En octubre de 2025, Laura —estudiante sevillana en Tokio— sigue por internet una noticia que da la vuelta al mundo: por primera vez en la historia, una mujer ha sido nombrada primera ministra de Japón. "¡Por fin!", piensa, y luego, mirando las fechas: "¡Pero cuánto ha tardado!".
Su amiga japonesa, Kaori, lo celebra con una mezcla de orgullo y cautela. "Sí, es histórico... pero no te creas que esto significa que ya haya igualdad. Es más complicado de lo que parece".
Laura se queda pensando: acaba de ver a México elegir a su primera presidenta el año anterior, recuerda los largos mandatos de mujeres al frente de Alemania o Nueva Zelanda, y se pregunta cómo encaja Japón —un país tan moderno en tantas cosas— en ese mapa.
La respuesta, como casi todo en la sociedad japonesa, es llena de matices: un país que acaba de tener a su primera jefa de gobierno y que, a la vez, figura entre los peores del mundo desarrollado en igualdad de género.
Esa contradicción es el tema de este artículo. La situación de la mujer en Japón es uno de los asuntos más importantes —y más reveladores— de su sociedad, y está, además, en la raíz de muchos otros problemas que ya hemos visto, empezando por la baja natalidad: no se entiende por qué nacen tan pocos niños sin entender antes la situación de las mujeres que tendrían que tenerlos.
Japón ofrece aquí una imagen desconcertante: es uno de los países donde las mujeres están mejor formadas y más sanas del mundo y, a la vez, uno de los que menos las dejan llegar al poder económico y político. Entender esa paradoja es entender una parte esencial del Japón de hoy.
En este artículo, quinto de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, recorreremos el tema entero: el significado del histórico nombramiento de la primera ministra, la gran paradoja de la igualdad japonesa, el camino de la mujer desde el papel de ama de casa hasta el doble sueldo, los obstáculos en la carrera profesional, el acoso laboral, el debate de los apellidos y una comparación reveladora con el mundo hispano.
Es la historia de un país a medio camino entre la tradición y el cambio.
Una primera ministra que divide opiniones
Empecemos por la noticia que abre el artículo. A finales de 2025, Sanae Takaichi se convirtió en la primera mujer en dirigir el gobierno de Japón, un hecho sin precedentes desde que existe el sistema parlamentario actual, y que llega casi ocho décadas después de que las japonesas obtuvieran el derecho al voto.
El valor simbólico es innegable: durante generaciones, ninguna mujer había alcanzado la cima del poder ejecutivo en uno de los países más ricos del mundo, y esa barrera, por fin, se ha roto.
Pero, como advertía Kaori, el hecho ha dividido las opiniones, y conviene explicar por qué sin tomar partido. Por un lado, hay quien lo celebra como una prueba de que una mujer puede llegar a lo más alto, un "de cero a uno" que tiene un poderoso efecto inspirador.
Por otro, hay quien matiza que la nueva primera ministra pertenece al sector más conservador de la política japonesa —es cautelosa, por ejemplo, ante reformas como la de los apellidos, de la que hablaremos— y que su llegada no implica, por sí sola, que vaya a reducirse la desigualdad de género del país; de hecho, en su primer gabinete las mujeres siguieron siendo una pequeña minoría.
Además, una frase suya pronunciada al asumir el liderazgo de su partido —en la que afirmó que renunciaría a la idea de "equilibrio entre trabajo y vida" y trabajaría sin descanso— generó una fuerte polémica, sobre todo entre quienes luchan contra el exceso de horas y el karoshi.
Que una mujer llegue al poder es, en definitiva, un hito histórico; pero, como recuerdan muchas japonesas, es un punto de partida, no una meta cumplida. Y para entender por qué, hay que mirar los datos.
El puesto 118: la gran paradoja japonesa
Cada año, el Foro Económico Mundial publica un índice que mide la brecha entre hombres y mujeres en cada país, en cuatro áreas: educación, salud, economía y política. Y en ese ranking, Japón ocupa una posición que sorprende a cualquiera que lo tenga por un país avanzado: ronda el puesto 118 de casi 150 países, el último entre las grandes economías del G7, por detrás de muchos países en desarrollo. ¿Cómo es posible, en una nación tan rica y educada?
La explicación está en que esa cifra global esconde dos realidades opuestas. En educación y salud, Japón está prácticamente a la cabeza del mundo: las niñas se escolarizan igual que los niños, las mujeres acceden a la universidad casi en la misma proporción que los hombres, y la esperanza de vida femenina es de las más altas del planeta. En esos terrenos, la igualdad es casi total.
Pero en economía y política, el país se desploma hasta el fondo de la tabla, y es ahí donde se concentra todo el problema.
