Es sábado por la tarde en Shibuya, en pleno año 2026. Yuki tiene veintidós años, estudia comunicación audiovisual en una universidad privada de Tokio y trabaja a tiempo parcial en una cafetería de especialidad cerca del cruce más fotografiado del mundo.
En la mesa de al lado, su amigo Kenta —un año mayor, que ya ha empezado en una startup de inteligencia artificial— revisa pedidos por una app en su segundo teléfono. La pareja de Yuki se llama Sora, es no binarie y vive con su familia en Saitama; van a verse esa noche en un event live organizado por una creadora de TikTok que conocen desde el instituto.
En el grupo de mensajes que tienen abierto en la mesa, alguien comparte una noticia sobre la última cumbre climática, otra persona reenvía un meme sobre la última declaración política de la primera ministra, y un tercero pregunta si alguien se apunta a ir a un konbini nepalí que acaba de abrir cerca de Shimokitazawa.
Ninguno de los tres ha vivido el Japón de la burbuja, ninguno recuerda Japón sin internet, todos hablan algo de inglés y han crecido viendo K-Pop, ven anime con subtítulos en chino simplificado por error y compran ropa de segunda mano en Mercari. No son una excepción: son la cara de la generación que va a definir el Japón de los próximos treinta años.
Esta serie sobre la sociedad japonesa contemporánea —desde el siglo XXI japonés hasta el reciente artículo sobre la inmigración— ha recorrido casi todos los grandes temas que están atravesando al país: el trabajo, la educación, la baja natalidad, el género, la diversidad LGBTQ+, la tecnología, el medio ambiente y la transformación multicultural.
Para cerrar el ciclo, queda por hacer la pregunta más importante de todas: ¿quién va a vivir, gestionar y reinventar el Japón que viene? La respuesta empieza, sin sorpresas, por sus veinteañeros y adolescentes: la llamada generación Z —Z sedai en japonés—, y, ya pisándole los talones, la generación alpha.
Ellos son los que se están haciendo cargo del país que sus padres y abuelos heredaron.
Este artículo, último de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, está dedicado por entero a ellos y al país que les espera.
Hablaremos de quiénes son los Z japoneses, qué etiquetas han llevado las distintas generaciones recientes, cómo viven el trabajo, las relaciones y la identidad, qué papel juegan las redes sociales y TikTok en su vida cotidiana, qué Japón se les viene encima en el horizonte 2050, qué pueden cambiar realmente y qué no, y cómo se parecen y se distinguen de la Z hispana.
Al final, recogeremos los hilos de toda la serie y miraremos juntos, brevemente, hacia las próximas décadas.
Quién es la Generación Z japonesa
Si tomamos la definición demográfica más extendida —personas nacidas entre mediados de los noventa y el inicio de los años 2010—, la generación Z japonesa ronda hoy los quince millones de personas, una cifra que representa una porción cada vez más pequeña, en términos relativos, de la población total del país.
Cabe ya bajo esta etiqueta un abanico amplio: estudiantes de secundaria que apenas estrenan el bachillerato, universitarios a punto de hacer su shūkatsu —la búsqueda de empleo de la que hablamos en el artículo sobre el trabajo—, primeros profesionales con varios años de experiencia, jóvenes padres y madres primerizos, creadores de contenido que viven de su canal en TikTok o YouTube, y trabajadores manuales en sectores con escasez crónica de personal.
La Z japonesa no es un grupo homogéneo: incluye al hijo del salaryman de Tokio, a la nieta del granjero de Tohoku, a la chica nikkei nacida ya en Hamamatsu y al chico vietnamita que llegó con cinco años a Gunma. Cada vez más mestizada, cada vez más urbana y, sobre todo, cada vez menos numerosa.
Lo que más define a esta generación es probablemente el contexto demográfico en el que ha crecido. Como contamos en el artículo sobre despoblación y envejecimiento, Japón es ya una sociedad demográficamente muy envejecida: por cada Z hay aproximadamente dos personas mayores de 65 años, una proporción inédita en la historia del país.
