Es la mañana del 3 de marzo en Kioto. Carla, madrileña instalada en Japón con su marido japonés Hiroshi, ha decidido que este año va a celebrar por primera vez Hinamatsuri con su hija pequeña, María-Hana, de cinco años.
Cuando la niña baja a la sala, se encuentra con una imagen casi sacada de un cuento: sobre un mueble alargado y cubierto de fieltro rojo, un conjunto de figuras vestidas con sedas brillantes —un emperador, una emperatriz, tres damas de la corte, cinco pequeños músicos— mira al salón con expresión serena.
A un lado, una rama de melocotonero en flor en un jarrón sencillo; encima de la mesa, chirashizushi recién preparado por Hiroshi, dulces rosados y verdes en un platillo, y una sopa caliente con almejas. María-Hana se acerca despacio. "Mami, esas muñecas son preciosas. ¿Son para mí?".
Carla, que de niña en Madrid no celebró nada parecido —pero que de adolescente vio en México una boda con quinceañera que se le quedó grabada—, le explica como puede: "Sí, hijita, son para ti. En Japón, hoy es el día de las niñas, y se celebra así desde hace mil años." Hiroshi, sonriente, añade en español de manual: "El 3 de marzo es el día de mi hija. La familia entera te desea felicidad."
Hinamatsuri es uno de los grandes días del calendario cultural japonés. Cae el 3 de marzo, dedica una atención muy explícita al bienestar y al futuro de las niñas de la familia, y combina, como casi todo lo bueno de Japón, importación china, religiosidad popular nativa y refinamiento aristocrático.
Aunque las muñecas son la imagen más visible, lo que late detrás es una idea muy japonesa: que cuidar simbólicamente de una niña es cuidar de su salud, alejar de ella el mal, y desearle desde pequeña una vida plena.
Para una familia internacional como la de Carla y Hiroshi —y para muchos lectores de NDV—, es además una oportunidad preciosa de poner sobre la mesa un puente cultural natural con tradiciones del mundo hispano como la Quinceañera mexicana o el Día Internacional de la Niña.
Este artículo recorre el tema entero: de dónde viene exactamente esta fiesta, cómo se popularizó en Edo, cómo está organizado el complejo escenario de las muñecas, en qué se diferencian la escuela de Kioto y la de Kantō, cómo se exhiben y se guardan, qué comidas la acompañan y por qué, cómo se celebra en distintos rincones del país y cómo dialoga con las celebraciones de niñas en el mundo hispanohablante.
Es la tercera entrega de nuestra serie sobre el calendario doméstico japonés y la primera dedicada al 3 de marzo, fecha que abre el ciclo de los grandes festivales primaverales que culminará con el hanami.
Tres orígenes para una sola fiesta
Para entender Hinamatsuri hay que retroceder, al menos, hasta tres puntos lejanos. El primero está en la China antigua. Allí existía, desde hacía siglos, el llamado Shangsi (上巳, jōshi en japonés), el "festival del primer día del signo de la Serpiente del tercer mes lunar", que con el tiempo se fijó simbólicamente en el 3 de marzo.
Era uno de los grandes momentos de transición del invierno a la primavera: las familias acudían a la orilla del río, se purificaban en el agua, ofrecían alimentos a los espíritus y bebían vino de flor de melocotonero, considerada en la cosmología china una planta auspiciosa capaz de ahuyentar a los malos espíritus y de prolongar la vida.
Si has leído alguna vez el cuento de Momotarō —"el niño nacido de un melocotón"—, has tocado de pasada el mismo símbolo: el melocotonero, en el imaginario sinojaponés, es el árbol que mantiene el mal a raya.
El segundo punto está mucho más cerca, en el propio Japón antiguo, antes incluso de que el budismo se asentara con fuerza. La religión popular incluía la costumbre de transferir las impurezas y las desgracias de una persona a una figura humana hecha de paja, papel o madera —el llamado hitogata— para después dejarla flotar por el río o por el mar.
