Son las siete y media de la mañana en un piso de Tokio, y Carla —madrileña casada con Hiroshi— despide a su marido en la puerta. Él sale impecable: traje oscuro, corbata, zapatos lustrados, maletín. "¿Crees que hoy llegarás a las siete para cenar?", le pregunta ella. Hiroshi sonríe sin demasiada convicción: "Si no se alarga la reunión de la tarde...".
Carla piensa en su hermano, en Madrid, que entra a las nueve y sale a las seis, y en lo lejos que queda todo eso de aquí. Desde la ventana ve a su marido sumarse al río de oficinistas que baja hacia la estación: cientos de personas con traje, mascarilla y cara de sueño, avanzando en silencio hacia un tren que vendrá lleno hasta los topes. "¿Y todo esto para qué?", piensa en voz alta.
Hiroshi, ya en el ascensor, contesta a medias: "Por la empresa, por la familia... por encontrarle un sentido a lo que uno hace".
Esa escena cotidiana es la puerta de entrada a uno de los temas más importantes —y más reveladores— de la sociedad japonesa: el trabajo.
Pocas cosas dicen tanto de un país como su manera de trabajar, y la japonesa es famosa en el mundo entero, para bien y para mal: por su disciplina y su entrega legendarias, pero también por sus jornadas interminables y por una palabra que ha cruzado fronteras precisamente por lo sombría que es, karoshi, la "muerte por exceso de trabajo".
Entender cómo se trabaja en Japón es entender buena parte de cómo es, de verdad, la vida cotidiana del país, y resulta especialmente útil para cualquiera que sueñe con trabajar allí o que tenga una pareja japonesa.
En este artículo, segundo de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, recorreremos el mundo laboral japonés entero: la figura mítica del salaryman y los pilares del empleo tradicional, los dos grandes modelos de contratación, el doloroso fenómeno del karoshi y el caso que cambió el país, la gran reforma laboral, los datos que aún no mejoran, el acalorado debate actual y las nuevas formas de trabajo.
Todo ello con una mirada comparada con el mundo hispano, donde se trabaja de una manera muy distinta.
El salaryman: símbolo del Japón de posguerra
Para entender el trabajo en Japón hay que empezar por una figura: el salaryman (サラリーマン). La palabra es un invento japonés a partir del inglés —salary, "salario", y man, "hombre"— y designa al empleado de oficina a sueldo fijo que fue el gran protagonista del milagro económico de la posguerra.
Pero el salaryman es mucho más que una categoría laboral: es casi una identidad y un modo de vida.
Mientras que en español un "empleado" es simplemente alguien que tiene un empleo, el salaryman japonés ha sido durante décadas un personaje cultural completo, con su uniforme (el traje oscuro), su ritual diario (el tren abarrotado, las largas horas, las copas con los compañeros) y su lugar en el imaginario del país, retratado en incontables películas, mangas y series.
El salaryman encarnó un pacto: el trabajador entregaba a la empresa su lealtad y su tiempo —a menudo, casi toda su vida despierta— y, a cambio, la empresa le daba seguridad y un lugar en el mundo. Ese pacto sostuvo el ascenso de Japón hasta convertirse en una potencia económica, pero también sembró muchos de los problemas que arrastra hoy.
Para profundizar en este universo, ya le dedicamos un artículo entero a la cultura laboral japonesa; aquí nos centraremos en cómo está cambiando. Y para entender el cambio, primero hay que conocer los tres pilares sobre los que se construyó.
Los tres pilares del empleo tradicional
El modelo laboral japonés clásico se apoyaba en lo que a veces se llama, con cierta ironía, los "tres tesoros sagrados" del empleo.
El primero es el empleo de por vida (shūshin koyō): la idea de que uno entra en una empresa al terminar los estudios y se queda en ella hasta la jubilación, sin cambiar de compañía en toda su carrera, como contamos en el artículo sobre el empleo vitalicio.
