Es la mañana del 1 de septiembre en un piso de Tokio, y Daniel-Kenta, de diez años —hijo de Carla, madrileña, y de Hiroshi, japonés—, no quiere levantarse. Hoy se acaban las vacaciones de verano y vuelve el colegio, pero el niño está pálido y callado. "No quiero ir", dice por fin, en voz baja. Carla se sienta en la cama: "¿Por qué, cariño?". "No tengo amigos... y no entiendo las clases...".
Carla siente un nudo en el estómago: hace poco leyó en las noticias que el comienzo del curso, justo después del verano, es la época más delicada del año para los escolares japoneses. Mira a Hiroshi, que ya está buscando algo en el móvil. "No vamos a obligarlo", dice él. "Hablaremos con la escuela. Hay programas para esto, salas de apoyo, incluso escuelas distintas".
Carla piensa en su propia infancia en Madrid, tan diferente, y se da cuenta de que el sistema educativo japonés —admirado en todo el mundo por sus resultados— esconde una realidad mucho más complicada de lo que parece.
Esa escena nos abre uno de los temas más importantes —y más delicados— de la sociedad japonesa: la educación. Japón tiene uno de los mejores sistemas educativos del mundo según las pruebas internacionales, con alumnos que figuran entre los más competentes del planeta en lectura, matemáticas y ciencias.
Y, a la vez, arrastra problemas durísimos: una presión de exámenes legendaria, un acoso escolar (ijime) que bate récords, y un número creciente de niños que, sencillamente, dejan de ir a clase (futōkō). Entender la educación japonesa es entender de dónde sale el famoso rigor del país, pero también algunas de sus heridas más dolorosas.
En este artículo, tercero de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, recorreremos el sistema educativo entero: su estructura, la carrera de exámenes que empieza casi en el jardín de infancia, la enorme industria de las academias, el problema del acoso y el del absentismo, la paradoja entre las notas altas y la baja felicidad de los niños, y una comparación con el mundo hispano.
Es la cara del Japón que forma —para bien y para mal— a sus futuros ciudadanos.
El sistema 6-3-3-4
Empecemos por la estructura, que es sencilla de recordar: 6-3-3-4. Significa seis años de primaria (de los 6 a los 12), tres de secundaria inferior (de los 12 a los 15), tres de secundaria superior o bachillerato (de los 15 a los 18) y cuatro de universidad.
La educación obligatoria abarca los nueve primeros años, hasta el final de la secundaria inferior, y este modelo se implantó tras la Segunda Guerra Mundial siguiendo el ejemplo estadounidense, como ya contamos en el artículo dedicado al sistema educativo japonés.
Lo notable son las cifras de continuidad. Aunque el bachillerato no es obligatorio, casi el 99 % de los jóvenes lo cursa, una de las tasas más altas del mundo; y alrededor del 60 % sigue luego hasta la universidad, sin contar los que van a escuelas técnicas o profesionales.
Hay otros rasgos muy característicos: el curso escolar empieza en abril —coincidiendo con la floración de los cerezos, de modo que las fotos de la entrada al colegio se hacen bajo los pétalos, como vimos al hablar del hanami— y no en septiembre como en el mundo hispano;
las clases incluyen tareas que en otros países no se considerarían escolares, como la limpieza del aula por los propios alumnos o el servicio de comedor; y la inmensa mayoría va a la escuela pública, aunque en las grandes ciudades el peso de los colegios privados crece. Hasta aquí, todo suena ordenado y envidiable. La complicación empieza con los exámenes.
Cuatro exámenes: del jardín de infancia a la universidad
Lo que sorprende a cualquiera de fuera es que, en Japón, la "carrera" educativa puede empezar antes incluso de aprender a leer. A diferencia del mundo hispano, donde el único examen verdaderamente decisivo es el de acceso a la universidad, en Japón existe la posibilidad de competir en hasta cuatro etapas distintas, y de ahí la fama del "infierno de los exámenes" (lo que en inglés se llama examination hell).