La idea era que el muñeco se llevara consigo lo malo.
Esa práctica, que combinada con el Shangsi chino se convirtió en lo que hoy se llama nagashi-bina ("muñecas que se dejan ir"), sobrevive todavía en lugares como el santuario Shimogamo de Kioto o el famoso santuario Awashima de Wakayama, donde a comienzos de marzo se organizan ceremonias en las que muñecos sencillos navegan por el agua mientras se reza por la salud de los niños.
Es probablemente el ingrediente más profundo y más espiritualmente cargado de la fiesta: en su origen, las muñecas de Hinamatsuri no son juguetes, son sustitutos del cuerpo que cargan con el mal.
El tercer punto pertenece al refinamiento de la corte. Durante el periodo Heian (794-1185), las niñas y jóvenes de la aristocracia jugaban en sus residencias a algo que llamaban hiina-asobi, "juego de muñequitas": pequeñas figuras de papel y tela con las que recreaban, con un detallismo casi obsesivo, el universo de la corte imperial —vestidos, mobiliario, vajilla, etiqueta—.
El Genji monogatari, escrito a comienzos del siglo XI, recoge alguna escena de este juego. La palabra hiina significaba "cosa pequeña y bonita", "miniatura"; con el tiempo se acortó a hina, y de ahí toma su nombre la propia fiesta.
Cuando, en torno al periodo medieval y al inicio de la Edad Moderna japonesa, estas tres corrientes —la depuración china con melocotonero, el ritual popular de las muñecas flotantes, y el juego refinado heredado de la corte de Heian— se entretejieron, había nacido el embrión del Hinamatsuri actual.
Edo y los cinco sekku
El salto del ritual aristocrático a la fiesta nacional con muñecas en cada casa se da, como muchas cosas en Japón, durante el periodo Edo (1603-1868).
El bakufu Tokugawa, deseoso de ordenar el calendario social, oficializó los cinco sekku (五節句, go-sekku), cinco "días bisagra" entre estaciones que coinciden con números impares repetidos —1/7, 3/3, 5/5, 7/7, 9/9— y que se consideraban especialmente propicios para celebraciones rituales.
El tercer día del tercer mes —jōshi no sekku o, más popularmente, momo no sekku, "fiesta del melocotonero"— quedó así fijado como uno de los grandes momentos del año, y a lo largo del siglo XVII fue cargándose poco a poco de su carácter actual de fiesta de las niñas, en simetría con el 5 de mayo, que iba consolidándose como día de los niños.
A partir del periodo Genroku (1688-1704), con una clase comercial enriquecida y un Japón urbano floreciente, las ciudades empezaron a llenarse de hina-ichi (雛市), "mercados de muñecas": ferias estacionales donde las familias acudían a comprar las figuras para sus hijas.
Los talleres se especializaron, las muñecas se hicieron cada vez más sofisticadas, y el repertorio de comidas y dulces asociados a la fiesta —el hishi-mochi, las hina-arare, el shirozake— se fue estabilizando.
En las familias acomodadas apareció la costumbre del escenario en gradas, primero con dos o tres niveles, después con más, hasta llegar a la imagen del gran hina-dan que muchos asocian hoy con el Japón clásico.
Conviene advertir, eso sí, que el famoso escenario de siete niveles completo, con sus quince figuras y todo el utillaje, no es realmente medieval: se popularizó sobre todo en el siglo XX, y es una invención bastante moderna sobre una base más antigua.
Otra costumbre que se fijó en este periodo es la del hatsu-zekku: la "primera fiesta" de una niña, celebrada el Hinamatsuri inmediatamente posterior a su nacimiento.
Tradicionalmente, son los abuelos maternos quienes regalan el primer juego de muñecas a la nieta, en un gesto cargado de significado: la familia de la madre da la bienvenida a la nueva vida y deposita simbólicamente en las muñecas su deseo de protección.
Como vimos al hablar del shichi-go-san, Japón tiene un calendario muy preciso de momentos rituales que jalonan la infancia, y el hatsu-zekku es uno de los primeros que vive una niña en su vida.
