Oshōgatsu: la Fiesta Más Importante de Japón [2026]

El año nuevo japonés (oshōgatsu): el dios toshigami, la comida osechi y sus símbolos, el ozōni Kanto vs Kansai, el hatsumōde, el otoshidama y las decoraciones.

Es el 1 de enero, poco después del amanecer, y Laura —estudiante sevillana que pasa el año en Tokio— acaba de volver con su familia anfitriona de su primera visita a un santuario abarrotado.

Sobre la mesa baja del salón la espera algo que nunca había visto: una caja lacada de varios pisos, llena de pequeños manjares ordenados como joyas, cada color en su sitio. "Feliz año nuevo", le dice el padre con una reverencia; "akemashite omedetō gozaimasu". Y entonces la madre añade una frase que descoloca del todo a Laura: "El toshigami-sama ha venido esta mañana a visitarnos". ¿Un dios?

¿Esta mañana? Laura mira la caja, mira el pequeño adorno de pino de la entrada, mira a la familia recién levantada y de estreno, y empieza a intuir que el año nuevo japonés no se parece en casi nada al que ella conoce.

Tiene razón. El oshōgatsu (お正月), el año nuevo japonés, es la fiesta más importante del calendario de Japón, sin rival posible.

Para hacernos una idea desde el mundo hispano, hay que imaginar la Navidad y la Nochevieja fundidas en una sola celebración y multiplicadas en solemnidad: los días en que el país entero se detiene, las familias se reúnen, los negocios cierran y todo el mundo vuelve, físicamente o con el corazón, a casa.

Pero su corazón no es un nacimiento ni una cuenta atrás, sino algo mucho más antiguo: la llegada de un dios, el toshigami, que cada año visita los hogares para traer salud y buena cosecha.

En este artículo vamos a recorrer el oshōgatsu entero: quién es el toshigami y cómo se le recibe, qué es la comida osechi y por qué cada plato esconde un deseo, las dos grandes escuelas del ozōni, cómo se hace la primera visita al santuario (hatsumōde), qué es el dinero de año nuevo de los niños (otoshidama), el significado de las decoraciones y un puñado de costumbres más, antes de compararlo todo con el año nuevo del mundo hispano.

Es la fiesta mayor de Japón; vale la pena entenderla bien.

¿Qué es el oshōgatsu?

Lo primero es situar las fechas, porque el oshōgatsu no es un solo día, sino un periodo con varias capas. En sentido estricto, los días grandes son los tres primeros del año, del 1 al 3 de enero, que se llaman sangannichi (三が日) y son festivos por excelencia.

En un sentido algo más amplio, la celebración se extiende durante el matsunouchi (松の内), "mientras están puestos los pinos", que dura hasta el 7 de enero en gran parte del país. Y en su forma tradicional más larga, llegaba hasta el 15, el koshōgatsu o "pequeño año nuevo".

La palabra misma, shōgatsu, significa literalmente el "mes correcto" o primer mes del año, y se le añade el prefijo respetuoso o- por el cariño y la reverencia con que se vive. Porque el oshōgatsu no es solo pasar de un año a otro: es recibir lo nuevo en estado de pureza.

Por eso se hace una gran limpieza de la casa antes de que llegue, se saldan las deudas pendientes y se empieza el año con ropa, vajilla y propósitos de estreno.

Es, junto al Obon de verano, una de las dos grandes fiestas que estructuran el calendario japonés que presentamos en el artículo sobre los nenchūgyōji: si el Obon mira a los muertos, el oshōgatsu mira a la vida que empieza.

El toshigami: el dios que llega con el año

Aquí está la clave que descolocó a Laura, y la que de verdad explica todo lo demás. En el fondo del oshōgatsu hay una creencia de raíz sintoísta y agrícola: la de que, con cada año nuevo, llega a cada hogar un dios, el toshigami (年神様), el "dios del año".

El toshigami es una divinidad compleja y hermosa, en la que se mezclan el dios de la cosecha del arroz —de quien depende la prosperidad del año— y, según muchas tradiciones, los espíritus de los antepasados de la familia.

Es uno más de esos innumerables kami que pueblan la espiritualidad japonesa, esas presencias sagradas de las que hablamos en el artículo sobre la palabra kami. Se cree que desciende a los hogares al comenzar el año para traer salud, buena fortuna y una cosecha abundante, y que se queda como invitado de honor durante los días del matsunouchi.