La primera, y la más extrema, es la o-juken: los exámenes de acceso a ciertos jardines de infancia y colegios de primaria privados de élite, sobre todo en Tokio y Osaka, a los que algunas familias acomodadas presentan a niños de cuatro o cinco años tras prepararlos durante uno o dos años en academias especializadas.
La segunda es el chūgaku juken, el examen de acceso a la secundaria privada, que en la zona de Tokio realiza alrededor de uno de cada cinco alumnos de doce años, aspirando a entrar en los institutos más prestigiosos.
La tercera es el examen de acceso al bachillerato, que hace prácticamente todo el mundo a los quince años, y en el que pesa mucho el naishinsho, una especie de expediente que recoge no solo las notas, sino la conducta y la participación en actividades.
Y la cuarta es la cumbre: el examen de acceso a la universidad, con su prueba común nacional que cada enero realizan cientos de miles de jóvenes, y para el que la competencia por entrar en las universidades de élite —encabezadas por la Universidad de Tokio— sigue siendo feroz, pese a que, por la baja natalidad, hoy casi cualquiera puede encontrar plaza en alguna universidad.
Cada uno de estos peldaños alimenta una industria gigantesca: la de las academias.
Juku: la industria de las academias
Aquí aparece una institución sin la que no se entiende la educación japonesa: el juku (塾), la academia privada extraescolar a la que acuden los niños después del horario escolar para reforzar o, sobre todo, para preparar exámenes.
No es un fenómeno marginal: se calcula que cerca de la mitad de los alumnos japoneses asiste a algún tipo de academia, una proporción altísima comparada con el mundo hispano, donde el refuerzo extraescolar es minoritario. El sector mueve una cantidad de dinero enorme y tiene sus propias cadenas célebres, verdaderas marcas que las familias conocen al dedillo.
La realidad cotidiana de un niño que prepara el examen de secundaria puede ser durísima: tras salir del colegio, va a la academia varias tardes por semana hasta las nueve o las diez de la noche, vuelve a casa a cenar y a hacer deberes, y duerme poco. Detrás de él suele haber una familia entera volcada —a menudo una madre que ejerce de "copiloto", organizando horarios, traslados y repasos—.
Todo esto plantea un debate social serio: el agotamiento y la falta de sueño de niños muy pequeños, y una creciente desigualdad, porque las academias son caras y no todas las familias pueden pagarlas, de modo que la diferencia económica se traduce en diferencia educativa.
El juku concentra, así, lo mejor y lo peor del sistema: una entrega admirable por la educación de los hijos, y una presión que muchos consideran excesiva.
Ijime: la cara oscura del grupo
Pasamos ahora a la parte más sombría, y conviene hacerlo con cuidado. El ijime (いじめ), el acoso escolar, es uno de los problemas sociales más graves de Japón, y la propia palabra japonesa se conoce ya internacionalmente.
No es que el acoso sea exclusivo de Japón —existe en todo el mundo—, pero allí adquiere rasgos particulares ligados a la fortísima presión del grupo: en una cultura que valora tanto la armonía y el "no destacar", quien se sale de la norma —por ser diferente, por ser mixto, por cualquier motivo— puede convertirse en blanco, y el acoso más frecuente no es la violencia física, sino la exclusión silenciosa, el vacío, el ignorar a alguien hasta hacerlo invisible.
Es la cara oscura de ese mismo aguante y esa contención que, en su versión positiva, exploramos al hablar del gaman.
Las cifras son alarmantes y van en aumento: según los datos oficiales del Ministerio de Educación correspondientes al curso 2024, hechos públicos a finales de 2025, los casos de acoso detectados en los colegios japoneses superaron los 769.000, una cifra récord, y los llamados "casos graves" —aquellos en que se sospecha un daño serio para la salud o la vida del alumno— rebasaron los 1.400, también un máximo histórico.
Conviene matizar que parte de ese aumento se debe a que hoy se detecta y se cuenta mejor que antes, lo cual es un avance; durante mucho tiempo, el problema se ocultó.
