta—, pero quien quiera escribir su tanzaku "a la antigua usanza" tiene aquí toda una pequeña teología cromática a su disposición.
Las siete decoraciones y el bambú
Junto a los tanzaku, el repertorio clásico del Tanabata incluye un conjunto de siete adornos tradicionales —nanatsu kazari—, todos hechos a mano con papel y colgados, junto a los deseos, de las ramas del bambú. Cada uno carga un significado concreto y conviene conocerlos para entender el sentido de un Tanabata "completo".
El fukinagashi es una larga serpentina de papel multicolor que evoca los hilos del telar de Orihime y, por extensión, una vida abundante en habilidades manuales. El kamigoromo es un pequeño kimono de papel que se cuelga para pedir mejoras en la salud y en el arte de la costura, además de para alejar las enfermedades de la familia.
El orizuru —la grulla de papel del origami clásico— se asocia, como en casi todos los contextos japoneses, a la larga vida y a la salud de los ancianos de la casa. El kinchaku es una bolsita de monedero que se cuelga para pedir prosperidad económica y ahorros sensatos.
Los otros tres son menos conocidos pero igual de bonitos. La toami es una pequeña red de papel que se cuelga para pedir abundancia en la pesca y en la cosecha. El kuzukago es una canasta de papel en la que, simbólicamente, se recogen los recortes de los demás adornos, y representa la limpieza y el orden de la casa.
Y el chōchin es un pequeño farolillo de papel que se cuelga para iluminar simbólicamente el camino que las estrellas amantes harán esa noche.
Todos estos adornos se atan, junto a los tanzaku, a una rama larga y fresca de bambú (sasa o take), elegida específicamente porque sus hojas, alargadas y verdes, se asemejan a las telas que tejería Orihime y porque el bambú es, en la cultura japonesa, símbolo de pureza, fortaleza y crecimiento rápido.
En las casas pequeñas se utiliza una rama de pocos centímetros sobre la mesa del comedor; en las escuelas, jardines de infancia y centros comerciales, las ramas pueden tener varios metros de altura y cargar centenares de tanzaku.
Después del 7 de julio, las ramas y los adornos se retiran y, en el Japón tradicional, se dejaban flotar en un río para que las estrellas recibieran los deseos; en el Japón actual, por motivos ambientales, suelen recogerse en los templos o santuarios para ser quemadas ceremonialmente.
La mesa del Tanabata: sōmen y sakubei
Como en casi todas las fiestas del calendario japonés, Tanabata tiene su propia gastronomía discreta pero significativa. El plato central es el sōmen (素麺), un fideo de trigo muy fino que se sirve frío, normalmente sumergido en agua con hielo, acompañado de una salsa ligera basada en tsuyu (caldo dashi, salsa de soja y mirin) en la que se mojan pequeñas porciones.
La elección no es casual: los hilos blancos y largos del sōmen evocan, según la lectura más común, las telas que Orihime teje en la otra orilla del río celestial, y, según otra lectura igual de aceptada, la propia Vía Láctea vista en miniatura sobre el plato. Comer sōmen el 7 de julio es, así, una manera de comerse simbólicamente la fiesta.
Para una familia internacional como la de Carla y Hiroshi, es además uno de los platos japoneses más fáciles de preparar y de gustar a los niños: requiere poco más que un cazo de agua hirviendo y unos minutos.
Existe un antecedente histórico curioso. El sōmen es, en realidad, la evolución directa de un alimento llamado sakubei (索餅), una especie de "cuerda de trigo" que llegó a Japón desde China en torno al periodo Nara y que se asociaba ya entonces al séptimo día del séptimo mes.
Una vieja tradición cortesana sostenía que comer sakubei el día del Tanabata protegía contra las enfermedades durante todo el año siguiente, y el plato se ofrecía ritualmente en la corte. Con el tiempo, el sakubei se fue refinando hasta dar lugar al sōmen actual; en algunas regiones de Japón se sigue elaborando todavía una versión arcaica para fechas señaladas.
La continuidad entre la cocina de palacio del siglo VIII y la mesa de un piso de Tokio en el 2026 es uno de esos pequeños milagros que dan tanta consistencia al calendario japonés. Para situar este plato dentro de la familia más amplia de la dulcería y la cocina ritual japonesas, ayuda el artículo dedicado al wagashi.
Acompañando al sōmen suelen aparecer dulces estacionales que evocan estrellas o constelaciones, frutas de verano (sandía, melocotón, cerezas) y, cada vez más, postres temáticos de las pastelerías: gelatinas azules que imitan la Vía Láctea, mochi en forma de estrella, helados de cinco colores.
Las familias hispano-japonesas con niños suelen aprovechar la fecha para introducirlos en una primera experiencia de cocinar para una ocasión: cortar verduras en forma de estrella o servir el sōmen en cuencos de cristal son actividades sencillas que conectan lo cotidiano con lo ritual.
