Ōmisoka y Año Nuevo: el Cierre del Año [2026]

El Ōmisoka (31 de diciembre): las 108 campanadas del joya no kane, los fideos toshikoshi soba, el programa Kōhaku y la purificación ōharae. Historia, simbolismo

Son las once y cuarenta y cinco de la noche del 31 de diciembre, y Laura —la viajera sevillana— está de pie en el recinto del templo Zōjō-ji de Tokio, abrigada hasta las orejas, con la silueta iluminada de la Torre de Tokio recortándose detrás del templo. De pronto, en el aire helado, resuena un sonido grave, profundo, que parece vibrar dentro del pecho antes que en los oídos: gooong....

Y, al cabo de unos segundos, otro. Y otro. "Es el joya no kane", le explica una persona a su lado. "La campana de Nochevieja. La tocan ciento ocho veces, una por cada pasión que enturbia el corazón humano, para empezar el año nuevo con el alma limpia".

Laura escucha aquellas campanadas espaciadas, solemnes, tan distintas del estruendo de las campanadas y los petardos de su Nochevieja sevillana, y siente que está asistiendo a algo muy antiguo y muy hondo. A medianoche, la última campanada coincide con el cambio de año. El año viejo se ha ido; el nuevo acaba de empezar.

Esa noche es el Ōmisoka (大晦日), el último día del año japonés, el 31 de diciembre: una de las fechas más importantes y más queridas del calendario. Si el Año Nuevo, el oshōgatsu, es la fiesta mayor de Japón, el Ōmisoka es su víspera solemne, la noche en que el país entero se prepara para cruzar el umbral de un año a otro.

Y lo hace a su manera, mezclando lo budista y lo sintoísta con lo más moderno: las campanas de los templos que purifican el alma, los fideos que se comen para una vida larga, la purificación de los santuarios, y hasta el gran programa de televisión que reúne a familias enteras frente a la pantalla.

Es un fin de año reposado y ritual, muy distinto del nuestro, y a la vez movido por el mismo impulso universal: cerrar un ciclo y abrir otro con esperanza.

En este artículo recorreremos el Ōmisoka entero: el origen de su nombre, la conmovedora costumbre antigua que dio lugar a la primera visita al santuario, las famosas 108 campanadas y su significado, los fideos del fin de año, el programa de televisión que es ya una institución, la purificación sintoísta y, por fin, su parentesco con nuestra Nochevieja. Y, como es el último artículo de la serie sobre el calendario japonés, cerraremos también, como el propio Ōmisoka, el círculo entero del año.

¿Qué es el Ōmisoka?

Empecemos por el nombre, que es revelador. Misoka (晦日) significa "último día del mes", y procede de una palabra antigua que quería decir "día treinta", porque en el viejo calendario lunar los meses solían tener treinta días y el último era, por tanto, el "día treinta". Con el tiempo, misoka pasó a significar simplemente "fin de mes", aunque el mes tuviera treinta y uno.

Y al último misoka del año, el más importante de todos, se le añadió el prefijo ō-, "grande": Ōmisoka, el "gran fin de mes", es decir, el fin del año.

Hay todavía otro matiz precioso escondido en la palabra. El carácter 晦 evoca la idea de que la luna se oculta: en el calendario lunar, el último día del mes coincidía con la luna nueva, la noche más oscura, cuando la luna desaparece del cielo. El fin de mes era, literalmente, la noche sin luna.

Así que el Ōmisoka es la noche más oscura del último mes del año: el momento en que todo se apaga justo antes de que vuelva a empezar. Es la víspera de ese Año Nuevo que abre el calendario japonés y al que dedicamos uno de los primeros artículos de esta serie.

En cierto modo, el Ōmisoka y el oshōgatsu son una sola cosa partida en dos: el final y el principio, cosidos por la medianoche.

