Sociedad Moderna Japonesa: la Realidad del Siglo XXI [2026]

El Japón real del siglo XXI: primera mujer primera ministra, envejecimiento y despoblación, economía en transición, brecha de género y grandes retos sociales. I

Es una mañana de junio, y Laura —estudiante sevillana que pasa el año en Tokio— espera en el andén de la estación de Ueno con los ojos bien abiertos.

A su alrededor desfila un Japón que no había visto en ningún anime: una marea de oficinistas con cara de cansancio, un anciano en silla de ruedas que avanza despacio entre la multitud, una dependienta de convenience store que ronda los setenta años, un grupo de trabajadores extranjeros de acento asiático.

En el parquecito que se ve desde el andén juegan tres niños; su abuela le cuenta a Laura que, cuando ella era pequeña, allí jugaban docenas. "Esto no se parece a lo que yo imaginaba", murmura Laura. Su amiga japonesa sonríe sin alegría: "Bienvenida al Japón de verdad.

Es la cuarta economía del mundo, pero la población baja cada año, envejece más rápido que ningún otro país y arrastra retos enormes. Es un sitio mucho más complicado de lo que parece en las series".

Esa conversación es el punto de partida de este artículo, y de toda una nueva serie.

Porque hay, en cierto modo, dos Japón: el de los cerezos, los anime, los templos y la comida, que hemos recorrido a lo largo de muchos artículos, y el del Japón real del siglo XXI, el de un país rico y admirado que, a la vez, se enfrenta a algunos de los desafíos más serios del mundo desarrollado: una población que se encoge, una sociedad que envejece a velocidad récord, una economía que ha perdido su brillo de antaño y una larga lista de tensiones sociales.

Conocer ese segundo Japón no es desmitificar el primero, sino entenderlo de verdad: ningún país cabe entero en sus postales.

Con este artículo arrancamos una serie de diez dedicada a la sociedad japonesa contemporánea, pensada para quien quiera ir más allá del turismo y la cultura pop: para quien sueña con vivir, estudiar o trabajar en Japón, para las familias internacionales, para los curiosos y para quienes simplemente quieren entender el país completo.

Empezamos hoy con una panorámica general: la política, la demografía, la economía y los grandes problemas sociales del Japón actual. Es la foto de familia de un país en plena transformación.

Más allá del anime: los dos Japón

Conviene empezar reconociendo lo evidente: la imagen de Japón en el mundo es deslumbrante. Es una superpotencia cultural —la llamada "marca Japón" o Cool Japan— cuyos anime, videojuegos, cómics y gastronomía conquistan al planeta, y que en muchas encuestas figura entre los países con mayor "poder blando" del mundo.

Cada año bate récords de turismo: en los últimos tiempos ha llegado a recibir alrededor de 35 millones de visitantes, atraídos por su seguridad, su belleza y, también, por lo barato que resulta viajar allí con el yen débil.

Pero esa imagen luminosa convive con una realidad mucho más compleja, y a menudo invisible para quien solo lo conoce a través de la pantalla. El mismo país que exporta sueños es también una sociedad que afronta el envejecimiento más acelerado del planeta, décadas de estancamiento económico y una larga lista de problemas sociales de los que se habla poco fuera de sus fronteras.

No se trata de elegir entre el "Japón de ensueño" y el "Japón de los problemas": se trata de entender que los dos son verdad a la vez, y que solo conociéndolos juntos se entiende el país. Eso es justo lo que pretende esta serie. Empecemos por la noticia que, hace poco, hizo historia.

La primera mujer al frente del gobierno

A finales de 2025, Japón vivió un acontecimiento político sin precedentes en su historia: por primera vez, una mujer llegó a la jefatura del gobierno.

Sanae Takaichi, tras ser elegida líder del Partido Liberal Democrático —la fuerza que ha gobernado el país casi sin interrupción durante décadas—, fue nombrada primera ministra, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar el cargo desde que existe el sistema parlamentario japonés actual.