Hina-ningyō: la corte imperial en miniatura
Lo que el visitante no japonés ve al entrar en una casa preparada para Hinamatsuri es, en realidad, una representación entera de la corte imperial heredada del periodo Heian. La escenografía completa, en su versión clásica de siete niveles, incluye quince figuras además del mobiliario.
En lo alto, sobre un fondo de biombo dorado, dos faroles y tableritos de ofrendas, se sientan dairi-bina (内裏雛), la pareja imperial: el emperador —o-bina— con su corona y su cetro shaku, y la emperatriz —me-bina— con sus jūni-hitoe, las "doce capas" de seda superpuestas.
Aunque el público a menudo los llama "la novia y el novio", lo correcto es entender que se trata de la representación simbólica del soberano y la soberana en su forma más solemne.
En el segundo nivel se sitúan las san-nin kanjo (三人官女), tres damas de la corte encargadas de las ceremonias del sake el día de una boda: dos de pie, una sentada en el centro. En el tercero aparecen los go-nin bayashi (五人囃子), cinco niños músicos —tambor grande, tambor pequeño, tambor de mano, flauta, cantante— que tocarían en un acto noh.
En el cuarto, dos figuras de aspecto adulto representan a los zuijin (随身), los guardias de palacio, frecuentemente identificados como un "ministro de la izquierda" anciano y un "ministro de la derecha" joven. En el quinto se colocan los shichō (仕丁), tres sirvientes con expresiones cómicas que se encargan del trabajo cotidiano.
Los niveles sexto y séptimo se reservan para el mobiliario en miniatura: cómodas, espejos, cofres, palanquines, carros de bueyes, todo lo que formaría parte del ajuar de una princesa que se casa.
A los lados de la pareja imperial se colocan tradicionalmente un cerezo a la izquierda y un mandarino a la derecha —reproduciendo la disposición del palacio imperial de Kioto—, además de la rama de melocotonero en flor, símbolo central de la fiesta.
Cada elemento de este pequeño universo lleva una carga. Las quince figuras representan el día más solemne posible —una boda imperial—, y desear ese día a una niña significa desearle, por extensión, salud, prosperidad y un futuro feliz.
La iconografía es, por supuesto, profundamente conservadora —monarquía, corte, etiqueta heredada— y conviene leerla como un archivo cultural más que como un programa de vida: lo que se transmite hoy es el cuidado y el cariño, no necesariamente el modelo social que está pintado de fondo.
Si te interesa el mundo de los símbolos sagrados japoneses que están detrás de este tipo de iconografía, te recomendamos también el artículo sobre el kanji 神 (kami).
Kyō-bina y Kantō-bina: dos escuelas
Quien empieza a interesarse por las hina-ningyō descubre pronto que no todas las muñecas son iguales. Existen, principalmente, dos grandes escuelas. Las kyō-bina (京雛), fabricadas en Kioto y en el área del Kansai, tienen rostros finos, alargados, de boca pequeña y ojos delicadamente entornados, en clara continuidad con el ideal estético clásico de la corte heredado del Heian.
Sus expresiones son sobrias, casi melancólicas, y los vestidos repiten con bastante fidelidad las telas, los cortes y los blasones de la antigua aristocracia.
Las kantō-bina (関東雛), por su parte, producidas sobre todo en torno a Tokio y especialmente en la ciudad de Iwatsuki (en la prefectura de Saitama), tienen rostros más redondos, alegres, con ojos grandes y bocas ligeramente curvadas hacia arriba, en un estilo desarrollado durante el siglo XIX y popularizado en el siglo XX, más cercano al gusto del público urbano moderno.
La diferencia más comentada entre las dos escuelas, sin embargo, no es estética sino espacial: la posición del emperador y la emperatriz. En la tradición de Kioto, el emperador se coloca a la derecha del espectador (es decir, a su propia izquierda), respetando la antigua convención china según la cual el lugar de honor es el lado izquierdo.