"El día en que se desecha lo viejo"

El Ōmisoka tiene otro nombre tradicional muy hermoso: jojitsu, "el día de desechar", y a su noche se la llama joya, "la noche de desechar". La idea es la misma que recorre todo el fin de año japonés: deshacerse de lo viejo —las impurezas, las penas, las deudas del año que acaba— para recibir lo nuevo en estado de pureza.

Por eso los últimos días de diciembre son de gran limpieza de la casa, de saldar cuentas pendientes y de colocar las decoraciones que recibirán al dios del año nuevo, como vimos al hablar del oshōgatsu.

Y aquí hay un detalle que explica una de las costumbres más importantes de Japón. En la sensibilidad japonesa antigua, el nuevo día empezaba con la noche anterior, no a medianoche; de modo que la noche del Ōmisoka era ya, en cierto sentido, el comienzo del año nuevo.

De esa idea nació una vieja costumbre llamada toshigomori, "el encierro del año": la noche del Ōmisoka, el cabeza de familia pasaba la noche entera despierto en el santuario, sin dormir, acompañando al dios y recibiendo con él el año nuevo.

Con el tiempo, ese velar la noche entera en el santuario se transformó en la costumbre de acudir al santuario en torno a la medianoche, y de ahí derivó directamente el hatsumōde, la primera visita del año de la que hablamos en el artículo del Año Nuevo. Es decir, que la tradición de empezar el año rezando en un santuario nació, en realidad, en la noche del Ōmisoka.

El final del año y su principio están, una vez más, entrelazados.

Joya no Kane: las 108 campanadas

Llegamos al rito más solemne y famoso de la noche, el que dejó a Laura sobrecogida: el joya no kane (除夜の鐘), "la campana de la noche de fin de año". Consiste en tocar, en los templos budistas de todo Japón, la gran campana del templo ciento ocho veces, empezando antes de medianoche y terminando ya en el año nuevo. Es uno de los sonidos más característicos del fin de año japonés: campanadas graves, profundas y muy espaciadas, que se dejan resonar hasta apagarse antes de tocar la siguiente.

La gran campana budista de bronce, el bonshō, no es una campana cualquiera. Su nombre lleva el carácter de "Brahma", lo sagrado en sánscrito, y se le atribuye el poder de disipar el sufrimiento y las preocupaciones de quien escucha su sonido.

La costumbre de tocarla 108 veces en el fin de año llegó de China: nació en los templos zen de la época Song y se trajo a Japón hacia el final del periodo Kamakura, extendiéndose después por los templos del país a lo largo de los siglos siguientes.

Curiosamente, la versión más antigua de estas grandes campanas que se conserva en Japón es centenaria hasta lo increíble: una campana del templo Myōshin-ji de Kioto, fechada nada menos que en el año 698.

Y hay un dato que sorprende a casi todo el mundo: aunque parece una tradición inmemorial vivida por todo el país, el joya no kane no se hizo verdaderamente popular en todo Japón hasta el siglo XX, gracias a la radio.

Cuando la radio pública empezó a retransmitir en directo las campanadas de fin de año, millones de personas que nunca habían estado cerca de un templo a medianoche pudieron escucharlas a la vez, y la costumbre se convirtió en el ritual nacional que es hoy. Es un buen recordatorio de que algunas de las "tradiciones de siempre" deben su forma actual a inventos muy modernos.

¿Por qué ciento ocho?

La pregunta inevitable es: ¿por qué 108 campanadas, y no cien o mil? Existen varias explicaciones, y conviene conocerlas porque cada una abre una ventana al pensamiento budista. La más extendida es la de las 108 pasiones o aflicciones (bonnō) que, según el budismo, enturban el corazón humano y son la raíz del sufrimiento. Cada campanada "borra" simbólicamente una de ellas, de modo que al terminar las 108, el alma queda limpia para empezar el año.

¿Y de dónde sale ese número tan preciso? La explicación clásica es una pequeña maravilla de aritmética budista: partimos de los seis sentidos (los cinco habituales más la mente); cada uno puede producir una sensación agradable, desagradable o neutra (×3); cada una de esas puede ser pura o impura (×2); y todo ello se da en el pasado, el presente y el futuro (×3).

