Carlos, periodista español, llega una mañana de junio a una pequeña aldea de montaña en el norte de Japón, y lo primero que le sorprende es el silencio. No hay niños, no hay tráfico, no hay prisa. En el pueblo viven menos de cien personas, y la media de edad supera los setenta años.
La escuela cerró hace años por falta de alumnos; el autobús pasa dos veces al día; varias casas están vacías, con las contraventanas echadas y los jardines comidos por la maleza. El alcalde, un hombre de setenta y tantos, se lo resume sin dramatismo: "Los jóvenes se van a la ciudad, y aquí ya no nace nadie. Cuidamos los unos de los otros lo mejor que podemos".
Una vecina de ochenta y cinco años vive sola; los demás se turnan para vigilar que esté bien. Carlos, que viene de una España con su propia "España vaciada", piensa que está viendo, con quince o veinte años de adelanto, una imagen de su propio futuro.
Esa aldea es el rostro más visible de lo que es, sin discusión, el mayor reto del Japón del siglo XXI: la combinación de una natalidad por los suelos y un envejecimiento acelerado, lo que los japoneses llaman shōshi kōreika, "pocos niños y muchos viejos".
No es un problema más: es el problema, el que está debajo de casi todos los demás —la economía estancada, la falta de mano de obra, la presión sobre las pensiones, el vaciado del campo— y el que define el futuro del país.
Y, como veremos, no es solo un asunto japonés: Japón es, en esto, el país que llega primero a un destino hacia el que se dirigen también España, Europa y buena parte del mundo.
En este artículo, cuarto de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, miraremos de frente este reto: por qué nacen tan pocos niños, por qué Japón envejece más rápido que nadie, qué son los famosos "problemas de 2025 y 2040", cómo es el mundo de los cuidados, qué les pasa a las aldeas que se vacían y a las personas que mueren solas, y qué puede aprender de todo ello el mundo hispano. Es la cara más seria, y quizá más importante, del Japón de hoy.
Una natalidad en mínimos históricos
Empecemos por la raíz: nacen muy pocos niños. El indicador clave es la tasa de fecundidad, el número medio de hijos por mujer, y para que una población se mantenga estable hace falta que ronde los 2,1. Japón lleva décadas muy por debajo, pero en los últimos años ha tocado fondo: la tasa ha caído por debajo de 1,2 hijos por mujer, un mínimo histórico.
En la posguerra, esa cifra superaba los cuatro hijos; hoy no llega ni a la mitad de lo necesario para el relevo generacional. Y el número absoluto de nacimientos asusta aún más: si en los años cuarenta nacían más de dos millones de bebés al año, hace poco la cifra ha caído por debajo de los 730.000, un descenso que ha llegado mucho antes de lo que el propio gobierno había previsto.
¿Por qué pasa esto? Las causas son muchas y se entrelazan, y conviene huir de explicaciones simplistas que culpen a las mujeres o a una supuesta falta de ganas de ser padres.
El factor de fondo es económico y estructural: tras las "tres décadas perdidas", los sueldos apenas han subido mientras el coste de criar y educar a un hijo —con la carrera de academias que vimos en el artículo sobre la educación— se ha disparado.
A eso se suma que la gente se casa cada vez más tarde o no se casa, que muchas mujeres siguen teniendo que elegir entre la carrera y la maternidad por una cultura laboral muy exigente, como vimos al hablar del trabajo, y un cambio de valores por el cual tener hijos ha dejado de darse por sentado.
No es que los japoneses no quieran niños: es que el sistema se lo pone, a muchos, demasiado difícil.
El envejecimiento más rápido del mundo
La otra cara de la moneda es que Japón no solo tiene pocos niños, sino que envejece más deprisa que ningún país de la historia. Hay una manera técnica de medirlo: se considera "sociedad envejecida" a aquella en la que más del 14 % de la población supera los 65 años, y "superenvejecida" cuando pasa del 21 %.