En la tradición de Tokio, en cambio, los dos están invertidos: el emperador queda a la izquierda del espectador, en una colocación que se generalizó a partir de los protocolos diplomáticos occidentales adoptados en la era Taishō (cuando el emperador y la emperatriz aparecían en fotografías oficiales según las costumbres europeas).
De ahí que, en muchas casas japonesas, la primera pregunta cuando alguien hace una foto a las muñecas sea: "¿Las tuyas son al estilo Kioto o al estilo Tokio?" No es solo una curiosidad para entendidos: es una pequeña ventana al pulso histórico entre el viejo orden de la corte y la rápida modernización del Japón meiji.
Las muñecas, en cualquiera de las dos escuelas, son objetos artesanos elaborados con cuidado extremo: cabezas modeladas a mano, ojos de vidrio, cabellos individuales colocados con paciencia, vestidos cosidos en sedas auténticas, accesorios en miniatura tallados en madera y laca.
Por eso un buen juego de hina-ningyō tiene un precio considerable —desde decenas de miles de yenes para un conjunto modesto hasta varios millones para piezas de gran factura— y es, sobre todo, una inversión emocional: el juego que los abuelos regalaron en el hatsu-zekku viajará con la niña a lo largo de los años, será exhibido cada marzo durante décadas y, idealmente, pasará a su descendencia.
Tiempos y rituales: el calendario de las muñecas
Hinamatsuri no se reduce a una mañana de tres de marzo: tiene su propio calendario preciso. Las muñecas suelen sacarse y disponerse en torno a finales de febrero, a partir del risshun (el "comienzo astronómico de la primavera", alrededor del 4 de febrero) y, en cualquier caso, al menos una semana antes del día 3.
Se evita el llamado ichiya-bina, "muñecas de una noche", es decir, exhibirlas justo la víspera, gesto considerado de mal augurio por su asociación con la prisa de los funerales.
Algunas familias eligen un día concreto del calendario tradicional —el uten o "día de la lluvia" en torno al 19 de febrero, considerado propicio para los buenos matrimonios—; otras se guían por su agenda, sus visitas y la disponibilidad de espacio.
El día propio del Hinamatsuri se desarrolla en torno a la mesa y al pequeño altar. Se ofrecen alimentos rituales a la pareja imperial —arroz, sake, dulces—, se hacen fotografías, y en muchos hogares se llaman por teléfono a los abuelos para que vean a la nieta delante de las muñecas.
Es un día especialmente emotivo para las familias con varias generaciones: muchas veces, la propia madre exhibe el juego de muñecas que recibió ella en su infancia, y se reconoce en su hija algo de lo que ella misma sintió hace décadas.
Sobre el final del Hinamatsuri pesa, en cambio, una vieja superstición muy citada y muy malinterpretada: si las muñecas no se guardan rápido después del 3 de marzo, "la hija tardará en casarse". Conviene contextualizarla.
En su origen, se trata de un consejo doméstico de un Japón tradicional en el que la limpieza y el orden eran formas concretas de virtud: guardar las muñecas con prontitud era una manera elegante de enseñar a la niña —y al resto de la casa— a no acumular cosas, a respetar los objetos y a despedirse a tiempo de los rituales.
En el Japón actual, evidentemente, nadie cree que una boda dependa del día en que se guardan unas muñecas, pero la frase se mantiene como gesto cultural, casi como un proverbio cariñoso de las abuelas. Las muñecas se vuelven a guardar, idealmente, en una semana, en un día seco y soleado, envueltas en papel japonés y con algún paquetito antipolillas.
La mesa del Hinamatsuri
La cocina del Hinamatsuri es, como en casi todas las fiestas del calendario japonés, simbólica antes que abundante. El plato central es el chirashizushi (散らし寿司), una bandeja de arroz avinagrado coronada de tiras de tortilla amarilla, tirabeques verdes, tiras de pescado rosa, gambas, raíz de loto, sakura denbu y, en versiones más festivas, hueva de salmón.