El resultado, 6 × 3 × 2 × 3, es exactamente 108.

Hay otras explicaciones igual de sugerentes: una lo relaciona con los "cuatro sufrimientos y ocho penas" de la vida (haciendo un juego de multiplicaciones que también suma 108), y otra, muy bonita, lo liga al calendario, sumando los 12 meses, los 24 términos solares y las 72 microestaciones del año tradicional que vimos en el artículo sobre los nenchūgyōji —12 + 24 + 72 = 108—, de modo que las campanadas representarían el año entero que se despide.

Sea cual sea la explicación verdadera —probablemente todas se han ido sumando con los siglos—, hay un detalle precioso en cómo se tocan: tradicionalmente, ciento siete campanadas suenan dentro del año viejo, y la última, la número 108, ya en el año nuevo. Así, se entra en el año entrante con la última pasión recién disipada, con el corazón limpio justo en el instante del cambio. Pocas maneras de recibir un año son tan serenas y tan llenas de sentido.

Toshikoshi soba: los fideos del fin de año

Frente a la solemnidad de las campanas, el Ōmisoka tiene también su rito gastronómico, sencillo y entrañable: el toshikoshi soba (年越しそば), "los fideos para cruzar el año". Es costumbre, desde el periodo Edo, cenar la noche del 31 de diciembre un cuenco de soba, los finos fideos de trigo sarraceno, en caldo caliente. Es una tradición tan arraigada que la mantiene todavía la gran mayoría de los hogares japoneses.

¿Por qué soba, precisamente? Hay varias razones, y casi todas son juegos de simbolismo encantadores. La principal es que la soba es un fideo largo y fino, así que comerlo expresa el deseo de una vida larga, igual que los fideos del cumpleaños.

Pero hay más: la soba se rompe con facilidad al comerla, más que otros fideos, y por eso simboliza también cortar con las desgracias y los malos lazos del año que acaba, para no arrastrarlos al nuevo.

Una tercera razón es curiosísima: se cuenta que los antiguos orfebres usaban masa de trigo sarraceno para recoger los restos de polvo de oro de sus talleres, de modo que la soba quedó asociada a "reunir el oro" y, por tanto, a la prosperidad.

Y, como todo plato japonés, se corona con ingredientes que también tienen su mensaje: una gamba en tempura, que se encorva como la espalda de un anciano y desea por eso una larga vida; o, en algunas regiones, el arenque, cuyo nombre suena como "dos padres" y pide descendencia.

Es un cuenco humilde, sí, pero lleno de buenos deseos, en la línea de la rica cultura de los fideos japoneses y de la comida cotidiana que hemos ido viendo.

Kōhaku: la televisión de la Nochevieja japonesa

No se puede entender el Ōmisoka moderno sin un elemento sorprendentemente reciente y profundamente arraigado: la televisión.

Cada 31 de diciembre por la noche, decenas de millones de japoneses se reúnen en familia ante el televisor para ver el Kōhaku Uta Gassen (紅白歌合戦), el "concurso de canto de rojos contra blancos", un descomunal programa musical de la televisión pública que se emite cada fin de año desde 1951.

En él, los artistas más populares del momento se dividen en dos equipos —el rojo, tradicionalmente femenino, y el blanco, masculino— y compiten cantando durante varias horas, en un espectáculo que ha sido durante décadas el programa más visto del año.

Salir en el Kōhaku es, para un cantante japonés, una de las mayores consagraciones posibles: confirma que ha sido una de las figuras del año.

Y el programa, espejo de su época, ha ido cambiando: hoy comparten escenario el enka tradicional, el J-pop, las grandes bandas femeninas, e incluso artistas de K-pop y de otros países, en una muestra de cómo la cultura popular japonesa se ha vuelto cada vez más internacional.

