Medio Ambiente y Sostenibilidad: Japón, Fukushima y los ODS [2026]

Medio ambiente en Japón: 3.11 y Fukushima, agua tratada de ALPS, terremoto de Noto 2024, Carbon Neutral 2050, GX, mottainai, satoyama, ODS. Comparado con España

Carlos, periodista español afincado en Tokio, recorre en silencio una calle de un pueblo de la península de Noto, al norte de la prefectura de Ishikawa.

Casi dos años después del gran terremoto que asoló esta zona el primer día de 2024, todavía hay casas apuntaladas, solares vacíos donde antes había viviendas y, al fondo, el rastro negro de un incendio que arrasó parte del centro comercial de Wajima.

Un pescador de unos setenta y cinco años, que arregla una red bajo un toldo, se sienta a hablar con él. "El Año Nuevo de 2024 lo tuvimos todo en un solo día", le dice, "el temblor, el tsunami pequeño, el fuego en la mañana siguiente, la nieve a la semana. Y luego, en otoño, las lluvias…". A pocos metros, en lo alto de la colina, un campo de paneles solares brilla contra el cielo gris.

Un poco más allá, una casa tradicional con tejado de paja, perfectamente cuidada, recuerda que esta región fue, durante siglos, uno de los modelos del satoyama, ese paisaje agrícola en el que el pueblo y el bosque se han apoyado mutuamente desde hace mil años.

En menos de un kilómetro caben, otra vez, las dos caras de Japón: la del país que tiembla y arde y la del país que cuida con paciencia infinita lo que la naturaleza le ha dado.

El medio ambiente y la sostenibilidad son uno de los grandes ejes que cruzan la sociedad japonesa contemporánea.

A diferencia de buena parte de Europa, donde la conversación climática parte de la idea de "proteger una naturaleza relativamente amable", en Japón el debate ambiental se mezcla siempre con dos elementos muy concretos: por un lado, una naturaleza poderosa que, a la fuerza, impone el respeto —terremotos, tsunamis, tifones, erupciones, lluvias torrenciales—;

por otro, una tradición cultural muy larga de cuidar el paisaje, el agua, el bosque y los animales, alimentada por el sintoísmo y por la economía agraria de los pueblos.

Sobre ese suelo se han ido sumando, en las últimas décadas, dos capas más: la conciencia plena de los desastres —de Hiroshima a Minamata, de Kobe a Fukushima— y un compromiso público con la neutralidad de carbono y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.

Este artículo, octavo de nuestra serie sobre la sociedad japonesa contemporánea, recorre el tema entero: del 11 de marzo de 2011 al accidente de Fukushima, del agua tratada de ALPS al terremoto del Año Nuevo de Noto, de la neutralidad de carbono a la palabra mottainai —que Wangari Maathai llevó al mundo desde Kenia—, pasando por el satoyama milenario, las energías renovables, el plástico marino y los ODS.

Y, como siempre en NDV, lo comparamos con la realidad española e hispanoamericana, porque las preguntas son globales pero las respuestas, no.

3.11: el día que cambió Japón

A las 14:46 del 11 de marzo de 2011, frente a la costa nordeste del país, se produjo el mayor terremoto registrado en la historia moderna de Japón: una magnitud 9,0 en la escala de momento, con epicentro en el océano Pacífico, a unos pocos kilómetros bajo el lecho marino.

Lo que vino después es una secuencia que el país no había vivido nunca: un tsunami que en algunos puntos de la costa de Iwate, Miyagi y Fukushima alcanzó alturas de varias decenas de metros, ciudades enteras arrasadas, decenas de miles de personas que perdieron la vida o desaparecieron, cientos de miles de evacuados, comunidades enteras desplazadas.

La cifra oficial de víctimas mortales o desaparecidas se acerca, sumando los efectos directos y los fallecimientos posteriores ligados al desastre, a unos veinte mil seres humanos. En las pantallas de televisión de medio mundo, las imágenes del agua entrando por las calles de Kesennuma o de Rikuzentakata son, todavía hoy, uno de los recuerdos colectivos más duros del siglo XXI.

