Diego, un ingeniero de software madrileño, lleva apenas una semana en su nuevo trabajo en una empresa tecnológica de Tokio.
Su mañana ha sido un compendio de Japón en estado puro: ha tomado un Shinkansen desde Shinagawa hasta Nagoya —puntualidad al segundo, sesenta años sin un solo accidente mortal de pasajeros, conexión a internet por debajo de las montañas—, y al llegar a la planta del cliente, un fabricante de automóviles, ha pasado por una nave repleta de brazos robóticos que ensamblan carrocerías con una precisión hipnótica.
Diego ha pensado, mientras los miraba, que esto es exactamente lo que esperaba encontrarse al mudarse a Japón. Después se ha sentado en una sala de reuniones y le han pedido que firme un documento de confidencialidad con un sello personal —un hanko— porque "la versión escaneada también la enviaremos por fax".
En menos de tres horas, Diego ha presenciado el milagro y la paradoja del Japón tecnológico: uno de los países más sofisticados del mundo en robótica e industria, y a la vez uno de los más sorprendentemente analógicos en su día a día.
Esa paradoja es el tema de este artículo. La tecnología japonesa es una de las grandes potencias industriales del planeta —líder mundial en robots, trenes de alta velocidad, sensores de imagen, videojuegos y máquinas-herramienta—
y, al mismo tiempo, vive una digitalización tardía y desigual: la pandemia de 2020 dejó al descubierto que muchas oficinas, hospitales y administraciones funcionaban —y a veces todavía funcionan— a base de papel, sellos y faxes, y que la transformación digital del país iba muy por detrás de su prestigio internacional.
Entender este doble rostro es entender una parte fundamental del Japón actual y, sobre todo, del Japón que viene: porque el país está atravesando una transformación tecnológica enorme, muy intensa en estos años 2025-26, con leyes nuevas sobre inteligencia artificial, una vuelta histórica al sector del semiconductor y una apuesta clara por los robots de servicio.
Este artículo, séptimo de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, recorre el tema entero: por qué Japón es una potencia robótica, qué papel juegan los famosos robots humanoides en el imaginario y en la realidad, en qué consiste la paradoja digital, qué está pasando ahora mismo con la inteligencia artificial, por qué Kumamoto se ha llenado de semiconductores, qué se espera de los robots ante una sociedad que envejece, y cómo se compara todo esto con España y América Latina.
Una potencia robótica
Si hay un terreno donde Japón es indiscutiblemente un líder mundial, ese es el de los robots industriales.
Empresas japonesas como FANUC (sede en la prefectura de Yamanashi, al pie del monte Fuji), Yaskawa Electric (Kitakyushu), Kawasaki Heavy Industries, Mitsubishi Electric, Nachi-Fujikoshi o Denso Wave llevan décadas dominando, junto con la alemana KUKA y la suiza ABB, el mercado mundial de los brazos robóticos que ensamblan coches, sueldan piezas, manipulan semiconductores y empaquetan productos en almacenes.
La Federación Internacional de Robótica (IFR) coloca, año tras año, a Japón entre los principales fabricantes y exportadores del planeta, y los robots japoneses están detrás de la mayoría de las grandes cadenas de montaje del mundo.
Para hacerse una idea: el sector del automóvil japonés —Toyota, Honda, Nissan— funciona en gran medida con sus propios robots, y la electrónica de consumo mundial se ensambla en plantas que dependen en buena parte de máquinas japonesas.
Esa fuerza industrial se nota también en el otro símbolo tecnológico del país: el Shinkansen. Cuando se inauguró en octubre de 1964, días antes de los Juegos Olímpicos de Tokio, el primer tren bala del mundo cubría los más de 500 km entre Tokio y Osaka en cuatro horas, a velocidades sin precedentes.
Sesenta años después, la red se ha extendido al norte hasta Hokkaidō y al sur hasta Kagoshima, los trenes circulan a 285 km/h en su línea más usada —el N700S, en servicio desde principios de los años veinte—, los retrasos medios se miden en segundos, y, lo más extraordinario, no hay registrado en toda esa historia ni un solo accidente mortal de pasajeros por descarrilamiento o colisión en servicio comercial.
