Inmigración y Sociedad Multicultural: el Japón que Cambia [2026]

Japón cambia: 3,7 millones de residentes extranjeros, Tokutei Ginō, reforma Ikusei Shūrō 2027, nikkei brasileños, zainichi, tabunka kyōsei. Comparado con España

Laura, una estudiante sevillana de intercambio, sale a las nueve de la noche de la estación de Shin-Ōkubo, en Tokio, con su amigo Mauricio, mexicano y becario en una empresa japonesa. La calle huele a kimchi, a noodles vietnamitas, a halal curry y, más al fondo, a ramen. Hay letreros en hangul, en chino simplificado, en nepalí, en tagalo.

Los locutorios y las tiendas de productos étnicos se suceden uno detrás de otro. Los dependientes de las tiendas de conveniencia —tres en menos de cien metros— hablan japonés con acento de Katmandú, de Hanói y de Manila.

Mauricio mira a Laura y le dice, medio en serio medio en broma: "Japón te jura que no es un país de inmigración, pero esto se parece bastante a Lavapiés y mucho a la calle Donceles". Y Laura, que llegó hace dos meses con la imagen de un país monoétnico y cerrado, empieza a entender que la realidad es bastante más matizada.

El número de residentes extranjeros ronda los cuatro millones, ha batido récord año tras año, y, en algunas zonas de Tokio o de Aichi, uno de cada diez veinteañeros es ya de origen extranjero. Algo está cambiando, y se nota.

La inmigración es, quizás, el cambio social más rápido que está viviendo Japón hoy. Durante décadas, el país pudo permitirse el lujo de pensarse a sí mismo como una sociedad homogénea: bajo crecimiento de la población extranjera, ausencia de un debate público equivalente al europeo, un imaginario nacional muy unitario.

Pero la combinación de las dinámicas que hemos visto en esta serie —baja natalidad, envejecimiento, dificultades para cubrir puestos en agricultura, cuidados, construcción, hostelería y transporte— ha empujado al Estado a abrir la puerta cada vez más, aunque casi siempre sin pronunciar la palabra "inmigración".

El resultado es un país que, sin admitirlo del todo, se está convirtiendo en una sociedad multicultural a una velocidad que sorprende incluso a sus propios habitantes.

Este artículo, noveno de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, recorre el tema entero: cuántos extranjeros viven en Japón y de dónde son, por qué el Gobierno evita la palabra "inmigración", cómo funciona el laberinto de los visados, en qué consiste la gran reforma laboral del Ikusei Shūrō prevista para 2027, qué papel siguen jugando comunidades históricas como los nikkei brasileños y los zainichi coreanos, qué significa el famoso tabunka kyōsei —"convivencia multicultural"—

y cómo se compara todo esto con el mundo hispanohablante.

3,76 millones y subiendo

El dato básico, conviene fijarlo bien: a mitad de 2024, el número de residentes extranjeros en Japón rondaba ya los 3,76 millones de personas, su nivel más alto en la historia del país, equivalente a algo más del 3 % de la población total. Hace solo veinte años, esa cifra apenas pasaba del millón y medio.

La curva ha crecido casi sin parar, con un único frenazo durante los peores meses de la pandemia, y vuelve a acelerar con fuerza desde 2022. Las proyecciones serias hablan de cuatro, cinco y hasta más millones a final de la década.

Una de las cifras más comentadas en 2025 —que muchos analistas leyeron casi como un cambio de era— es que, en algunos tramos de edad joven de las grandes ciudades, alrededor de uno de cada diez veinteañeros es ya extranjero: la cara de la generación que está entrando en el mercado laboral ha cambiado más en una década que en todo el siglo XX.

¿De dónde viene esta gente? La fotografía actual está bastante repartida por Asia oriental y sudoriental. China es, con diferencia, el primer país de origen, con cerca de 850.000 residentes. Vietnam ocupa ya un sólido segundo lugar, con más de 600.000, fruto sobre todo de la fuerte llegada de personal joven para trabajo manual durante la última década.

Corea del Sur se mantiene en el tercer puesto, en torno a los 400.000, una cifra muy condicionada por la histórica comunidad zainichi de la que hablaremos luego. Le siguen Filipinas (más de 300.000), Brasil (más de 200.000), Nepal e Indonesia (200.000 cada uno aproximadamente), Taiwán, Estados Unidos y Tailandia.