Las mujeres japonesas cobran bastante menos que los hombres por un trabajo equivalente, ocupan solo una pequeña fracción de los puestos directivos —apenas algo más de uno de cada diez, frente a porcentajes muy superiores en países como Filipinas, Suecia o Estados Unidos— y son una minoría aún más reducida en los consejos de administración.
En política, la presencia femenina en el Parlamento es de las más bajas del mundo desarrollado. La conclusión es desconcertante: Japón forma a mujeres extraordinariamente capaces y luego apenas las deja ejercer el poder. Tiene el talento, pero no lo aprovecha.
Del ama de casa al doble sueldo
Para entender esta situación hay que mirar atrás.
Durante las décadas del milagro económico de posguerra, Japón se organizó en torno a un reparto de papeles muy nítido: el hombre era el salaryman que se entregaba en cuerpo y alma a la empresa, como vimos en el artículo sobre el trabajo, y la mujer era el ama de casa (sengyō shufu) que sostenía el hogar, criaba a los hijos y administraba la economía familiar.
Ese modelo, idealizado en figuras como la de la madre abnegada que "apoya desde dentro" (naijo no kō), fue durante años el horizonte vital de la mayoría de las japonesas, y todavía hoy pesa en el imaginario, como exploramos al hablar de los cambios en la familia japonesa.
Ese mundo, sin embargo, se ha transformado. A comienzos de los años noventa, los hogares de doble sueldo superaron por primera vez a los de ama de casa, y desde entonces no han dejado de crecer: hoy, en la mayoría de las parejas, trabajan los dos, empujados tanto por la inseguridad económica de las "décadas perdidas" como por el deseo de las mujeres de tener su propia carrera.
La ley acompañó el cambio: en 1985 se aprobó una ley de igualdad de oportunidades en el empleo que prohibía discriminar por sexo en la contratación y la promoción. Pero el cambio se quedó a medias, y esa es la clave de todo: aunque las mujeres han entrado masivamente en el mercado laboral, el reparto de las tareas de casa y de la crianza apenas se ha movido.
En la mayoría de los hogares, ellas siguen asumiendo la inmensa mayoría del trabajo doméstico, lo que las condena a una doble jornada —empleo fuera y casa dentro— que los japoneses llaman, gráficamente, "criar en solitario" cuando el padre apenas participa. Han ganado el derecho a trabajar, pero no se han liberado de la casa.
La curva en M y el techo de cristal
Esa doble carga tiene un efecto muy visible en la vida laboral de las japonesas, que los sociólogos resumen en una imagen: la "curva en M".
Si se dibuja un gráfico con el porcentaje de mujeres que trabajan según su edad, en Japón aparecía tradicionalmente una M: muchas trabajaban de jóvenes, abandonaban el empleo al casarse o tener hijos —de ahí el valle central de la M— y volvían más tarde, cuando los hijos crecían.
Esa curva se ha ido suavizando con los años, pero el problema persiste de otra forma: muchas mujeres que vuelven al trabajo lo hacen en empleos precarios y a tiempo parcial, perdiendo la carrera que tenían. No es casualidad que la mayoría de los contratos no fijos del país los ocupen mujeres.
A esto se suman dos obstáculos muy concretos. El primero es el "techo de cristal": esa barrera invisible que frena el ascenso de las mujeres a los puestos de mando, alimentada por prejuicios sobre que "una madre no puede asumir responsabilidades" y por una cultura laboral de horarios interminables incompatible con la familia.
Quien vuelve de la baja de maternidad suele acabar en lo que se llama, en inglés, la mommy track: una vía secundaria, sin ascensos, apartada de los puestos importantes.
El segundo es un drama muy japonés y muy cotidiano: la búsqueda de plaza en la guardería, una odisea conocida como hokatsu (de "actividad para conseguir guardería"), tan difícil en las grandes ciudades que en 2016 una madre anónima escribió en internet un desahogo furioso por no haber conseguido plaza que se hizo viral y sacudió al país entero, obligando a los políticos a tomarse en serio el problema de las listas de espera.
Sin guarderías suficientes, muchas mujeres no pueden, sencillamente, volver a trabajar.
Acoso con nombre propio
Hay un terreno en el que Japón, paradójicamente, ha aportado vocabulario al mundo: el del acoso. Varias palabras japonesas se usan hoy internacionalmente para nombrar tipos de hostigamiento laboral, y conocerlas dice mucho de la realidad que describen.
Está la sekuhara (de sexual harassment), el acoso sexual, un término que se popularizó en Japón a finales de los años ochenta a raíz de los primeros juicios sonados.
Está la matahara (de maternity harassment), el acoso a las mujeres embarazadas o que acaban de ser madres —presiones para que dimitan, degradaciones—, que los tribunales han declarado ilegal y contra el que la ley obliga hoy a las empresas a actuar. Y está la pawahara (de power harassment), el abuso de los superiores sobre los subordinados, también regulado por ley en los últimos años.