Justo después del Kōhaku, la misma cadena emite otra institución del fin de año, mucho más sosegada: un programa que, en lugar de música y luces, retransmite en directo las campanas de los templos de todo el país sonando bajo la nieve, junto a las imágenes de la gente que empieza a acudir a los santuarios.

El contraste es perfecto: del bullicio festivo del Kōhaku al silencio sagrado de las campanas, en cuestión de minutos, igual que el Ōmisoka entero oscila entre la fiesta y el recogimiento.

Ōharae: la purificación de los santuarios

Mientras los templos budistas tocan sus campanas, los santuarios sintoístas celebran su propio gran rito de fin de año: el ōharae (大祓), la "gran purificación".

Se trata de una ceremonia antiquísima que se realiza dos veces al año —a finales de junio y el 31 de diciembre— en los santuarios de todo el país, con un objetivo muy claro: limpiar a las personas de las impurezas y las faltas acumuladas durante los seis meses anteriores, para empezar el nuevo periodo en estado de pureza, en la línea de la espiritualidad sintoísta que exploramos en el artículo sobre los kami.

El rito tiene un elemento muy revelador: el hitogata, una pequeña figura humana recortada en papel. Cada persona la frota contra su cuerpo o sopla sobre ella para transferirle sus impurezas, y luego la entrega al santuario, donde el sacerdote recita una larga plegaria de purificación y las figuras se purifican con agua o con fuego.

Es exactamente la misma idea del "muñeco que carga con nuestros males" que ya vimos en las muñecas del Hinamatsuri y que late, en el fondo, también en los trajes ceremoniales del Shichi-go-san: la creencia de que las impurezas pueden traspasarse a un objeto que las aleja de nosotros.

Algunos santuarios mantienen además el chinowa, un gran aro de juncos que los fieles atraviesan para purificarse. Así, mientras las campanas budistas disipan las pasiones del corazón, los santuarios sintoístas lavan las impurezas del cuerpo: dos religiones trabajando codo con codo para que el japonés cruce limpio el umbral del año.

De la última oración del año al hatsumōde

A medida que se acerca la medianoche, mucha gente sale de casa y se dirige a un santuario o un templo, abrigada contra el frío, para hacer su primera oración. Aquí los nombres se solapan de una forma muy bonita.

A la visita que se hace en la propia noche del Ōmisoka se la llama toshikoshi mairi, "la visita para cruzar el año"; y cuando esa visita se prolonga desde la noche del 31 hasta la madrugada del 1, abarcando los dos años, recibe el nombre de ninen mairi, "la visita de los dos años".

Es, como veíamos, la heredera directa de aquel antiguo toshigomori en que se velaba la noche entera junto al dios.

En la práctica, esto significa que para muchísimos japoneses la frontera entre despedir el año y empezarlo se vive en un mismo gesto: están rezando en el santuario cuando suena la última campanada, y esa misma oración sirve a la vez para dar gracias por el año que termina y pedir por el que empieza.

De ahí se pasa de forma natural al hatsumōde, la gran primera visita de Año Nuevo de los primeros días de enero, esos días en que decenas de millones de personas acuden a los santuarios y que ya describimos en el artículo sobre el oshōgatsu. El Ōmisoka, una vez más, no termina: desemboca directamente en el Año Nuevo.

Frente a la Nochevieja hispana

Para un lector hispanohablante, la comparación con la propia Nochevieja es inevitable y muy iluminadora, porque las dos fiestas hacen lo mismo —despedir el año— de maneras casi opuestas.

La Nochevieja española es ruidosa, festiva y nocturna: la familia y los amigos se reúnen para cenar, a medianoche se comen las doce uvas de la suerte al ritmo de las doce campanadas —una por cada mes del año entrante—, se brinda con cava y se sale de fiesta hasta el amanecer.

En México y otros países latinoamericanos se le suman rituales propios y simpáticos: ponerse ropa interior de un color según lo que se desee para el año, salir con una maleta a la calle para atraer los viajes, o barrer la casa para echar fuera lo malo.