Esa simple aritmética cambia muchas cosas.
Cambia la presión psicológica que sienten los jóvenes (mucho menos competencia entre ellos, mucha más responsabilidad), cambia el mercado laboral (las empresas tienen que disputarse a los pocos jóvenes disponibles), cambia el discurso público (las prioridades políticas tienden a mirar hacia los mayores), y cambia, también, la posición global del país: la Z japonesa es la primera generación que crece sabiendo, sin que se lo expliquen, que Japón ya no es la segunda economía del mundo, que China la ha superado hace tiempo y que su lugar en el escenario internacional es distinto del que tenían sus padres a su edad.
Hay otro rasgo que no se subraya lo suficiente. La Z japonesa es, en términos relativos, la primera generación auténticamente multicultural del país. Sus aulas de instituto y de universidad tienen ya compañeros con padres vietnamitas, brasileños, filipinos, nepalíes, chinos, peruanos, españoles.
Como vimos en el artículo sobre inmigración, en algunas zonas urbanas uno de cada diez veinteañeros es de origen extranjero, y la cifra solo va a crecer.
Para esta generación, el "extranjero" no es ya una persona que aparece en un viaje al exterior o en una película extranjera: es el compañero de clase, el cliente del konbini donde trabaja a tiempo parcial, la persona que cuida a su abuela, el chef del restaurante de ramen donde queda con sus amigos. La diversidad no es para ellos una teoría: es una experiencia cotidiana.
Una generación de etiquetas
A Japón le encanta etiquetar a sus generaciones, y conviene tener al menos en la cabeza las grandes denominaciones recientes para entender bien dónde está hoy la Z. Después de las generaciones del milagro económico y de la burbuja —los hoy abuelos y padres mayores— vinieron tres olas con nombres muy comentados.
La generación yutori sedai, "generación del margen" o "del respiro", abarca a quienes recibieron la educación reformada de los años 2000, con un currículo más ligero, más horas de actividades libres y una cultura escolar menos centrada en la memorización pura; la palabra yutori significa, justamente, "holgura", y se les caracterizó —a menudo con cierto reproche— por una supuesta falta de tolerancia al estrés.
Le siguió la generación satori sedai, "generación de la iluminación serena", una etiqueta acuñada hacia 2010 para describir a unos jóvenes que parecían haber renunciado, con cierta calma budista, a los símbolos clásicos del éxito —coche, casa propia, ascensos en una sola empresa—, y que preferían vivir con menos pero sin renunciar a su tiempo libre o a sus aficiones.
Y luego está la generación Z japonesa (Z sedai), heredera directa de las anteriores y atravesada por algo que sus predecesoras no tuvieron: las redes sociales como medio principal de comunicación, información y construcción de identidad.
La etiqueta "Z" se importó del inglés sin demasiado esfuerzo —era difícil resistirse a un nombre tan breve y tan internacional— y se complementa ahora con una emergente generación alpha, los menores nacidos ya entrados los 2010, para quienes el teléfono inteligente no es una novedad sino el aire que respiran desde la infancia.
Estos labels generan inevitablemente debate: hay sociólogos que rechazan las generalizaciones, hay periodistas que las explotan a fondo, y hay jóvenes que se reconocen poco en las descripciones que circulan sobre ellos. Como casi siempre en estos temas, conviene tomarlas con pinzas: son útiles para hablar de tendencias, peligrosas si se usan para encajonar a personas concretas.
Yuki, Kenta y Sora son Z, sí, pero también son tres personas con biografías y opiniones distintas.
El trabajo según la Z
Donde la Z japonesa se diferencia de manera más visible de sus predecesores es, probablemente, en su relación con el trabajo. Como contamos al hablar del trabajo en Japón, durante décadas el modelo dominante fue el del empleo de por vida en una sola empresa, con un calendario de ascensos por antigüedad y una entrega casi total al ritmo de la compañía.