Ningún otro país ha conseguido un récord parecido. Cuando Diego viaja en el Shinkansen, está tocando con la mano una de las grandes hazañas industriales del siglo XX. Como vimos al hablar del trabajo en Japón, parte de esta cultura del cero-error nace de un sistema laboral entregado y muy meticuloso, con sus luces y sus sombras.
A esta fuerza histórica se le suma, en estos años, un esfuerzo claro por preparar la siguiente ola: la de los robots de servicio y humanoides, ya no solo confinados a las fábricas, sino diseñados para convivir con personas en hospitales, hoteles, comercios, almacenes y hogares.
Los presupuestos públicos para investigación incluyen partidas crecientes en este terreno, y citas internacionales en Tokio reúnen ya regularmente a investigadores y empresas de robótica humanoide de todo el mundo. La pregunta no es si Japón seguirá siendo una potencia robótica, sino qué tipo de robots fabricará a partir de ahora.
Robots con corazón
Hay un detalle que sorprende a casi cualquier persona que llegue al tema desde fuera: en Japón, los robots no dan miedo.
Mientras en buena parte de la cultura occidental los robots arrastran una herencia de Frankenstein, Terminator, Matrix o Blade Runner —máquinas que se rebelan y nos amenazan—, en Japón la imagen popular del robot está marcada por Astroboy, el niño robótico de Osamu Tezuka (1952), por las series de robots gigantes "amigos" de los años 70, por los humanoides de servicio del siglo XXI y, en general, por una visión del robot como compañero.
Esa diferencia cultural no es anecdótica: explica, en buena medida, por qué Japón ha sido durante décadas el laboratorio mundial de los robots que viven con personas.
El ejemplo más famoso ha sido, durante años, el ASIMO de Honda, presentado en el año 2000. Su humanidad mecánica —caminaba, subía escaleras, saludaba, jugaba a la pelota, servía bebidas— le valió giras mundiales y encuentros con jefes de Estado, presidentes y ministros, hasta convertirlo en el embajador internacional de la robótica japonesa.
Honda retiró ASIMO del desarrollo activo en 2018, reorientando su investigación hacia robots más prácticos, pero su legado sigue ahí. En paralelo, Sony lanzó en 1999 el aibo, el primer perro robot doméstico del mundo.
Después de una primera generación que se discontinuó en 2006, Sony resucitó la línea en 2018 con un modelo conectado a la nube, capaz de aprender y reconocer a sus dueños, que se vende sobre todo en Japón con una base de "fans" sorprendentemente fiel. Hay incluso ceremonias de despedida para aibos averiados, oficiadas en templos budistas: un detalle muy revelador del que hablaremos luego.
A esa lista se añaden dos figuras importantes. La primera es PARO, una pequeña foca robótica blanca desarrollada por el AIST (instituto público de investigación) a comienzos de los 2000, diseñada para terapia con personas con demencia. PARO no anda, no habla, no hace gran cosa: se mueve, parpadea, emite sonidos suaves y reacciona a las caricias.
Y, sin embargo, ha sido reconocida en Estados Unidos como dispositivo médico y se utiliza en residencias de mayores de varios países europeos.
La segunda es Pepper, el robot humanoide de SoftBank Robotics (2014), pensado como recepcionista y asistente comercial, que llegó a ser muy visible en bancos y tiendas, pero cuya producción se interrumpió a comienzos de los 2020 ante las limitaciones de la IA del momento.
Tres figuras —ASIMO, aibo, PARO—, tres ideas distintas de qué puede ser un robot en la vida cotidiana: un símbolo, un compañero, un terapeuta. Todas ellas, muy japonesas.
La gran paradoja digital
Hasta aquí, la cara brillante. La otra cara es la que sorprende a casi cualquier extranjero que aterriza en Japón pensando que va a encontrarse con un país futurista a lo Blade Runner. La realidad es más prosaica.
Para empezar, en muchísimas oficinas, bancos, hospitales y administraciones se sigue exigiendo el hanko, el sello personal con el nombre grabado que sustituye a la firma manuscrita. Hay sellos para distintos usos —el sello registrado en el ayuntamiento, el del banco, el de uso general—, y operar sin ellos es, todavía hoy, complicado.
Cuando llegó la pandemia de 2020 y se decretó el teletrabajo, miles de empleados japoneses tuvieron que ir igualmente a la oficina a poner sellos en papeles que llegaban en carpetas, una imagen que se volvió internacional y abrió un debate público sobre la necesidad de "deshacerse del hanko", encabezado por el entonces ministro de reforma administrativa.
