En una soleada tarde de primavera, Carlos —periodista español afincado en Tokio— camina entre miles de personas por el parque Yoyogi. Hay banderas arcoíris ondeando, carrozas decoradas, embajadas extranjeras con sus puestos —España entre ellas, junto a México, Estados Unidos, Alemania o Países Bajos— y empresas japonesas repartiendo abanicos con sus logos coloreados.
Es el Tokyo Rainbow Pride, la mayor celebración LGBTQ+ del país, y este año ha vuelto a batir su propio récord de asistencia, con cifras que rondan ya los cientos de miles. A su lado camina su amigo Mauricio, mexicano casado en su país con su pareja japonesa Hiroshi. "Es precioso", dice Mauricio mirando alrededor, "pero ¿sabes lo más raro? Que aquí, en Japón, mi matrimonio no existe.
En México sí. En España sí. Aquí, no". Carlos se queda pensando en esa frase: la mayor democracia asiática rica, el país que se enorgullece de su modernidad, es también el único miembro del G7 que todavía no reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Esa paradoja —un país visiblemente moderno, con un Tokyo Rainbow Pride enorme y con casi todos los municipios reconociendo a las parejas del mismo sexo, pero sin matrimonio igualitario a nivel nacional— es el tema de este artículo.
La diversidad LGBTQ+ en Japón es uno de los terrenos donde mejor se ve esa tensión típicamente japonesa entre tradición y cambio: una sociedad que avanza muy deprisa por debajo y muy despacio por arriba, donde los tribunales superiores empiezan a hablar mientras el Parlamento se mantiene en silencio, y donde las empresas y las ciudades van por delante del Estado.
En este artículo, sexto de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea y prolongación natural del artículo sobre género, recorreremos el tema entero: una historia mucho más larga de lo que parece, las seis demandas históricas por el matrimonio igualitario, la silenciosa revolución de los registros municipales, la ley de "comprensión" de 2023, la situación de las personas trans, la cultura visible y la comparación —reveladora—
con el mundo hispano. Es, otra vez, la historia de un país a medio camino.
Una historia más larga de lo que parece
Conviene empezar por algo que casi nadie sabe fuera de Japón: la cultura japonesa no es, históricamente, una cultura hostil a las relaciones entre personas del mismo sexo.
Durante siglos, sobre todo en el periodo Edo (1603-1868), existió una tradición conocida como shudō —literalmente, "el camino de los jóvenes"— de relaciones entre samuráis adultos y jóvenes guerreros, considerada incluso una forma noble de aprendizaje.
En las ciudades existían también los kagema-jaya, casas de té con jóvenes acompañantes masculinos, y el teatro kabuki, todavía hoy, mantiene la figura del onnagata: el actor varón especializado en interpretar papeles femeninos con una técnica extraordinariamente refinada. Esa fluidez no se vivía como un escándalo, sino como una parte aceptada del paisaje cultural.
Lo que cambió radicalmente las cosas fue la modernización Meiji a finales del siglo XIX. En su prisa por presentarse como una potencia "respetable" ante Occidente, Japón importó la moral victoriana europea, y con ella, la sospecha hacia la homosexualidad.
Durante un breve periodo se llegó incluso a criminalizar el sexo entre hombres, y aunque pronto se despenalizó, el daño cultural ya estaba hecho: lo que durante siglos había sido visible, pasó a ser tabú.
En la posguerra esa invisibilidad se mantuvo, pero por debajo de la superficie fue surgiendo una vida propia: el barrio de Shinjuku Ni-chōme en Tokio se convirtió en la mayor concentración de bares y locales LGBTQ+ de toda Asia, escritores como Mishima Yukio exploraban la homosexualidad en novelas como Confesiones de una máscara (1949), y, ya en los años noventa, en 1994, salía por primera vez a la calle una marcha del Orgullo en Tokio con apenas un millar de personas.
De aquel primer puñado a las multitudes actuales han pasado solo unas tres décadas: el cambio ha sido tan rápido que muchos lectores hispanohablantes lo viven con sorpresa.