Pues bien, Japón tardó en hacer esa transición mucho menos que cualquier país occidental —un proceso que a Francia le llevó más de un siglo, Japón lo recorrió en apenas un par de décadas— y se convirtió, ya hace años, en la primera "sociedad superenvejecida" del planeta.
Hoy alrededor de un 30 % de los japoneses tiene 65 años o más, la proporción más alta del mundo, y las proyecciones apuntan a que rondará el 35 % hacia 2040 y se acercará al 40 % hacia 2070.
Detrás de esas cifras hay, eso sí, un logro extraordinario: los japoneses están entre las personas más longevas del mundo, con una esperanza de vida que supera los 87 años en las mujeres y ronda los 81 en los hombres, y con decenas de miles de personas que pasan de los cien años, una cifra que bate récords cada año. Vivir mucho es una buena noticia.
Pero conviene fijarse en un matiz crucial: la esperanza de vida en buena salud —los años que se viven sin depender de cuidados— es bastante menor, en torno a los 75 años en las mujeres y los 73 en los hombres.
Esa diferencia de unos diez años entre "vivir" y "vivir con autonomía" es, justamente, el corazón del problema: significa que millones de personas pasan la última década de su vida necesitando atención médica y cuidados. Y de ahí nace el gran desafío que viene.
Los "problemas de 2025 y 2040"
En Japón se habla con naturalidad de dos fechas como si fueran citas marcadas en rojo en el calendario nacional: el "problema de 2025" y el "problema de 2040". No son catástrofes repentinas, sino dos momentos en que la demografía aprieta especialmente, y conocerlos ayuda a entender hacia dónde va el país.
El "problema de 2025" se refiere al momento en que toda la enorme generación nacida en el baby boom de la posguerra —los llamados dankai— alcanza en bloque los 75 años, la edad a partir de la cual se disparan las necesidades de salud y cuidados.
De golpe, el país tiene una cantidad enorme de personas muy mayores y un gasto sanitario y de cuidados que se eleva justo cuando hay menos trabajadores para sostenerlo.
El "problema de 2040" es la siguiente sacudida, y en cierto sentido la más grave. Para entonces, será la segunda generación numerosa —los hijos de aquel baby boom— la que llegue a la vejez, de modo que el porcentaje de mayores rozará un tercio de la población.
Las proyecciones oficiales calculan que en esa fecha podrían faltar cientos de miles de trabajadores en el sector de los cuidados, y que el desequilibrio entre quienes necesitan ayuda y quienes pueden darla se volverá crítico.
A esto se añade un dato demográfico que estremece: según los análisis más citados, hacia 2040 cerca de la mitad de los municipios japoneses estarían en riesgo de desaparecer a largo plazo, al perder la mayor parte de su población joven. Son cifras que explican por qué el envejecimiento no es, en Japón, un tema entre otros, sino la gran cuestión de Estado.
La economía de un país que encoge
Antes de entrar en los cuidados, conviene detenerse en una consecuencia menos visible pero decisiva del envejecimiento: su efecto sobre la economía y las pensiones. La clave está en lo que los economistas llaman la "población en edad de trabajar", es decir, las personas de entre 15 y 64 años, que son quienes producen, consumen y, con sus impuestos y cotizaciones, sostienen al resto.
En Japón, ese grupo lleva años reduciéndose y seguirá haciéndolo de forma acusada: las proyecciones apuntan a que, hacia mediados de siglo, habrá muchísimos menos trabajadores que hoy, mientras el número de mayores que dependen de ellos no para de subir. Dicho de forma sencilla: cada vez menos gente activa tiene que sostener a cada vez más gente jubilada.
Esto tensa hasta el límite dos pilares del Estado del bienestar. El primero es el sistema de pensiones, basado en que los trabajadores de hoy pagan las pensiones de los jubilados de hoy; cuando los primeros menguan y los segundos crecen, las cuentas se vuelven muy difíciles de cuadrar, y de ahí los recurrentes debates sobre retrasar la edad de jubilación o ajustar las prestaciones.