El segundo es el salario por antigüedad (nenkō joretsu): el sueldo y los ascensos dependen, sobre todo, de los años que llevas en la empresa y de tu edad, más que de tu rendimiento individual.
Y el tercero es la contratación masiva de recién graduados (shinsotsu ikkatsu saiyō): las empresas reclutan en bloque, una vez al año, a estudiantes que aún no se han graduado, en ese ritual del shūkatsu o "caza de empleo" que detallamos en otro artículo y que no tiene equivalente en el mundo hispano.
Estos tres pilares dieron a Japón una estabilidad envidiable durante décadas, pero hoy se tambalean. Con la economía estancada y la población menguante, mantener el empleo de por vida se ha vuelto cada vez más caro para las empresas; de hecho, líderes empresariales de primera fila han admitido abiertamente, en los últimos años, que ya no es sostenible garantizar un puesto para toda la vida.
El salario por antigüedad pierde fuerza frente a sistemas basados en méritos, y el reclutamiento masivo de graduados empieza a convivir con contrataciones a lo largo de todo el año.
A esto se suma una realidad cada vez más extendida: hoy más de un tercio de los trabajadores japoneses tiene contratos no fijos —temporales, a tiempo parcial, de agencia—, con sueldos y protección mucho menores, una dualidad que ya exploramos al hablar de los distintos tipos de empleo. El viejo modelo no ha muerto, pero ya no es la única norma.
Membership o job: dos maneras de emplear
Detrás de estos cambios hay un debate de fondo muy interesante, entre dos maneras opuestas de entender el empleo, y que conviene conocer porque explica muchas diferencias con el mundo hispano.
El modelo japonés tradicional es lo que se llama de tipo membership, de "pertenencia": la empresa no te contrata para un puesto concreto, sino que te incorpora como miembro de la organización, y luego te va asignando tareas y trasladando de un departamento a otro a lo largo de los años.
El trabajador es un generalista flexible que "hace de todo" y cuya identidad profesional es, ante todo, "ser de tal empresa". No hay una descripción precisa del puesto; se espera disponibilidad y adaptación.
| Modelo membership (tradicional japonés) | Modelo job (occidental) | |
|---|---|---|
| Se contrata para... | ser miembro de la empresa | un puesto concreto |
| Perfil | generalista, polivalente | especialista |
| Tareas | cambiantes, sin definición fija | definidas por escrito |
| Identidad | "soy de tal empresa" | "soy tal profesión" |
El modelo job, en cambio —el habitual en España, Latinoamérica y el mundo anglosajón—, contrata a alguien para un puesto definido, con sus funciones por escrito: eres "responsable de marketing" o "ingeniero de tal cosa", y eso es lo que haces.
Favorece la especialización, facilita el cambio de empresa y tiende a respetar mejor el horario, porque el trabajo se acaba cuando se acaban tus tareas. En los últimos años, muchas grandes empresas japonesas han empezado a adoptar elementos del modelo job, atraídas por su claridad y su mejor conciliación.
Pero el cambio es lento y difícil, porque el modelo de pertenencia está entretejido con toda la cultura de la empresa japonesa: la lealtad, el grupo, las largas horas como muestra de compromiso. Y esas largas horas tienen, a veces, un precio terrible.
Karoshi: cuando el trabajo mata
Llegamos a la palabra que ha hecho tristemente famosa a la cultura laboral japonesa en todo el mundo: karoshi (過労死), literalmente "muerte por exceso de trabajo".
El término designa los casos en que una persona muere —por un infarto, una hemorragia cerebral u otras dolencias desencadenadas por el agotamiento extremo— o se quita la vida como consecuencia directa de unas condiciones laborales insoportables.
Es un fenómeno tan específico y tan arraigado que la propia palabra japonesa se usa hoy en otros idiomas, sin traducir, como ya vimos al hablar de las horas extra y el karoshi.