Seis demandas por el matrimonio igualitario
El cambio más importante de los últimos años ha llegado, sin embargo, no por la calle, sino por los tribunales. El 14 de febrero —San Valentín— de 2019, varias parejas del mismo sexo presentaron simultáneamente demandas contra el Estado japonés en cinco tribunales del país: Sapporo, Tokio, Nagoya, Osaka y Fukuoka. Más tarde se sumó una sexta demanda en Tokio.
Su argumento era el mismo: la prohibición de hecho del matrimonio entre personas del mismo sexo —que se desprende de los códigos civil y de registro familiar— viola la Constitución japonesa, en particular los artículos sobre la igualdad ante la ley (art. 14), la libertad de matrimonio (art. 24) y el derecho a la búsqueda de la felicidad (art. 13).
El movimiento que reúne a estas familias se llama, en inglés, Marriage For All Japan, y se ha convertido en uno de los símbolos de la lucha por los derechos civiles en el país.
Las sentencias se han ido sucediendo a lo largo de los años, primero en los tribunales de primera instancia y, después, en los tribunales superiores. La de marzo de 2021 —Sapporo— fue histórica: un tribunal japonés declaró por primera vez inconstitucional la falta de matrimonio igualitario.
Después llegó Osaka (que falló a favor del Estado), y otras sedes que hablaron de "estado inconstitucional" sin atreverse a la declaración plena. Pero la verdadera sacudida vino en los tribunales superiores: en la primavera de 2024, el Alto Tribunal de Sapporo confirmó la inconstitucionalidad. Después llegaron Tokio, Fukuoka, Nagoya y Osaka, todos en la misma dirección.
La sentencia de Fukuoka añadió, además, el argumento del derecho a la búsqueda de la felicidad. Solo un tribunal superior —el de la segunda demanda de Tokio, ya hacia finales de 2025— se ha desmarcado declarando la situación conforme a la Constitución.
El resultado es de una rotundidad poco común en la cultura judicial japonesa, famosa por su prudencia: la inmensa mayoría de los tribunales superiores del país han dicho que el Estado está violando la Constitución. Falta solo el Tribunal Supremo, que reunirá los casos en su Sala Plena y previsiblemente dictará en un futuro próximo una sentencia histórica.
Si confirma la inconstitucionalidad, el Parlamento quedará obligado a legislar, y Japón pasaría a sumarse, por fin, al grupo de países que reconocen el matrimonio igualitario. Si va en sentido contrario, la batalla se trasladará entera al terreno político. El propio Colegio de Abogados de Japón ha pedido públicamente al legislador que actúe sin esperar más.
Partnerships: la revolución desde los municipios
Mientras los tribunales y el Parlamento avanzaban a su ritmo, los ayuntamientos de Japón hicieron algo muy japonés: tomar la iniciativa por su cuenta.
En noviembre de 2015, dos distritos de Tokio —Shibuya y Setagaya— pusieron en marcha el primer "sistema de certificado de pareja" (pātonāshippu seido) del país, un mecanismo por el cual el ayuntamiento reconoce oficialmente a una pareja del mismo sexo, le entrega un documento y la trata como pareja en los servicios municipales: hospitales, viviendas públicas, trámites diversos.
No es un matrimonio: no tiene efectos en el derecho de herencia, en la fiscalidad, en el estatus migratorio del cónyuge extranjero ni en la mayoría de los grandes asuntos que regula el Estado central. Pero es un reconocimiento público, y eso, en una sociedad como la japonesa, importa muchísimo.
Lo que ocurrió a continuación fue una de esas avalanchas silenciosas tan típicas de Japón: lo que empezó en dos distritos se contagió a otros municipios, después a ciudades enteras, después a prefecturas.
En unos pocos años, el sistema pasó de cubrir a una fracción mínima de la población a cubrir, hoy, a la inmensa mayoría del país: más de quinientos municipios participan, las cuatro grandes ciudades —Tokio, Yokohama, Osaka, Nagoya, Fukuoka, Sapporo— están todas dentro, y la cobertura de población supera ya el 90 %.
Hay además miles de parejas que han usado el certificado, una cifra que crece año tras año. Como vimos en el artículo sobre la sociedad japonesa contemporánea, una de las claves del país son sus gobiernos locales: cuando el Estado central se atasca, son las ciudades las que mueven el país, y este es uno de los mejores ejemplos.