El segundo es el gasto sanitario y de cuidados, que se dispara con una población tan mayor. Y, al fondo, está el propio crecimiento: con menos trabajadores y menos consumidores, a una economía le cuesta crecer, lo que ayuda a explicar el estancamiento del que hablamos en el artículo de introducción.
El envejecimiento no es, por tanto, solo una cuestión social: es también el gran condicionante de la economía japonesa de las próximas décadas.
Kaigo: el mundo de los cuidados
Toda esa demografía se traduce, en la vida real, en una sola palabra que pesa cada vez más en los hogares japoneses: kaigo (介護), los cuidados a las personas mayores o dependientes.
Hoy hay en Japón millones de personas que necesitan algún grado de cuidados —una cifra que no deja de crecer— y se calcula que el número de personas con demencia se acerca a los varios millones, lo que equivale a una proporción muy alta entre los mayores de 65 años.
Cuidar de todos ellos es uno de los mayores desafíos del país, y para afrontarlo Japón hizo algo pionero en el mundo: en el año 2000 creó un seguro público de dependencia, financiado por todos los mayores de 40 años, que reparte entre toda la sociedad la responsabilidad de los cuidados, en lugar de dejarla caer solo sobre las familias.
Fue una pequeña revolución, y un modelo que muchos países han mirado con interés.
Pero el sistema cruje por la falta de personal y por realidades muy duras que conviene nombrar con respeto. Una es el llamado rōrō kaigo, el "cuidado de viejos a viejos": cada vez más, quien cuida de un anciano es otro anciano —un cónyuge, un hermano— igualmente frágil, lo que agota a ambos. Otra, aún más delicada, es el caso de personas con demencia que cuidan de otras personas con demencia.
Y existe también el difícil "problema del 80-50", en el que padres de ochenta y tantos años sostienen económica y vitalmente a hijos de cincuenta que llevan años aislados en casa, una situación que se vuelve crítica cuando los padres faltan.
Para sostener todo esto, Japón recurre cada vez más a cuidadores extranjeros —también de países hispanohablantes—, un tema que retomaremos al hablar de la inmigración, y trata de aliviar a las familias, conscientes de que muchas personas se ven obligadas a dejar su empleo para cuidar de un familiar, con un enorme coste personal y económico, como vimos al tratar la conciliación laboral.
Aldeas que se vacían
Mientras las ciudades siguen llenas, vastas zonas del Japón rural se apagan lentamente, y aquí aparece otro concepto muy japonés: las genkai shūraku, las "aldeas al límite", definidas como aquellas en las que más de la mitad de los vecinos supera los 65 años.
Son comunidades, como la que visitó Carlos, en las que ya no nacen niños, los servicios desaparecen y la vida colectiva se vuelve casi imposible de sostener; el país cuenta miles de ellas, y muchas están condenadas, sin relevo, a desaparecer en una o dos generaciones.
Es la cara rural del problema demográfico, ligada a los cambios que ya exploramos al hablar de las regiones rurales y de la familia japonesa.
El síntoma más visible de este vaciado son las akiya, las casas vacías: Japón acumula millones de viviendas abandonadas —en torno a una de cada ocho del país—, casas que nadie hereda, compra ni derriba, y que se van deteriorando hasta convertirse en un problema de seguridad y de paisaje.
Pero, curiosamente, esta sombra esconde también una oportunidad: cada vez más gente —jóvenes urbanitas cansados de la ciudad, extranjeros enamorados de Japón, familias internacionales— compra estas viejas casas tradicionales a precios irrisorios y las restaura, en un pequeño movimiento de "vuelta al campo" que algunos pueblos fomentan con ayudas.
No revertirá la tendencia general, pero demuestra que incluso el problema del despoblamiento admite respuestas creativas. El vacío de unos puede ser el hogar soñado de otros.
Tokio lo absorbe todo
Hay un factor que agrava el vaciado del campo y que conviene entender: la concentración en Tokio. Mientras las aldeas se apagan, la gran región metropolitana de la capital no deja de crecer, atrayendo año tras año a miles de jóvenes que llegan de provincias para estudiar o trabajar y que, en su mayoría, ya no vuelven.