Que hayan hecho falta palabras específicas, leyes y sentencias para combatir estos abusos da la medida de lo extendidos que estaban.
Y aunque la situación mejora, siguen siendo un problema real: persiste, por ejemplo, el acoso a las estudiantes durante la búsqueda de empleo —ese ritual del shūkatsu—, que las autoridades han empezado a investigar en serio solo recientemente. Frente a todo esto, ha ido surgiendo también una respuesta.
El ejemplo más conocido es el movimiento #KuToo —un juego de palabras entre #MeToo, "zapato" y "dolor" en japonés—, surgido en 2019 cuando una mujer protestó por la obligación de llevar tacones en muchos trabajos; su campaña recogió miles de firmas, llegó al Parlamento y tuvo eco internacional.
Pequeñas batallas como esa muestran que algo se mueve, aunque a la palabra "feminismo" todavía le cueste, en Japón, quitarse una imagen negativa que en el mundo hispano resulta difícil de entender.
Fufu bessei: el debate de los apellidos
Pocos temas resumen mejor la encrucijada de la mujer japonesa que el del fufu bessei, el derecho de los cónyuges a conservar cada uno su apellido. Y es que Japón tiene aquí una singularidad mundial: su ley obliga a los matrimonios a adoptar un apellido común, y aunque en teoría puede ser el de cualquiera de los dos, en la práctica casi siempre acaba siendo el del marido.
El resultado es que, en la inmensa mayoría de los casos, es la mujer quien renuncia a su apellido al casarse, con todo lo que eso supone de trámites, de pérdida de identidad profesional y, para muchas, de mensaje simbólico sobre quién se adapta a quién. Japón es, de hecho, prácticamente el único país del mundo que impone por ley el apellido único al casarse.
El debate sobre permitir el apellido separado opcional —que cada pareja elija— lleva décadas abierto, y es muy revelador de las fuerzas en tensión. A favor están la mayoría de la opinión pública según las encuestas, el mundo empresarial (que ve un engorro en que sus profesionales cambien de nombre) y los organismos internacionales, que han recomendado a Japón el cambio en repetidas ocasiones.
En contra están los sectores más conservadores, que temen que el apellido separado debilite los lazos familiares, y que de momento han logrado frenar cualquier reforma legal; el gobierno actual se inclina, como mucho, por permitir un uso más amplio del apellido de soltera como "nombre de uso", una solución que para muchas mujeres no resuelve el fondo del asunto.
Para un lector hispanohablante todo esto resulta especialmente chocante, porque en España y en Latinoamérica lo normal es justo lo contrario: cada persona conserva sus apellidos de por vida, como vimos al hablar de los apellidos japoneses.
De hecho, las parejas internacionales son una de las pocas excepciones que la ley japonesa contempla: cuando uno de los cónyuges es extranjero, sí pueden mantener apellidos distintos, una pista de hacia dónde podría ir el país.
La pandemia y las mujeres más vulnerables
Conviene detenerse, con respeto, en una cara más dura de esta desigualdad, porque a menudo queda oculta tras los debates institucionales: la de las mujeres en situación más frágil. La pandemia lo dejó al descubierto de forma dramática.
Mientras en términos generales algunos indicadores mejoraban, los datos mostraron que el sufrimiento se cebó especialmente con las mujeres: al concentrarse en los empleos más precarios y en los sectores —hostelería, comercio, servicios— más golpeados por los cierres, muchas perdieron sus ingresos de la noche a la mañana, y a la vez cargaron con el grueso del cuidado de los hijos confinados.
En ese contexto, y rompiendo la tendencia de décadas, los indicadores de salud mental y de suicidio entre las mujeres, sobre todo las jóvenes, empeoraron de manera preocupante.
Detrás de esto hay una realidad estructural: la pobreza tiene rostro de mujer también en Japón. La inmensa mayoría de las familias monoparentales están encabezadas por madres solas, y una proporción altísima de ellas vive en situación de pobreza relativa, combinando empleos precarios con el cuidado en solitario de sus hijos.
A ello se suma el aumento de las mujeres que viven solas y que llegan a la vejez sin pareja ni hijos, en un país donde, como vimos al hablar del envejecimiento, envejecer en soledad es un riesgo creciente.
Reconocer esta dimensión —la de las mujeres a las que la desigualdad no les cuesta un ascenso, sino el sustento— es imprescindible para no quedarse solo en la superficie del problema.
Frente al mundo hispano
La comparación con el mundo hispanohablante es, en este tema, especialmente iluminadora, porque ofrece a la vez espejos y contrastes.