De hecho, hizo falta una tragedia para que el país reaccionara: en 2011, el suicidio de un alumno de secundaria en la ciudad de Ōtsu, agravado por el encubrimiento de la escuela, conmocionó a Japón y llevó, en 2013, a aprobar una ley nacional contra el acoso escolar que por primera vez obligaba a los centros a prevenirlo, detectarlo y actuar.
A todo esto se suma hoy una dimensión nueva y difícil de combatir: el acoso a través de las redes sociales, que persigue a la víctima también en casa, las veinticuatro horas, y del que es casi imposible escapar.
Futōkō: los niños que dejan de ir a clase
Estrechamente ligado a todo lo anterior está el futōkō (不登校), un término que designa a los alumnos que faltan a clase de forma prolongada —al menos un mes al año— por motivos que no son ni una enfermedad ni la falta de recursos.
Y aquí está uno de los datos más impactantes del Japón actual: según las mismas estadísticas oficiales, en el curso 2024 hubo alrededor de 354.000 niños y adolescentes de primaria y secundaria en situación de futōkō, una cifra récord que lleva doce años seguidos creciendo. Son cientos de miles de niños que, sencillamente, no van al colegio.
¿Por qué? Las causas son muchas y a menudo se entrelazan: la ansiedad, la falta de motivación, los problemas con los compañeros —incluido el acoso—, la dificultad para seguir el ritmo, o sencillamente un malestar difuso.
Pero hay también un cambio social profundo y, en parte, positivo: cada vez más familias y educadores rechazan la vieja idea de que hay que ir a clase "a toda costa", y aceptan que un niño que lo está pasando mal tiene derecho a descansar y a buscar otra vía.
De hecho, la respuesta institucional ha dado un giro histórico: en 2023, el Ministerio de Educación lanzó un gran plan de apoyo al absentismo cuyo lema podría resumirse en "que ningún niño se quede sin aprender", y que cambia el enfoque tradicional —"devolver al niño a la escuela"— por otro mucho más flexible: garantizar que pueda seguir aprendiendo de la manera que le funcione.
De ahí han surgido las llamadas "escuelas de aprendizaje diversificado" —centros públicos con horarios y currículos adaptados para alumnos que no encajan en la escuela ordinaria, que el país quiere multiplicar— y las "salas de apoyo" dentro de los propios colegios, espacios alternativos al aula donde un niño puede estar a su ritmo.
El futōkō ha dejado de verse solo como un problema del niño para empezar a verse como una señal de que, a veces, es el sistema el que tiene que cambiar.
El "problema del 1 de septiembre"
Hay un fenómeno especialmente doloroso que conviene mencionar con toda la delicadeza, porque dice mucho de la presión que soportan los escolares japoneses: lo que se conoce como el "problema del 1 de septiembre".
Los estudios han mostrado que el número de suicidios entre menores tiende a aumentar en torno al final de las vacaciones de verano y el reinicio del curso —de ahí el nombre—, cuando la angustia de volver a un entorno que se vive como hostil se vuelve insoportable para algunos niños.
Es un dato estremecedor, y su existencia ha obligado a la sociedad japonesa a hablar abiertamente de algo que durante mucho tiempo fue tabú.
La buena noticia es que ese reconocimiento ha cambiado las cosas. Hoy, cada verano, instituciones, medios, bibliotecas y figuras públicas lanzan mensajes muy claros dirigidos a los niños que sufren: que no pasa nada por no ir a clase, que su vida vale infinitamente más que la asistencia a la escuela, y que pedir ayuda no es ninguna debilidad.
Una conocida biblioteca llegó a publicar un mensaje, que se hizo viral, invitando a refugiarse en sus salas a cualquier niño para quien empezar el curso fuera "insoportable". Detrás de todo ello hay una idea que cuesta asumir pero que es liberadora: que la escuela debe estar al servicio del niño, y no al revés.