Entender esto cambia por completo la mirada: casi todo lo que se hace en oshōgatsu es, en realidad, preparar la casa para recibir a este dios y agasajarlo. La gran limpieza de fin de año es para que llegue a un hogar puro; las decoraciones de la entrada le señalan el camino y le dan un lugar donde alojarse; la comida especial es, literalmente, el banquete que se le ofrece.

El año nuevo japonés es, antes que una fiesta familiar, un acto de hospitalidad sagrada hacia un huésped invisible. Y, como en toda buena casa japonesa, recibir bien a ese huésped es lo primero.

Osechi ryōri: el banquete de año nuevo

La estrella gastronómica del oshōgatsu es la osechi ryōri (おせち料理), ese conjunto de platillos primorosos que aguardaban a Laura en la caja lacada. Pero la osechi no es simplemente "la comida de año nuevo": es una de las tradiciones culinarias más cargadas de significado de todo Japón.

La palabra viene de o-sechiku (御節供), las "ofrendas de los días de fiesta": en origen, era la comida que se ofrecía a los dioses en las fechas señaladas del calendario, los sekku de los que hablamos en el artículo anterior. Con los siglos, el nombre acabó reservándose para la comida del año nuevo, la más importante de todas.

Tradicionalmente se prepara en los últimos días de diciembre y se come durante los tres primeros del año, y eso responde a una razón muy práctica además de simbólica: así las mujeres de la casa descansaban de cocinar durante los días sagrados, y —se decía— no se molestaba al dios del hogar con el ruido y el fuego de los fogones.

Por eso la osechi se compone sobre todo de platos que aguantan varios días: cocidos, encurtidos, dulces y conservas.

Y luego está su recipiente, que tiene su propia poesía. La osechi se presenta en una caja de varios pisos apilados, el jūbako (重箱), y ese apilamiento no es casual: "amontonar las cajas" simboliza amontonar la buena fortuna, que la dicha se acumule capa sobre capa.

En su forma más formal y antigua, el juego tenía cinco pisos, y el detalle más bello es que el quinto se dejaba vacío: un espacio reservado para la fortuna que el toshigami habría de traer durante el año. Hoy lo más común son juegos de dos o tres pisos, pero la idea permanece: se come dentro de una arquitectura pensada para contener la suerte.

Los símbolos del osechi: comer la buena suerte

Lo que hace de la osechi algo único es que cada plato esconde un deseo. Detrás de muchos de ellos hay un juego de palabras, porque en Japón se cree desde antiguo en el kotodama, el "alma de las palabras", la idea de que lo que se nombra tiene poder. Comer osechi es, así, comerse literalmente los buenos deseos para el año. Estos son algunos de los manjares clásicos y lo que cada uno pide:

  • Kuromame (frijoles negros dulces): el deseo de salud y de trabajar con diligencia, porque mame significa a la vez "frijol" y "sano, aplicado".
  • Kazunoko (huevas de arenque): por sus innumerables huevecillos, piden descendencia abundante y prosperidad para la familia.
  • Tazukuri (sardinitas glaseadas): su nombre significa "hacer arrozal" y piden una buena cosecha, porque antaño se usaban como abono.
  • Datemaki (tortilla dulce enrollada): su forma de rollo evoca los antiguos rollos de pergamino y desea éxito en los estudios.
  • Kurikinton (puré dulce de boniato y castaña): de un dorado intenso, simboliza el oro y la riqueza.
  • Kōbumaki (rollito de alga kombu): por el juego de palabras con yorokobu, "alegrarse", desea felicidad.
  • Ebi (gambas): se cuecen hasta curvarse, y piden larga vida, hasta que la espalda se doble como la de un anciano.
  • Tai (besugo): por el juego con medetai, "venturoso", es el pez de la celebración por excelencia.

A estos se suman las lonchas rojas y blancas de kamaboko que evocan el primer amanecer, el renkon o raíz de loto cuyos agujeros permiten "ver el futuro con claridad", y un sinfín de verduras guisadas que piden, cada una, su pequeña fortuna.

