A comienzos de abril, Laura —la estudiante sevillana que pasa el año en Tokio— se acerca por primera vez al foso de Chidorigafuchi, junto al palacio imperial, y se queda sin habla. A ambos lados del agua, cientos de cerezos en flor forman una bóveda de un rosa pálido casi irreal, y cada vez que sopla el viento una nube de pétalos cae lentamente sobre las barcas.
Pero lo que más la sorprende no son los árboles, sino la gente: familias enteras sentadas sobre lonas azules comiendo bolitas de colores, grupos de compañeros de trabajo brindando con cerveza, ancianos fotografiando las ramas, niños persiguiendo pétalos. "Es que el sakura es el alma de Japón", le dice su acompañante japonés. "Llevamos más de mil años haciendo esto".
Laura mira a su alrededor, a todo un país volcado bajo los árboles, y entiende que está ante algo mucho más grande que unas flores bonitas.
Ese "esto" tiene nombre: hanami (花見), literalmente "ver las flores", la costumbre de reunirse bajo los cerezos en flor para contemplarlos y, de paso, comer, beber y celebrar en compañía. Es, sin discusión, el momento culminante de la primavera japonesa y una de las tradiciones más queridas del país.
Pero el hanami es mucho más que un picnic con buenas vistas: es una ventana a la historia, la espiritualidad y la estética de Japón. Detrás de cada cerezo en flor hay más de mil doscientos años de poesía, religión, política y un curioso secreto botánico que explica por qué todo el país florece —y se deshoja— casi a la vez.
En este artículo recorreremos esa historia entera: cómo el hanami pasó del ciruelo al cerezo, los legendarios festivales de flores del señor de la guerra Hideyoshi, el sorprendente origen del cerezo más común de Japón, la profunda estética de lo efímero que el sakura encarna, los mejores lugares para verlo, su comida característica y, por fin, su viaje por el mundo hasta Washington, Europa y América Latina. Es el momento en que Japón entero se vuelve rosa.
¿Qué es el hanami?
Empecemos por lo básico. Hanami une hana (花, "flor") y mi (見, "ver"): "contemplar las flores". Aunque en teoría podría referirse a cualquier flor, en la práctica significa una sola cosa: ir a ver los cerezos en flor, el sakura (桜). Durante una o dos semanas al año, millones de japoneses salen a parques, riberas y avenidas para sentarse bajo los árboles en flor, a menudo sobre las características lonas azules, y disfrutar de comida y bebida en buena compañía.
Pero reducir el sakura a una flor bonita sería perderse lo esencial. El cerezo es, para Japón, casi una bandera espiritual. Es el símbolo de la primavera y de los nuevos comienzos —no es casualidad que el curso escolar y el año laboral empiecen en abril, en plena floración—, hasta el punto de que se dice "florecen los cerezos" (sakura saku) para anunciar que alguien ha aprobado un examen.
Aparece en las monedas, en los escudos de escuelas e instituciones, en incontables poemas y canciones. Y encarna, como veremos, toda una filosofía sobre la belleza y la fugacidad de la vida. Por eso el hanami no es solo una excursión: es el rito anual en que Japón se reencuentra con una parte profunda de sí mismo.
Del ciruelo al cerezo: el nacimiento del hanami
Aquí llega el primer dato que sorprende a casi todo el mundo: el hanami, en su origen, no era de cerezos, sino de ciruelos. En el periodo Nara (siglo VIII), cuando la cultura china dominaba el gusto de la corte japonesa, la flor admirada por excelencia era la del ume, el ciruelo, importada del continente.
Los nobles se reunían a contemplar sus flores blancas y a componer poemas, sin comida ni bebida de por medio: era una apreciación estética pura. En la primera gran antología poética japonesa, el Man'yōshū, hay bastantes más poemas dedicados al ciruelo que al cerezo. "La flor", sin más, significaba entonces el ciruelo.
El cambio llegó en el periodo Heian, cuando Japón empezó a distanciarse de los modelos chinos y a cultivar una cultura propia. El gusto se desplazó hacia el cerezo, un árbol autóctono, y "la flor" pasó a significar sakura.