El más llamativo es el de los liderazgos femeninos: mientras Japón estrenaba en 2025 a su primera mujer al frente del gobierno, América Latina lleva décadas eligiendo presidentas —de Chile a Argentina, de Brasil a, muy recientemente, México, que en 2024 eligió a su primera presidenta—, hasta el punto de que se ha hablado de la región como un "continente de presidentas".
También España ha tenido gobiernos con mayoría de ministras y un ministerio dedicado a la igualdad. En presencia de mujeres en la política, el mundo hispano va, en conjunto, muy por delante de Japón.
En lo cotidiano, los contrastes son igual de claros: en España y Latinoamérica el doble sueldo se da por sentado desde hace tiempo, los apellidos no se pierden al casarse, y el feminismo es un movimiento social masivo y visible, con grandes movilizaciones cada 8 de marzo.
Pero sería injusto pintar el mundo hispano como un paraíso: arrastra sus propias y gravísimas lacras, empezando por la violencia machista y los feminicidios, que en varios países alcanzan cifras terribles y que en Japón, pese a todo, son comparativamente menos frecuentes.
Ninguna de las dos culturas ha resuelto la igualdad; simplemente, han avanzado por caminos distintos y tienen cosas que aprender la una de la otra.
Para las familias internacionales, esta diferencia es una de las que más conviene hablar y negociar, porque toca el corazón de cómo se reparten la vida una pareja: lo que en una cultura se da por hecho, en la otra puede ser todavía una conquista.
Hijas de dos mundos
Conviene terminar mirando al futuro, y ese futuro tiene, en parte, rostro de niña birracial.
Para una hija de madre o padre japonés y de familia hispanohablante, crecer entre estas dos visiones de la mujer puede ser una enorme ventaja: aprende, desde dentro, que las cosas pueden organizarse de maneras distintas, que ni el reparto de tareas ni los apellidos ni el lugar de la mujer en el trabajo son leyes naturales, sino decisiones culturales que se pueden cambiar.
Esa doble mirada —la disciplina y la formación japonesas junto a la asertividad y la naturalidad hispana ante la igualdad— es un capital valiosísimo, como apuntamos al hablar de la crianza entre dos culturas.
Y conviene recordar que el cambio, en Japón, ya está en marcha, empujado sobre todo por las generaciones jóvenes.
Cada vez más mujeres japonesas exigen carreras propias, parejas que compartan de verdad las tareas y un Estado que las apoye; cada vez más hombres jóvenes piden bajas de paternidad y quieren estar presentes en la crianza; y la propia llegada de una mujer a la jefatura del gobierno, más allá de los debates sobre su signo político, ha instalado en el imaginario la idea de que ese techo, por fin, se puede romper.
Japón no es ni el país atrasado que a veces se caricaturiza ni el modelo igualitario que querría ser: es una sociedad en plena transformación, que avanza despacio pero avanza, y que tiene en sus mujeres —tan formadas, tan capaces, tan poco aprovechadas— uno de sus mayores recursos para el futuro.
Conclusión: una revolución a medias
Cuando Laura terminó de seguir aquella noticia del otoño de 2025, había entendido lo que Kaori intentaba decirle: que la imagen de una mujer al frente del gobierno japonés era, a la vez, un símbolo poderoso y una verdad incompleta.
Detrás de ese hito conviven un país que educa a sus mujeres mejor que casi nadie y que, a la vez, apenas las deja gobernar y dirigir; un país de amas de casa que se ha llenado de trabajadoras sin liberarlas de la casa; un país que ha puesto nombre a los acosos que padecían sus mujeres y que aún discute si pueden conservar su propio apellido. Es, en una palabra, una revolución a medias.
Pero las revoluciones a medias son, también, revoluciones en marcha.
La situación de la mujer japonesa ha cambiado más en las últimas décadas que en siglos, y lo seguirá haciendo, empujada por la presión demográfica —un país que necesita desesperadamente que sus mujeres puedan trabajar y tener hijos sin renunciar a una cosa por la otra—, por el ejemplo del mundo y por la determinación de unas generaciones jóvenes que ya no aceptan las viejas reglas.
Conocer esta realidad, con sus luces y sus sombras, es imprescindible para cualquiera que se relacione con Japón, y muy en especial para las mujeres y las familias que viven a caballo entre dos culturas.
En el próximo artículo seguiremos explorando la diversidad de la sociedad japonesa desde otro ángulo igual de revelador: el de la comunidad LGBTQ+ y su largo camino hacia el reconocimiento, en un país que avanza también aquí a su propio ritmo, entre la tradición y el cambio.
Pero, antes de pasar página, quédate con la imagen de aquella primera ministra y con la pregunta que abre y cierra este artículo: ¿basta con que una mujer llegue a lo más alto para que todas las demás suban con ella? La respuesta, en Japón como en tantos sitios, está todavía escribiéndose.