Lo mismo ocurre con el fax. Lejos de ser una reliquia de los años ochenta, el fax sigue siendo un canal de comunicación habitual en muchísimos contextos: hospitales, escuelas, administraciones locales y, sobre todo, durante la pandemia, en el sistema de notificación de casos a las autoridades sanitarias.
Que en uno de los países tecnológicamente más avanzados del mundo los datos de COVID-19 viajasen por fax fue una de las imágenes que mejor resumió la paradoja digital japonesa: capaz de fabricar los semiconductores más sofisticados, y a la vez profundamente analógico en sus procesos burocráticos.
A todo esto se le suma el accidentado despliegue de la Mai Nanbā Kādo (la "tarjeta del número personal", una especie de DNI digital), la digitalización a medias de los servicios públicos —que motivó la creación de una Agencia Digital específica en 2021—, y un uso de los pagos sin efectivo notablemente más bajo que en los países vecinos.
Mientras Corea del Sur o China superan el 80-90 % de pagos electrónicos, Japón ronda apenas el 40 % de pagos cashless, con un uso muy mayoritario del efectivo en muchos pequeños comercios, restaurantes y zonas rurales.
Las razones son varias: una sociedad muy segura (llevar dinero en efectivo es seguro), una población envejecida (más apegada al billete), comisiones que pesan a los pequeños negocios y la confianza histórica en el yen físico.
Cuando, como contamos en el artículo sobre demografía y envejecimiento, un país tiene un tercio de su población por encima de los 65 años, los cambios de hábitos digitales son, por fuerza, más lentos.
2025-2026: el año de la IA en Japón
Sobre esa base, mitad luminosa y mitad analógica, ha llegado la gran ola de la inteligencia artificial generativa, y Japón está respondiendo con una rapidez política poco habitual.
En 2025 el Parlamento aprobó la primera ley nacional sobre inteligencia artificial, conocida en la prensa simplemente como la "Ley de IA", cuyo enfoque es muy distinto del europeo: donde la UE puso el acento en la regulación y la prohibición de usos de alto riesgo, Japón ha apostado por una ley más centrada en promover la investigación, el desarrollo y la aplicación de la IA, con un marco más ligero y un fuerte papel del Estado como impulsor.
A finales del mismo año, el Gobierno aprobó además un Plan Básico de IA que define las prioridades nacionales para los próximos años: investigación y desarrollo, despliegue social y cooperación internacional.
El movimiento más visible para el ciudadano, sin embargo, es lo que la Agencia Digital ha bautizado como "Gennai", un entorno de IA generativa para uso de los funcionarios del Estado.
El nombre es un guiño cultural: Hiraga Gennai fue un erudito polifacético del siglo XVIII, considerado por muchos como una especie de "Leonardo japonés", famoso por su curiosidad insaciable y sus inventos.
La idea es que un sistema con ese nombre acompañe la transformación digital del país desde dentro: la previsión del Gobierno es que la herramienta llegue a estar disponible para todos los ministerios del Estado en el ejercicio fiscal 2026, con cerca de 180 000 funcionarios potenciales usuarios.
A ese marco se han ido sumando colaboraciones con grandes proveedores internacionales y un esfuerzo deliberado por usar modelos de lenguaje desarrollados en Japón, como el PLaMo de la empresa Preferred Networks, para servicios de traducción y otras tareas.
Detrás de todo esto hay un pequeño pero vibrante ecosistema de empresas japonesas de IA. ELYZA, una spin-off del prestigioso laboratorio Matsuo de la Universidad de Tokio, se ha especializado en modelos de lenguaje en japonés. Sakana AI, fundada por antiguos investigadores de Google, ha llamado la atención mundial con sus modelos basados en metáforas evolutivas.
Preferred Networks lleva años desarrollando IA aplicada a la industria y a la medicina y, ahora, también modelos de propósito general. Rinna, Stockmark, CyberAgent o NTT completan un panorama menos llamativo que Silicon Valley, pero con identidad propia.
Como vimos al hablar del trabajo en Japón, una de las grandes incógnitas para los próximos años es cómo se va a integrar todo este software en una cultura laboral todavía muy presencial y muy jerárquica.