El momento fundacional está documentado: en el año 812, el emperador Saga celebró una "fiesta de contemplación de las flores" (hana no en) en el jardín imperial de Shinsen-en, en la actual Kioto, según recoge la crónica oficial Nihon Kōki. Es el primer hanami del que queda registro escrito, por lo que Shinsen-en se considera la cuna de la tradición.
A partir de entonces, los grandes poetas de la corte llenaron la literatura japonesa de versos al cerezo, lamentando su rápida caída y haciendo de él el símbolo poético de la primavera para siempre.
El cerezo de los campesinos: el dios del arroz
Mientras la aristocracia componía poemas, en el campo el cerezo significaba algo muy distinto y, si cabe, más profundo. Para los campesinos, el sakura no era un objeto de contemplación estética, sino un árbol sagrado ligado a la supervivencia: se creía que en él se alojaba el ta no kami, el dios del arrozal, que bajaba de las montañas en primavera para hacer fructificar los campos.
Esta creencia ha dejado una huella incluso en la propia palabra.
Según una de las interpretaciones más extendidas, sa-kura uniría sa, una sílaba asociada al dios del arroz, y kura, el "asiento" o lugar donde se posa una divinidad: el cerezo sería, así, "el trono donde desciende el dios del arroz", una de esas incontables presencias sagradas, los kami, de los que hablamos en el artículo sobre la palabra.
Por eso los campesinos observaban con atención la floración: si los cerezos florecían abundantes y duraderos, auguraban buena cosecha; si caían pronto, malos presagios. La fecha de la floración marcaba, además, el momento de preparar los semilleros de arroz.
Así, el hanami nació de dos raíces a la vez: la contemplación poética de los nobles y la plegaria agrícola de los campesinos, unidas por un mismo árbol.
Hideyoshi y los hanami más legendarios
Con el tiempo, el hanami fue creciendo en escala, y nadie lo llevó tan lejos como Toyotomi Hideyoshi, el gran unificador de Japón a finales del siglo XVI, que organizó los dos festivales de flores más famosos de la historia del país. Eran, además de fiestas, demostraciones de poder.
El primero fue el hanami de Yoshino, en 1594, en el monte Yoshino (la "meca" de los cerezos de Japón, en la actual prefectura de Nara): una expedición de varios miles de personas —señores de la guerra, maestros de té, poetas— que duró varios días entre los célebres cerezos de montaña.
El segundo, y el más legendario, fue el hanami de Daigo, celebrado el 20 de abril de 1598 en las laderas del templo Daigo-ji, en Kioto.
Fue un acontecimiento extraordinario: Hideyoshi convocó a cerca de mil trescientas personas, una multitud compuesta casi por entero de mujeres —su esposa, sus concubinas, las damas de los grandes señores—, mientras que de hombres apenas asistieron él, su hijo y un puñado de allegados.
Para la ocasión mandó trasplantar unos setecientos cerezos de otras regiones y restaurar el templo, en un alarde de poder y refinamiento sin precedentes.
Hay un detalle que da a esta fiesta un aire crepuscular: Hideyoshi, ya anciano y enfermo, moriría apenas cinco meses después. El hanami de Daigo fue, literalmente, su última gran celebración, el canto del cisne del hombre más poderoso de Japón, despidiéndose de la vida entre los cerezos efímeros.
Es difícil imaginar una imagen más cargada de ese sentido japonés de la belleza pasajera del que hablaremos enseguida. De aquella fiesta procede, según una tradición muy repetida, la costumbre de las bolitas de tres colores (sanshoku dango) que aún hoy se comen bajo los cerezos.
Del Edo popular al hanami de hoy
Durante mucho tiempo, el hanami fue cosa de nobles y guerreros. Lo que lo convirtió en la fiesta popular y masiva que es hoy fue el periodo Edo (siglos XVII-XIX), cuando el cerezo bajó definitivamente al pueblo.
La figura clave fue el octavo shōgun, Tokugawa Yoshimune, que en la primera mitad del siglo XVIII mandó plantar miles de cerezos en zonas accesibles de las afueras de Edo —la colina de Asukayama, las riberas del río Sumida— precisamente para que la gente común tuviera lugares donde disfrutar de la floración.