La noticia dio la vuelta al mundo y tuvo un eco enorme también en el mundo hispano, que venía de ver a México elegir a su primera presidenta poco antes.

Más allá de la valoración política —que no nos corresponde hacer aquí—, el hecho tiene un fuerte valor simbólico, porque llega en un país donde la presencia de mujeres en el poder ha sido históricamente escasa.

El camino había sido largo: las japonesas no obtuvieron el derecho al voto hasta después de la Segunda Guerra Mundial, y aunque ha habido figuras femeninas relevantes —líderes de partido, gobernadoras de Tokio—, ninguna había alcanzado nunca la cima del Ejecutivo.

Conviene, eso sí, no sacar conclusiones precipitadas: que una mujer dirija el gobierno no significa que la desigualdad de género esté resuelta. De hecho, como veremos, Japón sigue muy rezagado en este terreno, y el porcentaje de mujeres en su Parlamento sigue siendo de los más bajos entre los países ricos.

El nombramiento es un hito histórico, sí; pero es un punto de partida, no una meta alcanzada.

El gran reto: un país que se encoge

Si hay un dato que define al Japón del siglo XXI, es este: es un país que se está quedando sin gente. Tras crecer durante toda la posguerra, la población japonesa alcanzó su máximo histórico hacia 2008, con casi 128 millones de habitantes, y desde entonces no ha dejado de caer.

Hoy ronda los 124 millones, y lleva más de una década encadenando descensos: cada año, Japón pierde del orden de medio millón de personas —el equivalente a una ciudad mediana que desaparece cada doce meses—.

Y las proyecciones oficiales son aún más vertiginosas: si la tendencia no cambia, hacia 2070 el país podría haber bajado de los 90 millones, perdiendo cerca de un tercio de su población actual en medio siglo.

La raíz del problema es la natalidad. Para que una población se mantenga estable hace falta una media de unos 2,1 hijos por mujer; Japón lleva décadas muy por debajo, y en los últimos años ha marcado récords mínimos, con una tasa que ha caído hasta alrededor de 1,2 hijos por mujer.

Las causas son muchas y se entrelazan: gente que se casa cada vez más tarde o que no se casa, el elevado coste de criar y educar a un hijo, la dificultad de compaginar la maternidad con una carrera profesional, y un largo etcétera que iremos desgranando en esta serie. El resultado es una pirámide de población que se ha puesto del revés: cada vez nacen menos niños y cada vez hay más ancianos.

Y eso nos lleva al segundo gran rasgo del Japón actual.

La sociedad más envejecida del mundo

Japón no solo pierde población: la que le queda es, de media, la más vieja del planeta. Cerca de un 30 % de los japoneses tiene ya 65 años o más —una proporción sin igual en ningún otro país grande—, y las proyecciones apuntan a que esa cifra podría acercarse al 40 % hacia 2070.

Japón fue, de hecho, el primer país del mundo en convertirse en una "sociedad superenvejecida", y su esperanza de vida está entre las más altas del mundo: las mujeres superan de media los 87 años y los hombres rondan los 81.

Tiene además decenas de miles de personas centenarias, una cifra que bate récords año tras año, hasta el punto de que se habla ya de la "era de los cien años de vida" como horizonte normal.

Esta longevidad es un triunfo, pero también plantea desafíos enormes, que se concentran en lo que en Japón llaman el "problema de 2040": el momento, ya cercano, en que la enorme generación nacida en el baby boom de la posguerra alcance en bloque la vejez avanzada.

Entonces, el gasto en sanidad y cuidados se disparará justo cuando haya menos trabajadores jóvenes para sostenerlo, tensando hasta el límite el sistema de pensiones y de seguridad social.

Ya hoy se ven las consecuencias por todas partes: dependientes y taxistas de setenta y tantos años, una creciente escasez de cuidadores, e incluso un fenómeno nuevo y doloroso, el de los young carers, niños y adolescentes que tienen que cuidar de un abuelo o un familiar enfermo y a los que eso les roba la infancia.