Ese contrato implícito está, hoy, en franco retroceso, y la Z lo sabe perfectamente: ninguna persona joven que entra en una empresa en 2026 espera quedarse allí toda su vida laboral, y muy pocas lo desean.
Las encuestas internas de las grandes consultoras de recursos humanos coinciden: para esta generación, el equilibrio entre trabajo y vida personal, la posibilidad de teletrabajar al menos algunos días, las oportunidades de formación continua y el propósito —"esta empresa hace algo que me importa"— pesan tanto como el salario, y a menudo más.
Eso ha cambiado el comportamiento real. El cambio de empleo —tenshoku— ya no es un estigma sino una expectativa: se calcula que un porcentaje muy notable de jóvenes profesionales cambia de empresa antes de cumplir cinco años en su primer puesto, y el mercado laboral ha aprendido a tratarlo como una señal de proactividad, no de inestabilidad.
El trabajo paralelo —fukugyō— ha pasado, en una década, de ser una rareza prohibida por las empresas a estar cada vez más aceptada y, en algunos sectores, incluso animada. El trabajo freelance y la economía de plataformas se han instalado como una opción real, sobre todo en perfiles creativos, técnicos y digitales.
Y la negociación abierta de horas, salarios y condiciones —algo casi impensable en la cultura shūkatsu clásica— se ha vuelto más común, sobre todo porque las empresas, en un mercado con escasez crónica de jóvenes, no pueden permitirse perderlos.
No conviene idealizar el cambio.
Buena parte de la economía japonesa sigue funcionando con lógicas tradicionales, hay miles de jóvenes que aceptan empleos precarios sin más alternativa, las mujeres y los trabajadores extranjeros siguen ocupando, como vimos en los artículos sobre género y sobre inmigración, una parte desproporcionada de los puestos peor pagados, y el fantasma del karoshi no ha desaparecido.
Pero la dirección del viento ha cambiado, y ese cambio es uno de los activos más interesantes de la Z japonesa: el primer empujón hacia una cultura del trabajo más vivible está viniendo, en buena medida, de ellos.
Una nueva sensibilidad
En otros ámbitos donde el cambio era más resistente, la Z también está moviendo la aguja. Empecemos por la identidad de género y la diversidad afectiva.
Como exploramos en los artículos sobre género y LGBTQ+, las generaciones jóvenes japonesas son notablemente más abiertas que sus padres y abuelos en estos temas: las encuestas muestran un apoyo claramente mayoritario, entre los menores de treinta años, al matrimonio entre personas del mismo sexo, al reconocimiento de personas trans y a una mayor flexibilidad en los roles de género dentro del hogar y del trabajo.
Personajes no binarios aparecen con normalidad en series, mangas y campañas de marca, los códigos de vestimenta unisex avanzan en algunas escuelas, y empresas de moda venden líneas explícitamente "genderless" con mucho éxito comercial. El cambio cultural va más rápido que el legal, y la Z es uno de sus motores.
La conciencia ambiental es otro terreno donde se nota la diferencia generacional. Como contamos en el artículo sobre medio ambiente y sostenibilidad, Japón se está organizando para llegar a la neutralidad de carbono en 2050, pero la conexión emocional con la causa climática es claramente más fuerte entre los jóvenes.
Para muchos Z japoneses, el cambio climático es la gran cuestión moral de su vida, comparable a lo que fue la posguerra para sus abuelos.
Esa conciencia se nota en hábitos de consumo —ropa de segunda mano, vintage tematizado en aplicaciones como Mercari, alimentación más vegetal, búsqueda de productos con menos plástico—, en la elección de empresas para trabajar y en la disposición a participar en movilizaciones, aunque con un estilo muy japonés, más silencioso y digital que el europeo.
La salud mental sale del silencio
Queda la salud mental, un tema que la generación Z japonesa ha empujado al centro del debate público con una franqueza nueva.