La jugada funcionó, y el hanami se transformó en lo que es hoy: una fiesta multitudinaria y festiva. Los habitantes de Edo empezaron a acudir bajo los árboles con sus cajas de comida y su sake, a cantar, bailar y celebrar, en escenas que los grabados ukiyo-e inmortalizaron una y otra vez.
Aquella mezcla de contemplación de la belleza y jolgorio compartido es exactamente la que sobrevive en el hanami actual: el momento en que la oficina entera, la familia o el grupo de amigos se sienta bajo los cerezos a comer, beber y reír. En cierto modo, cada hanami de hoy es heredero directo de aquellos parques que un shōgun plantó para su pueblo hace trescientos años.
Somei Yoshino: el clon que conquistó Japón
Llegamos a uno de los secretos más fascinantes del sakura. Si viajas por Japón en primavera, la inmensa mayoría de los cerezos que verás —en parques, escuelas, riberas y avenidas— son de una sola variedad, el Somei Yoshino (染井吉野), que representa cerca del 80 % de todos los cerezos del país. Y esa variedad esconde una historia botánica sorprendente.
El Somei Yoshino no es una variedad silvestre, sino un híbrido creado por el ser humano. Nació a finales del periodo Edo o comienzos de la era Meiji en la aldea de Somei, en la actual Tokio, donde unos jardineros cruzaron dos especies de cerezo; a comienzos del siglo XX recibió el nombre que combina el de su aldea de origen, Somei, con el del célebre monte Yoshino.
Lo extraordinario es cómo se reproduce: como es un híbrido, no se cultiva a partir de semillas, sino por injerto, lo que significa que todos los Somei Yoshino del país son, genéticamente, clones del mismo árbol original.
De ahí su efecto más espectacular: al ser idénticos, los cerezos de una misma zona florecen todos a la vez y se deshojan todos a la vez, creando esa explosión simultánea de color —y esa caída unánime de pétalos— que define el hanami y que hace posible, además, predecir la floración con precisión.
Esa uniformidad tiene también su lado frágil. El Somei Yoshino es una variedad relativamente delicada y de vida no muy larga, y muchos de los árboles plantados tras la guerra están envejeciendo, de modo que por todo el país se trabaja ya en su reemplazo y en recuperar la diversidad de variedades. Conviene no olvidar, en efecto, que más allá del Somei Yoshino existen cientos de tipos de cerezo:
| Variedad | Rasgo característico |
|---|---|
| Somei Yoshino | el 80 % del país; rosa pálido, florece antes que las hojas |
| Yamazakura | el cerezo silvestre clásico; flores y hojas a la vez |
| Shidarezakura | cerezo llorón, de ramas colgantes |
| Yaezakura | flores dobles y frondosas, de floración tardía |
| Kawazuzakura | floración muy temprana, ya desde finales de febrero |
Y existen árboles venerables que escapan a toda lógica de clon: los llamados "tres grandes cerezos de Japón", como el milenario Miharu Takizakura o el Yamataka Jindai-zakura, que según la tradición tiene cerca de dos mil años y sería uno de los más antiguos del mundo.
Mujōkan: la belleza de lo efímero
Aquí tocamos el corazón espiritual del sakura, lo que lo distingue de cualquier otra flor del mundo. Si el cerezo japonés conmueve tanto no es solo por su belleza, sino porque esa belleza dura muy poco: apenas una semana en plena flor y, al primer viento o lluvia, los pétalos caen sin resistencia. Y es justamente esa fugacidad lo que los japoneses encuentran más hermoso.
Detrás de esta sensibilidad hay un concepto de raíz budista, el mujōkan (無常観), la conciencia de la impermanencia: la idea de que nada dura, de que todo cambia y se desvanece, y de que en esa caducidad hay una belleza honda y melancólica. El cerezo es su símbolo perfecto.
Ese sentimiento enlaza con otra idea estética muy japonesa, el mono no aware, esa "emoción serena ante las cosas que pasan" que exploramos en el artículo sobre la belleza de lo efímero y que recorre toda la sensibilidad japonesa por lo bello.
