Es la mañana del 5 de mayo en un barrio del oeste de Tokio. Carla y Hiroshi han montado, en el pequeño jardín de su casa, tres carpas de tela que ondean al viento de la primavera tardía: una negra y grande arriba, una roja debajo, una azul más pequeña al final.
Su hijo, Carlos-Kenta, siete años, mira el conjunto desde el porche con la boca abierta: las carpas se hinchan y se desinflan como animales vivos, hacen un sonido sordo de tela tensa contra el aire, y en lo alto del mástil un molinillo de cinco colores gira sin parar.
En el salón, su padre ha colocado un pequeño casco de samurái en miniatura sobre una caja lacada; al lado, una figurita de un niño regordete vestido con un babero rojo —Kintarō, el héroe popular del Monte Ashigara—. La cocina huele a kashiwa-mochi y a las hojas verdes que su madre ha comprado para preparar un baño caliente.
Carla, que de niña en Madrid no celebró nada parecido pero que recuerda con cariño el Día del Niño mexicano que vivió en una estancia con sus tíos, mira a Hiroshi y le dice, sonriendo: "Aquí también ponen mucho cariño en este día, ¿eh?". Su marido asiente: "El 5 de mayo es uno de los favoritos. Y, oficialmente, no es solo de los niños: también es el día de dar las gracias a las madres."
Kodomo no Hi —literalmente "Día de los Niños"— es uno de los pilares del calendario doméstico japonés. Como vimos en el artículo dedicado al Hinamatsuri, Japón tiene una pareja simétrica de fiestas dedicadas a la infancia: el 3 de marzo queda asociado tradicionalmente a las niñas, y el 5 de mayo a los niños.
Pero el día de hoy es, en realidad, dos fiestas en una: por un lado, un viejísimo tango no sekku ("fiesta del primer Caballo del quinto mes") heredado del calendario chino y reformulado por los samuráis del Japón medieval; por otro, un día festivo nacional instaurado en 1948 que, en su definición legal, celebra a todos los niños y agradece a las madres.
La capa antigua y la capa moderna conviven sin contradecirse, y el resultado es una de las fechas más alegres y visualmente reconocibles del año japonés: los koinobori —"carpas-bandera"— que aparecen colgados en jardines, balcones, escuelas y ríos enteros, son probablemente la postal más mundialmente difundida del Japón estacional, junto a los cerezos del hanami.
Este artículo recorre el tema completo: cómo se constituyó legalmente como festividad nacional, qué hay detrás del milenario tango no sekku, qué significan exactamente las carpas, cuál es el universo de las gogatsu ningyō, cómo se entiende el contraste entre el kashiwa-mochi del este y el chimaki del oeste, qué papel juega el baño de shōbu, y cómo dialoga este día con las celebraciones equivalentes del mundo hispanohablante.
1948: la creación legal del Día del Niño
El Kodomo no Hi como tal es relativamente reciente.
El 20 de julio de 1948, la recién aprobada Ley de Festividades Nacionales de la posguerra fijó nueve días festivos para el nuevo Japón democrático, y entre ellos eligió el 5 de mayo para una jornada definida con palabras notablemente concretas: "respetar la personalidad de los niños, procurar su felicidad y, al mismo tiempo, agradecer a las madres".
Cabe subrayar el detalle, porque sorprende a muchos lectores extranjeros: el día no es solo "del niño", es también, expresamente, de la madre. La elección no fue casual: el legislador buscó vincular la nueva fiesta cívica al respeto y al cuidado familiar, en un país que salía de una guerra durísima y que necesitaba afirmar valores domésticos en su nuevo marco constitucional.
¿Por qué el 5 de mayo y no otra fecha? Porque, como veremos enseguida, el día ya estaba culturalmente cargado: era una de las cinco grandes fiestas estacionales (los go-sekku de los que hablamos en el artículo sobre Hinamatsuri), y muchas familias lo celebraban ya como día de los varones de la casa.