A la tragedia natural se le sumó la catástrofe nuclear. El tsunami inutilizó los sistemas de refrigeración de la central nuclear de Fukushima Daiichi, operada por TEPCO. En los días siguientes, tres de sus reactores sufrieron fusión del núcleo y varias explosiones de hidrógeno destrozaron las cubiertas de los edificios.

El accidente se clasificó como nivel 7 en la escala internacional INES —el máximo, el mismo nivel que Chernóbil—, y obligó a evacuar una amplia franja de la prefectura, con decenas de miles de personas desplazadas de sus pueblos durante años. Un porcentaje pequeño del territorio sigue, todavía, dentro de zonas de retorno difícil o restringido.

Para una sociedad que había construido toda una narrativa sobre la "seguridad absoluta" de su programa nuclear, el golpe fue mayúsculo: no fue solo la pérdida humana y material, fue el derrumbe de un consenso.

Hoy, más de una década después, la región del Tōhoku ha avanzado mucho en la reconstrucción física —diques nuevos, ciudades reubicadas, escuelas, hospitales—, pero los efectos invisibles persisten.

La población de muchas localidades costeras ha caído de forma drástica, la pirámide demográfica se ha envejecido aún más, como vimos en el artículo sobre despoblación y envejecimiento, y la mezcla de duelo, mudanzas y soledad ha dejado una huella psicológica que no se borra con cemento.

Lo que sí ha cambiado es la cultura ciudadana de la prevención: hay simulacros obligatorios, kits de emergencia en muchas casas, una conciencia generalizada de que vivir en Japón es vivir, por defecto, en una zona sísmica activa. El 11 de marzo —el 3.11— se ha convertido, en la memoria del país, en un antes y un después.

ALPS shorisui: ciencia y política

Uno de los grandes capítulos abiertos por el accidente de Fukushima es el del agua tratada —en japonés, ALPS shorisui, donde "ALPS" es el nombre del sistema de tratamiento multinucleido y shorisui significa "agua tratada"—.

Para enfriar los restos de combustible nuclear y debido a la entrada de aguas subterráneas en los edificios dañados, la planta ha acumulado, a lo largo de los años, más de un millón de toneladas de agua contaminada. Esa agua, antes de almacenarse en los tanques que cubren buena parte del recinto, pasa por el sistema ALPS, que elimina la mayoría de los radionucleidos.

Lo que queda, sobre todo, es tritio, un isótopo del hidrógeno que químicamente es prácticamente idéntico al agua y que, por tanto, los filtros no separan. El espacio para tanques nuevos se estaba acabando, y el Gobierno japonés, tras años de discusión, decidió que la única alternativa razonable a largo plazo era la liberación gradual y controlada al mar, previa dilución.

La liberación comenzó en agosto de 2023 y está prevista que se prolongue durante décadas, en pequeñas cantidades, con un control continuo del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), que en sus informes ha considerado el plan compatible con los estándares internacionales de seguridad.

Las concentraciones a las que llega el tritio al mar, una vez diluido, son muy inferiores a los límites permitidos por la Organización Mundial de la Salud para el agua de consumo, y centrales nucleares de otros países —incluidas algunas de China, Corea del Sur, Estados Unidos o Francia— vierten al mar de forma rutinaria cantidades comparables de tritio.

Desde el punto de vista científico, el consenso mayoritario considera el riesgo radiológico muy bajo.

Eso no impidió que la decisión generara una fuerte controversia política y comercial.

China prohibió por completo, durante un tiempo, la importación de productos del mar japoneses; Corea del Sur protestó oficialmente; varios países del Pacífico expresaron preocupación; y, en el propio Japón, las cooperativas pesqueras de Fukushima vieron de nuevo amenazado el lento camino de recuperación de la imagen de sus productos.

Con el tiempo, parte de las restricciones se han ido suavizando —algunas se han reabierto bajo condiciones de inspección estricta—, pero el caso ha mostrado hasta qué punto un problema técnico, en un mundo políticamente cargado, deja de ser solo técnico.