Todo esto lo exploraremos a fondo más adelante, y enlaza con lo que ya contamos sobre la sociedad envejecida y el cuidado de los mayores.

Una economía en plena transición

El tercer gran rasgo del Japón actual es una economía poderosa pero en transición, que ha perdido el liderazgo arrollador de hace unas décadas. En los años sesenta y setenta, Japón protagonizó un "milagro económico" que lo convirtió en la segunda economía del mundo, solo por detrás de Estados Unidos.

Pero ese trono se ha ido moviendo: en 2010 China lo superó, y en 2024 Alemania lo adelantó también, dejando a Japón en torno al cuarto puesto mundial por tamaño de su economía, con la India pisándole los talones. Sigue siendo, que no se nos olvide, uno de los países más ricos y avanzados del planeta; pero su peso relativo mengua a medida que su población se reduce.

Detrás de esto hay un fenómeno que los propios japoneses llaman "las tres décadas perdidas": desde el estallido de una gran burbuja financiera a comienzos de los años noventa, el país encadenó muchos años de estancamiento, deflación y, sobre todo, salarios que apenas subieron.

Durante mucho tiempo, el sueldo medio de un trabajador japonés se mantuvo prácticamente igual, algo insólito entre los países ricos, hasta que muy recientemente han empezado a verse subidas salariales notables.

A esto se suman dos rasgos curiosos del Japón económico actual: por un lado, el llamado efecto "Galápagos", la tendencia de algunos productos japoneses a evolucionar de forma tan perfecta para el mercado interno que luego no encajan en el resto del mundo;

y por otro, un yen débil que, si bien ha disparado el turismo y las exportaciones, encarece todo lo importado y aprieta el bolsillo de los hogares —algo que notan especialmente las familias internacionales, para quienes mandar un regalo o viajar al país de origen se ha vuelto bastante más caro—.

Los grandes problemas sociales

Más allá de la demografía y la economía, el Japón del siglo XXI carga con una serie de tensiones sociales que conviene conocer, y a las que dedicaremos artículos enteros.

En el terreno educativo, un sistema admirado por su disciplina y sus resultados convive con problemas graves: el acoso escolar (ijime), que bate récords de casos denunciados; el creciente número de niños que dejan de ir a clase (futōkō); la enorme presión de los exámenes; y la sobrecarga de unos profesores que figuran entre los que más horas trabajan del mundo.

En el terreno laboral, junto a una ética del trabajo legendaria conviven realidades duras: la cultura del exceso de horas, el fenómeno del karoshi o "muerte por exceso de trabajo" del que ya hablamos en otro artículo, el peso de los empleos precarios —más de un tercio de los trabajadores tiene contratos no fijos— y la existencia de "trabajadores pobres" que, pese a tener empleo, no llegan a fin de mes.

Y hay un tercer frente, el del desequilibrio entre el campo y la ciudad.

Mientras Tokio concentra una porción enorme de la población y la actividad del país, vastas zonas rurales se vacían: existen miles de aldeas llamadas genkai shūraku, "comunidades al límite", en las que más de la mitad de los vecinos son ancianos y que están condenadas a desaparecer; y el país acumula la cifra récord de unos nueve millones de viviendas vacías (akiya), casas abandonadas que nadie hereda ni compra.

Todo ello dibuja un Japón de dos velocidades, con megaciudades hipertecnológicas y pueblos que se apagan en silencio, un contraste que enlaza con los cambios de la familia japonesa que ya hemos tratado.

Género: un cambio a medio camino

Hemos visto que Japón acaba de tener a su primera mujer al frente del gobierno; pero, paradójicamente, sigue siendo uno de los países ricos con mayor desigualdad de género.

En los índices internacionales que miden la brecha entre hombres y mujeres, Japón aparece año tras año en puestos sorprendentemente bajos —del orden del puesto 118 entre unos 146 países en las clasificaciones recientes—, a la cola de las grandes economías.