Para el lector hispanohablante, los datos más interesantes están un poco más abajo: además de los brasileños —que en Japón hablan portugués—, hay decenas de miles de peruanos, alrededor de tres mil mexicanos y un par de miles cada uno de españoles, argentinos y colombianos, además de comunidades pequeñas pero crecientes de otros países latinoamericanos.

El reparto territorial también dice mucho. La mayor concentración relativa de residentes extranjeros está en Tokio —algo más del 4 % de su población—, pero las prefecturas de Gunma, Aichi, Shizuoka y Mie, todas ellas con un peso industrial enorme, no se quedan muy atrás.

En la ciudad de Ōizumi, en Gunma, casi una de cada cinco personas tiene pasaporte extranjero, en gran medida por la historia que vincula a esta zona con los nikkei brasileños.

En Tokio y en otras grandes ciudades, barrios enteros se han convertido en pequeñas capitales internacionales: Shin-Ōkubo como "Koreatown", Yokohama Chūkagai como Chinatown más antigua, Tsuruhashi en Osaka como otro polo coreano, y zonas como Ueno, Ikebukuro o partes de Kawasaki y Hamamatsu, donde conviven decenas de nacionalidades.

La palabra prohibida: "inmigración"

Llegados a este punto, conviene introducir una rareza muy japonesa: el Estado prácticamente no usa la palabra "inmigración" (imin) en sus documentos oficiales.

Cuando habla de quién entra, se queda y trabaja en el país, prefiere fórmulas como gaikoku-jin zairyū-sha ("residentes extranjeros"), gaikoku-jin zai-rō-sha ("trabajadores extranjeros"), gaikoku jinzai ("recursos humanos extranjeros") o, en clave más positiva, tabunka kyōsei, "convivencia multicultural".

El razonamiento clásico de los gobiernos sucesivos —de muy distinto signo— ha sido siempre el mismo: Japón no está adoptando una política de inmigración —imin seisaku—, sino "aceptar a determinados trabajadores extranjeros para tareas concretas".

La diferencia parece semántica, pero tiene una carga política enorme: hablar de "inmigración" supondría reconocer que el país está cambiando su composición de manera permanente y abrir un debate, todavía incómodo para una parte del establecimiento conservador, sobre integración, ciudadanía y nacionalidad.

El problema es que la realidad no se deja maquillar fácilmente con las palabras. Según los criterios internacionales —los de la ONU o la OCDE, que definen "migrante" simplemente como alguien que vive fuera de su país de nacimiento durante más de doce meses—, casi todos los residentes extranjeros que viven hoy en Japón son, técnicamente, migrantes.

De hecho, en los últimos años la propia OCDE ha colocado a Japón entre los primeros países receptores de migrantes del mundo, en algunos rankings cerca del top cinco. Pero el discurso oficial sigue insistiendo en su "no política de inmigración".

Esa contradicción tiene consecuencias prácticas. Por un lado, ha facilitado abrir el grifo muy rápido —sin necesidad de un gran debate parlamentario de fondo—.

Por otro, ha retrasado la construcción de un sistema de integración digno de ese nombre: enseñanza del japonés gratuita y estructurada, política de vivienda asequible, reconocimiento de títulos extranjeros, acceso simplificado a servicios públicos.

Como vimos en el artículo sobre el siglo XXI japonés, una parte del país funciona como si nada hubiera cambiado, mientras el otra parte —cada vez más visible— ya vive en una sociedad muy distinta.

En 2025 se creó incluso una oficina específica dentro del Gobierno —algo así como una "Unidad para la convivencia ordenada con los extranjeros"— para empezar a poner orden en este desfase entre realidad y discurso.

El laberinto de los visados

Para una persona hispanohablante que se plantee venir a Japón a trabajar, vivir o reagruparse, la primera dificultad práctica es entender el sistema de visados (en japonés, zairyū shikaku, "estatus de residencia"). Existen casi una treintena de categorías, agrupadas en grandes bloques.

En el bloque de "actividades profesionales especializadas" entran los visados clásicos para extranjeros con formación universitaria: Tecnología, Humanidades y Servicios Internacionales (el más común para oficinistas, ingenieros, traductores), Profesor, Investigador, Médico, Abogado, Periodista, Profesional Altamente Cualificado (un sistema de puntos que premia formación, salario y experiencia) y, desde hace pocos años, un nuevo tramo denominado Especial de Alta Cualificación con beneficios adicionales (carriles rápidos en aeropuerto, permisos de trabajo para el cónyuge, plazo de residencia muy amplio).