El Estado, en 1948, optó por mantener la fiesta pero ampliar su sentido: en lugar de un día de los niños varones, lo declaró día de todos los menores del país y, además, le añadió el reconocimiento a las madres.
La consecuencia es que hoy en muchas casas conviven, sin choques, las dos lecturas: las que celebran a los hijos varones siguiendo la costumbre antigua, y las que celebran a sus hijos e hijas indistintamente. En las guarderías y en los colegios públicos, el enfoque oficial es siempre el segundo.
El Kodomo no Hi cierra, además, la llamada Golden Week (Gōruden Wīku), la semana dorada de festivos que combina, según el año, Shōwa no Hi (29 de abril), Kenpō Kinenbi (3 de mayo, día de la Constitución), Midori no Hi (4 de mayo, día del Verdor) y el propio Kodomo no Hi (5 de mayo).
Para muchas familias japonesas, el 5 de mayo es la jornada final de unas vacaciones cortas pero intensas, y se vive con un punto agridulce: es el último día relajado antes de volver a la rutina, y a la vez la celebración más bonita visualmente del paquete.
No es raro que las familias internacionales aprovechen para visitar a los abuelos japoneses, viajar a un onsen o, sencillamente, juntarse a comer en casa.
Tango no Sekku: del shangsi chino al sekku samurái
Bajo la capa cívica de 1948 late una tradición muchísimo más antigua: el tango no sekku (端午の節句), "fiesta del primer Caballo del quinto mes". El nombre es ya una pequeña lección de historia.
Tan (端) significa "comienzo", y go (午) es el signo del Caballo en el zodíaco chino, que coincidía con el quinto mes lunar; "tango", por tanto, era originalmente "el primer día del Caballo del quinto mes", una fecha móvil que con el tiempo se fijó simbólicamente en el 5 del 5, porque en japonés "go" significa también "cinco".
Como en el caso del Hinamatsuri, el día se importó al Japón antiguo desde la China continental, donde formaba parte de la familia de fiestas estacionales destinadas a alejar las enfermedades características del cambio de estación, especialmente las del inicio de la temporada de lluvias y de los calores húmedos.
En el Japón aristocrático del periodo Heian (794-1185), el tango no sekku se celebraba en la corte con baños de iris japonés —shōbu (菖蒲)—, cuyas hojas largas y fragantes se consideraban capaces de purificar el cuerpo y de ahuyentar el mal. Las damas confeccionaban bolitas perfumadas y los caballos participaban en pruebas de tiro con arco montado. Hasta aquí, nada específicamente "masculino": el tango no sekku era una fiesta del calendario, sin género asociado.
Del Heian al Edo: cómo el sekku se hizo masculino
El giro decisivo se produjo en el periodo medieval, cuando Japón pasó a estar gobernado por la clase guerrera. Los samuráis repararon en un hermoso juego de palabras: la planta del shōbu (菖蒲) suena exactamente igual que shōbu (尚武), "honrar las artes marciales".
A partir de los siglos XII y XIII, las casas guerreras empezaron a celebrar el 5 de mayo como día de los varones jóvenes de la familia: se exhibían cascos, armaduras y estandartes, se enseñaba a los chicos a montar y a tirar con arco, y se les deseaba, con el lenguaje de las artes marciales, firmeza, lealtad y valor.
Como contábamos en el artículo sobre el kanji 道, esta lógica del "camino" —budō, kendō, jūdō— es una de las matrices culturales más fuertes del Japón premoderno.
En el periodo Edo (1603-1868), la fiesta se popularizó del todo: se extendió a las casas de comerciantes y artesanos, los estandartes guerreros se transformaron en figuras de tela coloridas, y aparecieron las primeras figuras decorativas que hoy conocemos como gogatsu ningyō.