Conviene saber que hay variantes regionales: el trío de entrantes festivos cambia entre el este y el oeste del país, y en zonas de Kansai existe la costumbre del nirami-dai, un besugo que se exhibe pero que, por respeto, no se toca con los palillos durante los tres primeros días.

Y, como toda tradición viva, la osechi se renueva: hoy hay versiones al estilo occidental o chino, opciones para alérgicos y cajas pensadas para niños, una adaptación muy propia de las familias internacionales que celebran a caballo entre dos culturas.

Ozōni: el alma del año nuevo

Si la osechi es el banquete, el ozōni (お雑煮) es el alma. Es una sopa con mochi (pastel de arroz) que se toma la mañana del día 1, y muchos japoneses dirían que el año no empieza de verdad hasta que la han probado. Su sentido es profundamente sagrado: el mochi se había ofrecido primero al toshigami, así que al comerlo en la sopa se recibe, literalmente, una porción de la fuerza del dios para el año que empieza.

Lo fascinante del ozōni es que no hay dos iguales: es quizá el plato más variado de Japón, con diferencias por región y casi por familia. Pero existen dos grandes escuelas que conviene conocer:

Estilo Kanto (este, Tokio)Estilo Kansai (oeste, Kioto-Osaka)
Caldoclaro, a base de salsa de sojaespeso, a base de miso blanco
Mochicuadrado y tostadoredondo y hervido
Saborlimpio y ligerodulce y meloso

A partir de ahí, las variantes se multiplican sin fin: en zonas del norte se le pone salmón y huevas; en algunas islas del sur, caldo de pollo; y en la prefectura de Kagawa hay una rareza célebre, el ozōni con mochi relleno de pasta dulce de judía, que descoloca incluso a muchos japoneses. En Okinawa, en cambio, apenas existe la costumbre.

Detrás de toda esa diversidad late una misma idea: empezar el año comiendo el mochi sagrado, en familia, cada cual a la manera de su tierra. Por cierto, el mochi se prepara tradicionalmente machacando el arroz a mazazos en una ceremonia comunitaria, el mochitsuki, todo un ejercicio de esfuerzo y constancia colectivos.

Hatsumōde: la primera visita al santuario

Volvamos a aquel santuario abarrotado del que regresaba Laura al amanecer. Esa visita tiene nombre propio: hatsumōde (初詣), la "primera visita" del año a un santuario sintoísta o a un templo budista. Es una de las costumbres más multitudinarias de Japón: durante los primeros días del año, decenas de millones de personas acuden a rezar para dar gracias por el año que termina y pedir salud, prosperidad, amor o éxito en los exámenes para el que empieza.

Los grandes santuarios y templos se convierten en un río de gente. El Meiji Jingū de Tokio recibe a millones de visitantes en apenas tres días, y otros lugares célebres como el Naritasan Shinshōji, el Kawasaki Daishi o el Fushimi Inari de Kioto viven escenas parecidas, con puestos de comida caliente, amuletos y adivinaciones a ambos lados del camino. Pero el hatsumōde no exige ir a un gran centro: muchísima gente acude, simplemente, al pequeño santuario de su barrio.

Conviene conocer la etiqueta, que cambia según el sitio.

En un santuario sintoísta, el ritual sigue unos pasos: se hace una reverencia al cruzar el torii, se purifican manos y boca en la fuente, se echa una moneda en la caja de ofrendas —es popular la de cinco yenes, porque su nombre, go-en, suena igual que "buena relación, buena suerte"— y luego se hace la secuencia clásica: dos reverencias, dos palmadas, una reverencia más (nirei-nihakushu-ichirei), pidiendo el deseo en silencio entre medias.

En un templo budista, en cambio, se juntan las palmas en oración pero no se dan palmadas. Es una de esas diferencias que distinguen las dos grandes tradiciones espirituales de Japón, y que detallamos en las guías de etiqueta en los santuarios y en los templos.

Muchos aprovechan, además, para comprar un amuleto nuevo y sacar su omikuji, el papelito de la fortuna del año.

Otoshidama: el dinero de año nuevo

Para los niños japoneses, no hay nada que supere a una costumbre concreta del oshōgatsu: el otoshidama (お年玉), el dinero que reciben de padres, abuelos y parientes. Es el equivalente funcional a los regalos de Reyes en el mundo hispano, y la parte más esperada de la fiesta para los más pequeños.