El karoshi no es una leyenda urbana ni un problema del pasado: es una realidad documentada que el propio Estado japonés reconoce y mide. De hecho, Japón fue pionero en el mundo al aprobar, en 2014, una ley específica para prevenir la muerte por exceso de trabajo, que obliga al gobierno a investigar el fenómeno y a actuar contra él.
Las autoridades llevan estadísticas oficiales de los casos reconocidos como accidente laboral por exceso de trabajo, y publican campañas de concienciación con lemas tan crudos como "la vida, antes que el trabajo". Que un país desarrollado necesite una ley con ese nombre dice mucho de la magnitud del problema.
Y, sin embargo, hizo falta una tragedia concreta, con nombre y apellidos, para que la sociedad japonesa decidiera, por fin, plantarle cara en serio.
El caso que cambió Japón
En diciembre de 2015, una joven de 24 años, empleada en su primer año en una de las mayores agencias de publicidad del país, se quitó la vida tras meses de un agotamiento extremo: acumulaba muchísimas horas extra al mes, salía de la oficina de madrugada de forma habitual y sufría, además, acoso por parte de superiores.
Las autoridades laborales reconocieron oficialmente su muerte como un caso de karoshi, atribuido a una carga psíquica excesiva derivada del trabajo. Por respeto, aquí basta con decir que su historia conmocionó a Japón entero.
El caso tuvo una repercusión enorme, dentro y fuera del país: medios de todo el mundo lo cubrieron, y la palabra karoshi volvió a recorrer los titulares internacionales como símbolo de lo que puede llegar a ser la cultura del exceso laboral. La empresa fue procesada por vulnerar la ley laboral, su presidente dimitió y se desató un debate nacional sobre las condiciones de trabajo.
Pero lo más importante fue lo que vino después: la madre de la joven decidió hacer pública la historia de su hija y se convirtió en una voz incansable contra el karoshi, dando rostro a un drama que durante demasiado tiempo había permanecido en la sombra.
Su lucha, unida a la de otras muchas familias de víctimas, empujó al gobierno a convertir la reforma de las condiciones de trabajo en una prioridad política. De aquella tragedia nació un cambio histórico.
La reforma laboral de 2019
A raíz de aquel clima, el gobierno aprobó en 2018 un gran paquete de reforma laboral (hatarakikata kaikaku, "reforma de la manera de trabajar"), que entró en vigor a partir de 2019 y que supuso el mayor cambio en la legislación laboral japonesa en décadas.
Su medida estrella, y la más sonada, fue poner por primera vez un límite legal con sanciones a las horas extra: en condiciones normales, el tope quedó fijado en torno a las 45 horas extra al mes y 360 al año, con márgenes excepcionales que, aun así, no pueden superar las 100 horas en un mes ni una media de 80 en varios meses seguidos.
Puede parecer mucho —y lo es—, pero hasta entonces, increíblemente, no existía un techo legal real. Tratamos esta reforma y su filosofía de conciliación en el artículo sobre la reforma laboral y el equilibrio entre trabajo y vida.
La reforma incluía más cosas: la obligación de que todos los trabajadores disfruten de al menos unos días de vacaciones pagadas al año —algo que antes muchos japoneses no hacían, por presión social—, el principio de "igual salario por igual trabajo" para reducir la brecha entre fijos y temporales, y medidas para fomentar horarios más flexibles.
Los resultados han sido reales pero modestos: la media de horas trabajadas ha bajado algo, y el porcentaje de vacaciones que la gente realmente se toma ha subido hasta máximos históricos, aunque sigue lejos de lo normal en Europa. El problema es que, mientras las cifras oficiales mejoraban poco a poco, otras seguían empeorando.
Los números que no terminan de mejorar
Aquí está la cara incómoda de la realidad: pese a la reforma, los datos sobre daños a la salud por el trabajo no dejan de crecer. Según las cifras oficiales del Ministerio de Trabajo, en el año fiscal 2024 el número de casos reconocidos como accidente laboral por exceso de trabajo o estrés laboral alcanzó un récord histórico, superando los 1.300.