Koinobori: la leyenda del dragón
De todas las imágenes del Kodomo no Hi, la más universal es la del koinobori (鯉のぼり), la "bandera-carpa". Su origen es doble. Por un lado, está la antigua costumbre samurái de plantar fuera del portón un estandarte largo y vertical —el nobori— el día de la fiesta, con el escudo de la familia, para mostrar al barrio que en esa casa había un varón al que se honraba.
Por otro, está una leyenda china muy popular en el Japón medieval: la leyenda de la puerta del dragón (登竜門, tōryūmon), según la cual las carpas que conseguían remontar las violentas cataratas de un determinado tramo del río Amarillo, en China, se transformaban en dragones.
La carpa, modesta y testaruda, capaz de nadar contra corriente, se convirtió así en símbolo de perseverancia, fortaleza ante la adversidad y éxito ganado con esfuerzo.
En japonés contemporáneo, "tōryūmon" se usa todavía como sinónimo de "puerta de entrada al éxito": ser admitido en una orquesta prestigiosa, ganar un concurso literario, entrar en una empresa codiciada son, todavía hoy, "pasar la puerta del dragón".
La combinación de las dos ideas —estandarte de familia + carpa que sube por la cascada— dio lugar, durante el periodo Edo, a un nuevo tipo de bandera: una carpa de tela hueca por dentro, atada a un mástil, que el viento llenaba de aire haciéndola moverse como un pez nadando en el cielo. Al principio se colgaba una sola carpa, normalmente negra.
Con el tiempo, sobre todo en el periodo Meiji y, definitivamente, en la posguerra, el sistema se enriqueció hasta dar la imagen que hoy reconocemos en todo el mundo: una carpa negra grande arriba, una carpa roja debajo, y carpas más pequeñas de distintos colores —azul, verde, naranja, morado— para cada uno de los hijos.
La interpretación más extendida en el Japón actual asigna la carpa negra (magoi) al padre, la roja (higoi) a la madre, y las pequeñas (ko-goi) a cada uno de los hijos, en una lectura claramente familiar.
Encima de las carpas suele añadirse un fukinagashi, una "manga" de cinco bandas de colores —azul, rojo, amarillo, blanco y negro/morado— que representa los cinco elementos de la cosmología china (madera, fuego, tierra, metal y agua) y, simbólicamente, aleja el mal.
Y, coronando el conjunto, un pequeño molinillo metálico —yaguruma, "rueda de flechas"— gira al viento, otro elemento tradicional de protección. La canción infantil "Koinobori" ("Yane yori takai koinobori", "Carpas más altas que el tejado…") la conocen casi todos los niños japoneses, y es habitual oírla salir de las ventanas de las guarderías en abril y mayo.
Para las familias hispano-japonesas con hijos pequeños es, además, una de las melodías más fáciles de cantar a la vez en español y en japonés.
Gogatsu Ningyō: la armadura protectora
Dentro de la casa, el equivalente íntimo de los koinobori son las gogatsu ningyō (五月人形), "figuras de mayo". Son piezas tradicionalmente exhibidas en un pequeño altar o sobre una superficie elevada del salón, desde mediados de abril hasta una o dos semanas después del 5 de mayo. Hay, en términos generales, tres grandes familias de gogatsu ningyō.
La primera y más solemne es la yoroi-kazari (鎧飾り), la armadura completa: un conjunto miniaturizado pero exacto de casco, peto, hombreras, faldones y faldones laterales según el modelo de los grandes guerreros del periodo Sengoku, con su pequeño arco, su flecha y su catana.
Es la opción más costosa y la más imponente; en una casa amplia, ocupa toda una mesa baja con su biombo dorado de fondo.
La segunda es la kabuto-kazari (兜飾り), que reduce la armadura al casco. Es probablemente la opción más popular hoy: ofrece la fuerza simbólica del yoroi en un tamaño mucho más adecuado a los apartamentos japoneses contemporáneos, su mantenimiento es más sencillo, y los hay para todos los presupuestos.