Hoy, las cajas de pescado de Fukushima conviven en los mercados con etiquetas que reivindican el orgullo de la región y con un esfuerzo enorme por demostrar, lote a lote, que cumplen con los controles más exigentes.

Año Nuevo en Noto

El 1 de enero de 2024, a las 16:10, cuando millones de familias japonesas estaban reunidas comiendo osechi y mirando la televisión, un terremoto de magnitud 7,6 sacudió la península de Noto, en el norte de Ishikawa. Fue uno de los desastres naturales más graves del país en muchos años.

El temblor causó cientos de muertos, miles de heridos, miles de viviendas destruidas, un pequeño tsunami en el puerto de Wajima, un gran incendio que arrasó el famoso mercado matinal de la misma ciudad y, lo que resultó especialmente dramático, cortó las carreteras de una península estrecha y montañosa, con muchos pueblos servidos por una sola vía.

Decenas de pequeñas comunidades quedaron aisladas durante días, y la nieve que llegó pocas semanas después complicó todavía más las operaciones de rescate y abastecimiento.

Noto encarna, en una sola región, varias de las fragilidades estructurales de Japón.

Es una zona profundamente envejecida —su tasa de personas mayores de 65 años está muy por encima de la media nacional—, con muchos límite-shūraku ("aldeas al límite") cuya supervivencia ya estaba en cuestión antes del terremoto, como contamos en el artículo sobre despoblación y envejecimiento.

Reconstruir literalmente lo que había en algunos pueblos no es realista: muchos de los vecinos eran muy mayores, otros han fallecido, otros se han mudado a casa de sus hijos en ciudades más grandes.

El debate público, todavía abierto, gira en torno a la idea de reconstrucción creativa: no "volver a poner cada casa donde estaba", sino diseñar comunidades más compactas, mejor adaptadas a una población más pequeña y a un clima cada vez más exigente. El asunto no es solo de ingeniería: toca a la memoria de cada lugar.

A esa primera tragedia se sumó, ya entrado el otoño de 2024, un episodio de lluvias torrenciales sobre la misma península, que provocó nuevas víctimas mortales y volvió a aislar zonas que apenas empezaban a respirar. Algunos analistas hablaron, con razón, de "catástrofes superpuestas": una región que aún reconstruía después del seísmo recibió un segundo golpe meses después.

Eventos así son cada vez menos excepcionales. La combinación de un país sísmicamente muy activo, situado en pleno camino de los tifones del Pacífico, y un clima global más cálido y más húmedo, hace que los desastres compuestos —terremoto seguido de lluvias, tifón seguido de tsunami menor— sean una realidad con la que la planificación urbana japonesa tiene que aprender a convivir.

Camino a la neutralidad: 2050

En octubre de 2020, el entonces primer ministro Yoshihide Suga anunció en el Parlamento un compromiso que, aunque suene técnico, supuso un cambio de era: Japón sería neutral en carbono en 2050.

Es decir, las emisiones netas de gases de efecto invernadero del país deberían situarse en cero a mitad de siglo, restando lo que se siga emitiendo con lo que se absorba mediante bosques, suelos y tecnologías de captura. Ese compromiso, sumado a la firma del Acuerdo de París, ha vertebrado desde entonces todas las grandes políticas energéticas, industriales y de vivienda.

Sucesivos planes han ido afinando los pasos intermedios, con objetivos cada vez más ambiciosos para 2030, 2035 y 2040, en línea con la trayectoria del 1,5 °C global. En 2025 el Gobierno reforzó esa hoja de ruta con un conjunto de nuevas metas de reducción de emisiones para mediados de los años 2030 y a final de la década siguiente, alineadas con las recomendaciones internacionales.

El concepto paraguas con el que el país habla de todo esto es GX, "Green Transformation". No es solo un cambio energético; es una reorganización industrial entera, similar en ambición a las grandes transformaciones del Meiji o de la posguerra.