Y lo más alarmante es el desglose: los casos de trastornos mentales reconocidos como laborales —depresiones, ansiedad y otros cuadros, a menudo ligados al acoso— superaron por primera vez el millar, batiendo su propio récord por sexto año consecutivo. A ellos se suman cientos de casos de enfermedades cardíacas y cerebrales por sobrecarga, varias decenas de ellas mortales.
¿Cómo es posible, si hay un tope legal de horas? Porque la realidad laboral encuentra grietas: el trabajo que se sigue haciendo en casa sin declarar, las horas no registradas, la presión que no aparece en ninguna estadística.
A esto se suma el llamado "problema de 2024": ese año, las normas de límite de horas extra empezaron a aplicarse por fin a sectores que hasta entonces estaban exentos, como el transporte por carretera, la construcción y la medicina.
Era una buena noticia para esos trabajadores, pero tuvo un efecto colateral: la escasez de camioneros y de personal sanitario, ya tensa por el envejecimiento, se agravó, amenazando la cadena de suministros y la atención médica en las zonas rurales. Reducir las horas en un país que se está quedando sin trabajadores es, también, un rompecabezas.
El debate de hoy: ¿flexibilizar o proteger?
Y así llegamos al presente, donde el debate está más vivo que nunca.
A finales de 2025, el nuevo gobierno —encabezado, como vimos, por la primera mujer al frente del Ejecutivo japonés— planteó revisar y flexibilizar parte de la regulación de la jornada laboral, con el argumento de permitir formas de trabajo más diversas y de dejar trabajar más a quien quiera y pueda hacerlo, siempre, según el planteamiento oficial, salvaguardando la salud.
La propuesta abrió de inmediato una fuerte controversia.
Los sindicatos —empezando por la principal confederación del país— reaccionaron con dureza, advirtiendo de que relajar los límites supondría un "retroceso" en la lucha contra las jornadas excesivas y que el riesgo de más karoshi es demasiado alto para jugar con él; las asociaciones de familias de víctimas se opusieron de plano.
Los partidarios de la flexibilización, en cambio, sostienen que el mundo laboral ha cambiado, que el teletrabajo y las nuevas profesiones piden horarios más adaptables, y que no se debe tratar a todos los trabajadores como si necesitaran la misma protección.
Es un debate genuino, con razones a ambos lados, que toca una pregunta de fondo: ¿cómo se equilibra la libertad de trabajar con la necesidad de proteger a quien no puede decir que no? De momento, la cuestión sigue abierta, sin una reforma legal cerrada, y promete marcar la política laboral japonesa de los próximos años.
Teletrabajo y nuevas formas de trabajar
Mientras se libra ese debate, la propia manera de trabajar ha cambiado más en pocos años que en décadas, sobre todo por un acelerador inesperado: la pandemia.
Antes de 2020, el teletrabajo era casi anecdótico en Japón, frenado por una cultura muy presencial —donde "estar en la oficina" se confundía a menudo con "trabajar"— y por obstáculos tan tangibles como el papeleo, el fax y el hanko, el sello de tinta que aún sustituye a la firma en muchos trámites.
Cuando llegó la emergencia sanitaria, las empresas tuvieron que improvisar el trabajo a distancia de un día para otro, y el país descubrió de golpe que muchas cosas podían hacerse desde casa.
Pasada la emergencia, Japón no ha vuelto del todo a la oficina ni se ha quedado en casa: lo más extendido hoy es un modelo híbrido, con parte de la semana presencial y parte remota, sobre todo en las grandes empresas y las grandes ciudades.
El cambio tiene sus tensiones muy japonesas: jefes incómodos por no "ver" trabajar a su equipo, dificultades para formar a los novatos a distancia, y la vieja frontera entre el trabajo y la vida que se difumina cuando la oficina es el salón de casa —un problema agravado por lo pequeñas que suelen ser las viviendas—.
Aun así, el teletrabajo ha abierto posibilidades nuevas, especialmente valiosas para las familias internacionales, que pueden, por ejemplo, organizarse mejor entre dos países y dos husos horarios.