Después está el bloque que más ha crecido en los últimos años: el trabajo manual y de servicios. Aquí la pieza clave es la categoría Tokutei Ginō —"Especialidad Específica"—, creada en 2019 con el objetivo declarado de cubrir la escasez crónica de mano de obra en sectores muy concretos.

La lista de sectores ha ido ampliándose hasta cubrir hoy en torno a una dieciseis áreas: cuidados de ancianos, limpieza de edificios, manufactura, construcción, construcción naval, mantenimiento de automóviles, sector aéreo, hostelería, agricultura, pesca, procesado de alimentos, restauración y, en las últimas ampliaciones, también transporte por carretera, ferrocarril, silvicultura y madera.

El Tokutei Ginō se divide en dos niveles. El 1 permite trabajar hasta cinco años, sin posibilidad de reagrupación familiar, y el número de personas con este permiso ya ronda las trescientas mil. El 2, mucho más exigente, sí permite renovaciones indefinidas, traer a la familia y, con el tiempo, acceder a la residencia permanente.

Luego están los estatus de residencia personales o familiares, donde están las grandes categorías de residente permanente (alrededor de novecientas mil personas), cónyuge de japonés o de residente permanente, residente de larga duración (teijūsha, usado sobre todo por los nikkei brasileños y peruanos) y, en su propia categoría especial, los residentes permanentes especialestokubetsu eijūsha—, herederos de la comunidad coreana y china que se quedó en Japón al final de la Segunda Guerra Mundial, todavía hoy en torno a las trescientas mil personas.

Como contamos al hablar de familias internacionales, el estatus migratorio condiciona casi todo en la vida diaria: el tipo de contrato, el acceso a vivienda, el reconocimiento profesional, los planes a medio plazo.

Para los lectores de NDV que estén estudiando estas categorías de cara a un proyecto vital, esta es probablemente la pieza más importante a tener clara desde el principio.

Ikusei Shūrō: la gran reforma de 2027

Ningún tema migratorio japonés es tan delicado como el del antiguo programa de prácticas técnicas (ginō jisshū seido), creado en 1993. Sobre el papel, era un programa de "cooperación internacional" mediante el cual jóvenes de países en desarrollo —sobre todo Vietnam, Indonesia, Filipinas, China en su momento— venían a Japón a aprender un oficio durante unos años.

En la práctica, durante mucho tiempo funcionó como un sistema de suministro de mano de obra barata para industrias con dificultades para reclutar, con un enorme número de incidentes documentados: salarios por debajo del mínimo, retención de pasaportes, jornadas inhumanas, prohibición de cambiar de empleador —el detalle estructuralmente más problemático—, deudas iniciales que dejaban a las personas trabajadoras atadas a su empresa, casos extremos de violencia o abuso.

Organismos internacionales —incluido el Departamento de Estado de Estados Unidos en sus informes anuales sobre trata de personas— han venido criticando duramente el sistema desde hace años.

Ante esa situación, en 2024 Japón aprobó una reforma profunda: el viejo programa de prácticas técnicas será sustituido, a partir del 1 de abril de 2027, por un nuevo sistema llamado Ikusei Shūrō —algo así como "Formación y Empleo para la Cualificación"—. Los cambios son significativos.

Primero, se reconoce abiertamente que el objetivo del programa es laboral, no únicamente formativo: las personas vienen a trabajar y a formarse al mismo tiempo, y eso debe verse reflejado en su trato. Segundo, y quizás lo más importante, se permite el cambio de empleador en determinadas condiciones —tenseki—, rompiendo así con la regla más criticada del sistema anterior.

Tercero, hay un requisito de japonés explícito —nivel N5 al entrar, N4 al cabo de tres años—. Cuarto, el Ikusei Shūrō se diseña como una pasarela natural hacia el Tokutei Ginō 1: la persona que ha cumplido tres años en buenas condiciones tiene un camino abierto para continuar en Japón con un visado de trabajo estable y, con el tiempo, llegar al Tokutei Ginō 2 y a la residencia permanente.

No es un cambio menor. Aunque las críticas seguirán existiendo —ningún sistema laboral migratorio es perfecto, y muchos colectivos piden ir más lejos—, la reforma supone el reconocimiento institucional de que un programa que se vendía como "ayuda al desarrollo" era en realidad una política de inmigración encubierta, y de que conviene tratarlo como tal, con derechos y trayectorias claras.