Es lo que en Japón se llama, con cierta amargura, el "efecto sorbete": las grandes ciudades absorben a la juventud del resto del país como quien sorbe con una pajita, dejando atrás pueblos sin relevo generacional. El resultado es un país de dos velocidades: una megalópolis hipertecnológica y rebosante de vida, y un interior que envejece y se despuebla a la vez.
Lo paradójico es que esta concentración no resuelve el problema demográfico, sino que lo empeora. La vida en Tokio es cara, los pisos pequeños, los desplazamientos largos y la presión laboral intensa, de modo que, precisamente allí donde se acumulan los jóvenes, nacen proporcionalmente menos niños: la gran ciudad, que parece llena de vida, tiene una de las natalidades más bajas del país.
Así, el éxodo rural alimenta un círculo vicioso —se vacía el campo y, encima, los que llegan a la ciudad tienen menos hijos—, y por eso una parte de las políticas demográficas japonesas pasa, hoy, por intentar frenar esa concentración: fomentar el teletrabajo, dar ayudas a quien se muda al medio rural y reforzar las ciudades medianas.
Equilibrar el territorio se ha vuelto, también, una manera de luchar contra la despoblación.
Kodokushi y la "vida de cien años"
Hay un fenómeno especialmente triste, ligado al envejecimiento y a la soledad, que conviene mencionar con delicadeza: el kodokushi (孤独死), la "muerte en soledad", es decir, personas que mueren solas en casa y cuyo fallecimiento tarda en descubrirse.
Se calcula que cada año son varias decenas de miles, y no afecta solo a ancianos, sino también, cada vez más, a hombres de mediana edad que viven solos. Detrás hay una transformación profunda de la sociedad japonesa: el debilitamiento de los lazos familiares y vecinales que antes sostenían a todo el mundo, lo que un célebre reportaje televisivo bautizó como la "sociedad sin lazos".
Es el reverso doloroso de un país que envejece: muchas personas llegan a la vejez sin nadie cerca.
Frente a esa sombra, Japón ha abrazado también un concepto luminoso que se ha vuelto omnipresente: la "era de los cien años de vida".
La idea, importada de un libro que tuvo enorme éxito, es que si mucha gente va a vivir hasta los cien años, la vida ya no se divide en "estudiar, trabajar y jubilarse", sino que hay que reinventarse varias veces, seguir aprendiendo y, a menudo, seguir trabajando mucho más allá de la edad clásica de jubilación.
De ahí que el país haya elevado la edad de empleo garantizado y fomente el aprendizaje a lo largo de toda la vida y hasta el emprendimiento entre los mayores, en la línea de esa cultura del esfuerzo continuo tan japonesa.
Hubo incluso un sonado debate sobre cuánto dinero hace falta ahorrar para una jubilación tan larga, que disparó la inquietud de millones de personas. Vivir cien años es un regalo, pero obliga a repensarlo todo: el trabajo, el dinero, la familia y el sentido de las distintas edades de la vida.
Los niños cuidadores
Hay una consecuencia del envejecimiento que durante mucho tiempo permaneció invisible y que merece una mención especial, por lo delicada: los young carers, los niños y adolescentes que cuidan de un familiar enfermo, anciano o dependiente.
Cuando en una familia hay un abuelo con demencia, un hermano con discapacidad o un progenitor enfermo, y no hay adultos suficientes para atenderlo, a veces es un niño quien asume esa carga: cocinar, limpiar, traducir, acompañar, vigilar.
Estudios recientes han revelado que un porcentaje nada despreciable de alumnos de secundaria se encuentra en esta situación, lo que en el conjunto del país suma cientos de miles de menores.
El problema es que esa responsabilidad, impropia de su edad, les roba tiempo de estudio, de amistades y de infancia, y se relaciona con el absentismo escolar que vimos en el artículo sobre la educación. Durante años, una cultura que da por sentado que "la familia se cuida sola" hizo que estos niños fueran invisibles, incluso para sí mismos.