Contemplar los cerezos es, en el fondo, contemplar nuestra propia vida: hermosa precisamente porque se acaba.
Esta estética tuvo también una lectura guerrera. Para la clase samurái, el cerezo que cae en su plenitud, sin marchitarse, era el modelo de una vida noble entregada sin aferrarse: "entre las flores, el cerezo; entre los hombres, el guerrero", decía el viejo dicho.
Conviene, eso sí, una nota de prudencia histórica: en el siglo XX esa imagen fue manipulada con fines militaristas, y el cerezo llegó a usarse como símbolo del sacrificio en la guerra. Hoy, por fortuna, el sakura ha recuperado su sentido más sereno y luminoso: el de la belleza pasajera, los nuevos comienzos y la alegría compartida de la primavera.
Esa raíz espiritual, ligada también al budismo que llegó a Japón, es lo que convierte un simple árbol en flor en un espejo del alma.
Dónde ver los cerezos: lugares emblemáticos
En la práctica, el hanami se vive en lugares concretos, y Japón está lleno de ellos.
En Tokio, los más célebres son el parque de Ueno, con sus más de mil cerezos y su ambiente festivo de puestos y lonas; el foso de Chidorigafuchi, donde Laura quedó deslumbrada, que se recorre en barca y se ilumina de noche; el elegante jardín de Shinjuku Gyoen, con decenas de variedades que prolongan la floración; y el canal de Meguro, con su túnel de cerezos sobre el agua.
En Kioto, el hanami tiene un aire más histórico: el propio templo Daigo-ji del hanami de Hideyoshi, el Camino de la Filosofía bordeando un canal, el parque Maruyama con su famoso cerezo llorón, o las laderas de Arashiyama.
Más allá de las grandes ciudades, hay lugares de leyenda: el monte Yoshino, en Nara, donde decenas de miles de cerezos cubren la montaña entera en pisos sucesivos; el parque de Hirosaki, en el norte, donde los cerezos enmarcan un castillo; o los árboles milenarios de Fukushima, Yamanashi y Gifu.
Para orientarse en todo esto existe una institución muy japonesa: el sakura zensen (桜前線), el "frente de los cerezos", una previsión que la agencia meteorológica publica cada año y que muestra cómo la floración avanza como una ola de sur a norte, desde Okinawa en pleno invierno hasta Hokkaido bien entrada la primavera.
Seguir el avance del frente de los cerezos por el mapa, esperando la floración de la propia ciudad, es uno de los pequeños rituales colectivos del Japón primaveral.
La comida del hanami
Como toda buena celebración japonesa, el hanami tiene su propia gastronomía, y aquí la contemplación estética convive alegremente con el apetito. El dulce emblemático son las sanshoku dango, las brochetas de tres bolitas de arroz —rosa, blanca y verde— cuyo origen se atribuye, como vimos, al hanami de Hideyoshi, y cuyos colores reproducen el paisaje de la primavera.
De hecho, su popularidad dio lugar a uno de los refranes más conocidos de Japón, hana yori dango, "mejor las bolitas que las flores", que dedicamos un artículo entero a explicar: una guasa cariñosa hacia quien antepone la comida a la belleza.
A su lado, el otro gran dulce de la estación es el sakuramochi, un pastelito de arroz relleno de pasta dulce y envuelto —esto es lo sorprendente— en una hoja de cerezo en salmuera que se come también, aportando un punto salado, y del que hay dos escuelas, la de Tokio y la de Kioto, como vimos en la serie de dulces japoneses.
Y luego está la comida de verdad: la gente acude con cajas de bentō primaveral llenas de color —sushi, tortilla, fritos— en la línea de las fiambreras que vimos al hablar de la comida para llevar, y, por supuesto, con bebida.
Porque el hanami, heredero de las fiestas de Edo, es también una ocasión para brindar: cerveza, sake frío y hasta ediciones especiales "de temporada del cerezo", en ese ambiente social y distendido que tan bien conocemos por la cultura del izakaya y las bebidas japonesas.
El sakura por el mundo
La belleza del cerezo ha viajado mucho más allá de Japón, a menudo como embajador de la amistad entre países. El caso más famoso es el de **Washington D.