El Estado ha aprobado leyes específicas, ha creado un mercado de derechos de emisión que entrará en fases progresivas a lo largo de la segunda mitad de la década, y ha lanzado los llamados bonos GX, una emisión de deuda pública pensada para movilizar inversión —pública y privada— por valor de muchas decenas de billones de yenes a lo largo de los próximos años.

La idea es que esos fondos lleguen al hidrógeno, a las renovables, al almacenamiento, a la eficiencia industrial, a la electrificación del transporte y a la digitalización de los sistemas energéticos.

Sobre el terreno, la pieza más visible son las llamadas regiones pioneras de descarbonización (dattanso senkō chiiki), un programa por el que el Estado selecciona territorios concretos —desde islas pequeñas hasta zonas urbanas— para que se conviertan en laboratorios reales de neutralidad de carbono.

El objetivo gubernamental, fijado en torno al centenar de regiones, se ha ido alcanzando con designaciones sucesivas. Cada región combina su propio mix: energía solar comunitaria, biomasa, eficiencia residencial, electrificación de flotas, gestión del bosque local.

Es una manera muy japonesa de avanzar: no con una gran ley uniforme, sino con cientos de ensayos locales, cada uno con su propio acento, que después se replican. Como vimos al hablar de la tecnología, el Gobierno ha optado por acompañar y financiar, más que por prohibir, dejando margen a las empresas para encontrar sus propias rutas.

Mottainai: la palabra que dio la vuelta al mundo

Hay una palabra japonesa que, sin proponérselo, se ha convertido en una de las grandes contribuciones del país al vocabulario ambiental mundial: mottainai (もったいない). Literalmente combina la idea de "esencia" o "dignidad" (mottai) con un sufijo negativo (nai): el sentimiento de que se está desperdiciando algo cuyo valor profundo no se está respetando.

No es exactamente "qué desperdicio" en el sentido económico, ni "es una pena" en el sentido afectivo: es un sentimiento más espiritual, ligado a la noción —emparentada con el sintoísmo, del que hablaremos enseguida— de que las cosas, los alimentos, los recursos, llevan en sí una dignidad que no se debe maltratar.

Tirar comida, dejar un grifo abierto, comprar algo que no se va a usar son, todos ellos, gestos mottainai.

La palabra hizo historia internacional gracias a Wangari Maathai, la activista keniana fundadora del Movimiento del Cinturón Verde y Premio Nobel de la Paz en 2004. Durante una visita a Japón, Maathai descubrió el término y quedó impresionada por lo bien que resumía una filosofía ambiental completa.

A partir de ahí, lo llevó a los grandes foros internacionales —Naciones Unidas incluidas— como bandera global del respeto por los recursos. Su lectura, hoy famosa, es la de las cuatro R: Reducir, Reutilizar, Reciclar y Respetar. Esa "cuarta R", la del respeto, es justo lo que añade mottainai a una agenda ambiental que, en otras tradiciones, se queda en lo utilitario.

Para entender por qué este matiz cuajó tan bien con la sensibilidad japonesa, ayuda recordar conceptos cercanos como amae u otros de la serie sobre lengua y cultura: detrás de las palabras hay siempre una manera concreta de mirar el mundo.

En la vida cotidiana japonesa, mottainai sigue muy presente. Está detrás de la enorme importancia que se da al no dejar comida en el plato, sobre todo el arroz, que tradicionalmente carga incluso una connotación casi sagrada.

Está en la cultura del furoshiki (envolver con tela en lugar de papel), del reparado y zurcido de la ropa, del kintsugi (la reparación de la cerámica con resina dorada que celebra las grietas como parte de la historia del objeto), del aprovechamiento exhaustivo de las verduras de temporada.

Es una idea que, por una vez, no le hace falta ninguna política pública para mantenerse viva: se transmite, sin grandes discursos, de padres a hijos.

Satoyama y satoumi

Si mottainai es la palabra clave a nivel del individuo, satoyama lo es a nivel del paisaje.