Conviene no idealizar el sistema, sin embargo. La gran limitación es estructural: los partnerships municipales no son matrimonio, y por tanto no afectan a lo que el Estado central decide.
Una pareja certificada en Shibuya seguirá sin heredar entre sí sin testamento, sin desgravar fiscalmente, sin poder traer a su cónyuge extranjero con un visado de pareja, sin poder adoptar conjuntamente, sin que la seguridad social los trate como familia.
Por eso, junto a las parejas que celebran el certificado, hay muchas otras que lo viven con sentimientos encontrados: les sirve para el día a día, pero les recuerda, cada vez, lo que el Estado todavía les niega. El sistema municipal y la sentencia futura del Tribunal Supremo son, en realidad, dos caras del mismo proceso.
2023: la Ley de Comprensión LGBT
A nivel nacional, el avance más visible de los últimos años llegó en junio de 2023, justo antes de la cumbre del G7 que Japón acogía en Hiroshima.
Bajo una presión internacional muy concreta —Japón era, también entonces, el único miembro del G7 sin marco legal para la diversidad sexual—, el Parlamento aprobó la conocida como "Ley de Promoción del Entendimiento sobre la Diversidad de Orientación Sexual e Identidad de Género", abreviada como Ley LGBT de Comprensión.
Fue la primera vez que una ley nacional reconocía expresamente a las personas LGBTQ+ en el país.
Su contenido, sin embargo, ha sido objeto de fuertes críticas, sobre todo por parte de las propias organizaciones LGBTQ+.
La ley es, esencialmente, una declaración de principios: afirma que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos fundamentales con independencia de su orientación sexual o identidad de género, pide a las administraciones que promuevan la "comprensión" social y a las empresas que hagan esfuerzos de buena fe.
Pero no es una ley antidiscriminación: no prohíbe expresamente la discriminación, no establece sanciones, no crea recursos legales para las víctimas.
En el proceso parlamentario se introdujeron además fórmulas exigidas por el ala más conservadora —como la mención al "entendimiento de todos los ciudadanos"— que muchas asociaciones LGBTQ+ leyeron como una manera sutil de equiparar la "tranquilidad" de la mayoría a los derechos de la minoría.
El resultado es un texto ambivalente. Para una parte de la sociedad japonesa, la ley es un paso histórico: Japón tiene por fin un marco legal con las letras "LGBT" en el título, algo impensable hace una década.
Para muchas asociaciones del colectivo, en cambio, es un texto insuficiente y casi simbólico, que llega tarde y se queda corto, y que no responde a lo que el país necesita: una ley de igualdad real que prohíba la discriminación y reconozca el matrimonio. Probablemente las dos lecturas tengan razón.
Como tantas reformas japonesas, la ley de 2023 es un primer paso pequeño, hecho a la manera del país: sin estridencias, sin rupturas y sin resolver el fondo del asunto.
Trans: una Ley Especial y un fallo histórico
Una mención aparte merece la situación de las personas trans, que en Japón tiene una historia legal propia. En 2003, mucho antes de cualquier debate sobre matrimonio igualitario, el Parlamento aprobó la Ley de Casos Especiales sobre el Tratamiento del Género de las Personas con Disforia de Género, conocida en la práctica como la Ley Especial de Disforia de Género.
Fue una norma pionera en Asia que permitía cambiar legalmente el sexo registrado en el koseki, el registro familiar japonés, pero a cambio imponía cinco requisitos extraordinariamente duros: ser mayor de edad, estar soltero, no tener hijos menores, no tener capacidad reproductiva y haber recibido una cirugía de reconstrucción genital.
En la práctica, eso significaba que cambiar legalmente de género en Japón exigía pasar por una esterilización quirúrgica y por intervenciones físicas muy invasivas, con un coste sanitario y económico altísimo.
Durante años, organizaciones internacionales —empezando por la ONU— y asociaciones de personas trans denunciaron que esos requisitos vulneraban derechos humanos fundamentales. El cambio decisivo llegó en octubre de 2023, cuando el Tribunal Supremo de Japón, reunido en Sala Plena, declaró inconstitucional el requisito de carecer de capacidad reproductiva.