Durante mucho tiempo, hablar abiertamente de ansiedad, depresión, presión escolar o aislamiento estaba cargado de estigma; hoy, en redes sociales, en programas de televisión, en libros y mangas escritos por y para jóvenes, esos temas circulan con una naturalidad creciente.
La Z japonesa ha crecido viendo de cerca los problemas serios de presión escolar y futōkō —ausentismo escolar de larga duración— de los que hablamos en el artículo sobre educación, y muchos han decidido que no quieren reproducir ese modelo con sus hijos.
Hay todavía muchísimo trabajo por hacer en este terreno —el sistema sanitario público no acompaña al ritmo de las nuevas demandas—, pero el silencio se ha roto, y eso es ya un cambio histórico.
SNS, TikTok y la nueva ágora
Es imposible entender a la Z japonesa sin entender sus pantallas.
Esta es la primera generación del país que ha crecido íntegramente con redes sociales móviles, y ese hecho atraviesa toda su vida: cómo se enteran de las noticias, cómo conocen a sus parejas, cómo organizan sus quedadas, cómo aprenden inglés o coreano, cómo descubren bandas nuevas o restaurantes nuevos, cómo se construyen una identidad pública.
La constelación de plataformas usadas es algo distinta de la occidental: LINE sigue siendo la mensajería universal del país; X (antes Twitter) mantiene una popularidad enorme entre los jóvenes japoneses, incluso por encima del estándar internacional; Instagram funciona como vitrina visual y de tendencias; YouTube es la televisión por defecto;
y TikTok ha entrado con fuerza arrolladora, sobre todo en los más jóvenes, redefiniendo cómo se consume música, comedia, política y moda.
A todo esto se le suma una capa muy específica: las plataformas de transmisión en vivo —donde un creador o creadora gana dinero a través de "regalos" digitales de sus seguidores— y los fan clubs digitales, que en Japón mueven cifras económicas significativas.
Este nuevo ágora cambia la cultura política, también. Como en otros países, los Z japoneses se informan mucho menos por los telediarios y mucho más por las redes, lo que tiene consecuencias mixtas: por un lado, acceden a voces y puntos de vista que el sistema mediático tradicional ignoraba; por otro, están más expuestos a desinformación, fake news y burbujas algorítmicas.
La participación electoral juvenil sigue siendo, lamentablemente, baja en términos comparados, y eso pesa: cuando una generación pequeña vota poco, su influencia política se diluye aún más.
Sin embargo, en temas concretos —cambio climático, derechos LGBTQ+, salarios mínimos, condiciones laborales, política exterior— la presión social que la Z genera en redes ya está obligando a partidos y empresas a cambiar discurso y prácticas. La política institucional japonesa todavía no se ha actualizado a la altura del cambio cultural, pero la conversación pública sí.
2050: el país que les espera
Levantemos un poco la mirada. ¿Qué Japón concreto van a heredar esta Z y la alpha que viene detrás? Los grandes ejercicios de prospectiva del Estado y de organismos internacionales coinciden en un cuadro bastante claro para mediados de siglo.
La población del país pasará de los aproximadamente 124 millones actuales a una cifra notablemente menor, en torno o por debajo de los cien millones, según el ritmo concreto de natalidad e inmigración. Una de cada tres o cuatro personas tendrá más de 65 años, una proporción inédita a escala mundial.
La población activa será considerablemente más pequeña, lo que obligará a una transformación profunda de la economía: más automatización y robots de servicio, más inmigración estructural, jornadas y carreras laborales más largas. Como vimos en los artículos sobre tecnología y sobre inmigración, esos dos vectores están ya en marcha.
Geográficamente, el país de 2050 será mucho más urbano y mucho menos rural. Muchas localidades pequeñas que hoy luchan por sobrevivir habrán desaparecido o se habrán fusionado, y la mayoría de la población se concentrará en torno a Tokio y a unos cuantos polos regionales —Osaka, Nagoya, Fukuoka, Sapporo—.