El término designa la franja intermedia entre los pueblos y la montaña —arrozales, pequeños bosques, estanques, terrazas— gestionada durante siglos por las comunidades rurales mediante una rotación cuidadosa: leña y carbón del bosque, hojarasca para abonar los campos, agua canalizada por acequias minuciosas, áreas reservadas para la fauna.

Lejos de ser "naturaleza salvaje", el satoyama es un paisaje cultural, fruto de mil años de uso humano sostenido, donde la biodiversidad ha florecido precisamente por la presencia humana, no a pesar de ella.

Algunos de estos paisajes —en Noto, en Sado, en otras regiones— han sido reconocidos por la FAO como Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial, y Japón ha promovido internacionalmente la llamada "Iniciativa Satoyama" como modelo para reconciliar conservación y vida rural.

Su equivalente costero es el satoumi, "el mar del pueblo". Designa zonas marinas próximas a la costa gestionadas por las comunidades pesqueras locales, donde un cuidado meticuloso de las algas, los arrecifes artificiales, los humedales y los manglares se traduce en aguas más limpias y en una pesca más estable a largo plazo.

Hay ejemplos célebres en el Mar de Seto, en bahías de Kyūshū y en zonas del Tōhoku, y la lógica detrás es la misma del satoyama: el ecosistema funciona mejor con presencia humana cuidadosa que abandonado a su suerte. En el corazón de los dos conceptos late una idea muy japonesa: el ser humano no es ajeno a la naturaleza, sino parte de ella.

Esa idea conecta directamente con el sintoísmo, la espiritualidad indígena del país. Cada santuario sintoísta del Japón rural está rodeado, casi sin excepción, de un chinju no mori, el "bosque del guardián", un bosquecillo protegido durante siglos como territorio sagrado.

Multiplicado por los miles y miles de santuarios que hay en el país, ese sistema constituye una de las mayores redes de pequeñas reservas de biodiversidad del mundo, mantenida no por ministerios sino por la fe local. Es difícil imaginar el paisaje rural japonés sin esos islotes de árboles oscuros con torii rojos a la entrada.

El cuidado del entorno y la espiritualidad popular se han retroalimentado durante generaciones y, en plena conversación sobre la crisis climática, vuelven a ser un punto de referencia inesperadamente actual.

El dilema energético

Donde la sostenibilidad se vuelve más difícil en Japón es en el ámbito de la energía. El país, pobre en combustibles fósiles, ha dependido históricamente de la importación de petróleo, gas natural licuado y carbón.

Tras el accidente de Fukushima en 2011, prácticamente todos los reactores nucleares se pararon, y aunque a lo largo de la última década un número creciente ha vuelto a operar bajo estándares de seguridad más estrictos, todavía hoy las térmicas de gas y carbón suministran la mayor parte de la electricidad.

Eso convierte al sector eléctrico en el principal frente de la descarbonización: la mayor parte de las emisiones del país sale, en última instancia, de esas centrales.

En el lado positivo, Japón se ha convertido en uno de los mayores instaladores de energía solar fotovoltaica del mundo, con paneles en tejados, sobre fábricas, en parques industriales y, también, en grandes "megasolares" rurales.

El despliegue ha sido tan veloz que ha empezado a generar tensiones: en algunas regiones, los proyectos solares han implicado talar laderas enteras o convertir antiguos campos en plantas eléctricas, con quejas vecinales por el impacto paisajístico, el riesgo de corrimientos de tierra y la pérdida de tierra agraria.

De ahí ha surgido un modelo curioso, muy japonés, llamado soraa shearingu: paneles solares montados a varios metros del suelo, sobre cultivos compatibles con sombra parcial, que permiten producir electricidad y alimento en la misma parcela.

Otros frentes en desarrollo son la eólica marina —con grandes proyectos en la costa norte y noreste—, la biomasa y un esfuerzo industrial intenso para introducir hidrógeno y amoníaco como combustibles limpios, sobre todo para los sectores difíciles de electrificar.