La sentencia, unánime, supone un giro histórico: dos décadas después de la ley de 2003, el más alto tribunal del país dijo claramente que no se puede obligar a alguien a esterilizarse para que el Estado reconozca su género. El requisito relacionado con la forma de los genitales fue, posteriormente, también declarado inconstitucional por un tribunal superior.
El Parlamento tendrá que reformar la ley, y el camino apunta —al fin— hacia un sistema más respetuoso con la autodeterminación de la persona.
Otro frente importante es el laboral. En julio de 2023, el mismo Tribunal Supremo dio la razón a una mujer trans, funcionaria del Ministerio de Economía, a la que se le había restringido el uso del baño femenino en su lugar de trabajo. Fue la primera vez que el alto tribunal pronunciaba un fallo en este tipo de litigios.
La sentencia obligó a las administraciones y empresas a revisar sus políticas y abrió la puerta a una nueva generación de litigios sobre uniformes, vestuarios y trato cotidiano. Como vimos en el artículo sobre el trabajo en Japón, el centro laboral es, en este país, una parte enorme de la vida; por eso lo que se decide allí pesa especialmente.
Tokyo Rainbow Pride y la visibilidad
Volvamos al parque Yoyogi del principio. El Tokyo Rainbow Pride es hoy el mayor escaparate del activismo y la cultura LGBTQ+ en Japón, pero detrás de su tamaño actual hay un recorrido lento.
La primera marcha del Orgullo de Tokio, en 1994, reunió a poco más de un millar de personas; durante años, el evento desapareció y reapareció varias veces hasta consolidarse en la década de 2010 con su nombre actual.
Hoy se celebra cada primavera, dura dos jornadas, llena el parque entero y arrastra a una cifra de visitantes que se mide ya en cientos de miles, con un desfile de miles de personas, decenas de embajadas, centenares de puestos comunitarios y una participación masiva de empresas, desde gigantes nacionales hasta multinacionales con sede en Japón.
Más allá de Tokio, hay marchas del Orgullo en Osaka (la Kansai Rainbow Parade), Fukuoka, Sapporo, Nagoya y Okinawa, entre otras. La cultura del Orgullo se ha incorporado al calendario japonés con una naturalidad que sorprende cuando se piensa en lo conservador de la política nacional.
Y se nota también en lo que se ha llamado el "mercado del Orgullo corporativo": cada año, una iniciativa llamada work with Pride publica un índice PRIDE que evalúa a las empresas japonesas en función de sus políticas LGBTQ+ —prestaciones para parejas del mismo sexo, formación, redes internas, declaración antidiscriminación—, y cientos de empresas, muchas de ellas perfectamente reconocibles desde fuera (electrónica, automoción, comercio, banca), reciben cada año la categoría máxima.
Las grandes empresas japonesas, en este terreno, han ido por delante de la ley.
Tampoco habría que olvidar Ni-chōme. El barrio de Shinjuku 2-chōme, en pleno corazón de Tokio, sigue siendo la mayor concentración de locales LGBTQ+ de Asia y un lugar de peregrinación cultural para personas del colectivo de toda la región.
Más allá del bar y de la noche, el barrio es también un símbolo: un lugar donde, durante décadas, lo que en el resto del país era invisible se hizo visible, y donde generaciones enteras de jóvenes japoneses encontraron por primera vez una comunidad. En la era de las redes sociales, su importancia ha cambiado, pero no su valor simbólico.
Medios, cultura popular y empresas
Quien sigue Japón desde el mundo hispano lo ha notado: en los últimos años la representación LGBTQ+ ha entrado de lleno en la cultura popular japonesa.
Series como Ossan's Love, sobre una historia de amor entre tres hombres en una oficina, se convirtieron en fenómenos televisivos; Kinō Nani Tabeta? ("¿Qué comiste ayer?"), basada en un manga muy popular, retrata con normalidad la vida cotidiana de una pareja de hombres gays en Tokio; y series matinales de la NHK, las célebres asadora, han incluido recientemente tramas con personajes lésbicos tratados con respeto y profundidad.
En el manga y en el anime, géneros enteros como el BL (Boys' Love, romance entre hombres) y el yuri (romance entre mujeres) llevan décadas circulando, ahora con una repercusión internacional muy grande.