La brecha se nota sobre todo en lo económico y lo político: las mujeres cobran de media bastante menos que los hombres por un trabajo equivalente, ocupan una minoría de los puestos directivos y son aún pocas en el Parlamento.

Eso no significa que no haya cambios; los hay, y profundos. La participación de las mujeres en el mercado laboral está en máximos históricos, los hogares de doble sueldo son ya mayoría, y los permisos de paternidad —antes casi inexistentes— empiezan a usarse.

Pero el reparto de las tareas de casa y de la crianza sigue recayendo de forma muy desigual sobre las mujeres, y persisten debates muy reveladores, como el del derecho de los matrimonios a conservar cada cónyuge su apellido: hoy la ley japonesa obliga a la pareja a adoptar un apellido común, que en la inmensa práctica acaba siendo el del marido, algo que choca de frente con la costumbre hispana de mantener los apellidos y que afecta de lleno a las parejas mixtas, como vimos al hablar de los apellidos japoneses.

El género es, quizá, el terreno donde mejor se ve ese Japón a medio camino entre la tradición y el cambio.

Tecnología: robots punteros, papeleo de fax

Pocos contrastes resumen tan bien al Japón actual como su relación con la tecnología, llena de paradojas.

Por un lado, es un auténtico reino de la robótica y la alta tecnología: lidera el mundo en robots industriales, fabrica robots de compañía y de cuidados para ayudar a su población anciana, y mantiene maravillas como el tren bala, que lleva más de medio siglo funcionando con una puntualidad y una seguridad asombrosas.

Es el país de los inodoros inteligentes y de las máquinas expendedoras que lo venden todo.

Y, sin embargo, ese mismo país sorprende por su atraso en la digitalización del día a día. En muchas oficinas y administraciones todavía reinan el fax, los formularios en papel y el hanko, el sello personal de tinta que en buena parte del mundo sustituiría una simple firma digital.

El pago con tarjeta o móvil, pese a crecer rápido, llegó tarde y sigue por detrás de vecinos como Corea del Sur o China, donde es casi universal. La pandemia dejó esta brecha al descubierto, cuando trámites que en otros países se resolvían con un clic en Japón se atascaban en montañas de papeleo.

Hoy el país corre por ponerse al día —impulsando la administración digital y subiéndose, como todos, a la ola de la inteligencia artificial generativa—, en una carrera entre su genio tecnológico y el peso de sus viejas costumbres que será uno de los grandes temas de las próximas décadas.

Cool Japan: la cara amable y sus sombras

Conviene volver un momento a esa cara luminosa del país, la del Cool Japan, porque también ella esconde sus matices. El éxito cultural japonés es apabullante: la industria del anime mueve cifras astronómicas, los cómics y los videojuegos se exportan a todo el planeta, y la cocina, los personajes kawaii y la estética japonesa son una marca reconocible en cualquier rincón del mundo.

Es uno de los grandes patrimonios del país y, además, una poderosa herramienta de prestigio internacional. Pero detrás de ese brillo hay dos paradojas que conviene conocer.

La primera es económica: pese a su enorme influencia cultural, Japón no siempre ha sabido traducir ese "poder blando" en beneficios proporcionales, y buena parte de quienes crean esa magia —los dibujantes de anime, por ejemplo— trabajan en condiciones notoriamente duras y mal pagadas. La segunda es el reverso del récord turístico: el éxito ha traído consigo la masificación.

Ciudades como Kioto y barrios enteros de Tokio sufren lo que se ha dado en llamar "turismo excesivo", con vecinos desbordados, transporte saturado y lugares sagrados tratados a veces sin respeto; hasta el monte Fuji ha tenido que poner límites y tasas para frenar la avalancha.

Es un recordatorio de que incluso lo más admirable de Japón convive con tensiones reales, y de que el país de ensueño y el país de los problemas son, una vez más, el mismo.

¿Qué significa todo esto para ti?

Quizá te preguntes por qué debería importarte, como hispanohablante, la demografía o la economía japonesas. La respuesta es que este "Japón real" afecta de lleno a cualquiera que se relacione con el país.