Semiconductores: el regreso silencioso
Pocas historias tecnológicas resumen mejor la trayectoria reciente de Japón que la de los semiconductores. En los años ochenta, las grandes empresas japonesas —NEC, Toshiba, Hitachi, Fujitsu— eran las líderes mundiales del sector, con cuotas de mercado que rondaban la mitad del total global.
La presión competitiva de Corea del Sur, Taiwán y Estados Unidos, sumada a algunas decisiones estratégicas equivocadas y a las largas "décadas perdidas" de la economía japonesa, fue arrinconando al país hasta dejarlo con una cuota mucho más modesta.
El sector japonés se concentró en piezas muy especializadas —memorias, materiales fotográficos, equipos para fabricar chips— y dejó la primera línea de la producción digital al gigante taiwanés TSMC, a la coreana Samsung y a la estadounidense Intel.
En los últimos años, sin embargo, ha vuelto al primer plano una idea muy concreta: Japón no puede no estar en los semiconductores. La crisis logística de la pandemia, las tensiones entre Estados Unidos y China y la dependencia mundial de Taiwán han convertido al chip en un asunto de seguridad económica. Y aquí entra TSMC en Kumamoto, en la isla meridional de Kyūshū.
La empresa taiwanesa, con apoyo financiero masivo del Estado japonés, ha levantado una primera planta operativa desde 2024, y ha anunciado y avanzado una segunda planta de mayor complejidad. La inversión total prevista entre las dos fábricas se cuenta en billones de yenes, con miles de empleos directos y un impacto enorme en la economía local de la prefectura.
Kumamoto ha pasado en pocos años de ser conocida sobre todo por su castillo y su agua a ser uno de los nuevos polos del semiconductor mundial.
A esta apuesta se le suma Rapidus, un consorcio japonés fundado por grandes empresas del país y respaldado por el Gobierno, que se ha propuesto algo extremadamente ambicioso: fabricar chips de nodos avanzados (en el rango de los 2 nanómetros) en una nueva planta en Hokkaidō, en colaboración tecnológica con IBM.
La probabilidad de éxito es objeto de debate entre los analistas —recortar décadas de distancia con TSMC y Samsung no es trivial—, pero la dirección del país está clara: volver a estar en el tablero del chip.
Para una economía que, como vimos en el artículo sobre el siglo XXI japonés, busca nuevas locomotoras de crecimiento después de mucho tiempo de estancamiento, los semiconductores son una de las pocas apuestas industriales que el Estado y el sector privado defienden a la vez con claridad.
Robots para una sociedad envejecida
La otra gran aplicación de la robótica japonesa actual no está en las fábricas ni en los aeropuertos, sino en las residencias y los hospitales.
El motivo es estructural: como contamos en detalle en el artículo sobre despoblación y envejecimiento, Japón es una de las sociedades más envejecidas del mundo, con una población activa que se reduce y un sector de cuidados sometido a una escasez crónica de personal que solo va a ir a peor en los próximos veinte años.
Por mucho que se quiera, no habrá manos humanas suficientes para acompañar a tantos ancianos. La pregunta es qué hacer.
Una de las respuestas, parcial pero real, son los robots. Hay varios tipos en juego. Los exoesqueletos asistenciales, como los desarrollados por Cyberdyne (HAL) o Innophys (Muscle Suit), permiten al personal de las residencias levantar y mover a personas mayores con mucho menos esfuerzo físico.
Los sistemas de monitorización inteligente detectan caídas, vigilan el sueño o avisan cuando alguien lleva demasiado tiempo sin moverse, sin necesidad de cámaras invasivas. Los robots de transferencia entre cama y silla de ruedas reducen el número de cuidadores necesarios para tareas que antes requerían a varios profesionales.
Y los robots comunicativos —desde el ya citado PARO hasta pequeños compañeros conversacionales más recientes— ayudan a paliar el aislamiento de personas que viven solas, otro de los grandes retos de la sociedad japonesa.
Hay experiencias muy concretas. Algunos municipios del país, en particular en Kyūshū, han probado programas combinados de robots y digitalización en residencias y han documentado reducciones notables del tiempo de trabajo dedicado a tareas no asistenciales (registros, traslados, vigilancia), liberando ese tiempo para el contacto humano.
Los robots no sustituyen al cuidador, pero le devuelven una parte de las horas que la burocracia y el esfuerzo físico le robaban. El gran problema sigue siendo el precio: la mayoría de estas máquinas todavía no entran en el seguro nacional de dependencia, y muchas familias no pueden permitírselas.