Para las familias —y muy en especial para las familias internacionales, cuyos hijos a veces lo tienen más difícil para encajar—, conocer estas señales y saber que existen alternativas y apoyos es importantísimo.
Profesores al límite
No se puede entender la crisis educativa japonesa sin mirar al otro lado de la tarima: los profesores, que están entre los trabajadores más sobrecargados del país.
A las horas de clase se suma una montaña de tareas: la preparación de lecciones, los actos escolares, la atención a las familias, el papeleo y, sobre todo, la supervisión de los clubes extraescolares (bukatsu), que ocupa tardes, fines de semana y vacaciones, a menudo sin apenas compensación.
El resultado es que muchos docentes, especialmente en secundaria, trabajan un número de horas que en otros sectores rozaría —o superaría— el umbral asociado al karoshi del que hablamos en el artículo sobre el trabajo.
Las consecuencias son visibles: ha crecido el número de profesores de baja por problemas de salud mental, y se ha disparado la dificultad para encontrar nuevos docentes, porque la profesión arrastra fama de agotadora.
Para aliviarlo, se han puesto en marcha reformas como el traspaso progresivo de los clubes deportivos a entidades de la comunidad, subidas salariales y la apuesta por la tecnología en el aula —Japón equipó a todos sus alumnos con un dispositivo digital tras la pandemia—.
Pero el problema de fondo persiste: un sistema que exige muchísimo a los niños exige también muchísimo a quienes los enseñan, y reformar uno sin reformar el otro es imposible.
Excelencia y felicidad: la paradoja japonesa
Llegados aquí, conviene poner las cosas en perspectiva con la gran paradoja del sistema educativo japonés.
Por un lado, los resultados académicos son excelentes: en las pruebas internacionales que comparan a los alumnos de todo el mundo, los japoneses figuran sistemáticamente entre los mejores del planeta en lectura, matemáticas y ciencias, muy por encima de la media de los países desarrollados y de los hispanohablantes.
En conocimientos, disciplina y dominio de lo básico, la escuela japonesa funciona admirablemente, y forma a generaciones de ciudadanos competentes y responsables. Eso es innegable, y explica buena parte del éxito histórico del país.
Pero, por otro lado, esos mismos niños tan brillantes figuran, en los estudios internacionales sobre bienestar infantil, entre los menos felices de los países ricos, con tasas preocupantes de insatisfacción y de salud mental frágil. Es la gran contradicción: un sistema que produce los mejores resultados y, a la vez, una infancia bajo una presión que muchos consideran excesiva.
La pregunta que se hace cada vez más gente en Japón es justamente esa: ¿de qué sirve sacar las notas más altas del mundo si los niños no son felices? Buena parte de las reformas recientes —la apertura hacia el futōkō, los mensajes del 1 de septiembre, el debate sobre la presión de los exámenes— nacen, precisamente, de empezar a tomarse en serio esa pregunta.
Y aquí, quizá, el mundo hispano tenga algo que aportar.
Un riesgo nuevo: los "trabajos en la sombra"
A los problemas clásicos de la escuela se ha sumado en los últimos años una amenaza nueva que preocupa mucho a padres y educadores, y que conviene conocer: los llamados yami baito, los "trabajos en la sombra".
Se trata de ofertas de empleo que circulan por las redes sociales y las aplicaciones de mensajería, presentadas como "trabajos muy bien pagados" para ganar mucho dinero en poco tiempo, y dirigidas precisamente a jóvenes —estudiantes de secundaria, bachillerato o universidad— con apuros económicos o simplemente atraídos por la promesa de dinero fácil.
La realidad detrás de esas ofertas es muy distinta y muy peligrosa: a menudo son la puerta de entrada al crimen organizado, que recluta a jóvenes como peones desechables para cometer robos o estafas, sobre todo contra ancianos. Una vez dentro, al chico se le exigen sus datos personales y los de su familia, de modo que, si intenta echarse atrás, lo amenazan.