Si sueñas con vivir o trabajar allí, conviene saber que la escasez de mano de obra está abriendo, poco a poco, las puertas a los trabajadores extranjeros: hoy hay alrededor de dos millones de ellos, una cifra impensable hace no tanto, y entre ellos crece también la presencia hispanohablante.

Para las familias internacionales y para quienes tienen pareja japonesa, entender estas realidades —desde la cultura laboral hasta el debate de los apellidos— es entender el mundo en el que vive la otra mitad de la familia.

Y hay una razón más profunda. Japón es, en muchos sentidos, un país que vive el futuro antes que los demás: el envejecimiento y la caída de la natalidad que hoy golpean a Japón llegarán, más pronto que tarde, a España, a buena parte de Europa y de Latinoamérica. Observar cómo afronta Japón estos retos —con sus aciertos y sus errores— es asomarse a nuestro propio porvenir.

Por eso esta serie no va solo de Japón: va, en el fondo, de hacia dónde se dirigen las sociedades desarrolladas, y de qué podemos aprender unos de otros. La energía y la juventud relativa del mundo hispano y la experiencia de un Japón que ya está donde nosotros estaremos tienen mucho que decirse.

La serie que empieza hoy

Este artículo es solo el plano general; en los próximos iremos entrando, uno a uno, en los grandes temas de la sociedad japonesa contemporánea. Hablaremos del mundo del trabajo —del mítico salaryman a la reforma laboral, pasando por el karoshi y la cultura de la oficina, en la línea de lo que ya vimos sobre la cultura laboral japonesa—;

del sistema educativo y sus luces y sombras; del envejecimiento y la baja natalidad en profundidad; de la situación de las mujeres y de la diversidad sexual y de género; de la tecnología, los robots y la inteligencia artificial; de los retos ambientales; de la llegada de la inmigración y los primeros pasos de un Japón multicultural;

y, para cerrar, de las nuevas generaciones y de hacia dónde mira la juventud japonesa.

Cada uno de esos artículos combinará los datos con las historias humanas, las cifras frías con las vidas concretas, y siempre con una mirada comparada que tienda puentes con el mundo hispanohablante. Porque conocer el Japón real no es perderle la admiración: es quererlo de una manera más adulta, más completa y más honesta.

Conclusión: querer el Japón completo

Cuando Laura volvió aquella noche a su residencia, después de su jornada por el Tokio real, no se sentía decepcionada, sino todo lo contrario: sentía que por fin empezaba a entender el país de verdad.

Había llegado a Japón enamorada de sus anime y sus templos, y descubría ahora que detrás de esa postal había una sociedad viva, contradictoria y fascinante, que luchaba con algunos de los problemas más difíciles del siglo y que, pese a todo, seguía siendo uno de los lugares más seguros, cuidados y admirables del mundo.

Las dos cosas eran ciertas, y juntas formaban algo mucho más interesante que cualquiera de ellas por separado.

Esa es la invitación de esta serie: mirar a Japón con los ojos bien abiertos, sin idealizarlo ni dramatizarlo, conscientes de que un país no es ni sus folletos turísticos ni sus titulares más sombríos, sino algo mucho más rico que vive entre los dos. Conocer el envejecimiento, la economía, la política y los retos sociales de Japón no le quita ni un ápice de magia a sus cerezos: simplemente, los pone en su sitio, en el suelo firme de la realidad. Y desde ahí, la admiración se vuelve comprensión.

En el próximo artículo bajaremos del plano general al primer gran tema concreto: el mundo del trabajo en Japón, ese universo del salaryman, las largas jornadas y la reforma laboral que tanto dice de cómo es, de verdad, la vida cotidiana en el país. Pero, antes de pasar página, quédate con la idea que abre toda esta serie: que el Japón más admirable no es el de los sueños, sino el real, con sus luces y sus sombras, esperando a que lo conozcamos entero.

Sociedad Moderna Japonesa: la Realidad del Siglo XXI [2026]