A esto se le suma un debate muy delicado sobre la energía nuclear. Después de Fukushima, el escepticismo público es enorme, pero el Estado considera, en su estrategia a 2050, que una cierta cuota nuclear es necesaria para reemplazar al carbón y al gas sin disparar las emisiones.

Algunos reactores antiguos están siendo desmantelados, otros se han reiniciado bajo nueva regulación, y un debate latente discute si tiene sentido construir reactores de nueva generación.

El asunto enfrenta posiciones legítimas en los dos lados: quienes piensan que sin nuclear no se llega a la neutralidad de carbono en plazo, y quienes consideran que el riesgo y la herencia social del 3.11 hacen que el coste sea demasiado alto. La conversación es exactamente la que se está dando, con sus matices propios, en Europa y en parte de Hispanoamérica.

Plástico y economía circular

El otro gran capítulo es el de los residuos. Japón vive desde hace décadas en una cultura del reciclaje meticuloso: los ayuntamientos exigen separar la basura en muchas categorías —combustible, no combustible, plásticos, PET, latas, vidrio, papel, voluminosos—, con calendarios estrictos de recogida y bolsas específicas que muchas veces hay que comprar al propio municipio.

Para quien llega de fuera puede ser un shock inicial, pero detrás hay una verdad incómoda: durante años, el país ha generado muchísimo plástico de un solo uso, sobre todo en el comercio (bolsas, envases, palillos), y se ha apoyado en su sistema de incineración —muy desarrollado— para gestionarlo. La conciencia ambiental ha empujado, en los últimos años, a un cambio claro.

Dos hitos resumen el cambio. En julio de 2020, una ley nacional obligó a cobrar las bolsas de plástico en todos los comercios del país, una medida pequeña en apariencia pero con un efecto cultural enorme: las "mai bag" (bolsas reutilizables) son hoy parte del paisaje diario, y el uso de bolsas desechables ha bajado de forma significativa.

Poco después, en 2022, entró en vigor una Ley de Promoción del Reciclaje de Recursos Plásticos, que pide a comercios y restaurantes reducir el uso de utensilios desechables —cubiertos, pajitas, cepillos de hotel— y promover alternativas reutilizables o de origen renovable.

La factura ambiental del plástico marino sigue siendo enorme: las playas de Tsushima, en el extremo occidental del archipiélago, llevan años recibiendo toneladas de residuos plásticos arrastrados por corrientes de toda la región, y los voluntarios locales no dan abasto.

A todo esto se le suma el problema del desperdicio alimentario, sobre el que el Gobierno ha aprobado una ley específica de reducción del food loss.

Las cifras anuales son enormes —millones de toneladas, equivalentes a una porción significativa de comida por persona y día, tirada—, y aunque están bajando, siguen siendo demasiado altas para un país que importa la mayor parte de sus calorías.

La paradoja es evidente: la cultura del mottainai, tan presente en los hogares, convive con un sistema comercial que retira productos por simples cuestiones estéticas o de fecha. Reconciliar la sabiduría tradicional con la lógica de los supermercados es uno de los grandes desafíos de los próximos años.

En el ámbito doméstico, prácticas como la cocina creativa con sobras —cercana a la lógica de las familias internacionales que mezclan platos hispanos y japoneses— son uno de los frentes más esperanzadores.

Frente al mundo hispano

La comparación con España y América Latina es, en este terreno, especialmente jugosa. España, en lo energético, es una verdadera potencia renovable: una de las mayores generadoras de energía eólica de Europa, con un peso creciente de la solar y un objetivo nacional de cerrar las nucleares y descarbonizar el sistema eléctrico en las próximas décadas.

La parte donde España coincide más claramente con Japón es la del agua y la sequía: en el sur peninsular, la presión sobre los acuíferos, los embalses y la agricultura intensiva es uno de los temas centrales de la política ambiental, comparable en intensidad —aunque no en mecanismo— al problema japonés de los desastres recurrentes.