El paisaje agrario va a cambiar mucho: parte del satoyama del que hablamos al tratar el medio ambiente volverá al bosque por falta de manos que lo cultiven, mientras otras zonas se gestionarán de manera más intensiva, con tecnología, para garantizar la seguridad alimentaria.
La estructura familiar habrá seguido transformándose: muchos más hogares unipersonales, muchas más familias mixtas, muchos más abuelos y abuelas sin hijos cercanos, cuidados crecientemente asistidos por máquinas y por servicios municipales.
Y, en lo internacional, el país habrá tenido que reposicionarse: con una China cercana muy potente, una Corea del Sur tecnológicamente fuerte, un Sudeste Asiático en pleno crecimiento y un océano Pacífico cada vez más estratégico, la diplomacia, la economía y la cultura japonesas tendrán que reinventar su lugar.
Lo que la Z puede cambiar y lo que no
Conviene ser honestos en este punto. Las generaciones, por sí solas, no cambian un país: lo hacen, como mucho, en un diálogo permanente con el resto de la sociedad, con las instituciones y con la inercia económica.
La Z japonesa va a heredar problemas estructurales que no creó —baja natalidad, deuda pública enorme, presión demográfica, riesgos climáticos y sísmicos— y que no podrá resolver por arte de magia. Algunos de esos problemas necesitan políticas públicas, no decisiones individuales.
Si Japón quiere de verdad facilitar el equilibrio entre trabajo y vida familiar, necesitará leyes, guarderías y servicios, no solo una generación con buenas intenciones. Si quiere acoger bien a millones de nuevos residentes extranjeros, necesitará invertir en escolarización lingüística, en vivienda y en sanidad.
Si quiere cumplir con la neutralidad de carbono en 2050, necesitará inversiones masivas, regulaciones serias y consensos políticos.
Donde la Z sí puede cambiar mucho, en cambio, es en el terreno cultural y simbólico, que en Japón pesa muchísimo.
Puede normalizar lo que sus padres aún tratan como tabú: la baja por paternidad, el divorcio sin estigma, las parejas del mismo sexo, los apellidos separados de los que hablamos en el artículo sobre género, las familias mixtas, las trayectorias laborales no lineales, la salud mental como conversación cotidiana, la pluralidad religiosa, la diversidad estética.
Puede cambiar el tono de las discusiones públicas, puede empujar a las empresas a redefinir sus prácticas, puede exigir a la política que se modernice. Es un trabajo cultural lento, paciente, a veces poco espectacular, pero acumulativo.
Y, sobre todo, es un trabajo que se hace dialogando con la tradición, no negándola: una de las cosas que más sorprende de la Z japonesa, vista desde fuera, es cómo combina su cosmopolitismo digital con un respeto, a menudo recuperado, por el matsuri del barrio, el santuario local, el calendario estacional. El cambio japonés, una vez más, será una mezcla y no una ruptura.
Frente al mundo hispano
La comparación con la Z hispana es, como en toda esta serie, especialmente interesante. La generación Z española y latinoamericana comparte con la japonesa los grandes rasgos de fondo: nativos digitales, sensibilidad climática y de género, salud mental como tema legítimo, escepticismo hacia las viejas instituciones, multiculturalismo cotidiano, peso enorme de las redes en la vida diaria.
Pero hay diferencias importantes. La Z española ha crecido en un país golpeado por dos crisis económicas —la financiera de 2008 y la pandemia de 2020— con un paro juvenil estructuralmente alto y una emigración significativa de jóvenes cualificados a otros países europeos.
La Z latinoamericana, repartida entre realidades muy distintas, ha vivido movimientos sociales masivos —el feminismo argentino, el estallido chileno, las protestas colombianas— que han puesto a su generación en la primera línea política.
Frente a eso, la Z japonesa es, sociológicamente, menos visiblemente movilizada en la calle y más activa en lo digital y en lo cotidiano: protesta menos y consume y comunica más, una diferencia cultural que conviene leer sin juzgar.