Muchos kabuto reproducen los modelos célebres de héroes históricos —el casco de Date Masamune con su luna creciente, el de Uesugi Kenshin con el ideograma del Sol, el de Sanada Yukimura con sus cuernos rojos—, lo que añade una dimensión casi pedagógica: con el casco viene, casi siempre, una pequeña biografía del personaje al que pertenece.
La tercera familia es la de las figuras humanas en miniatura, en particular las que representan a niños pequeños vestidos de guerrero.
La más amada es la de Kintarō, el "niño de oro" del Monte Ashigara, célebre por su fuerza extraordinaria y por su amistad con los animales del bosque; le siguen Momotarō, el "niño del melocotón" que vence al demonio de la isla, y Ushiwakamaru, el joven Minamoto no Yoshitsune que aprende esgrima de los tengu.
Estas figuras, más cálidas y menos solemnes que el armamento, son frecuentes en familias con bebés o niños muy pequeños.
Como con las hina-ningyō, conviene recordar que el regalo del primer juego de gogatsu ningyō se asocia tradicionalmente al primer Kodomo no Hi de un niño —hatsu-zekku—, y que en muchas familias los abuelos maternos son quienes lo ofrecen.
El gesto reúne valores muy queridos por la cultura japonesa: cuidado del recién llegado, presencia de las dos familias en el inicio de la vida del bebé y, como vimos en el artículo sobre el shichi-go-san, reconocimiento ritual de cada paso de la infancia.
La iconografía es, naturalmente, marcial y heredada de un mundo guerrero que ya no existe; lo que se transmite hoy, sin embargo, no es un programa militar ni una preceptiva de virilidad, sino la idea más amplia de que el niño está protegido —por su familia, por sus antepasados y por las figuras que se le ponen delante— en su entrada al mundo.
Como tantas cosas en Japón, la forma vieja sirve para transportar contenidos nuevos.
Kashiwa-mochi vs chimaki: dos dulces, dos historias
El Kodomo no Hi tiene también su gastronomía propia, y, curiosamente, está dividida en dos grandes mitades geográficas. En el este del país —desde Tōkyō y la región del Kantō hacia el norte—, la estrella absoluta del día es el kashiwa-mochi (柏餅): una bola de mochi relleno de pasta de anko envuelta en una hoja de roble (kashiwa). La elección de la hoja no es decorativa.
El roble japonés tiene una particularidad botánica: sus hojas viejas no caen hasta que han brotado las nuevas. Para una cultura agrícola, esa cualidad se leyó enseguida en clave familiar, como una metáfora de la continuidad del linaje: no se va el padre hasta que llega el hijo, y por tanto la familia nunca queda sin descendencia.
Comer kashiwa-mochi el 5 de mayo es, en sentido literal, una manera de desear continuidad y prosperidad a la casa. El relleno habitual es de anko dulce (rojo o blanco) o, en algunas zonas, de pasta de miso, con su saborcillo más salado.
En el oeste del país —desde Kioto y Osaka hacia el sur—, la pieza fuerte del día es otra: el chimaki (粽), un pastelillo alargado de arroz o mochi envuelto en hojas de bambú y atado con un hilo de paja, de origen también chino y muy antiguo.
La leyenda asociada al chimaki es una de las más bonitas del calendario asiático: cuenta que el poeta chino Qu Yuan (屈原, en torno al siglo IV a. C.), exiliado por su soberano y desesperado por la corrupción de la corte, se arrojó al río Miluo un 5 de mayo del calendario lunar.
El pueblo, que le veneraba, lanzó al agua paquetes de arroz envueltos en hojas para que los peces los comieran a ellos en lugar del cuerpo del poeta. El chimaki es la herencia ritual de aquel gesto, y al comerlo el 5 de mayo se rinde, sin saberlo, homenaje a un poeta de hace dos milenios y medio.
Para una mirada global sobre este tipo de dulces tradicionales, está el artículo de la serie dedicado al wagashi.