La cultura ambiental cotidiana española —reciclaje generalizado, debates sobre el turismo y el paisaje, normas europeas de envases, reducción del plástico— camina, con sus tiempos, en una dirección similar.

América Latina añade matices muy distintos. En la Amazonía, el conflicto entre conservación y desarrollo está en el centro de la discusión global del clima: lo que se decida en Brasil, Perú, Colombia o Ecuador afecta literalmente a la temperatura mundial, y el bosque tropical pesa más que cualquier ley local.

En México, el agua —su escasez en el norte, los problemas de calidad y reparto en el Valle de México— es probablemente el primer tema ambiental ciudadano.

Chile y Bolivia discuten cómo gestionar sus enormes reservas de litio sin destrozar humedales altoandinos; varios países del Caribe debaten sus posiciones ante la subida del nivel del mar; y casi toda la región vive ya con tormentas tropicales más intensas y temporadas secas más largas.

Comparado con ese cuadro, Japón pone sobre la mesa un activo distinto: un conocimiento técnico muy avanzado en prevención de desastres, en gestión de residuos y en eficiencia energética; y una filosofíasatoyama, satoumi, mottainai— que conviene escuchar.

En el otro sentido, las regiones hispanas aportan biodiversidad, energías renovables a gran escala y unas culturas comunitarias del agua y del campo que también tienen mucho que enseñar. Una vez más, ningún país tiene la receta completa.

Conclusión: una sociedad que respira con la tierra

Cuando Carlos se despide, al final de la tarde, del pescador de Noto, el viejo le dice algo que se le queda grabado: "Aquí siempre ha temblado. Siempre ha llovido demasiado. Siempre nos hemos quemado. Pero el pueblo sigue, y el bosque también sigue. Eso es lo único que importa". Es una frase muy japonesa, y muy difícil de traducir entera.

Hay en ella un fondo de fatalismo, sí, pero también una idea muy fuerte de continuidad —del pueblo, del bosque, del mar—, una idea que se parece bastante a lo que las instituciones llaman, con palabras más técnicas, sostenibilidad. El país que vivió Hiroshima, Minamata, Kobe y Fukushima no se hace ilusiones sobre el poder de la naturaleza, pero tampoco renuncia a su responsabilidad.

Y eso es, quizás, lo más valioso que puede aportar al mundo en materia de medio ambiente.

La hoja de ruta hacia la neutralidad de carbono en 2050, el agua tratada de Fukushima, la reconstrucción de Noto, la red de regiones pioneras de descarbonización, la ley de plásticos, la nueva ola de paneles solares y de molinos marinos, los miles de bosques sagrados que sobreviven junto a los santuarios, las cocinas en las que el arroz no se tira y las casas en las que se zurce la ropa: todo eso son piezas del mismo cuadro.

Japón está intentando, con sus contradicciones, su lentitud política y su enorme tecnología, vivir bien en un país difícil. Para los lectores hispanohablantes —desde España al Cono Sur, desde México a Centroamérica—, sus aciertos y sus errores son lecciones útiles, en los dos sentidos.

En el próximo artículo de esta serie cambiaremos otra vez de eje. Después de la naturaleza y los desastres, hablaremos del Japón humano: del fenómeno de la inmigración, de las nuevas comunidades extranjeras que están llegando para trabajar y vivir, y de cómo está cambiando un país que tradicionalmente se ha pensado a sí mismo como mono-étnico.

Es una historia muy actual y, una vez más, muy compartida con el mundo hispano, donde España y muchos países latinoamericanos llevan décadas atravesando debates parecidos. Pero antes de cerrar este capítulo, vale la pena quedarse con la imagen del principio: una calle de Noto, un viejo pescador, paneles solares en una colina y, al fondo, una casa con tejado de paja.

Esa coexistencia —tan moderna y tan antigua a la vez— es, también, una manera de cuidar la tierra. Y entenderla es entender una parte muy importante del Japón que muchos de nuestros lectores están descubriendo, visitando o ya viviendo.

Medio Ambiente y Sostenibilidad: Japón, Fukushima y los ODS [2026]