La buena noticia es que, desde hace poco, el problema se ha reconocido oficialmente: se han hecho encuestas nacionales, se han nombrado coordinadores de apoyo y se ha empezado a formar a los profesores para detectar a estos chicos y echarles una mano.
Es un ejemplo de algo que recorre todo este artículo: que muchos de los efectos del envejecimiento recaen, de formas inesperadas, sobre los más jóvenes.
¿Qué hace Japón, y qué puede aprender el mundo hispano?
Ante un reto de esta magnitud, Japón no se ha quedado de brazos cruzados, aunque los resultados sean desiguales. Para la natalidad, lleva décadas ensayando políticas de apoyo a la crianza —ayudas económicas, más guarderías, permisos de paternidad—, recientemente reforzadas con un gran plan que el propio gobierno calificó de esfuerzo "sin precedentes".
Para la vejez, además del seguro de dependencia, ha apostado por un modelo de "cuidados integrados en la comunidad", que busca que la gente pueda envejecer en su propio barrio en lugar de en grandes residencias, y por alargar la vida laboral.
Y para el campo, ensaya políticas de "revitalización regional" que fomentan la mudanza al medio rural y el teletrabajo, aunque la concentración en Tokio sigue, de momento, ganando la partida.
Para un lector hispanohablante, todo esto suena cada vez menos exótico, y esa es la lección más importante.
España va por el mismo camino, apenas unos años por detrás: tiene también una de las natalidades más bajas del mundo —incluso inferior a la japonesa—, una población que envejece rápido y su propia "España vaciada" de pueblos sin gente, y ha empezado a recurrir a la inmigración para sostener su economía y sus cuidados.
México y buena parte de Latinoamérica, en cambio, son todavía países jóvenes, con una edad media muy inferior y un "bono demográfico" que Japón ya agotó hace tiempo; pero también allí la natalidad baja, y el futuro acabará planteando preguntas parecidas.
Por eso observar a Japón no es mirar una rareza lejana, sino asomarse a un espejo del porvenir: cómo afronta —con sus aciertos y sus errores— el primer país que llega a este destino nos dice mucho sobre lo que nos espera a los demás.
Conclusión: el país que llega primero
Cuando Carlos terminó su reportaje en aquella aldea del norte, no se llevó una sensación de catástrofe, sino algo más matizado y más útil: la certeza de estar viendo el futuro antes de tiempo.
Había encontrado un país que envejece con una dignidad admirable —con sus mayores cuidados, su seguro de dependencia, su comunidad que se sostiene a sí misma— y, a la vez, sometido a una presión demográfica sin precedentes, que pone a prueba su economía, su campo y su tejido social. Las dos cosas eran ciertas.
Japón no es ni el desastre que a veces pintan los titulares ni el paraíso ordenado de las postales: es, sencillamente, el primer país que se enfrenta de lleno a un reto que tarde o temprano será el de todos.
Y ahí está, quizá, el mayor valor de mirar a Japón con honestidad. Su envejecimiento no es un problema "de los japoneses": es un laboratorio del futuro de las sociedades desarrolladas, España incluida. De cómo resuelva —o no— el equilibrio entre cuidar a sus mayores, animar la natalidad y mantener viva su economía dependen lecciones que importan a todo el mundo.
Conocer esta realidad, sin dramatizarla ni minimizarla, es entender no solo el Japón de hoy, sino, en buena medida, el mañana que compartimos.
En el próximo artículo abordaremos una cuestión que está en la raíz misma de la baja natalidad y de tantas otras tensiones de la sociedad japonesa: la igualdad de género, el largo camino de la mujer japonesa desde el papel de ama de casa hasta —por primera vez en la historia— la jefatura del gobierno.
Porque no se entiende por qué nacen tan pocos niños en Japón sin entender, antes, la situación de las mujeres que tendrían que tenerlos. Pero, antes de pasar página, quédate con la imagen de aquella aldea silenciosa del norte, y con la idea que la resume: que el futuro, en demografía, ya ha llegado a algún sitio. Y ese sitio se llama Japón.