El Ōmisoka, en cambio, es sereno, doméstico y recogido. No hay cuenta atrás a gritos ni cotillón, sino un cuenco de fideos en familia, un programa de televisión, las campanas graves de los templos y, quizá, una visita silenciosa al santuario bajo el frío.

Pero, por debajo de las diferencias de tono, las dos noches comparten exactamente lo mismo: el impulso humano de hacer balance, purificarse de lo viejo y abrir el año nuevo con esperanza, rodeado de los seres queridos.

Por eso, en una familia internacional, es de lo más natural y bonito celebrar las dos cosas a la vez: comerse las doce uvas a la medianoche española y, un rato antes o después, escuchar las 108 campanadas por internet y cenar un cuenco de soba. Dos maneras de cruzar el mismo umbral, unidas en una sola mesa.

El círculo del año: cierre de la serie

Con el Ōmisoka cerramos no solo el año, sino también esta serie de diez artículos dedicada al calendario cultural japonés. Y hay algo profundamente apropiado en terminar precisamente aquí, porque el Ōmisoka no es un final, sino un gozne: la noche en que el año se acaba y, en el mismo instante, vuelve a empezar.

Hemos recorrido el año japonés entero, estación por estación. Empezamos con el plano general de los nenchūgyōji y con la gran fiesta del Año Nuevo;

seguimos con las judías y las muñecas de la primavera en el Setsubun y el Hinamatsuri, con los cerezos del hanami y con las carpas del Kodomo no Hi; celebramos el verano con las estrellas del Tanabata y recibimos a los antepasados en el Obon;

contemplamos la luna de otoño en el Tsukimi y llevamos a los niños al santuario en el Shichi-go-san; y hoy, con las campanas del Ōmisoka, hemos llegado de nuevo a las puertas del Año Nuevo. El círculo se cierra justo donde empezó.

Y esa es, quizá, la lección más honda de todo el calendario japonés: que el tiempo no es una línea recta que avanza hacia un final, sino una rueda que gira y vuelve. Cada año se purifica de nuevo la casa, se reciben de nuevo a los dioses y a los muertos, se piden de nuevo salud y buena cosecha, se celebra de nuevo que los niños crecen. Aprender las fiestas de Japón es aprender a sentir el tiempo de esa manera: como un ciclo de gratitud que vuelve, sin cansarse, estación tras estación.

Conclusión: cruzar el umbral

Cuando sonó la última de las 108 campanadas aquella noche en el Zōjō-ji, y la Torre de Tokio cambió de color para saludar al año nuevo, Laura se dio cuenta de que estaba sonriendo en el frío, rodeada de desconocidos que también sonreían.

Había llegado a Japón pensando que el fin de año sería una versión exótica de su Nochevieja, y se marchaba habiendo entendido que era otra cosa: no una fiesta de ruido, sino un rito de tránsito, sereno y limpio, una manera de soltar lo viejo y recibir lo nuevo que cualquier ser humano comprende sin necesidad de traducción.

Esa es, al final, la magia del Ōmisoka. En una sola noche caben las dos religiones de Japón y toda su sabiduría sobre el tiempo: las campanas budistas que disipan las pasiones, los ritos sintoístas que lavan las impurezas, los fideos que desean una vida larga y la última oración del año que es ya la primera del siguiente. Todo ello para cruzar, con el corazón un poco más ligero, el umbral invisible de la medianoche.

Así termina nuestro recorrido por el año japonés, justo donde empezó: a las puertas del Año Nuevo. Si has seguido la serie entera, ya sabes leer el calendario de Japón como quien lee las estaciones de su propia vida.

Y, la próxima vez que llegue una Nochevieja —la tuya, con sus uvas, o una japonesa, con sus campanas—, quizá te acuerdes de que en algún lugar del mundo, esa misma noche, una gran campana de bronce suena ciento ocho veces en la oscuridad para que todos podamos empezar de nuevo. Yoi otoshi o: que tengas un buen año.

Ōmisoka y Año Nuevo: el Cierre del Año [2026]