Si Japón consigue, como espera, abaratar el coste de los humanoides de servicio en los próximos años, los robots dejarán de ser una curiosidad japonesa para convertirse en una respuesta práctica a un problema global. Como decimos a menudo en NDV, lo que hoy es problema japonés mañana es problema mundial.
El zoo tecnológico: gigantes, oxidados y aspirantes
Conviene poner cara a las empresas que están detrás de todo esto, porque el panorama es más rico de lo que parece.
Por un lado están los gigantes de marca conocida: Sony, una compañía completamente diferente a la que fue en los años ochenta, hoy sostenida por PlayStation, por su negocio de música, por los estudios de cine y por una liderazgo mundial en sensores de imagen que pone su tecnología en la mayoría de los smartphones del planeta, incluido el iPhone; Nintendo, que con la familia Switch ha vendido más de 140 millones de consolas y vive uno de sus mejores momentos creativos; Toyota, líder mundial del automóvil con apuestas firmes por el híbrido y el hidrógeno; Honda, gigante de las motos y nicho aeronáutico con su HondaJet; Fanuc y Yaskawa, gigantes silenciosos de la robótica industrial; Renesas, jugador clave en semiconductores para automóvil.
Por otro lado están las historias agridulces: Sharp absorbida por la taiwanesa Foxconn en 2016, Toshiba troceada y deslistada de bolsa, NEC y Fujitsu reconvertidas en empresas de servicios.
Y en una tercera categoría, los aspirantes: SoftBank Group y su apuesta por la propiedad mayoritaria de ARM y su Vision Fund; Rakuten, Mercari y LINE como representantes del Japón puramente digital; Preferred Networks, ELYZA y Sakana AI como nueva generación de la IA; Rapidus como apuesta industrial estratégica; Soracom o Ridge-i entre las muchas startups especializadas.
No hay un Google ni un Amazon japonés, pero el ecosistema es más profundo de lo que sugiere la imagen exterior. Para un ingeniero hispanohablante que esté pensando en mudarse a Japón —como veíamos al hablar de familias internacionales—, hay muchísimas más opciones que las cuatro o cinco marcas globalmente famosas.
Astroboy y el alma de las máquinas
Volvamos al detalle de los aibos despedidos en templos budistas. Ese gesto, que en Europa o Estados Unidos resultaría exótico, se entiende muy bien dentro del marco mental japonés.
La cultura tradicional, profundamente influida por el sintoísmo, parte de la idea de que todas las cosas pueden albergar una presencia o un alma: las montañas, los ríos, los árboles, los útiles que se usan a diario. De ahí que herramientas viejas, agujas rotas o muñecas usadas tengan, en Japón, sus propias ceremonias de despedida en santuarios y templos.
Cuando llega un perro robótico que vive diez años en una casa y "reconoce" a sus dueños, la extensión es natural: ¿por qué no despedirlo con respeto?
Esa actitud cultural se conecta con la otra pieza del puzle, la de los manga y animes de robots. Astroboy (Tetsuwan Atomu) de Tezuka, publicado a comienzos de los años 50, presentó al gran público japonés una idea hoy decisiva: que un robot puede ser el héroe, no la amenaza.
Después llegaron Mazinger Z, Gundam —una franquicia que sigue siendo enorme—, Neon Genesis Evangelion, Ghost in the Shell y muchísimos otros, todos jugando, con tonos muy distintos, con la pregunta de qué significa ser persona en un mundo de máquinas inteligentes.
Como contamos al hablar de los géneros del anime, una parte importante del manga y el anime japonés se ha dedicado a pensar precisamente este tema. Muchos de los ingenieros que hoy trabajan en humanoides admiten sin reparos que su vocación nació viendo Astroboy o Gundam de pequeños.
El cruce entre el sintoísmo, el manga y la robótica produce algo único: una cultura donde un robot puede ser una herramienta, un compañero, un colega de trabajo, un nieto o un ser que merece su propio funeral. Para los lectores hispanohablantes, esta es una de las claves para entender por qué Japón sigue siendo, en este terreno, un país tan distinto. La tecnología no se enfrenta a la espiritualidad: convive con ella.
Frente al mundo hispano
La comparación con España e Hispanoamérica es interesante precisamente porque los caminos han sido distintos.