Cada ingrediente carga un deseo concreto: las gambas, con su lomo arqueado, evocan larga vida; la raíz de loto, con sus orificios alineados, evoca un futuro "que se ve claro hasta el final"; las judías y los guisantes evocan trabajo honesto —un juego de palabras con mame, que significa a la vez "judía" y "esforzado"—.
Si te interesa entender mejor toda la familia del sushi, hablamos de ella con detalle en el artículo dedicado a sus tipos y a su historia.
Acompaña al chirashizushi la sopa clara de almejas —hamaguri no osuimono—, plato cuya simbología es probablemente la más bella de la mesa: las dos valvas de una almeja solo encajan perfectamente entre sí, ninguna otra valva del mundo se acopla bien a esa concha, y por eso la almeja se asocia tradicionalmente a la fidelidad conyugal y a la idea de una sola pareja a lo largo de la vida.
Cualquiera que sea hoy la forma de familia que María-Hana acabe construyendo —que será suya, no de las abuelas—, el plato lleva ese deseo: que encuentre a la gente que de verdad encaja con ella.
Junto a la sopa se sirven dulces específicos de marzo: el hishi-mochi (菱餅), un pastel de arroz con tres capas en forma de rombo —rosa arriba (la flor de melocotonero y el alejamiento del mal), blanco en medio (la nieve invernal y la pureza) y verde debajo (los brotes nuevos y la salud)—;
las hina-arare, pequeñas bolitas de arroz inflado de cuatro colores que evocan las cuatro estaciones; y, en familias más tradicionales, el shirozake, una versión dulce y poco alcohólica del sake que recuerda al antiguo vino de melocotonero de origen chino.
Toda esta familia de dulces forma parte del rico universo del wagashi del que hablamos en otro artículo de la serie.
Como detalle práctico para una familia hispano-japonesa como la de Carla, Hiroshi y María-Hana —y como veíamos al hablar de cocinas internacionales en casa—, todo este menú admite adaptaciones razonables: el chirashizushi puede prepararse con ingredientes locales (los huevos rotos a la española quedan sorprendentemente bien encima del arroz), la sopa de almejas puede acercarse con almejas de Cádiz o de Galicia, y los dulces de tres colores pueden imitarse con gelatinas o bizcochos finos.
Lo importante, en estos casos, no es la fidelidad gastronómica al detalle, sino el gesto y la explicación a la hija.
Por todo Japón: del Kamogawa a las playas de Okinawa
Si Hinamatsuri es, sobre todo, una fiesta doméstica, también tiene su geografía exterior.
En Kioto, el ya mencionado santuario Shimogamo celebra cada 3 de marzo el nagashi-bina: una pareja de actores vestidos con trajes Heian deposita pequeñas muñecas de paja en el río Kamogawa, mientras los visitantes hacen lo propio con muñequitas que han comprado a la entrada del santuario y que se llevarán consigo todo el mal del invierno.
En Wakayama, el santuario Awashima, particularmente famoso entre las mujeres japonesas, recibe a lo largo del año muñecas viejas de todo el país que las familias ya no quieren conservar y que, en lugar de tirarse a la basura, se ofrecen al santuario para ser incineradas en ceremonia o devueltas al mar.
Es uno de los lugares más impresionantes del país para entender la espiritualidad popular japonesa, con sus miles y miles de muñecas alineadas en los pabellones del recinto.
Por el norte y el centro del archipiélago hay también tradiciones específicas.
En la zona de Inatori, en la prefectura de Shizuoka, y en ciudades como Yanagawa (Fukuoka) o Sakata (Yamagata), las casas se decoran con tsurushi-bina o sagemon, "muñecas colgadas": una red de pequeñas figuras de tela —conejos, melocotones, peces, monos, flores— cosidas a mano por madres y abuelas y colgadas del techo en ramilletes coloridos.