Para una familia hispano-japonesa con hijos Z o casi Z, esta es una conversación apasionante. Los hijos de matrimonios mixtos —de los que hablamos en el artículo sobre familias internacionales— suelen ser, de hecho, traductores naturales entre las dos sensibilidades.
Crecidos entre una manifestación del 8 de marzo en Madrid y una visita al santuario de Ise, entre una cena navideña en Ciudad de México y un osechi en Tokio, entre el debate climático en español de su madre y el meme en japonés en el chat de sus compañeros, esa nueva generación bilingüe y bicultural es, probablemente, una de las cosas más valiosas que nuestras dos comunidades pueden producir juntas.
Para muchos lectores de NDV con familia mixta, este artículo habla literalmente del futuro de sus hijos.
Conclusión: 2050 y el cierre de un ciclo
Cuando, ya entrada la noche, Yuki, Kenta y Sora se despiden a las puertas de la estación de Shibuya, lo hacen entre carteles digitales que cambian cada pocos segundos, anuncios bilingües, turistas de medio mundo, vecinos que vuelven del karaoke y otros que apenas empiezan su jornada nocturna. Cada uno se va a su casa por una línea distinta.
Yuki escucha en el tren un podcast en japonés sobre psicología; Kenta lee en su teléfono un paper en inglés sobre modelos de lenguaje; Sora repasa un grupo de TikTok con creadoras transmasculinas de Tokio, Osaka y Seúl. Ninguno está pensando, en ese momento, en grandes ideas sobre el futuro del país.
Pero, en su modo cotidiano de vivir —flexible, multicultural, conectado, atento a la salud mental propia y ajena, escéptico ante los relatos heroicos del pasado, sensible al planeta— están escribiendo, sin proponérselo, el primer borrador del Japón de 2050.
Esa es la mejor manera de cerrar esta serie sobre la sociedad japonesa contemporánea.
Hemos recorrido juntos, capítulo a capítulo, las grandes preguntas: cómo es el país en pleno siglo XXI, cómo se trabaja en él, cómo se educa, cómo afronta el envejecimiento, qué pasa con el género y con la diversidad LGBTQ+, cómo conviven su tradición y su tecnología, cómo vive su naturaleza, sus desastres y su sostenibilidad, y cómo se está volviendo, sin admitirlo del todo, una sociedad multicultural.
Cada uno de esos hilos llega, al final, al mismo nudo: el de unos jóvenes que tienen que reconciliar una herencia muy pesada con un mundo nuevo.
Lo van a hacer a su manera —menos ruidosa que en otros países, más lenta, más matizada, más estética— y, si todo va razonablemente bien, conseguirán que el Japón de 2050 no sea ni la copia exacta del de hoy ni la pesadilla demográfica que algunos titulares pintan, sino otra cosa, más mezclada, más amable, más interesante.
Para los lectores hispanohablantes de NDV —familias mixtas, estudiantes de japonés, profesionales que están considerando mudarse, viajeros frecuentes, amantes de la cultura japonesa— esta serie ha sido también una invitación.
Una invitación a mirar Japón sin idealizarlo ni caricaturizarlo, a entenderlo en su complejidad real, y, sobre todo, a sentir que sus debates —los del trabajo, los del género, los de la inmigración, los del clima, los del cuidado de los mayores— son también vuestros debates. El mundo que está naciendo no se entiende ya en compartimentos nacionales.
Y para quienes os interese seguir construyendo ese puente entre los dos mundos, NDV seguirá aquí, con artículos sobre lengua, cultura, sociedad y vida cotidiana, intentando ofrecer un sitio donde el español y el japonés se hablen sin estridencias, con curiosidad y con respeto. Los Yuki, Kenta y Sora de Tokio están listos para lo que viene.
Esperamos que esta serie os haya dejado, también a vosotros, un poco más preparados para acompañarles en el camino.