Como contamos al hablar de los géneros del anime, el manga japonés ha sido, durante mucho tiempo, un terreno donde se podían contar historias que el resto de los medios callaba.
A todo eso hay que añadir la enorme presencia mediática de personalidades del colectivo. Figuras como Matsuko Deluxe, una de las personas más vistas de la televisión japonesa, IKKO o Haruna Ai, llenan la pantalla a horas de máxima audiencia y son tratadas con naturalidad por el gran público.
En la calle, esta visibilidad coexiste con un fondo cultural muy arraigado de discreción sobre la vida privada: muchas personas LGBTQ+ japonesas siguen sin "salir del armario" en el trabajo o ante sus familias, no tanto por miedo a la agresión —Japón es, en general, un país seguro— como por una cultura del "no incomodar al otro" que pesa especialmente en el ámbito familiar.
La generación más joven, sin embargo, lo vive ya de otra manera, y como veremos en futuros artículos de esta serie, ese es uno de los terrenos donde las distintas generaciones japonesas hablan idiomas distintos.
Hay también una observación importante para el lector hispanohablante: la cultura otaku y los aficionados al manga, al anime y a la cultura pop japonesa han funcionado, en muchos casos, como una puerta de entrada al activismo LGBTQ+ japonés.
Para muchos jóvenes —japoneses e internacionales— el primer contacto con personajes ambiguos, con historias trans o con romances entre personas del mismo sexo no ha llegado por una ley ni por una marcha, sino por una serie animada. Esa peculiaridad japonesa explica buena parte de la sintonía entre Japón y los lectores LGBTQ+ del mundo hispano.
Frente al mundo hispano
La comparación con España y Latinoamérica es, en este tema, especialmente reveladora. España aprobó el matrimonio igualitario en 2005, siendo el tercer país del mundo en hacerlo, tras Países Bajos (2001) y Bélgica (2003). El matrimonio español incluyó desde el primer momento la adopción conjunta y la equiparación total con el matrimonio entre personas de distinto sexo.
La reforma de la ley trans, aprobada años después, eliminó los requisitos médicos para el cambio registral.
En América Latina, los avances han sido también muy notables: Argentina abrió el camino en 2010, seguida por Uruguay y Brasil en 2013, Colombia en 2016, Ecuador en 2019, Costa Rica en 2020, Chile en 2022, Cuba en 2022 y, especialmente importante para nuestros lectores, México, donde —tras años de avances estado por estado— el matrimonio igualitario es hoy legal en los 32 estados del país.
Más de una decena de países hispanohablantes reconocen ya el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Ese mapa convierte a Japón en una excepción muy llamativa entre los países desarrollados.
Para muchas parejas internacionales hispano-japonesas, la diferencia es muy concreta: una pareja formada por una persona japonesa y una española o mexicana puede casarse perfectamente en España o en México, pero ese matrimonio no es reconocido en Japón, lo que afecta a su capacidad para vivir juntos en el país, para que el cónyuge extranjero tenga un visado de pareja —el sistema migratorio japonés no contempla el matrimonio entre personas del mismo sexo—, para heredar, para tomar decisiones médicas la una por la otra.
Como contábamos al hablar de las familias internacionales, las parejas mixtas son uno de los grupos a los que más concretamente afecta esta laguna legal.
Conviene, en cualquier caso, no caricaturizar. El mundo hispano tiene también muchos pendientes: violencia contra personas LGBTQ+ —especialmente trans— en varios países, retrocesos políticos en algunos lugares, fuertes desigualdades regionales y rurales, debates jurídicos abiertos.
Y, al mismo tiempo, Japón ofrece algunas ventajas relativas: niveles muy bajos de violencia de odio, una representación mediática del colectivo cada vez más rica, un activismo serio y bien organizado, y una sociedad que avanza más rápido de lo que avanzan sus leyes. Las dos culturas, una vez más, van por caminos distintos y tienen mucho que aprender la una de la otra.
Y para una familia hispano-japonesa con miembros LGBTQ+, conocer las dos realidades es una herramienta indispensable.
Para lectores LGBTQ+ y aliados
Conviene cerrar con algunas observaciones prácticas para los muchos lectores del mundo hispano que viven o quieren vivir esta realidad en primera persona.