Tres grandes festivales y un cuarto, en Sao Paulo
Más allá del ámbito doméstico, Tanabata se vive también en grandes festivales urbanos, especialmente en tres ciudades que han hecho de él su tarjeta de presentación. El más famoso de todos es el Sendai Tanabata Matsuri (Miyagi), en el norte del país, con orígenes que se remontan al siglo XVII y al señorío de Date Masamune.
Se celebra cada año del 6 al 8 de agosto —respetando, por tanto, el calendario lunisolar antiguo en vez del 7 de julio— y consiste, sobre todo, en una decoración masiva de las calles comerciales con enormes fukinagashi de papel de varios metros de longitud, hechos a mano por los comerciantes y los vecinos.
La impresión visual es realmente impactante: avenidas enteras del centro de Sendai quedan, durante tres días, cubiertas literalmente de cortinas de colores que el viento mueve sin cesar. Atrae cada año a millones de visitantes y es, sin discusión, una de las mejores ocasiones de ver la fiesta en toda su escala.
El segundo festival importante es el Shōnan Hiratsuka Tanabata Matsuri (Kanagawa), nacido en 1951 como iniciativa de reactivación económica de una ciudad muy castigada por los bombardeos de 1945. Se celebra a comienzos de julio y ofrece versiones más urbanas y "pop" del Tanabata clásico.
El tercero es el Anjō Tanabata Matsuri (Aichi), a comienzos de agosto, que destaca por su carácter muy participativo y por el altísimo número de tanzaku que cuelga cada año. Los tres son fácilmente accesibles para el viajero internacional.
Tanabata fuera de Japón: el caso de Sao Paulo
Hay además, y esta es la sorpresa que muchos lectores no esperan, un cuarto Tanabata grande, fuera de Japón. En São Paulo, Brasil, donde vive una de las comunidades japonesas más grandes del mundo, el barrio histórico de Liberdade celebra desde 1979 el Tanabata Matsuri de Sao Paulo, en colaboración estrecha con la ciudad de Sendai.
Cada año, miles de personas —brasileños de origen japonés y brasileños sin más— llenan las calles del barrio para escribir tanzaku en portugués y en japonés, comer comida japonesa y disfrutar de la decoración estilo Sendai.
Como contábamos al hablar de las familias internacionales, este es uno de los puentes más bellos entre el mundo iberoamericano y la cultura japonesa: una fiesta de Heian recreada en pleno centro de Sao Paulo, en un país donde el invierno cae justo cuando en Japón cae el verano.
Para muchos lectores hispanos de NDV, esta es una buena razón para descubrir que el Tanabata no es solo "una fiesta japonesa lejana": cruza también su propio continente, y desde 2009 también lo hace en Los Ángeles y en otras grandes ciudades del mundo con comunidad japonesa.
Conclusión: deseos en las estrellas
Cuando la tarde se vuelve noche y la familia entra en casa después de colgar el último tanzaku en la rama de bambú, María-Hana, ya en pijama, le pide a su madre que vuelva a contarle la historia de la princesa que teje y del muchacho que cuida los bueyes.
Carla se la cuenta, esta vez en español, con la misma cadencia con la que su propia madre, en Madrid, le contaba historias de princesas y caballeros. Y al final, cuando la niña le pregunta si Orihime y Hikoboshi van a poder verse esta noche, Carla mira hacia la ventana —el cielo de Tokio en julio está nublado, como casi siempre— y le responde, sin dudarlo: "*Sí, hijita.
Esta noche siempre se ven.*" Esa respuesta sencilla resume bien lo que Tanabata es en una casa: una excusa amable para juntar a la familia, escribir lo que uno desea, mirar al cielo aunque no se vea nada, y dejar abierta la posibilidad de que los deseos viajen hacia arriba.
Detrás del bambú y de los papeles de colores hay capas y capas de historia: una leyenda china de hace más de dos mil años, un ritual de corte que viajó con los embajadores de Tang, unas doncellas japonesas que tejían vestidos para los dioses, dieciséis años luz reales entre Vega y Altair, generaciones de niños del Edo aprendiendo a escribir mejor sus kanji a la luz de un farolillo, y un barrio entero de Sao Paulo que decora sus calles cada julio.
Cuando una familia internacional como la de Carla, Hiroshi, María-Hana y Carlos-Kenta participa en esta cadena, no está "imitando" a Japón: está añadiendo un eslabón nuevo, hispano-japonés, a una tradición que lleva siglos creciendo precisamente así, por suma de voces.
En el próximo artículo de esta serie daremos un salto, en términos de tono, hacia el extremo opuesto: del 7 de julio al 15 de agosto, del Tanabata al Obon. Si Tanabata es la fiesta de los deseos hacia el futuro, Obon es la fiesta del recuerdo de los que ya no están. Dos fiestas muy distintas en clima emocional —una luminosa, casi infantil; la otra recogida, casi solemne— que juntas dan forma a uno de los pasajes más bonitos del verano japonés.