En España, la digitalización del sector público y de la banca avanzó con mucha decisión a partir de los años dos mil: la firma electrónica, el DNI digital, los servicios de la Seguridad Social online, la facturación electrónica de Hacienda, las apps bancarias —de BBVA, Santander, CaixaBank, ING España— están entre las más usadas y avanzadas del continente.
El uso del pago con tarjeta o móvil está completamente normalizado, también en pequeños comercios, y el efectivo ha ido perdiendo peso. Grupos como Telefónica o Indra tienen presencia internacional, y empresas como Inditex (Zara) son referencia mundial en logística digital y supply chain.
Lo que Japón hace muy bien en hardware industrial, España lo ha hecho razonablemente bien en software y servicios.
En Hispanoamérica el cuadro es muy heterogéneo, pero hay realidades que conviene retener.
México se ha convertido en uno de los grandes polos de manufactura electrónica vinculada a la economía estadounidense (nearshoring), con presencia creciente de empresas como Foxconn, e incluso plantas planificadas o en estudio por Tesla en Nuevo León, además de un sistema bancario y de pagos electrónicos muy dinámico.
Argentina ha dado al mundo unicornios como Mercado Libre o Globant. Brasil está liderando la banca digital regional con Nubank. Colombia ha desarrollado un ecosistema fintech muy activo. Comparado con esto, Japón aporta lo que sigue siendo su gran activo: el hardware sofisticado, la electrónica industrial, los robots, los componentes, los coches y los videojuegos.
Para un profesional hispanohablante, la lectura no es "uno es mejor que otro", sino que los dos mundos son complementarios: la sofisticación industrial japonesa y el dinamismo digital hispano se necesitan, y cada vez hay más empresas internacionales —en automoción, semiconductores, IA, gaming— donde colaboran ingenieros de ambos lados.
Conclusión: la potencia y el sello
La mañana de Diego termina, después de muchas horas, en un bar de ramen de Shinjuku al que ha bajado con un par de compañeros del equipo. Mientras come, piensa en lo que ha visto. Por un lado, una fábrica con brazos robóticos que parecen sacados de una película de ciencia ficción, y un Shinkansen que llega al segundo.
Por otro, un sello personal sobre un papel y un fax junto a una impresora de oficina. Lo más interesante es que las dos cosas son verdaderas a la vez, y que Japón —con su Plan Básico de IA, con su "Gennai", con TSMC en Kumamoto, con Rapidus en Hokkaidō, con sus humanoides para residencias y sus consolas portátiles— está intentando, ahora mismo, escribir el siguiente capítulo de esta historia.
Si lo consigue, el país pasará de ser el gigante industrial silencioso a ser, otra vez, uno de los actores tecnológicos centrales del siglo XXI.
La paradoja no se va a resolver del todo: la cultura del hanko y del fax tiene siglos de inercia detrás, los apartamentos siguen necesitando llaves físicas, los formularios siguen pidiendo papel, y los abuelos —que como vimos al hablar del siglo XXI japonés son una parte gigantesca de la población— seguirán prefiriendo el efectivo durante un buen rato.
Pero también es cierto que el Japón de 2026 no es ya el Japón pre-pandemia: hay una Agencia Digital, hay una ley nacional de IA, hay un sistema generativo del Estado a punto de generalizarse, hay decenas de miles de millones de yenes públicos apostados al semiconductor, y hay un consenso político —raro en este país— sobre que la transformación digital ya no se puede aplazar más.
En el próximo artículo de esta serie sobre la sociedad japonesa contemporánea cambiaremos de eje y nos asomaremos a otra cara fundamental del país: la del medio ambiente, los desastres naturales y la sostenibilidad, desde el terremoto y tsunami de 2011 y el accidente nuclear de Fukushima hasta los compromisos climáticos actuales y la vieja idea japonesa de mottainai (no desperdiciar).
Pero antes de cerrar este capítulo, vale la pena quedarse con la imagen con la que empezamos: un ingeniero europeo que en una sola mañana viaja en el tren más fiable del mundo, ve una nave llena de robots y firma un papel con un sello de madera. Esa imagen —tan moderna y tan antigua a la vez— es Japón.
Y entenderla, en sus dos caras, es entender una parte muy importante del país que muchos lectores de NDV están descubriendo, visitando o, como Diego, empezando a vivir.