La primera, para las personas LGBTQ+ que estén pensando en mudarse a Japón: el país es razonablemente seguro y, en las grandes ciudades, especialmente en Tokio y Osaka, vivir abiertamente como persona del colectivo es perfectamente posible y cada vez más cómodo.
Las redes comunitarias en Tokio, Osaka, Fukuoka o Sapporo son sólidas, hay organizaciones —como Nijiiro Diversity o Marriage For All Japan— a las que acudir, y la mayoría de las grandes empresas extranjeras y un número creciente de empresas japonesas tienen políticas internas de inclusión.
La segunda, para las parejas internacionales: la falta de matrimonio igualitario sigue siendo el problema central.
Conviene informarse muy bien de las alternativas legales —certificados municipales, planificación patrimonial, testamento, poderes notariales, visados profesionales independientes— y, sobre todo, mantenerse al tanto de la futura sentencia del Tribunal Supremo, que puede cambiar el escenario por completo.
Como ocurre con otros temas mencionados al hablar de los nombres y apellidos o del reparto de roles familiares, la legislación japonesa puede sorprender al recién llegado: lo que en España o México es normal puede no estar previsto aquí.
La tercera, para los aliados —familiares, amigos, compañeros de personas LGBTQ+, profesores, padres y madres— y, en realidad, para cualquier lector hispanohablante interesado en Japón: la mejor forma de acompañar este proceso desde fuera es entenderlo en sus propios términos, sin imponer el calendario español o latinoamericano, pero también sin caer en el exotismo de "es que en Japón las cosas son distintas".
Las personas LGBTQ+ japonesas piden los mismos derechos que sus equivalentes en cualquier otro país, y la conversación pública japonesa es hoy especialmente vibrante en este terreno, como vimos al hablar de los movimientos sociales en el artículo sobre género.
El camino al reconocimiento
Volvamos por última vez al parque Yoyogi. Cuando, al final del día, Carlos y Mauricio caminan hacia la estación de Shibuya entre la multitud, los altavoces de las carrozas se apagan, los voluntarios recogen las banderas, y los participantes —japoneses y extranjeros, jóvenes y mayores, parejas y familias enteras— se despiden hasta el año que viene. Mauricio le comenta a Carlos: "Es curioso.
Llevo años viniendo, y cada vez somos más. Antes éramos un grupo pequeño que se animaba mutuamente. Ahora hay familias enteras, niños con banderas arcoíris, empresas con sus camisetas, embajadas con sus puestos. Ya no estamos solos". Carlos asiente.
Esa imagen —el cambio social que avanza por la calle y por las empresas mientras los códigos y las leyes nacionales todavía tardan— resume bastante bien la situación.
La diversidad LGBTQ+ en Japón es, hoy, una de las grandes tareas inacabadas del país y, a la vez, uno de los terrenos donde más rápido se está moviendo la sociedad.
Pendiente está la sentencia del Tribunal Supremo sobre el matrimonio igualitario, pendiente está la reforma de la Ley Especial trans, pendiente está una verdadera ley de igualdad que vaya más allá de la "comprensión" de 2023.
Pero también es evidente que el Japón actual no es el Japón de hace veinte años: hay un Orgullo masivo, hay parejas certificadas en casi todos los municipios, hay representación televisiva, hay sentencias del más alto tribunal a favor de los derechos del colectivo. Como casi todo en este país, el cambio es lento, prudente y, una vez puesto en marcha, difícil de detener.
En el próximo artículo de esta serie sobre la sociedad moderna japonesa cambiaremos de eje: pasaremos de los derechos civiles a la tecnología, y hablaremos del Japón de los robots, de la inteligencia artificial y de una sorprendente paradoja —ser potencia tecnológica y, a la vez, un país sorprendentemente analógico en su día a día—.
Pero antes de cerrar, vale la pena recordar la frase con la que empezamos este artículo: "En España sí, en México sí; aquí, no". Esa frase, que hoy describe la realidad de muchas familias, es también la frase que más probablemente está a punto de dejar de ser verdad.
El reconocimiento, en Japón como en tantos sitios, no es nunca un evento único: es un camino, y este país, despacio pero seguro, lo está recorriendo.