La división este-oeste entre kashiwa-mochi y chimaki es, en muchas familias japonesas, un pequeño tema de conversación y de identidad local. Las familias de Tōkyō que han vivido en Kansai descubren con sorpresa que sus vecinos no comen kashiwa-mochi y al revés.
En las familias internacionales como la de Carla, Hiroshi y Carlos-Kenta, una opción muy disfrutada es probar los dos: comprar un kashiwa-mochi en la tienda del barrio, encargar un chimaki en una pastelería de Kioto si se viaja a esa zona, y comparar las dos texturas en familia.
Tampoco es raro acompañar la merienda con un vaso de leche dulce para los niños o un poco de sake muy ligero para los adultos.
Shōbu-yu: el baño de iris
Hay un último ritual de Kodomo no Hi que merece su propio epígrafe: el shōbu-yu (菖蒲湯), el "baño de iris". Consiste, sencillamente, en preparar la bañera de casa —el ofuro, central en la rutina doméstica japonesa— con un manojo de hojas largas de shōbu flotando dentro.
El agua adquiere un aroma vegetal limpísimo, ligeramente medicinal, que las hojas liberan al contacto con el agua caliente. El gesto tiene varias capas.
En su origen es una práctica purificadora heredada del Japón aristocrático y de la medicina tradicional china: las hojas de shōbu contienen aceites esenciales con propiedades calmantes y antibacterianas, y se les atribuye desde antiguo la capacidad de proteger contra las enfermedades del cambio de estación, especialmente las que llegan con el calor y la humedad de junio.
Para los niños, el baño tiene además un componente lúdico: las hojas son largas, vistosas, y muchos se las atan a la cabeza imitando los cascos de los guerreros, en un gesto que se parece al ya mencionado juego de palabras shōbu / shōbu.
Muchas familias japonesas mantienen el baño de iris como su ritual íntimo del 5 de mayo: aunque no se compre kabuto, aunque no se cuelguen koinobori, aunque los abuelos vivan lejos, llenar la bañera con hojas de shōbu es un gesto sencillo, barato y muy querido, que conecta a la familia con la fiesta.
En la mayoría de los supermercados japoneses, las hojas se venden por manojos en los días anteriores al 5 de mayo, junto al pescado y a las verduras de temporada. Para una familia internacional fuera de Japón, replicarlo es relativamente fácil: en muchas tiendas asiáticas europeas o latinoamericanas pueden encontrarse hojas secas o, en su defecto, aceites esenciales de iris para añadir al agua.
Como contábamos al hablar del concepto de amae y de la centralidad del cuidado familiar en la cultura japonesa, son estos pequeños gestos cotidianos —no las grandes ceremonias— los que tejen, año tras año, el vínculo con un día concreto del calendario.
Por todo Japón: Shimanto, Kazo, Tatebayashi y muchos más
Más allá de la celebración doméstica, Kodomo no Hi es una gran fiesta colectiva en muchas ciudades. El caso más fotografiado es el del río Shimanto (Kōchi, Shikoku), donde desde 1974 los vecinos cuelgan cada primavera cientos de koinobori atravesando el río de orilla a orilla. En Tatebayashi (Gunma), el festival local reúne miles de carpas a la vez en el río Tsuruda.
En Kazo (Saitama), el orgullo local es una carpa gigante de unos cien metros de longitud que requiere decenas de voluntarios para extenderla.
En las grandes ciudades, las instituciones también participan: la Tokyo Tower cuelga cada primavera 333 carpas en alusión a sus 333 metros de altura. Centros comerciales, parques y guarderías organizan talleres infantiles donde los niños doblan cascos de samurái de papel —un origami clásico—, cantan la canción de los koinobori y aprenden la historia de la puerta del dragón.
Para visitantes extranjeros con niños, el Kodomo no Hi es una de las mejores fechas del año para viajar por Japón.
Frente al mundo hispano
¿Existe en el mundo hispano un equivalente del Kodomo no Hi? La respuesta es similar a la que daban al Hinamatsuri: sí, en intención, no en formato. La mayoría de los países hispanohablantes celebran un Día del Niño propio, con tradiciones muy queridas en cada caso.