Su origen, una vez más, es sagrado. La palabra se relaciona con toshidama, el "espíritu del año": antiguamente, lo que se repartía no era dinero, sino trozos del mochi ofrecido al toshigami, una forma de compartir la fuerza vital del dios entre los miembros de la familia, empezando por los niños.

Con el tiempo, y sobre todo a partir de mediados del siglo XX, aquel reparto de mochi se transformó en el reparto de dinero que conocemos hoy. El billete o las monedas se entregan dentro de un sobrecito decorado, el pochibukuro, y la cantidad suele crecer con la edad del niño, desde unas pocas monedas para los más pequeños hasta cantidades más serias para los adolescentes.

Para muchos niños, es la ocasión de estrenar hucha o de ahorrar para algo soñado durante todo el año.

Las decoraciones: kadomatsu, shimenawa y kagamimochi

Si el toshigami va a venir de visita, hay que prepararle la casa, y de ahí nacen las tres grandes decoraciones del oshōgatsu, cada una con su función. Se colocan a partir de mediados de diciembre, evitando por superstición ciertos días: nunca el 29, por su lectura ku asociada al "sufrimiento", ni el 31, porque montar el adorno la víspera se considera una bienvenida descortés "de una sola noche".

El kadomatsu (門松), literalmente "pino de la puerta", es un arreglo de pino y cañas de bambú que se coloca por pares a ambos lados de la entrada. Sirve de señal y de morada temporal para el toshigami: el pino, siempre verde, simboliza la longevidad, y el bambú, que crece recto y rápido, la prosperidad.

La shimenawa (しめ縄), una cuerda sagrada de paja de arroz que se cuelga sobre la puerta, marca el hogar como espacio puro y ahuyenta lo impuro; cuando se le añaden adornos como una naranja amarga (daidai, que suena como "generación tras generación") forma la shimekazari.

Y dentro de la casa se coloca el kagamimochi (鏡餅), dos discos de mochi de distinto tamaño apilados y coronados por una naranja: es la ofrenda al dios, su asiento durante su estancia.

Se desmonta el 11 de enero en una ceremonia llamada kagami-biraki, "abrir el espejo", en la que el mochi se parte —nunca con un cuchillo, que evocaría un corte violento, sino con las manos o un mazo— y se come en sopa o con judía dulce, para recibir así la fuerza del año.

Otras tradiciones del oshōgatsu

Alrededor de este núcleo sagrado florecen otras muchas costumbres que llenan los días de enero y que conviene conocer para entender la fiesta entera.

Está el nengajō (年賀状), la postal de felicitación de año nuevo: durante décadas, los japoneses enviaban miles de millones de estas tarjetas —decoradas con el animal del zodiaco del año— calculando que llegaran justo el día 1; aunque la costumbre ha caído mucho con la llegada de los mensajes por móvil, sigue viva, sobre todo entre las generaciones mayores.

Está el kakizome (書初め), la "primera escritura" del año, hacia el día 2: con pincel y tinta se escribe una palabra o un deseo —"sueño", "esperanza", "esfuerzo"— como propósito para los meses que vienen.

Está el fukubukuro (福袋), la "bolsa de la suerte" de las rebajas de año nuevo, un saco con contenido sorpresa y un valor superior a su precio, que las tiendas lanzan el día 1 y por el que se forman colas.

Y está, muy presente en cada hogar a través de la televisión, el Hakone Ekiden, la mítica carrera universitaria de relevos entre Tokio y Hakone que se corre los días 2 y 3 desde 1920 y que para muchos es el sonido de fondo inconfundible del año nuevo.

Sin olvidar el hatsuhinode, la contemplación del primer amanecer del año, por el que mucha gente madruga para ver salir el primer sol desde una playa, una montaña o una azotea.

Oshōgatsu frente al Año Nuevo hispano

Para un lector hispanohablante, comparar las dos fiestas resulta muy iluminador, y especialmente útil en las familias que viven entre ambas culturas. Aunque las dos celebran el cambio de año, lo hacen de maneras casi opuestas.