Como mencionamos en el artículo sobre el trabajo en Japón, la sostenibilidad del sistema laboral del país pasa, cada vez más obviamente, por dar a estas personas un papel digno y estable, no por exprimirlas y devolverlas.

Nikkei brasileños y zainichi coreanos

Las comunidades migrantes "nuevas" —vietnamita, nepalí, filipina más reciente— conviven con dos colectivos cuya historia ayuda a entender el Japón actual: los nikkei brasileños y los zainichi coreanos. Los primeros son descendientes de japoneses que emigraron a Brasil a comienzos del siglo XX —Sao Paulo y Paraná concentran hoy la mayor comunidad nikkei del mundo fuera de Japón—.

En 1990, una reforma de la Ley de Inmigración japonesa permitió a las personas con ascendencia japonesa hasta tercera generación trabajar en Japón con un visado especial sin restricciones por sector.

El resultado, en plena bonanza económica japonesa, fue la llegada masiva de la llamada generación dekasegi: brasileños de origen japonés —y, en menor número, peruanos— que vinieron a trabajar a fábricas de automóviles, electrónica y alimentación en Aichi, Shizuoka, Gunma, Mie. En el pico de finales de los 2000, sumaban alrededor de trescientas mil personas.

La crisis financiera global de 2008 los golpeó con dureza: muchos perdieron el empleo, el Gobierno japonés llegó a ofrecer una ayuda de unos cientos de miles de yenes a quienes aceptasen volver a Brasil —medida muy criticada como "política de abandono"—, y la comunidad se redujo.

Hoy se ha estabilizado en torno a las doscientas mil personas, con un porcentaje creciente de jóvenes ya nacidos en Japón, la llamada segunda generación (o "1,5 generación", los que llegaron de niños).

Lugares como Ōizumi (Gunma), Hamamatsu (Shizuoka) o ciertos barrios de Toyota y Toyohashi (Aichi) son hoy comunidades brasileñas reconocibles: panaderías de pão de queijo, escuelas en portugués, iglesias evangélicas, grupos de samba y de capoeira, equipos de fútbol.

Es la comunidad migrante con la que más fácilmente puede sintonizar un lector hispanohablante: los retos lingüísticos, educativos y administrativos de los nikkei brasileños se parecen mucho a los que pueden vivir las familias internacionales hispano-japonesas.

Los zainichi, por su parte, son un caso histórico aparte. La mayoría son descendientes de personas coreanas que llegaron al archipiélago durante el periodo de dominación colonial japonesa de la península (1910-1945), muchas de ellas en condiciones de trabajo forzoso o de migración económica muy difícil.

Tras la guerra, una parte regresó a Corea, pero cientos de miles se quedaron, perdieron la nacionalidad japonesa con el Tratado de San Francisco (1952) y han vivido durante generaciones en una posición jurídica peculiar, hoy regulada por el estatus de residente permanente especial que mencionábamos antes.

La comunidad, que llegó a contar más de medio millón de personas, se ha reducido por la naturalización y por la integración, pero sigue siendo, junto con los descendientes ya naturalizados, una pieza fundamental de la historia social del país. Lugares como Tsuruhashi en Osaka o Shin-Ōkubo en Tokio son tan vibrantes en parte gracias a su trabajo, su comercio y su cultura.

La sociedad japonesa todavía les debe, en muchos aspectos, un reconocimiento histórico más explícito.

Tabunka kyōsei y "yasashii nihongo"

Frente a esta realidad cada vez más diversa, el concepto que mejor resume la respuesta institucional es el de tabunka kyōsei —"convivencia multicultural"—. Su uso se generalizó tras un plan publicado por el entonces Ministerio de Asuntos Internos a mediados de los años dos mil, que pedía a los gobiernos locales que diseñaran políticas para acoger e integrar a sus residentes extranjeros.

Ciudades como Kawasaki, Hamamatsu, Toyota, Yokohama, Ōta y muchas otras han desarrollado oficinas, centros, programas y guías multilingües.

Kawasaki, en particular, ha sido pionera en adoptar ordenanzas contra el discurso de odio, con sanciones económicas para quienes lo difundan en el espacio público, en línea con la ley nacional de eliminación del discurso de odio aprobada en 2016.

No es una ley penal con prisión, pero sí una norma simbólicamente muy importante: por primera vez, el Estado afirmó por escrito que la incitación al odio contra residentes extranjeros, especialmente coreanos, no es aceptable.