Cada figura tiene su propio deseo: el mono ahuyenta enfermedades, el conejo trae fertilidad, el besugo trae prosperidad. Cuando llega marzo, ciudades enteras se cubren literalmente de estas guirnaldas, y reciben una visita turística considerable.
En Okinawa, por último, sobrevive una versión particularmente vinculada al origen oceánico de la fiesta: el hama-uri (浜下り), el "bajar a la playa". El 3 de marzo del calendario lunar, las mujeres de muchas comunidades okinawenses bajan a la orilla del mar a recoger conchas y mariscos, comen al aire libre y celebran la llegada de la primavera.
Detrás del ritual late, una vez más, la antigua idea china y heiana de que el agua se lleva el mal, y que ese día concreto del año es el más oportuno para esa pequeña limpieza simbólica del cuerpo y del espíritu. Una manera bonita, también, de recordar que en el Japón premoderno la fiesta era menos un asunto de muñecas elegantes que de comunidades enteras al borde del agua.
El Hinamatsuri de hoy
El Japón actual celebra Hinamatsuri en condiciones muy distintas de las del Edo de los grandes mercados de muñecas. Las viviendas son más pequeñas, las familias más reducidas y los tiempos más apretados, y eso ha dado forma a un mercado muy variado de conjuntos compactos.
Junto a las grandes escenografías de siete niveles, que se mantienen sobre todo en casas amplias y como herencia familiar, se venden conjuntos de dos figuras (solo el emperador y la emperatriz), conjuntos en vitrina de cristal —muy populares por no requerir limpieza ni montaje—, conjuntos plegables que se guardan en sus propias cajas, miniaturas decorativas para escritorios y versiones en cerámica o en madera tallada.
El conjunto típico que se regala hoy a una primera niña suele costar entre cincuenta mil y varios cientos de miles de yenes, dependiendo del estilo y del taller.
La sensibilidad social también ha cambiado. Cada vez más familias viven el Hinamatsuri sin imponer a la niña una sola visión del futuro: las muñecas siguen siendo símbolo de cuidado, pero el discurso que acompaña ha dejado de centrarse exclusivamente en la boda y la maternidad.
Como vimos al hablar de la dependencia emocional positiva en la cultura japonesa (amae), buena parte de la educación afectiva del país descansa en estos pequeños gestos rituales de presencia, atención y refuerzo del vínculo familiar, más que en un contenido prescriptivo concreto.
Hay también familias que celebran el día con sus hijos varones —especialmente cuando no hay hijas, o cuando se quiere subrayar que el cariño y la atención no entienden de género—, y muchos colegios y guarderías programan en torno al 3 de marzo actividades, talleres de dulces y pequeñas representaciones.
Por último, Hinamatsuri ha entrado de lleno en la cultura digital. Las redes sociales japonesas se llenan, a finales de febrero y comienzos de marzo, de fotografías de altares en casa, muñecas heredadas de las abuelas, chirashizushi presentados como obras de arte y vídeos de niñas y abuelas.
Para muchas familias internacionales, este es además el momento del año en que abren la cuenta de Instagram a los abuelos del otro lado del mundo —en Madrid, Sevilla, Ciudad de México, Buenos Aires, Lima— para compartir con ellos algo muy específicamente japonés. La fiesta, sin perder un ápice de su raíz, ha entendido el siglo XXI mejor que muchas otras.
Frente al mundo hispano
¿Existe en el mundo hispano algo equivalente a Hinamatsuri? La respuesta honesta es que no hay un equivalente exacto —el formato concreto, con sus muñecas heredadas y su fecha fija del calendario, es difícilmente reproducible—, pero sí hay celebraciones cercanas en su intención.
La más famosa es probablemente la Quinceañera mexicana y, por extensión, hispanoamericana, que celebra los quince años de una joven con una misa católica, un vestido especial, un baile —el famoso vals con el padre—, y un acompañamiento social que en muchas familias adquiere las dimensiones de una boda en miniatura.