Oshōgatsu (Japón)Año Nuevo hispano
Tonosereno, familiar, sagradofestivo, ruidoso, nocturno
Momento clavela mañana del día 1la medianoche del 31
Comidaosechi y ozōnilas doce uvas, el roscón
Regalo infantilotoshidama (año nuevo)los Reyes Magos (6 de enero)
Lo sagradovisita al santuariomisa, raíz católica

En el mundo hispano, el momento culminante es la medianoche del 31 de diciembre: la cuenta atrás, las doce uvas de la suerte al compás de las campanadas, el brindis con cava, las plazas llenas. En México se le suman rituales propios y simpáticos, como ponerse ropa interior de un color según lo que se desee para el año o pasear con una maleta para atraer los viajes.

Y el ciclo se cierra el 6 de enero con los Reyes Magos y su roscón. El oshōgatsu, en cambio, traslada el peso a la mañana serena del día 1, lo vive en familia y en silencio, y lo orienta hacia lo sagrado y la cosecha más que hacia la cuenta atrás.

Pero, por debajo de las diferencias, ambas fiestas comparten lo esencial: el impulso de cerrar un ciclo y abrir otro con esperanza, de reunir a los seres queridos alrededor de una mesa y unos ritos, y de pedir, cada uno a su manera, un buen año por venir. En las familias mixtas, lo habitual es lo más bonito: celebrar las dos, con sus uvas y su osechi, y dar a los niños el doble de motivos para esperar enero.

El oshōgatsu hoy: tradición y cambio

Como toda gran tradición, el oshōgatsu cambia con los tiempos sin perder su corazón. La realidad de muchas familias actuales ya no es la de antaño.

Cada vez más gente compra la osechi hecha en lugar de prepararla en casa durante días: los grandes almacenes, los restaurantes y hasta los konbini ofrecen sus propias cajas, una industria que en su día ayudó, precisamente, a difundir la osechi por todo el país.

Con la vida moderna, hay quien aprovecha los días libres para viajar —dentro o fuera de Japón— en lugar de quedarse en casa, y entre los más jóvenes se habla incluso de cierto "alejamiento de la osechi".

Y, sin embargo, lo esencial resiste. Muchos siguen volviendo al pueblo a reunirse con la familia, haciendo su hatsumōde, dando el otoshidama a los niños y empezando el año con un cuenco de ozōni.

Más aún, algunas costumbres reviven por caminos nuevos: la osechi casera vuelve a ponerse de moda gracias a las redes sociales, donde lucir una caja bien presentada se ha convertido en un pequeño orgullo, y cada año más turistas extranjeros buscan vivir un oshōgatsu auténtico, con kimono y visita al santuario incluidos.

La fiesta se adapta, se abre al mundo, se reinventa; pero el toshigami sigue siendo bienvenido cada primero de enero.

Conclusión: el corazón del año japonés

Cuando Laura terminó aquel primer día de enero —después de la osechi, el cuenco de ozōni y un paseo entre los puestos del santuario—, ya había entendido algo que ninguna guía le había sabido explicar antes: que el oshōgatsu no es la fiesta del ruido y los fuegos artificiales, sino la del silencio, la familia y la hospitalidad hacia un dios que llega con el año.

Había llegado pensando que el año nuevo japonés sería una versión exótica de su Nochevieja, y se marchaba sabiendo que era otra cosa completamente distinta, y profundamente hermosa.

Esa es, en el fondo, la lección del oshōgatsu: que empezar el año puede ser un acto sagrado y sereno, un volver a casa, un purificarse y agradecer, un recibir al huésped invisible que trae la fortuna. Detrás de cada caja lacada, de cada cuerda de paja sobre una puerta, de cada moneda echada en la caja de un santuario, hay siglos de gente que decidió que el comienzo del año merecía vivirse con reverencia y con esperanza.

En el próximo artículo de la serie seguiremos el calendario hacia la primavera, con el Setsubun y sus judías que ahuyentan demonios y el Hinamatsuri, la fiesta de las muñecas. Pero, antes de pasar página, quédate con la imagen del toshigami entrando en una casa limpia y decorada el primer amanecer del año. Porque en Japón, empezar bien el año no es una frase hecha: es, literalmente, recibir bien a un dios. Akemashite omedetō gozaimasu.

Oshōgatsu: la Fiesta Más Importante de Japón [2026]