En el plano lingüístico, una de las herramientas más interesantes y exportables es el yasashii nihongo —"japonés fácil"—. Surgió originalmente en torno al terremoto de Kobe de 1995, cuando se hizo dolorosamente evidente que los avisos de emergencia, escritos en japonés estándar lleno de palabras de origen chino, no llegaban a buena parte de los residentes extranjeros.

La idea, sencilla, es la de simplificar la lengua oficial sin infantilizarla: frases cortas, gramática básica, palabras de uso común, furigana sobre los kanji difíciles, ejemplos visuales. Hoy, muchos ayuntamientos producen sus comunicaciones —desde el calendario de basura hasta los avisos por tifón— en japonés estándar, en japonés fácil y en varias lenguas extranjeras.

Para los lectores de NDV que aprenden japonés, el yasashii nihongo es, también, una excelente puerta de entrada a la lengua real.

Niños con raíces extranjeras

Donde el sistema sigue cojeando es en la educación de los niños con raíces extranjeras. El número de menores en edad escolar con un idioma materno distinto del japonés se ha disparado en la última década, y solo una parte de ellos recibe el apoyo lingüístico adecuado.

Hay miles de niños que entran al sistema sin las herramientas para seguir las clases, otros tantos que están fuera del sistema sin que nadie lo registre con precisión, y un esfuerzo desigual —brillante en algunos municipios, débil en otros— para garantizar que estos niños puedan estudiar, formarse y prosperar.

Como vimos en el artículo sobre educación, una de las grandes asignaturas pendientes del sistema escolar japonés es, precisamente, acompañar adecuadamente a estos chicos y chicas, que son ya, sin discusión, una parte del futuro del país.

Turismo y el nuevo contacto cotidiano

A toda esta llegada de residentes se le ha sumado, en paralelo, una explosión sin precedentes del turismo internacional. En 2024, Japón superó por primera vez los 36 millones de visitantes anuales, batiendo todos los récords previos, y los planes oficiales hablan de llegar a sesenta millones en 2030.

El impacto económico es enorme —turismo, hostelería, transporte, comercio—, pero el impacto social y cultural también lo es.

Para muchos japoneses de zonas rurales o de ciudades medianas, el turismo masivo ha sido el primer contacto cotidiano con extranjeros en su vida: oír otras lenguas en la cola del konbini, atender peticiones en inglés básico, ver autobuses turísticos con bandera de Vietnam, Indonesia o España aparcados frente al templo del pueblo.

En ciudades como Kioto, Nara, Kanazawa o la propia Tokio, la cuestión se ha vuelto incluso problemática: sobrecarga de transporte público, presión sobre los precios de la vivienda, comportamientos turísticos cuestionables en lugares sagrados, primeras tasas de entrada o medidas de control en zonas muy castigadas.

El sobreturismo está obligando a las administraciones a buscar fórmulas más sofisticadas de distribución y respeto.

Pero, más allá del problema, hay un fenómeno cultural de fondo. Una nueva generación de japoneses está creciendo en un país muy distinto del de sus padres: el "extranjero" ya no es una rareza, sino el compañero de clase, el panadero del barrio, el cuidador de la abuela, el cliente del restaurante familiar.

Y, al mismo tiempo, una nueva generación de extranjeros —residentes y turistas— está descubriendo un Japón en el que cada vez más servicios funcionan en varios idiomas, en el que los formularios traen versiones simplificadas, en el que es razonable esperar atención en inglés en aeropuertos, museos o cadenas grandes.

Es un cambio cultural lento pero real, que conecta directamente con la revolución tecnológica —traducción automática, yasashii nihongo asistido por IA, apps multilingües— que comentamos en el artículo sobre tecnología. El Japón monolingüe está dejando de ser, también, una verdad absoluta.

Frente al mundo hispano

Comparar la situación japonesa con la española e hispanoamericana es, en este tema, especialmente revelador.

España se convirtió en muy pocos años, entre finales de los 90 y los 2010, en uno de los grandes países de inmigración de Europa: hoy, alrededor del catorce por ciento de su población es de origen extranjero, con comunidades muy importantes procedentes de Marruecos, Rumanía, Reino Unido, Ecuador, Colombia, Venezuela, Argentina y, cada vez más, Honduras y otros países hispanoamericanos.