La filosofía no es la misma —la Quinceañera marca un rito de paso a la juventud adulta, mientras Hinamatsuri se celebra cada año desde la primera infancia—, pero comparte con el día japonés la idea de que una fecha del calendario debe estar dedicada a desear públicamente felicidad y futuro a las niñas y a las jóvenes de la familia.
En España y en otros países hispanos, el equivalente más institucional es el Día Internacional de la Niña, que se celebra cada 11 de octubre por iniciativa de las Naciones Unidas desde 2012.
Su tono es más político y reivindicativo que íntimo —pone el acento en la igualdad de oportunidades, la educación de las niñas, la lucha contra la violencia de género— y no tiene, por supuesto, ni muñecas ni dulces ni rituales domésticos.
Pero ofrece a las familias hispano-japonesas una segunda fecha natural en el año para hablar con su hija de lo importante que es cuidarla y darle herramientas para crecer en libertad. Algunas casas internacionales celebran las dos: el 3 de marzo japonés y el 11 de octubre internacional, sumando lo simbólico y lo cívico.
Hay además puentes cotidianos. Las muñecas folclóricas españolas y latinoamericanas —la flamenca andaluza, la china poblana mexicana, la cholita boliviana, la muñeca de trapo argentina— ofrecen una compañía hermosísima a las hina-ningyō dentro de la casa.
En muchas familias internacionales empieza así a formarse una pequeña colección híbrida, donde la emperatriz de Heian convive con una bailarina sevillana o con una catrina mexicana, contando juntas la historia de los dos lados del puente.
Como contábamos al hablar de la cocina de las familias internacionales, esta mezcla espontánea es uno de los regalos más bonitos del bilingüismo cultural.
Conclusión: mil años desando felicidad a las niñas
Cuando, ya casi al final del día, María-Hana se sienta delante del pequeño altar con su muñeca de trapo española en la mano, mira a la emperatriz de seda en lo alto del escenario y le pregunta a su madre, muy seria, "Mami, ¿son amigas?", Carla le responde lo mejor que puede: "*Sí, hija.
Una viene de muy lejos en el tiempo, la otra viene de muy lejos en el mapa, pero hoy las dos están aquí porque tu papá y yo te queremos.*" Esa imagen —la corte Heian y un puñado de muñecas hispánicas mirándose en la misma sala, con una niña española-japonesa de cinco años en el medio—
resume mejor que cualquier definición lo que Hinamatsuri puede llegar a ser en una familia internacional del siglo XXI: una conversación silenciosa de mil años de tradición sobre el cuidado de las niñas, abierta a todas las muñecas, todas las cocinas y todas las lenguas que la familia haya querido sumar al camino.
Detrás del color rosado, del melocotonero y de las quince figuras vestidas con sedas, late algo que ningún otro día del calendario japonés expresa con tanta claridad: la decisión social de detenerse un momento, en el cambio del invierno a la primavera, a desearle expresamente a las niñas que estén bien.
En su versión más antigua era una limpieza ritual al borde del río; en su versión Heian, un juego refinado en los aposentos de palacio; en su versión Edo, un mercado bullicioso de muñecas y dulces; en su versión actual, una fotografía en familia y una cena con chirashizushi. Todas son la misma fiesta. Y todas tienen sentido, también, para una familia que vive entre dos mundos.
En el próximo artículo de esta serie sobre el calendario doméstico japonés saltaremos del 3 de marzo al 5 de mayo, día simétrico y complementario al de hoy: el Kodomo no Hi, que la posguerra reconvirtió en "Día del Niño" para todos los menores del país pero que conserva con orgullo sus koinobori, sus armaduras en miniatura y sus baños perfumados con hojas de shōbu.
Si Hinamatsuri es la fiesta del cuidado discreto y de las muñecas heredadas, Kodomo no Hi es la del vigor y de las carpas que ascienden contra la corriente. Las dos forman, juntas, una de las parejas más equilibradas del calendario japonés.
Y para muchas familias internacionales, las dos son una invitación tranquila a celebrar, sin estridencias, la simple alegría de tener niños y niñas que cuidar.