En los últimos años, varias oleadas de robos y fraudes cometidos por jóvenes captados así han sacudido a la opinión pública, y las autoridades educativas han tenido que lanzar campañas de aviso en los colegios con un mensaje sencillo y rotundo: no existe el dinero fácil, y una oferta que parece demasiado buena para ser verdad es, casi siempre, una trampa.
Es un recordatorio de que educar hoy también significa enseñar a moverse con cabeza por un mundo digital lleno de riesgos nuevos.
Frente al mundo hispano
Para un lector hispanohablante, la comparación resulta muy reveladora, porque las dos culturas educativas son casi opuestas en su filosofía, aunque cada una tenga sus virtudes y sus problemas.
| Japón | Mundo hispano | |
|---|---|---|
| Inicio del curso | abril | septiembre |
| Exámenes decisivos | hasta cuatro etapas | sobre todo la universidad |
| Academias extraescolares | muy extendidas | minoritarias |
| Clubes / actividades | casi obligatorios | opcionales, menos centrales |
| Resultados académicos | de los más altos del mundo | en torno a la media |
En España y en buena parte de Latinoamérica, la escuela tiende a ser menos competitiva y más relajada, con menos peso de los exámenes tempranos y de las academias, pero también con resultados académicos más modestos. Donde el sistema japonés peca de exceso de presión, el hispano peca a veces de exceso de laxitud.
Ninguno es perfecto, y por eso es tan interesante mirarlos juntos: Japón podría aprender del mundo hispano a aligerar la carga sobre los niños y a valorar más su bienestar; y el mundo hispano, quizá, del japonés cierto sentido del esfuerzo, la disciplina y el respeto por la educación, esa misma cultura del esfuerzo constante que tantas veces hemos visto en estas páginas.
Para las familias mixtas, la elección de colegio —escuela pública japonesa, colegio internacional, una vía intermedia— es una de las decisiones más importantes y delicadas, y conviene tomarla conociendo bien las dos lógicas, como apuntamos al hablar de la crianza entre dos culturas.
Conclusión: educar para la vida
Cuando aquella mañana Carla y Hiroshi decidieron no obligar a Daniel-Kenta a ir al colegio, y en su lugar pidieron cita en la escuela para hablar de las salas de apoyo, no estaban rindiéndose: estaban tomando, con la información en la mano, la decisión más sensata para su hijo.
Habían entendido algo que el propio Japón está aprendiendo, a base de dolor y de datos: que ningún resultado académico vale el sufrimiento de un niño, y que educar bien no es solo enseñar a aprobar exámenes, sino ayudar a crecer a una persona sana y feliz.
El sistema educativo japonés es, como casi todo en este país, una mezcla de luces deslumbrantes y sombras profundas. Forma a algunos de los mejores estudiantes del mundo y, a la vez, soporta unas tasas de acoso y de absentismo que ya no puede ignorar.
Pero hay motivos para la esperanza: el giro hacia la flexibilidad, la creciente aceptación de que está bien pedir ayuda, el reconocimiento de que la felicidad de los niños importa tanto como sus notas. Conocer esta realidad —sin idealizar el rigor japonés ni reducirlo todo a sus problemas— es imprescindible para cualquier familia que críe o eduque a un niño en relación con Japón.
En el próximo artículo abordaremos el reto que está detrás de muchos de estos problemas y que define al Japón del siglo XXI más que ningún otro: el envejecimiento y la baja natalidad, ese país que se queda, a la vez, sin niños en las aulas y con cada vez más ancianos.
Pero, antes de pasar página, quédate con la imagen de Daniel-Kenta, y con la idea que abre y cierra este artículo: que detrás de cada estadística hay un niño, y que ninguna escuela del mundo debería hacerle olvidar que su vida vale más que cualquier examen.
Una nota final: si tú o alguien cercano está pasando por un momento difícil, pedir ayuda es siempre lo más valiente. En España existe el Teléfono de la Esperanza y la línea 024 de atención a la conducta suicida; en México, el SAPTEL; y en la mayoría de los países hispanohablantes hay líneas gratuitas de ayuda emocional. No estás solo.