México lo celebra el 30 de abril, fecha en la que los colegios suelen organizar fiestas para los alumnos, los padres llevan dulces y juguetes, los parques se llenan de familias y muchos comercios ofrecen regalos.
Colombia lo celebra el último sábado de abril; Argentina, el tercer domingo de agosto; España, el 1 de junio (en coincidencia con el Día Internacional de la Infancia de la ONU); Chile, el segundo domingo de agosto.
Todos comparten con el Kodomo no Hi un núcleo: una jornada del calendario en la que se hace pública la importancia de los niños, se les regalan pequeñas cosas y se organizan actividades en su honor.
Las diferencias también son ilustrativas. El Kodomo no Hi japonés es una fiesta nacional, con día festivo oficial, mientras que en buena parte del mundo hispano el Día del Niño es un día significativo pero no festivo.
La fiesta japonesa carga, además, su capa tradicional muy visible —koinobori, gogatsu ningyō, baño de iris, dulces específicos—, en una densidad simbólica que las versiones hispanas tienden a no tener: en general, el Día del Niño en español es más cívico y comercial que ritual.
La capa de "agradecimiento a las madres" que tiene la ley japonesa de 1948 no aparece en las versiones hispanas: para eso, hay un Día de la Madre propio en cada país, con fechas distintas.
Lo más interesante es que, para una familia mixta hispano-japonesa, no hace falta elegir: se pueden mantener perfectamente dos Días del Niño al año, uno en abril o en agosto a la manera del país hispano de la familia, y otro el 5 de mayo a la manera japonesa, con sus carpas y su baño de iris.
Como tantas otras cosas en la vida bicultural —y como contábamos al hablar de la cocina de las familias internacionales—, la respuesta no es escoger sino sumar.
Conclusión: carpas en el cielo
Cuando, ya casi al final de la tarde, Carlos-Kenta sale al jardín con su madre, la luz comienza a inclinarse y las carpas siguen oscilando con el aire suave de la primavera japonesa. El niño levanta la vista y, mitad en japonés mitad en español, pregunta a Carla: "Mami, ¿yo soy la carpa azul?". Carla le abraza por detrás y le contesta: "*Sí, hijo.
Y vas a nadar tan alto como puedas.*" Esa frase resume, mejor que cualquier explicación histórica, el sentido último del Kodomo no Hi: el deseo de que cada niño y cada niña de la casa crezca con fuerza, con perseverancia, con apoyo y con cariño, en el contexto cultural que le toque vivir.
La fiesta japonesa lo dice con carpas, cascos, mochi de roble y hojas de iris en el baño; otras culturas lo dicen con otros símbolos. La intención profunda es la misma.
Hay algo más, sin embargo, que conviene retener. El Kodomo no Hi es, también, la fiesta que la ley japonesa decidió ligar explícitamente a la figura de la madre, en un país que durante siglos había puesto el peso afectivo de la crianza casi enteramente sobre sus hombros.
Que un día oficial del calendario incluya, en su definición legal, la palabra "agradecer" hacia las madres no es un detalle menor: es un reconocimiento institucional al trabajo silencioso, doméstico y muchas veces invisible que sostiene a las generaciones.
Para una familia internacional como la de Carla y Hiroshi, esa capa "moderna" del 5 de mayo es probablemente la más rápidamente comprensible y la más fácil de hacer propia, conviva o no con las carpas y los cascos.
En la próxima entrega de la serie viajaremos del 5 de mayo al 7 de julio y nos asomaremos al Tanabata, la "fiesta de las estrellas enamoradas", con sus tiras de papel colgadas en ramas de bambú y la historia de Orihime y Hikoboshi. Tres formas distintas, sucesivas y complementarias, en que el calendario japonés se ocupa de la vida de los más pequeños y de los sueños de toda la familia.