C.**: en 1912, el alcalde de Tokio, Yukio Ozaki, regaló a Estados Unidos algo más de tres mil cerezos, que se plantaron junto al estanque Tidal Basin y que hoy son el corazón del National Cherry Blossom Festival, una de las mayores fiestas de la primavera estadounidense, que atrae cada año a más de un millón de visitantes.
Aquellos árboles, símbolo de la amistad entre los dos países, se cuidaron incluso durante los años más difíciles del siglo XX.
El gesto se ha repetido por todo el planeta. En Europa hay cerezos japoneses célebres en Bonn, con su túnel rosa de calles enteras; en Estocolmo, en el parque del Kungsträdgården; o en Ámsterdam, en su "parque del cerezo".
En América Latina, las comunidades de origen japonés han dejado su huella: São Paulo, que alberga una enorme colonia nikkei, tiene cerezos en varios de sus parques, y otras ciudades del continente cuentan con jardines japoneses donde florecen.
Hasta en lugares sin tradición de cerezos, la palabra "sakura" se ha vuelto internacional, presente en cosméticos, dulces, ropa y millones de fotografías en redes sociales. Pocos símbolos culturales japoneses han conquistado el mundo tan suavemente como esta flor rosa.
Frente a las fiestas de flores hispanas
Para un lector hispanohablante, el hanami invita a buscar paralelismos con las fiestas de la primavera propias, y los hay, aunque cada cultura celebre la estación a su manera.
En España, la primavera estalla en celebraciones como la Feria de Sevilla —con sus casetas, su flamenco y sus caballos— o los patios y cruces floridos de Córdoba, fiestas que comparten con el hanami el impulso de salir a la calle a celebrar el buen tiempo en comunidad, aunque el protagonismo recaiga más en el baile y el encuentro que en la contemplación de un árbol.
Hay un paralelismo aún más bonito en América Latina: en Ciudad de México, cada primavera, las jacarandas tiñen la ciudad de un violeta espectacular, y mucha gente ha empezado a llamar a su contemplación, medio en broma medio en serio, un "hanami mexicano".
También los ipês amarillos de Brasil o los almendros en flor que anuncian febrero en algunas zonas de España cumplen ese papel de árbol que, al florecer, convoca la mirada y el asombro colectivos. En el fondo, todas estas tradiciones nacen del mismo impulso humano: detenerse, una vez al año, a celebrar que la naturaleza vuelve a florecer.
Por eso el hanami es una de las costumbres japonesas que con más naturalidad se adopta en las familias internacionales, que pueden tener su propio cerezo —o su jacaranda— bajo el que sentarse.
Conclusión: la primavera que siempre vuelve
Cuando los pétalos de Chidorigafuchi terminaron de caer aquel abril, Laura ya había entendido por qué el sakura es mucho más que una flor para los japoneses.
Había aprendido que detrás de esa nube rosa hay mil doscientos años de historia —de los poetas de Heian a los hanami de Hideyoshi, del shōgun que plantó parques para su pueblo a los jardineros que crearon el Somei Yoshino—, y que contemplar los cerezos es, en realidad, contemplar el paso del tiempo: la belleza que precisamente porque no dura, conmueve.
Esa es la lección más honda del hanami. El cerezo florece en su esplendor, dura apenas unos días y cae sin aferrarse, y en ese gesto los japoneses han leído durante siglos una verdad sobre la vida entera: que lo hermoso es frágil, que nada permanece, y que esa misma fragilidad es lo que vuelve cada primavera tan preciosa. No hace falta ser japonés para sentirlo. Cualquiera que se haya quedado mirando una nube de pétalos al viento sabe de qué hablamos.
En el próximo artículo de la serie dejaremos atrás los cerezos para entrar en el mes de mayo y celebrar a los niños, con el Kodomo no Hi y sus carpas de colores ondeando al viento. Pero, antes de pasar página, quédate con la imagen de un país entero sentado bajo los árboles, comiendo, brindando y mirando caer los pétalos, una vez más, como cada primavera desde hace más de mil años. Porque el sakura siempre se va, sí; pero también, siempre, vuelve.