Salarios, ikigai y la pregunta de fondo
Queda una pieza clave: el dinero, y el sentido. Durante las llamadas "tres décadas perdidas", el salario medio japonés se mantuvo prácticamente congelado —un trabajador medio ganaba a comienzos de los años noventa más o menos lo mismo que hace muy poco—, algo insólito entre los países ricos y que explica buena parte del malestar laboral.
La buena noticia es que esto ha empezado a cambiar: en las últimas negociaciones colectivas, los sindicatos han arrancado las mayores subidas salariales en más de treinta años, impulsadas por la inflación y la escasez de mano de obra.
A los sueldos se suman, en el empleo tradicional, dos pagas extra al año —las bonus de verano e invierno, que pueden equivaler a varios meses de salario— y un sistema de prestaciones que recuerda, en parte, a las pagas extra y los complementos del mundo hispano.
Pero detrás de las cifras late una pregunta más honda: ¿para qué se trabaja? Aquí aparece un concepto japonés que ha dado la vuelta al mundo, el ikigai, esa "razón de ser" o "razón para levantarse por la mañana" que muchos japoneses buscan, también, en su trabajo.
En su mejor versión, el ikigai es algo hermoso: encontrarle un sentido profundo a lo que uno hace. En su peor versión, sin embargo, ha servido para justificar el sacrificio sin límites por la empresa, confundiendo el "sentido" con la entrega total.
El gran reto del Japón laboral de hoy es, quizá, ese: conservar lo bueno de su ética del trabajo —la seriedad, el cuidado, el orgullo por las cosas bien hechas— sin pagar por ello el precio del karoshi. Separar el ikigai de la autodestrucción.
Frente al mundo hispano y conclusión
Para un lector hispanohablante, el contraste es enorme y muy revelador. En España y buena parte de Latinoamérica, pese a sus propios problemas laborales, la cultura tiende a separar mucho más el trabajo de la vida: el horario tiene un final, las vacaciones largas se dan por sentadas, y nadie esperaría que alguien entregara a su empresa la vida entera.
Donde el salaryman japonés vive para trabajar, el tópico —exagerado pero revelador— dice que el trabajador hispano trabaja para vivir. Ninguna de las dos culturas es perfecta: la japonesa puede aprender de la hispana a proteger mejor la vida personal, y la hispana, quizá, de la japonesa, cierto sentido del cuidado y la responsabilidad.
En las parejas mixtas, esta diferencia es una de las que más hay que negociar: muchos cónyuges hispanohablantes tardan en entender por qué su pareja japonesa vuelve tan tarde, y muchos japoneses se asombran de las vacaciones y la sobremesa del otro lado.
Cuando Hiroshi volvió aquella noche —pasadas las nueve, al final—, Carla no lo recibió con reproches, sino con una curiosidad nueva: empezaba a entender el mundo del que venía su marido, con sus durezas y también con su extraño sentido.
El Japón laboral es un país en plena transformación, atrapado entre una tradición de entrega admirable y agotadora y la necesidad urgente de cambiar; entre el viejo salaryman y las nuevas formas de trabajar; entre flexibilizar y proteger.
Conocerlo de verdad —sin idealizar su disciplina ni reducirlo todo al karoshi— es imprescindible para cualquiera que quiera vivir, trabajar o formar una familia en relación con Japón.
En el próximo artículo retrocederemos un paso en la vida de cualquier trabajador japonés para mirar de dónde sale todo esto: el sistema educativo, con su famosa presión de los exámenes, sus luces deslumbrantes y sus sombras dolorosas. Porque para entender cómo trabaja un país, primero hay que entender cómo educa a sus hijos.
Pero, antes de pasar página, quédate con la imagen de ese río de trajes bajando hacia la estación al amanecer, y con la pregunta que se hacía Carla mirándolo: ¿para qué trabajamos, en realidad? Japón, mejor que casi nadie, nos obliga a planteárnosla.