El debate público lleva veinte años centrado en regulaciones, regularizaciones, acceso a la sanidad, reagrupaciones familiares, integración escolar y, claro, también discurso de odio y populismo migratorio.

Comparado con Japón, España va probablemente una generación por delante en este recorrido: ya ha pasado por las grandes fases —llegada masiva, primera generación, segunda generación, hijos plenamente españoles— y por los conflictos, los aprendizajes y las normalizaciones consiguientes. Mucho de lo que se discute hoy en Tokio, Barcelona y Madrid lo discutieron hace diez o quince años.

Hispanoamérica añade matices todavía distintos. México es a la vez un país de emigración hacia Estados Unidos —con millones de personas mexicanas viviendo al norte— y un país de tránsito y de acogida de centroamericanos, especialmente desde la frontera sur.

Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Brasil han recibido en los últimos años a millones de personas venezolanas y haitianas en lo que constituye uno de los desplazamientos más grandes de la historia reciente del continente. Costa Rica, Argentina o Uruguay tienen también historias migratorias propias muy intensas.

En todo este mapa, Japón aparece como un caso atípico: un país rico, demográficamente muy presionado, que durante mucho tiempo se mantuvo al margen y que ahora se está incorporando al fenómeno migratorio global pero con sus tiempos, sus palabras y sus contradicciones.

Como contamos al hablar de familias internacionales, para muchos lectores de NDV este es, además, un tema personal: las decisiones que el Estado japonés tome en los próximos años afectan directamente a parejas y familias hispano-japonesas que ya están en el país o que están pensando en mudarse.

Conclusión: un Japón que cambia

Cuando Laura y Mauricio terminan su paseo por Shin-Ōkubo y se sientan en un pequeño bar coreano regentado por una familia zainichi de tercera generación, mientras dos cocineros vietnamitas trabajan al fondo de la barra y entra una clienta nepalí que pide en japonés perfecto, Mauricio le dice algo que resume bastante bien el momento histórico: "*Japón está aprendiendo a ser otro tipo de Japón.

Y lo está haciendo deprisa, aunque finja que no se da cuenta.*" Esa es probablemente la mejor manera de cerrar este artículo.

El país que durante generaciones se presentó —y se sintió— como una sociedad homogénea está atravesando una transformación demográfica y cultural enorme: cerca de cuatro millones de residentes extranjeros, una generación joven cada vez más mestiza, una reforma laboral histórica en marcha para 2027, comunidades viejas y nuevas que están escribiendo, juntas, los próximos capítulos.

No será un camino fácil. Quedan muchas asignaturas pendientes: una ley migratoria moderna que llame a las cosas por su nombre, una política de integración mejor financiada y más sistemática, un trato más digno a quienes vienen a cuidar a los mayores, a recoger las cosechas, a limpiar las habitaciones de hotel, a conducir los camiones.

Quedan también riesgos: el de un populismo antimigratorio en alza —común en todo el mundo—, el de una sociedad de doble velocidad en la que los recién llegados queden atrapados en los peores empleos, el de una segunda generación que crezca con sentimientos encontrados sobre su lugar en el país.

Pero también hay enormes oportunidades: una sociedad más rica culturalmente, una economía más dinámica, una red de puentes con países —en Asia, en Latinoamérica, en Europa— que durante mucho tiempo Japón miró de reojo.

En el próximo y último artículo de esta serie sobre la sociedad japonesa contemporánea cerraremos el ciclo asomándonos al protagonista del Japón que viene: la generación Z y, más allá, el horizonte 2050.

Una generación que ha crecido ya con compañeros de origen brasileño, vietnamita o nepalí en la escuela, con TikTok como salón global, con la urgencia climática como conversación cotidiana y con la consciencia de que el país que heredan no se parecerá demasiado al de sus abuelos.

Pero antes de cerrar este capítulo, vale la pena quedarse con la imagen del principio: un par de jóvenes, una española y un mexicano, caminando por Shin-Ōkubo entre letreros en cinco idiomas, dándose cuenta de que el Japón que han venido a estudiar ya es, también, su propio reflejo.

Esa imagen —tan inesperada y tan obvia a la vez— es, también, parte de la respuesta a la pregunta que muchos lectores de NDV se hacen cada vez con más frecuencia: ¿podría yo, podríamos nosotros, vivir aquí? La respuesta, cada año que pasa, está un poco más cerca de un sí razonable.

Inmigración y Sociedad Multicultural: el Japón que Cambia [2026]